lunes, 14 de agosto de 2017

Viajando por Menorca: la oveja negra de las Baleares

Menorca es la oveja negra de las Baleares y lo digo en el buen sentido. Por un lado y por fortuna, no consigue el índice turístico de Mallorca o Ibiza y, por otro, su simpleza y su tamaño no es tal como para considerarla retiro paradisíaco tal que Formentera. Práctica y senderista serían dos de los adjetivos que le atribuiría. Nada mal, a mi modo de ver.
Llegamos en vuelo directo desde Madrid, repletas las filas del aparato por parejas en modo escapada romántica y grupos de chicas ataviadas con la pamela de mimbre y las pulseras coloridas de rigor. Tras apenas una hora, aterrizamos en el Aeropuerto de Mahón. Siempre diré que no hay nada como los sitios pequeños. Ningún retraso para aparcar el avión ni en salir de él ni en recoger la maleta. Empezábamos bien.
Para recorrer la isla, es necesario alquilar un coche o una moto. Menorca tiene una única carretera principal, que la cruza de este a oeste (y a la inversa), de la que parten otras secundarias hacia las innumerables calas y contados pueblos. Algunos hablan de una espina de pescado al referirse a esta distribución de carreteras. Nuestra opción fue la de coche, un sencillo Fiat Panda, que luego descubriríamos que era la opción para la mayoría de foráneos. Con aire acondicionado, por favor. La responsable de la empresa de alquiler nos esperaba con un cartel a la salida para llevarnos hacia el automóvil. Sobre el capó, extrajo su datáfono, hicimos el pago, echamos una firma y en 5 minutos estábamos despachados. “Dentro de una semana, lo aparcáis y dejáis las llaves dentro del maletero”, pronunció con un acento curioso y se mandó a mudar. Pues vale.
Era Junio y el sol pegaba fuerte sobre nuestra coronilla. El paisaje menorquín es bastante homogéneo. Es una isla bastante plana en comparación con las Canarias. La montaña más alta (El Toro) mide 358 metros y es fácilmente reconocible desde Es Mercadal y Alaior. En lo alto, está la ermita de la patrona. No llegamos a ir. El calor nos mantuvo aplacados para ciertos desafíos.
La primera parte del viaje nos alojamos en Santo Tomás, un hotel reformado que pertenece a la cadena Meliá, pero en una versión zen que ellos mismos autodenominan: “Sol Beach House”. La recepcionista, que por cierto parecía el robot de la película “Passengers” por su omnipresencia nos comentó, días más tarde, que esa gama de Meliá se encuentran en zonas de playa en lugares como Formentera, Bali o Fuerteventura.
En la entrada, te recibía una bici antigua decorada con flores silvestres, el olor dulzón a ambientador de coco y un refrigerio hecho de agua con limón o naranjas, según el momento del día. El azul celeste era el color predominante en el mobiliario de todo el hotel que combinaba con numerosos cojines estampados de la marca Desigual, al parecer patrocinador de estos hoteles. Los empleados vestían también camisas de esta misma marca y en las habitaciones encontrabas de nuevo los susodichos cojines con motivos festivos. Las paredes estaban llenas de cuadros con frases optimistas en inglés. La verdad es que todo muy “happy flower”, pero me gustó.
Sin duda, lo más destacable de este hotel es el buffet, tanto por la decoración como por la selección de productos. La madera era el material de la mayoría de mesas que, de tamaños y estilos distintos, le daban un toque informal pero con gusto a este hotel de cuatro estrellas. La oferta gastronómica se disponía a lo largo de un pasillo, que combinaba plantas y flores simulando los distintos puestos de un mercado. Cada noche, la hora de la cena coincidía con la puesta de sol y era un gusto ver caer el sol tras la playa de Binigaus, mientras un grupo te deleitaba con su música. Fue una estancia totalmente recomendable.
Por supuesto, a pesar del alojamiento y del propósito previo de descanso, era impensable para nuestro espíritu permanecer encerrados entre esas paredes, por muy Desigual o positivo que se quisiera pintar el tema, así que desde la primera tarde, ya estábamos mochila a la espalda y modo explorador en marcha. La primera cala que exploramos fue Cala Algaiarens. Se encuentra en la zona norte y se accede tras unos veinte minutos caminando desde el aparcamiento, totalmente gratuito. Afortunadamente, el sendero transcurre entre pinos y la mayoría del trayecto estás en sombra. Esto es común a la mayoría de playas de la isla, así que es importante llevar siempre buen calzado, gorra y botellín de agua incorporado.
Una de las características del turista que visita Menorca es que no se conforma con las playas de fácil acceso como Cala Galdana u otras cercanas a las poblaciones más importantes y eso me parece plausible. A pesar de haber leído que se trataba de playas más bien solitarias, en todas las calas que visitamos, que fueron las que se suponía más aisladas y recónditas, siempre hubo gente. Por tanto, te aconsejo que dejes a un lado la pereza y te eches a andar. La media de trayecto ronda solo los 20 minutos y, de todos es sabido, que el deporte despeja la mente y revitaliza tus músculos, así que te irá bien.
