miércoles, 7 de febrero de 2018

Se busca gente apasionada

Hace días que vivo a vueltas con aquello de la pasión. No es por influencia del “merchandising” majadero del 14 de febrero, aunque tengo una floristería en la esquina que lleva “encorazonando” el escaparate desde hace un mes y medio. La dependienta va camino de convertirse en oso amoroso sin necesidad de disfraz para los carnavales.
Tampoco vienen a cuento las campanas de la ermita, que ya he interiorizado como banda sonora del paisaje desde mi escritorio. En las iglesias, la pasión es dolor y yo me refiero a otra cosa.
Pongamos que les hablo de Howard Carter. El arqueólogo cabezota que por empecinamiento y entusiasmo, acabó descubriendo la única tumba real que no había sido expoliada en el Valle de los Reyes allá por el mil novecientos veinti y. ¡Qué tío! Como figura histórica, siempre me pareció relevante. Su hallazgo no tenía precedentes y consiguió iluminar al mundo en el desasosiego de la posguerra. “Dejen de aniquilarse o terminarán como yo” o “miren para lo poco que me sirvieron mis tres sarcófagos y mi máscara de oro”, imagino que podría sermonearnos el joven faraón.
El caso es que el personaje de Howard Carter ha vuelto a atraer mi atención gracias a la miniserie de Movistar titulada “Tutankamon”, que desde aquí recomiendo a los curiosos en egiptología. Interpretado por Max Irons (al que le queda muy bien el bigote), la figura de Carter se muestra como un tipo intenso y cimentado de convicciones. Un hombre lleno de pasión. De esa pasión que me viene obsesionando, porque si es pasión, debe llegar a esos límites. Me explico. Hablo de esa cualidad que tienen algunos de echarle ganas y vida a un objetivo. De amar lo que sueñas, de seguir escarbando en la tierra hasta encontrar lo que te hace feliz, pese a acabar con las uñas llenas de mierda, la gota de sudor en la frente y la frustración por ir en contra de la inercia de tu entorno.

Cuando Howard Carter quiso continuar excavando donde otros lo habían hecho, le respondieron con incredulidad. Para todos, era un idealista y un “flipado”. ¿Demasiado apasionado? Prefería dormir en una cueva que entre los lujos de una casa porque esto le permitía estar más cerca de lo que adoraba. Y, pese a lo que opinaba el resto, consiguió lo que buscaba. Hizo historia. Dibujó una sonrisa en su rostro. Ganó la lotería de la satisfacción que conlleva “emperretarse” en hacer algo que solo tú sabes que es bueno para ti. ¿Ves? ¿ves? ¿ves? ¡Te lo dije!
Pasión es la que trae a clase mi profesora de baile todos los días. La sala está a reventar, pero es curioso como una sola persona es capaz de provocar un cortocircuito a todos los que allí acudimos. Energía pura y limpia. Un regalo de sonrisas y una inyección de “bailo como quiero y me importa un bledo”. Imposible no contagiarse de “buen rollismo”.
¿Será eso? ¿plantarle buena cara al día, la semana, el mes, el año? Pues claro que también. El optimismo es un bien escaso generalizado. A veces, la gente se queja demasiado. Nos quejamos, me incluyo. ¡Qué respiro es la gente que te habla con luz en la mirada! que tiene proyectos que encienden su rostro, que se quejan, quizá, pero que después añaden precisamente un “pero” para contarte todo lo bueno que tienen también y, sobre todo, lo bueno que quieren emprender.  Pensemos en positivo, porque nos conviene y nos hace más felices, pero “buah” (como predica el asombro de los adolescentes), vivamos con pasión. De verdad, desempolvemos la versión extendida de nuestra película más libre, más arriesgada, más aventurera, más plena. Seamos por fin cómo siempre hemos querido ser. Recuperemos la ilusión.

