domingo, 4 de diciembre de 2016

buen vuelo

-          Abuela, ¿a dónde vas?
-           ¡Shhh! A dar la vuelta al mundo.

      Es lo primero que le dije a mi nieto de 6 años la noche en que me fui de casa porque no aguantaba más a mi marido. No sé por qué respondí así. Estaba en el pasillo a oscuras, empaquetada como para misa de domingo, los tacones en la mano izquierda y en la derecha la bota número 36 en la que tenía guardados 1000 euros a escondidas del caballero y, de pronto, de esa guisa, había surgido la figura minúscula de mi nieto Darío en el marco de la habitación, desgreñado y con el pijama revuelto, sacado de la película del Resplandor. Casi me infarto allí mismo.
   Que a dónde iba, me había dicho, absorto, con sus ojos enormes observándome como dos focos gigantes. “A dar la vuelta al mundo”, había dicho yo. Podría haber sido cualquier otra frase más cotidiana y cercana para él, del tipo “voy a tender” o “voy a tomarme las pastillas” o simplemente “voy al baño”, pero no, se ve que me invadió el complejo de Willy Fogg. Ahora, que han pasado los meses, supongo que el subconsciente quiso reunir algo de verdad y algo de fantasía en una frase que pudiera ser tirita para la herida que se crearía no a la mañana siguiente, sino dos o tres días más tarde, cuando la ausencia de la abuela fuera absolutamente anormal, incluso para un niño de 6 años, aparentemente al margen de todo.
    El caso es que, cuando me lancé al taxi en el clímax de mi personalidad atolondrada, la frase se transformó en revelación y supuso el primer impulso por el que se regirían mis decisiones venideras, que también, con el tiempo, acabaría aceptando, lejos de intuiciones, como la vasija que resulta después de años y años de una argamasa de sentimientos en cocción. La desembocadura de todos los dramas y alegrías previos. Imposible abrirse paso a contracorriente.
A las cuatro de la madrugada, estaba en el Aeropuerto de Tenerife Sur, dispuesta a protagonizar la teleserie del mediodía y subirme al primer vuelo que despegara. Con una leve amargura, tragué la aprensión que me atenazaba el cogote y me escabullí hacia el baño donde repartí entre el sostén, la faja y el bolsillo oculto de la chaqueta los 1000 euros que aún guardaba dentro de aquella bota talla 36, raquítica y añeja.
Luego, estuve sentada un par de horas acompañada de un café frío, regodeándome en el síndrome de la mirada perdida. No era remordimiento ni miedo lo que me retenía allí. Simplemente, la felicidad de poder detenerme sin dar explicaciones. Allí, no era más que una viajera cualquiera, desapercibida para el mundo. El traqueteo infatigable de mi vida parecía haber llegado al destino o, al menos, a una estación de descanso.
Fue la necesidad de huida la que me sacó de ese estado de hibernación matutina. Mi determinación por marcharme era tan fuerte que el miedo a que algún familiar se le ocurriera irme a buscar allí o tratara de convencerme en que abandonara mi propósito reactivó mis conexiones neuronales. Con paso seguro, acudí al mostrador de la compañía aérea y pronuncié deleitándome en cada sílaba: “un billete para Cuba, por favor”.
-          El próximo vuelo despega en dos horas – respondió la azafata con un dulce acento extranjero.
-          Ese mismo – añadí con un movimiento de barbilla que denotaba reafirmación- cueste lo que cueste – y mostré la tarjeta de crédito.
Total, ¿para qué lo quiero? Tanto ahorrar para llevármelo a la caja, pensé mientras se imprimía el comprobante en el datáfono. Acto seguido, el pánico me taladró las sienes con un razonamiento completamente distinto: años y años administrando los ahorros familiares para gastarlos por capricho hoy de un plumazo. Qué fastidio ser insegura, cuánto esfuerzo malgastado en ponerme trabas a mí misma. Bloqueé cualquier nuevo pensamiento y me dirigí al control previendo la duración del proceso: que sí, que me va a pitar el detector de metales, que llevo una prótesis de cadera y no sé cuántos tornillos en la boca. Que mi esqueleto va a competir con Frankestein cuando exhumen mis huesos. Hechas las explicaciones médicas y tras ser sobajeada por la policía de turno, me fui renqueando a la puerta de embarque. Localicé la cafetería más cercana y miré la hora. Las 9h de la mañana. Lo mismo da: una caña y un paquete de papas fritas. Y tan a gusto.
¿Qué dirán de mí? me cruzó la mente mientras bebía el primer sorbo de cerveza. ¿Qué dirán si me ven en el aeropuerto sola, bebiendo cerveza, vestida de punta en blanco y sin mi marido? Me reí repasando las posibilidades más certeras: ésta se ha echado un querido, se ha vuelto alcohólica, el pobre Rafaelito ya estiró la pata…y tantas otras tan rocambolescas como hirientes. En eso consiste la rumorología que nos impone tantos límites. El ideario de las cabezas de vecindario está alimentado por la apatía y la envidia. La infelicidad de las vidas humanas actúa como caldo para construir armas verbales arrojadizas que crean heridas irremediables entre las personas. Pero esta vez, lo tenía claro.  Ningún comentario ni posible comentario ni atisbo de comentario podría frenar mi necesidad de volar lejos, de despegar y despegarme de las habladurías y los convencionalismos.