Se dice que las calas del Norte son más salvajes y tienen un mar más bravo. Mi impresión es que tanto al sur como al norte el mar en Menorca es de lo más plácido del mundo. Acostumbrada al oleaje del Atlántico, la costa en Menorca me resultó hasta excesivamente quieta. Su calma permite la presencia de muchísimos barcos en casi todas las playas. Hay empresas que permiten incluso alquilar embarcaciones sin tener titulación. Son unos barcos pequeños, en los que caben hasta cuatro pasajeros y cuestan alrededor de 200 euros unas cinco horas. Si no te motiva (nosotros no lo hicimos), siempre podrás optar por una típica excursión marítima que te hará vislumbrar la costa y te permite el baño en alta mar. Nosotros pretendíamos hacer un paseo de este tipo con una empresa de buenas referencias en la web, pero casualmente el motor de su embarcación se estropeó y tuvimos que elegir otra de peores características. Ya ni me acuerdo del nombre, porque creo que era bastante ridículo. Costaba 20 euros y viajabas con casi 30 turistas más. Las vistas eran muy bonitas y fue agradable recibir el frescor marino en medio de la ola de calor que azotaba toda España.
La gran decepción de este viaje vino de la mano humana. En todas las calas que visitamos, había muchísima suciedad acumulada en la costa. El plástico de bolsas y de botellas o los restos de colillas siempre formaban parte de la foto, aunque no te des cuenta. Lo idílico se tornaba en triste al comprobar cómo seguimos sin preservar espacios naturales tan valiosos como este. Mientras lo pensaba, reteniendo una mueca de asco, el propietario de un barco lanzaba los restos de su barbacoa al mar y la esperanza en un cambio a mejor se me esfumaba muy lejos en el horizonte. 
Para comer, sin duda, Es Mercadal. Cerca de la plaza, hay un restaurante que se llama “Las Vegas” y repetimos dos días (no consecutivos, porque nos daba vergüenza) el menú del día. Rondaba los 12-13 euros y los platos eran contundentes y variados. El camarero, como la mayoría de los que nos atendió durante la semana, era andaluz. Un hombre dicharachero y efectivo en su trabajo. Hace unos años viví en Sevilla y siempre mantendré que en restauración son los mejores trabajadores, a riesgo de morir por infarto por su actividad tan desenfrenada. En Menorca, el ritmo es mucho más pausado, pero siguen siendo igual de funcionales. Por supuesto, todos coincidieron nuestro acento con el de Málaga o el de Cádiz. Acabaron contándonos los años que llevaban en la isla y su espíritu migratorio. Lejos de nuestras comunidades, canarios y andaluces siempre nos sentimos familia.
El descubrimiento en Menorca fue la cantidad de yacimientos arqueológicos que contiene. Se trata de monumentos talayóticos que datan de entre 3000 y 1500 años a.C. La isla está repleta de ellos y la mayoría son de acceso gratuito. Se encuentran camuflados entre las huertas, aunque su presencia está señalizada. Algunas empresas proponen rutas explicativas, pero los carteles informativos en los propios yacimientos suplen bien esta carencia, si no hay tiempo o ganas de seguir un rebaño. El que más me gustó se encontraba en Cala Morell, muy cerca de la playa, en una curva de la carretera. Era un conjunto de cuevas excavadas de aspecto misterioso. Trepucó, con su Taula gigantesca, impresiona bastante. Resulta agradable poder combinar la exploración de playas y senderos con un aspecto cultural tan distinto y único. Es una pena que este atractivo de la isla no destaque más.
Las dos ciudades principales, Ciutadella y Mahó son muy manejables y tienen bastante encanto. Ambas cuentan con un centro histórico de callejuelas peatonales y edificios cálidos. La vista del puerto de Mahó desde el casco antiguo merece la pena. Sin embargo, yo prefiero los lugares aún más pequeños y menos transitados. Para ser primeros de junio, la ocupación era bastante alta y, haciendo honor a la historia (Menorca fue británica en el S.XVIII), la inglesa era la nacionalidad prioritaria de los foráneos. Tendré que volver en otoño cuando todo sea más solitario. Uno siempre tiene que buscarse excusas para regresar a los destinos ya conocidos. La segunda vuelta suele ser más enriquecedora y auténtica.
Cada vez estoy más de acuerdo con el Principito cuando dice que le encantan las puestas de sol. En Menorca, las he visto preciosas. Por 12 euros, puedes contemplarla desde Cova d’en Xoroi en modo turista, consumición y música en vivo, pero en mi retina permanecerá la que vivimos cerca de Cap de Cavalleria. El naranja del final del día siempre me embelesa. Me vuelve entre nostálgica y enérgica. Con ganas de desinflarme y conformarme con el presente, pero a la vez con garra para retar al futuro. Es una sensación de esas contradictorias que definiría como vitales.
El último día, apuramos el sol en ruta, desgastando el Fiat Panda a fuego. Nos alojábamos en otra de las propuestas típicas de la isla: los hoteles rurales, cerca del aeropuerto. Nos despedimos del mediterráneo en Cales Coves, cuando eran más los que se iban que los que llegaban. Apostados en las rocas, contemplábamos el azul en silencio. Olía a algas varadas y a fin de viaje. Lo bueno es que ya sabía que viajar tiene unos efectos secundarios que se prolongan en el tiempo y que la escapada nunca dura solo lo que dictamina el calendario sino lo que tarde el espíritu en saborearlo y deglutirlo. A veces, si ha sido de los buenos, toda una vida. 