miércoles, 11 de octubre de 2017

tardes de euforia

Tócame, rózame, báilame con tu mirada las caderas. Quiero despelotarme, liberarme, desgañitarme, correr hasta perder el control, hasta que sienta que mis piernas quieren desmembrarse y el calor arde en mis pantorillas. La mañana se me hace corta. Los días son muy pocos para las ansias que me devoran las tripas. Ven y dime que sientes lo mismo. Que no estamos hechos para las obligaciones, aunque seamos cumplidores. Que, tras la pupila, siempre espera su proyección el siguiente sueño. Que la lista es inacabable. 
Y luego perdámonos. Yo me pierdo y tú me sigues. A mí me va lo de escabullirme cuando todos están despistados. Que nadie sepa dónde estoy. Caminar cuesta arriba cuando todos bajan, hacerlo lento, regodearme en mirar el cielo cuando hay que mirar el suelo. 
¿Nos vamos, entonces? De nuevo, surgirán las dudas, como lunares rojos. De los que nos dan miedo. Y quizá nos achiquemos. Solo un rato. Para mantener la tensión. Como mirarte desnudo sin poder tocarte y sentir cómo me ruborizan las ganas el escote, que rebosa abierto, como si quisiera él mismo echarse a correr, permitir que sea el corazón el que llegue primero. 
Pero al final, nos atrevemos. Nos lanzamos ¿no? Porque toda frase de motivación se nos tatúa en el cerebelo. Y así, vamos alimentando el valiente que germina dentro. Así que, venga, sacúdete al viento. Sé sin pretensiones. A veces, imagino ser piedra. Un callao de la playa, quieto y sereno. Por supuesto, salado. Inerte, pero listo para que lo inunde la marea. 

sábado, 23 de septiembre de 2017

Somos unos cobardes valientes. "Los milagros prohibidos" de Alexis Ravelo

Me ha encantado el último libro de Alexis Ravelo. Es un libro honesto y claro. Una historia que se cuela líquida por tus vértebras, directa al corazón. Hacía tiempo que quería leer al autor, pero reconozco que el rejo policíaco de sus anteriores novelas no está entre mis géneros favoritos. Bobadas. Lo más seguro es que acabe por gustarme, pero ya sabes, la corriente de la costumbre, que a veces nos lleva y nos frena.
La novela son apenas 330 páginas. Distribuida en capítulos cortos, se devora en un santiamén. El contexto es consabido y, al mismo tiempo, inexplorado. Ravelo desempolva la historia de los alzados de La Palma, hombres que creyeron en valores y en un progreso diferente al que les sobrevino. Al que les pilló de sopetón. Que no era sino atraso y persecución y sobrevive como puedas.
"Los milagros prohibidos" llega. Y lo hace, porque nos es inevitable identificarnos con Agustín Santos, su protagonista. Un hombre bueno que tuvo mala suerte. Como los hubo en los dos bandos. Algo que Ravelo también nos recuerda. Porque en la Guerra Civil, la gente fue lo que pudo ser con tal de seguir viviendo o protegiendo a los suyos. Y así nos fue y nos va. Raspando el resquemor aquí y allá por culpa de hervir la realidad demasiado tiempo a la candela de unos fuegos que no eran nuestros, sino de unos pocos. A los que importábamos nada.
Y luego Ravelo nos presenta a Floro, al que llaman el hurón. Un personaje ambiguo. De esos que se echan a perder con los años, carcomidos por un pasado lleno de rencor. Y el lector se echa también al monte, escapando de lo inevitable. Presencia la caza que emprenden unos hacia otros. De vecino a vecino. De amigo a enemigo. Por eso, nos da tanta pena y sollozamos un poco, desde las primeras páginas, cuando Agustín Santos, el maestro de Puntallana, se encuentra con un alumno y éste no lo reconoce o cuando él mismo alimenta un odio asesino que nunca creyó suyo, pero que la huida hizo germinar muy adentro y muy profundo.
Las transformaciones impuestas y la volubilidad del tiempo son el regusto de esta historia. Narrada con la suficiente ternura y distancia como para encañonar tu entendimiento.