En la cola de embarque, observando las familias y las parejas que viajaban conmigo, me sentí joven. Me habría gustado enviar un mensaje a mis hijos como solían hacer ellos cuando marchaban a estudiar fuera. Hacerlos partícipes de ese viaje. Contarles que el vuelo iba lleno, que avisaría al llegar, pedirles que se cuidaran los unos a los otros, pero tenía que esperar al día siguiente. Esta vez, debía pensar primero en mí misma. Sin embargo, fue mi marido quien ocupó mi sesera. Lo visualicé panza arriba sobre las sábanas de la cama, roncando ingenuo y despreocupado. Imaginé cómo se levantaría por la mañana, yendo a la cocina en busca de café, pronunciando mi nombre escaleras arriba, presintiendo que estaría en la azotea. Después, saldría igualmente a la huerta, daría su paseo de jubilado hasta el bar, compraría el pan y el periódico, supongo que me haría en el supermercado o en el ambulatorio, qué sé yo. Regresaría a casa sobre la una y quizá se extrañaría de que aún no hubiera llegado, refunfuñaría porque no vería ningún caldero al fuego y se sentaría en el sillón de la tele, tras desempapelar y engullir dos o tres caramelos de nata. A eso de las tres o cuatro, sería cuando descolgaría el teléfono. Dudé en decidir a quién de los chicos llamaría primero. Carlos estaba trabajando en Lanzarote desde inicios del verano en la recepción de un hotel, Yasmina terminando el turno de mañana en la clínica de higiene bucodental y Luisito haciendo las prácticas en el estudio de arquitectura. Claro que estos horarios él los desconocería. Pese a todo, estaba segura de que, fuera lo que fuera, llamaría a Yasmina, aunque poco hablara normalmente con ella, pero era la niña de la casa, por género tendría que saber dónde estaba su madre. Un vacío me oprimió el pecho al imaginar la sorpresa de ella, la preocupación enmarcando su rostro y la ignorancia absoluta, la imposibilidad de creerse que su madre, yo misma, estaba bien repantigada en el asiento 15 A del vuelo UX5483 Dirección La Habana. Mientras el azafato realizaba la coreografía de evacuación, por debilidad de madre, tecleé: “estoy bien. No se preocupen” y se lo envié a Yasmina. Porque yo los quería a todos igual, pero ella siempre sería mi niña y sólo su sensibilidad podría conseguir entenderme. 
-           ¿Por placer o por negocios? – escuché una voz a mi lado.
-         ¿Disculpa? – dije, tras comprobar que efectivamente la pregunta iba dirigida a mí y que la planteaba un joven de aproximadamente 30 y tantos años, ubicado en el asiento de al lado.
-      Que si viaja usted a Cuba por placer o por negocios – me dedicó una sonrisa deslumbrante que destacaba con su piel morena.
-           Por negocios, claro – tampoco sé por qué dije eso. Supongo que porque quería resguardarme en el refugio de la ficción. Ser alguien que no era. Evitar ser juzgada por un desconocido - ¿y usted? – añadí veloz, esquivando el protagonismo.
-           Pues yo ni por placer ni por negocios. Yo voy, digamos, por necesidad existencial. – se encogió de hombros y comenzó a doblar la tarjeta de embarque con nerviosismo- voy en busca de mi madre ¿sabe? – descansó en mis ojos su mirada, que adiviné ligeramente acuosa – de mi madre y de mí mismo. Al parecer, nací allí, lo descubrí hace poco. No sé ni siquiera si ella estará viva. Yo…no me acuerdo de ella. Era muy pequeño cuando mi padre me trajo a Canarias. Sin embargo, hay algo, una sensación de atracción, un imán que me reclama desde hace tiempo…no sé si me entiende.
       Claro que lo entendía. De hecho, cada palabra que había pronunciado había ido abriendo con lentitud y dolor una vieja cremallera bajo la que había encerrado un pasado indómito. Le tomé la mano con empatía y se la apreté fuerte, adoptando la figura de alguien externo que nos consolara a ambos.
-        En realidad, si le digo la verdad, mi viaje es también una búsqueda. En este momento de mi vida, el hartazgo, la monotonía – hice un pausa- la relación con mi marido…desde chica, he estado escuchando historias maravillosas sobre Cuba. Historias inconclusas sobre la juventud de mi abuela y la infancia de mi madre. Creo que entender esos orígenes me parece inspirador. Uno cambia tanto con lo que va ocurriendo. Conocer lo que ellas fueron quizás me ayude a recordar quién soy yo. Así que, bueno, viajo por negocios, sí, aunque un negocio particular, lucrativo, sí, pero para el alma. No sé si me he explicado bien.
-         Sí, sí. Vamos, que también viaja por necesidad existencial – concluyó él con un sonrisa – como todos. 