martes, 18 de julio de 2017

La melodía de Anastasia

Anoche, el universo le hizo un guiño.
Era la puesta de sol y los rayos de luz iluminaban a ratos su rostro, colándose por la piedra.
Estaba sentada en un banco de madera, pegado a la pared húmeda y bebía a sorbos lentos un vino afrutado que adormecía sus sentidos.
El cantante se encontraba a escasos metros, rodeado de turistas ávidos de momentos para el recuerdo. 
Con los primeros acordes, reconoció la canción de inmediato. La había cantado tantas veces años atrás, cuando su espíritu era libre y desenfadado y el tiempo se le enredaba en sueños idealistas que hablaban de viajes, de aventura y de valentía. Todo con uve de vida.
Fue capaz de rememorar esa sensación con tanta claridad y certeza que, mientras regresaba a su tiempo, ya agotado el vino y las últimas notas, su alma se endurecía vigorosa y recobraba el aliento inspirador de entonces, liberándose de las cadenas ficticias que ahora la ataban. 

miércoles, 21 de junio de 2017

Ojalá la playa estuviera vacía

Ojalá la playa estuviera vacía. Ojalá. Repitió con voz cansada, asintiendo con el mentón como las viejas que asumen resignadas su presente y predicen un futuro sombrío. Pero no era vieja. Era un joven lozana, dirían los libros anticuados de la estantería del recibidor en casa de su madre. Una vida por delante, rezaría el tópico. 
Sandra se fue a la playa con su bikini de rayas y se destetó nada más posar las plantas de sus pies en la arena ardiente. No había casi hueco entre tanta sombrilla y tanta mochila-nevera. Pero la visión estaba tan anclada desde hacía una semana...el festivo, a torrarme a la costa, en pelota picada. Arrugó la nariz al pensar en el adjetivo "picada". Se imaginó un testículo descuartizado como carne molida de mezcla vaca-cerdo, ideal para las albóndigas. Sacudió la cabeza para alejar la ridiculez de ese pensamiento y se estiró sobre la toalla, demasiado de moda y demasiado fina para aguantar la redondez de su cuerpo. 
Apoyada sobre los codos, en un esfuerzo sobrehumano de mantener el cuello erguido, pamela de coger papas, gafas a media nariz, observó de reojo el panorama. Parejitas, grupitos de mujeres, un bol de ensalada de pasta del vecino de al lado, también solo. Se lo comería, sin aliñar, tal cual, de un bocado. Al bol, claro. 
Una brisa corrió a introducirse, literalmente, por sus entrañas. Se removió libre, segura de su depilado, luchando constante contra la amargura de los complejos. Media vuelta y de espaldas, un ratito de lectura y, al pasar la página, el taladro de unos ojos sobre sus nalgas. La mueca de su jefe es irreversible justo cuando ella levanta su mirada del párrafo para rascarse con sutileza el huesito dulce y lo descubre, atónito e impertérrito, apenas dos toallas más allá, o sea, escasos centímetros de su persona. 
Ojalá la playa estuviera vacía. Ojalá. 

lunes, 5 de junio de 2017

Metamorfosis en el lago

Anoche soñé que estaba a orillas del lago.