lunes, 14 de agosto de 2017

Viajando por Menorca: la oveja negra de las Baleares

Menorca es la oveja negra de las Baleares y lo digo en el buen sentido. Por un lado y por fortuna, no consigue el índice turístico de Mallorca o Ibiza y, por otro, su simpleza y su tamaño no es tal como para considerarla retiro paradisíaco tal que Formentera. Práctica y senderista serían dos de los adjetivos que le atribuiría. Nada mal, a mi modo de ver.
Llegamos en vuelo directo desde Madrid, repletas las filas del aparato por parejas en modo escapada romántica y grupos de chicas ataviadas con la pamela de mimbre y las pulseras coloridas de rigor. Tras apenas una hora, aterrizamos en el Aeropuerto de Mahón. Siempre diré que no hay nada como los sitios pequeños. Ningún retraso para aparcar el avión ni en salir de él ni en recoger la maleta. Empezábamos bien.
Para recorrer la isla, es necesario alquilar un coche o una moto. Menorca tiene una única carretera principal, que la cruza de este a oeste (y a la inversa), de la que parten otras secundarias hacia las innumerables calas y contados pueblos. Algunos hablan de una espina de pescado al referirse a esta distribución de carreteras. Nuestra opción fue la de coche, un sencillo Fiat Panda, que luego descubriríamos que era la elección de la mayoría de foráneos. Con aire acondicionado, por favor. La responsable de la empresa de alquiler nos esperaba con un cartel a la salida para llevarnos hacia el automóvil. Sobre el capó, extrajo su datáfono, hicimos el pago, echamos una firma y en 5 minutos estábamos despachados. “Dentro de una semana, lo aparcáis y dejáis las llaves dentro del maletero”, pronunció con un acento curioso y se mandó a mudar. Pues vale.
Era Junio y el sol pegaba fuerte sobre nuestra coronilla. El paisaje menorquín es bastante homogéneo. Es una isla bastante plana en comparación con las Canarias. La montaña más alta (El Toro) mide 358 metros y es fácilmente reconocible desde Es Mercadal y Alaior. En lo alto, está la ermita de la patrona. No llegamos a ir. El calor nos mantuvo aplacados para ciertos desafíos.
La primera parte del viaje nos alojamos en Santo Tomás, un hotel reformado que pertenece a la cadena Meliá, pero en una versión zen que ellos mismos autodenominan: “Sol Beach House”. La recepcionista, que por cierto parecía el robot de la película “Passengers” por su omnipresencia nos comentó, días más tarde, que esa gama de Meliá se encuentran en zonas de playa en lugares como Formentera, Bali o Fuerteventura.
En la entrada, te recibía una bici antigua decorada con flores silvestres, el olor dulzón a ambientador de coco y un refrigerio hecho de agua con limón o naranjas, según el momento del día. El azul celeste era el color predominante en el mobiliario de todo el hotel que combinaba con numerosos cojines estampados de la marca Desigual, al parecer patrocinador de estos hoteles. Los empleados vestían también camisas de esta misma marca y en las habitaciones encontrabas de nuevo los susodichos cojines con motivos festivos. Las paredes estaban llenas de cuadros con frases optimistas en inglés. Todo muy "happy flower".
Por supuesto, a pesar del alojamiento y del propósito previo de descanso, era impensable para nuestro espíritu permanecer encerrados entre esas paredes, por muy Desigual o positivo que se quisiera pintar el tema, así que desde la primera tarde, ya estábamos mochila a la espalda y modo explorador en marcha. La primera cala que exploramos fue Cala Algaiarens. Se encuentra en la zona norte y se accede tras unos veinte minutos caminando desde el aparcamiento, totalmente gratuito. Afortunadamente, el sendero transcurre entre pinos y la mayoría del trayecto estás en sombra. Esto es común a la mayoría de playas de la isla, así que es importante llevar siempre buen calzado, gorra y botellín de agua incorporado.
Una de las características del turista que visita Menorca es que no se conforma con las playas de fácil acceso como Cala Galdana u otras cercanas a las poblaciones más importantes y eso me parece plausible. A pesar de haber leído que se trataba de playas más bien solitarias, en todas las calas que visitamos, que fueron las que se suponía más aisladas y recónditas, siempre hubo gente. Por tanto, te aconsejo que dejes a un lado la pereza y te eches a andar. La media de trayecto ronda solo los 20 minutos y, de todos es sabido, que el deporte despeja la mente y revitaliza tus músculos, así que te irá bien.