Era el mismo lago de siempre, de un azul profundo y antiguo, rodeado por un bosque denso de árboles serenos.

Una lluvia fina caía con parsimonia sobre mi coronilla y bajo mis botas crujía el manto de hojarasca que tapizaba el sendero.


Había una belleza solitaria en el momento, íntima y perfecta. 

Una entrega sin preocupaciones.

Me recorría una necesidad urgente de seguir caminando.

Como si a cada paso estuviera más cerca de echar raíces en la espesura y de, yo misma, convertirme en árbol. 

sábado, 13 de mayo de 2017

Una tarde en el bosque

Había decidido ir a pasar la tarde en el bosque. Esa era la suerte de vivir en la isla. Siempre pensó que la mezcla de paisajes en tan poco espacio era una fortuna, pero no había disfrutado de ello hasta ahora. 
El reclamo era tan fuerte que había días que sentía la necesidad de dar un volantazo y poner rumbo a la montaña. Esta mañana, por ejemplo, de camino al trabajo, había observado por el rabillo del ojo la bruma deslizándose densa por la cresta del valle. Le había costado mantenerse firme, las manos férreas sujetando la dirección de la máquina, entre los humos de la civilización. Sin embargo, esta tarde...
Esta tarde, el viento gritaba enloquecido entre las ramas más altas. Julián sentía cómo venía cabalgando desde la distancia, agitando las copas de los pinos. Un temblor fantasmagórico que le recorría el sentido. 
Inició la cuesta con energía, aunque no sacó las manos de los bolsillos. El rostro hacia el cielo, de vez en cuando, cerraba los ojos y respiraba fuerte, muy fuerte, hasta que le dolía el pecho. No cabía más oxígeno dentro de su caja torácica, pero necesitaba más. 
Pronto, el asfalto dio paso a una pista y la pista a un sendero más estrecho. Avanzó arrastrando las botas para hacer que se despegara el barro antiguo y siguió subiendo un poco más. Justo hasta donde no se escuchaban los motores, ni siquiera los perros del caserío. Se sentó en un saliente de roca y apoyó su espalda en un árbol cercano, como quien se acerca a un viejo amigo que no ve desde hace demasiado tiempo. 

sábado, 22 de abril de 2017

Transformaciones I

Nunca habrías imaginado lo rápido que corría. Era como la película de Forrest Gump, justo en el momento en el que el protagonista huía veloz y el aparato que llevaba en sus piernas se resquebrajaba con cada zancada. En mi caso, las cadenas se partían y retumbaban pesadas contra el azulejo, como campanas doblando a muerto.  Sin embargo, yo me sentía más viva que nunca. El aire “aruñaba” la raíz de mi pelo y retiraba una costra antigua y amarillenta. Todo mi aparato esquelético parecía derrumbarse, pero yo continuaba firme y decidida, fiel a mi destino de transformarme en pájaro.

domingo, 4 de diciembre de 2016

buen vuelo

-          Abuela, ¿a dónde vas?
-           ¡Shhh! A dar la vuelta al mundo.

      Es lo primero que le dije a mi nieto de 6 años la noche en que me fui de casa porque no aguantaba más a mi marido. No sé por qué respondí así. Estaba en el pasillo a oscuras, empaquetada como para misa de domingo, los tacones en la mano izquierda y en la derecha la bota número 36 en la que tenía guardados 1000 euros a escondidas del caballero y, de pronto, de esa guisa, había surgido la figura minúscula de mi nieto Darío en el marco de la habitación, desgreñado y con el pijama revuelto, sacado de la película del Resplandor. Casi me infarto allí mismo.
   Que a dónde iba, me había dicho, absorto, con sus ojos enormes observándome como dos focos gigantes. “A dar la vuelta al mundo”, había dicho yo. Podría haber sido cualquier otra frase más cotidiana y cercana para él, del tipo “voy a tender” o “voy a tomarme las pastillas” o simplemente “voy al baño”, pero no, se ve que me invadió el complejo de Willy Fogg. Ahora, que han pasado los meses, supongo que el subconsciente quiso reunir algo de verdad y algo de fantasía en una frase que pudiera ser tirita para la herida que se crearía no a la mañana siguiente, sino dos o tres días más tarde, cuando la ausencia de la abuela fuera absolutamente anormal, incluso para un niño de 6 años, aparentemente al margen de todo.
    El caso es que, cuando me lancé al taxi en el clímax de mi personalidad atolondrada, la frase se transformó en revelación y supuso el primer impulso por el que se regirían mis decisiones venideras, que también, con el tiempo, acabaría aceptando, lejos de intuiciones, como la vasija que resulta después de años y años de una argamasa de sentimientos en cocción. La desembocadura de todos los dramas y alegrías previos. Imposible abrirse paso a contracorriente.
A las cuatro de la madrugada, estaba en el Aeropuerto de Tenerife Sur, dispuesta a protagonizar la teleserie del mediodía y subirme al primer vuelo que despegara. Con una leve amargura, tragué la aprensión que me atenazaba el cogote y me escabullí hacia el baño donde repartí entre el sostén, la faja y el bolsillo oculto de la chaqueta los 1000 euros que aún guardaba dentro de aquella bota talla 36, raquítica y añeja.
Luego, estuve sentada un par de horas acompañada de un café frío, regodeándome en el síndrome de la mirada perdida. No era remordimiento ni miedo lo que me retenía allí. Simplemente, la felicidad de poder detenerme sin dar explicaciones. Allí, no era más que una viajera cualquiera, desapercibida para el mundo. El traqueteo infatigable de mi vida parecía haber llegado al destino o, al menos, a una estación de descanso.
Fue la necesidad de huida la que me sacó de ese estado de hibernación matutina. Mi determinación por marcharme era tan fuerte que el miedo a que algún familiar se le ocurriera irme a buscar allí o tratara de convencerme en que abandonara mi propósito reactivó mis conexiones neuronales. Con paso seguro, acudí al mostrador de la compañía aérea y pronuncié deleitándome en cada sílaba: “un billete para Cuba, por favor”.
-          El próximo vuelo despega en dos horas – respondió la azafata con un dulce acento extranjero.
-          Ese mismo – añadí con un movimiento de barbilla que denotaba reafirmación- cueste lo que cueste – y mostré la tarjeta de crédito.
Total, ¿para qué lo quiero? Tanto ahorrar para llevármelo a la caja, pensé mientras se imprimía el comprobante en el datáfono. Acto seguido, el pánico me taladró las sienes con un razonamiento completamente distinto: años y años administrando los ahorros familiares para gastarlos por capricho hoy de un plumazo. Qué fastidio ser insegura, cuánto esfuerzo malgastado en ponerme trabas a mí misma. Bloqueé cualquier nuevo pensamiento y me dirigí al control previendo la duración del proceso: que sí, que me va a pitar el detector de metales, que llevo una prótesis de cadera y no sé cuántos tornillos en la boca. Que mi esqueleto va a competir con Frankestein cuando exhumen mis huesos. Hechas las explicaciones médicas y tras ser sobajeada por la policía de turno, me fui renqueando a la puerta de embarque. Localicé la cafetería más cercana y miré la hora. Las 9h de la mañana. Lo mismo da: una caña y un paquete de papas fritas. Y tan a gusto.
¿Qué dirán de mí? me cruzó la mente mientras bebía el primer sorbo de cerveza. ¿Qué dirán si me ven en el aeropuerto sola, bebiendo cerveza, vestida de punta en blanco y sin mi marido? Me reí repasando las posibilidades más certeras: ésta se ha echado un querido, se ha vuelto alcohólica, el pobre Rafaelito ya estiró la pata…y tantas otras tan rocambolescas como hirientes. En eso consiste la rumorología que nos impone tantos límites. El ideario de las cabezas de vecindario está alimentado por la apatía y la envidia. La infelicidad de las vidas humanas actúa como caldo para construir armas verbales arrojadizas que crean heridas irremediables entre las personas. Pero esta vez, lo tenía claro.  Ningún comentario ni posible comentario ni atisbo de comentario podría frenar mi necesidad de volar lejos, de despegar y despegarme de las habladurías y los convencionalismos.