Se dice que las calas del Norte son más salvajes y tienen un mar más bravo. Mi impresión es que tanto al sur como al norte el mar en Menorca es de lo más plácido del mundo. Acostumbrada al oleaje del Atlántico, la costa en Menorca me resultó hasta excesivamente quieta. Su calma permite la presencia de muchísimos barcos en casi todas las playas. Hay empresas que permiten incluso alquilar embarcaciones sin tener titulación. Son unos barcos pequeños, en los que caben hasta cuatro pasajeros y cuestan alrededor de 200 euros unas cinco horas. Si no te motiva (nosotros no lo hicimos), siempre podrás optar por una típica excursión marítima que te hará vislumbrar la costa y te permite el baño en alta mar. Nosotros pretendíamos hacer un paseo de este tipo con una empresa de buenas referencias en la web, pero casualmente el motor de su embarcación se estropeó y tuvimos que elegir otra de peores características. Ya ni me acuerdo del nombre, porque creo que era bastante ridículo. Costaba 20 euros y viajabas con casi 30 turistas más. Las vistas eran muy bonitas y fue agradable recibir el frescor marino en medio de la ola de calor que azotaba toda España.
La gran decepción de este viaje vino de la mano humana. En todas las calas que visitamos, había muchísima suciedad acumulada en la costa. El plástico de bolsas y de botellas o los restos de colillas siempre formaban parte de la foto, aunque no te des cuenta. Lo idílico se tornaba en triste al comprobar cómo seguimos sin preservar espacios naturales tan valiosos como este. Mientras lo pensaba, reteniendo una mueca de asco, el propietario de un barco lanzaba los restos de su barbacoa al mar y la esperanza en un cambio a mejor se me esfumaba muy lejos en el horizonte. 
Para comer, sin duda, Es Mercadal. Cerca de la plaza, hay un restaurante que se llama “Las Vegas” y repetimos dos días (no consecutivos, porque nos daba vergüenza) el menú del día. Rondaba los 12-13 euros y los platos eran contundentes y variados. El camarero, como la mayoría de los que nos atendió durante la semana, era andaluz. Un hombre dicharachero y efectivo en su trabajo. Hace unos años viví en Sevilla y siempre mantendré que en restauración son los mejores trabajadores, a riesgo de morir por infarto por su actividad tan desenfrenada. En Menorca, el ritmo es mucho más pausado, pero siguen siendo igual de funcionales. Por supuesto, todos confundieron nuestro acento con el de Málaga o el de Cádiz. Acabaron contándonos los años que llevaban en la isla y su espíritu migratorio. Lejos de nuestras comunidades, canarios y andaluces siempre nos sentimos familia.
El descubrimiento en Menorca fue la cantidad de yacimientos arqueológicos que contiene. Se trata de monumentos talayóticos que datan de entre 3000 y 1500 años a.C. La isla está repleta de ellos y la mayoría son de acceso gratuito. Se encuentran camuflados entre las huertas, aunque su presencia está señalizada. Algunas empresas proponen rutas explicativas, pero los carteles informativos en los propios yacimientos suplen bien esta carencia, si no hay tiempo o ganas de seguir un rebaño. El que más me gustó se encontraba en Cala Morell, muy cerca de la playa, en una curva de la carretera. Era un conjunto de cuevas excavadas de aspecto misterioso. Trepucó, con su Taula gigantesca, impresiona bastante. Resulta agradable poder combinar la exploración de playas y senderos con un aspecto cultural tan distinto y único. Es una pena que este atractivo de la isla no destaque más.
Las dos ciudades principales, Ciutadella y Mahó son muy manejables y tienen bastante encanto. Ambas cuentan con un centro histórico de callejuelas peatonales y edificios cálidos. La vista del puerto de Mahó desde el casco antiguo merece la pena. Sin embargo, yo prefiero los lugares aún más pequeños y menos transitados. Para ser primeros de junio, la ocupación era bastante alta y, haciendo honor a la historia (Menorca fue británica en el S.XVIII), la inglesa era la nacionalidad prioritaria de los visitantes. Tendré que volver en otoño cuando todo sea más solitario. Uno siempre tiene que buscarse excusas para regresar a los destinos ya conocidos. La segunda vuelta suele ser más enriquecedora y auténtica.
Cada vez estoy más de acuerdo con el Principito cuando dice que le encantan las puestas de sol. En Menorca, las he visto preciosas. Por 12 euros, puedes contemplarla desde Cova d’en Xoroi en modo turista, consumición y música en vivo, pero en mi retina permanecerá la que vivimos cerca de Cap de Cavalleria. El naranja del final del día siempre me embelesa. Me vuelve entre nostálgica y enérgica. Con ganas de desinflarme y conformarme con el presente, pero a la vez con garra para retar al futuro. Es una sensación de esas contradictorias que definiría como vitales.
El último día, apuramos el sol en ruta, desgastando el Fiat Panda a fuego. Nos alojábamos en otra de las propuestas típicas de la isla: los hoteles rurales, cerca del aeropuerto. Nos despedimos del mediterráneo en Cales Coves, cuando eran más los que se iban que los que llegaban. Apostados en las rocas, contemplábamos el azul en silencio. Olía a algas varadas y a fin de viaje. Lo bueno es que ya sabía que viajar tiene unos efectos secundarios que se prolongan en el tiempo y que la escapada nunca dura solo lo que dictamina el calendario sino lo que tarde el espíritu en saborearlo y deglutirlo. A veces, si ha sido de los buenos, toda una vida. 