En la cola de embarque, observando las familias y las parejas que viajaban conmigo, me sentí joven. Me habría gustado enviar un mensaje a mis hijos como solían hacer ellos cuando marchaban a estudiar fuera. Hacerlos partícipes de ese viaje. Contarles que el vuelo iba lleno, que avisaría al llegar, pedirles que se cuidaran los unos a los otros, pero tenía que esperar al día siguiente. Esta vez, debía pensar primero en mí misma. Sin embargo, fue mi marido quien ocupó mi sesera. Lo visualicé panza arriba sobre las sábanas de la cama, roncando ingenuo y despreocupado. Imaginé cómo se levantaría por la mañana, yendo a la cocina en busca de café, pronunciando mi nombre escaleras arriba, presintiendo que estaría en la azotea. Después, saldría igualmente a la huerta, daría su paseo de jubilado hasta el bar, compraría el pan y el periódico, supongo que me haría en el supermercado o en el ambulatorio, qué sé yo. Regresaría a casa sobre la una y quizá se extrañaría de que aún no hubiera llegado, refunfuñaría porque no vería ningún caldero al fuego y se sentaría en el sillón de la tele, tras desempapelar y engullir dos o tres caramelos de nata. A eso de las tres o cuatro, sería cuando descolgaría el teléfono. Dudé en decidir a quién de los chicos llamaría primero. Carlos estaba trabajando en Lanzarote desde inicios del verano en la recepción de un hotel, Yasmina terminando el turno de mañana en la clínica de higiene bucodental y Luisito haciendo las prácticas en el estudio de arquitectura. Claro que estos horarios él los desconocería. Pese a todo, estaba segura de que, fuera lo que fuera, llamaría a Yasmina, aunque poco hablara normalmente con ella, pero era la niña de la casa, por género tendría que saber dónde estaba su madre. Un vacío me oprimió el pecho al imaginar la sorpresa de ella, la preocupación enmarcando su rostro y la ignorancia absoluta, la imposibilidad de creerse que su madre, yo misma, estaba bien repantigada en el asiento 15 A del vuelo UX5483 Dirección La Habana. Mientras el azafato realizaba la coreografía de evacuación, por debilidad de madre, tecleé: “estoy bien. No se preocupen” y se lo envié a Yasmina. Porque yo los quería a todos igual, pero ella siempre sería mi niña y sólo su sensibilidad podría conseguir entenderme. 
-           ¿Por placer o por negocios? – escuché una voz a mi lado.
-         ¿Disculpa? – dije, tras comprobar que efectivamente la pregunta iba dirigida a mí y que la planteaba un joven de aproximadamente 30 y tantos años, ubicado en el asiento de al lado.
-      Que si viaja usted a Cuba por placer o por negocios – me dedicó una sonrisa deslumbrante que destacaba con su piel morena.
-           Por negocios, claro – tampoco sé por qué dije eso. Supongo que porque quería resguardarme en el refugio de la ficción. Ser alguien que no era. Evitar ser juzgada por un desconocido - ¿y usted? – añadí veloz, esquivando el protagonismo.
-           Pues yo ni por placer ni por negocios. Yo voy, digamos, por necesidad existencial. – se encogió de hombros y comenzó a doblar la tarjeta de embarque con nerviosismo- voy en busca de mi madre ¿sabe? – descansó en mis ojos su mirada, que adiviné ligeramente acuosa – de mi madre y de mí mismo. Al parecer, nací allí, lo descubrí hace poco. No sé ni siquiera si ella estará viva. Yo…no me acuerdo de ella. Era muy pequeño cuando mi padre me trajo a Canarias. Sin embargo, hay algo, una sensación de atracción, un imán que me reclama desde hace tiempo…no sé si me entiende.
       Claro que lo entendía. De hecho, cada palabra que había pronunciado había ido abriendo con lentitud y dolor una vieja cremallera bajo la que había encerrado un pasado indómito. Le tomé la mano con empatía y se la apreté fuerte, adoptando la figura de alguien externo que nos consolara a ambos.
-        En realidad, si le digo la verdad, mi viaje es también una búsqueda. En este momento de mi vida, el hartazgo, la monotonía – hice un pausa- la relación con mi marido…desde chica, he estado escuchando historias maravillosas sobre Cuba. Historias inconclusas sobre la juventud de mi abuela y la infancia de mi madre. Creo que entender esos orígenes me parece inspirador. Uno cambia tanto con lo que va ocurriendo. Conocer lo que ellas fueron quizás me ayude a recordar quién soy yo. Así que, bueno, viajo por negocios, sí, aunque un negocio particular, lucrativo, sí, pero para el alma. No sé si me he explicado bien.
-         Sí, sí. Vamos, que también viaja por necesidad existencial – concluyó él con un sonrisa – como todos.