martes, 18 de julio de 2017

La melodía de Anastasia

Anoche, el universo le hizo un guiño.
Era la puesta de sol y los rayos de luz iluminaban a ratos su rostro, colándose por la piedra.
Estaba sentada en un banco de madera, pegado a la pared húmeda y bebía a sorbos lentos un vino afrutado que adormecía sus sentidos.
El cantante se encontraba a escasos metros, rodeado de turistas ávidos de momentos para el recuerdo. 
Con los primeros acordes, reconoció la canción de inmediato. La había cantado tantas veces años atrás, cuando su espíritu era libre y desenfadado y el tiempo se le enredaba en sueños idealistas que hablaban de viajes, de aventura y de valentía. Todo con uve de vida.
Fue capaz de rememorar esa sensación con tanta claridad y certeza que, mientras regresaba a su tiempo, ya agotado el vino y las últimas notas, su alma se endurecía vigorosa y recobraba el aliento inspirador de entonces, liberándose de las cadenas ficticias que ahora la ataban. 

miércoles, 21 de junio de 2017

Ojalá la playa estuviera vacía

Ojalá la playa estuviera vacía. Ojalá. Repitió con voz cansada, asintiendo con el mentón como las viejas que asumen resignadas su presente y predicen un futuro sombrío. Pero no era vieja. Era un joven lozana, dirían los libros anticuados de la estantería del recibidor en casa de su madre. Una vida por delante, rezaría el tópico. 
Sandra se fue a la playa con su bikini de rayas y se destetó nada más posar las plantas de sus pies en la arena ardiente. No había casi hueco entre tanta sombrilla y tanta mochila-nevera. Pero la visión estaba tan anclada desde hacía una semana...el festivo, a torrarme a la costa, en pelota picada. Arrugó la nariz al pensar en el adjetivo "picada". Se imaginó un testículo descuartizado como carne molida de mezcla vaca-cerdo, ideal para las albóndigas. Sacudió la cabeza para alejar la ridiculez de ese pensamiento y se estiró sobre la toalla, demasiado de moda y demasiado fina para aguantar la redondez de su cuerpo. 
Apoyada sobre los codos, en un esfuerzo sobrehumano de mantener el cuello erguido, pamela de coger papas, gafas a media nariz, observó de reojo el panorama. Parejitas, grupitos de mujeres, un bol de ensalada de pasta del vecino de al lado, también solo. Se lo comería, sin aliñar, tal cual, de un bocado. Al bol, claro. 
Una brisa corrió a introducirse, literalmente, por sus entrañas. Se removió libre, segura de su depilado, luchando constante contra la amargura de los complejos. Media vuelta y de espaldas, un ratito de lectura y, al pasar la página, el taladro de unos ojos sobre sus nalgas. La mueca de su jefe es irreversible justo cuando ella levanta su mirada del párrafo para rascarse con sutileza el huesito dulce y lo descubre, atónito e impertérrito, apenas dos toallas más allá, o sea, escasos centímetros de su persona. 
Ojalá la playa estuviera vacía. Ojalá. 

lunes, 5 de junio de 2017

Metamorfosis en el lago

Anoche soñé que estaba a orillas del lago.

Era el mismo lago de siempre, de un azul profundo y antiguo, rodeado por un bosque denso de árboles serenos.

Una lluvia fina caía con parsimonia sobre mi coronilla y bajo mis botas crujía el manto de hojarasca que tapizaba el sendero.


Había una belleza solitaria en el momento, íntima y perfecta. 

Una entrega sin preocupaciones.

Me recorría una necesidad urgente de seguir caminando.

Como si a cada paso estuviera más cerca de echar raíces en la espesura y de, yo misma, convertirme en árbol.