domingo, 16 de octubre de 2016

Un churretón de color

Respira el aroma de la felicidad
concédete la tranquilidad de fluir con el buen rollismo
aleja los miedos inservibles
los miedos añejos
los miedos inexistentes
golpea el cascarón y observa cómo se derrumban ante la luz que desprendes
Ama, ama sin medida
como tú bien sabes
saborea cada instante
porque conoces la ligereza del tiempo
la vulnerabilidad de los días
Sé feliz, sin condiciones
no dejes que los otros, lo que fuiste o lo que esperan de ti te bloquee el despegue 
ni te mancille la sonrisa
porque tú eres la alegría de soñar
una mordida insaciable al presente
un churretón apetitoso de entusiasmo
que se te escapa por la comisura de la boca
que empapa, que decora y aplaca la negrura de la vida. 

martes, 4 de octubre de 2016

El hijo de Harry Potter es disruptivo

Ser el del medio siempre fue complicado. Ni ostentas la responsabilidad del hijo mayor ni la osadía del pequeño. En esa posición intermedia, resulta lógico que uno nunca acabe de encontrar su sitio. Algo así es lo que le ocurre a Albus Severus Potter en el libro "Harry Potter y el legado maldito" (Little Brown). Apabullado por el pasado y la fama de su padre, el joven Albus es incapaz de estar bien consigo mismo y con el mundo que le rodea, situación más que común para un adolescente de 13 años. Su llegada a Hogwarts, donde es seleccionado para la casa Slytherin y sus pocas habilidades sociales agudizarán su carácter introvertido y taciturno. A pesar de ser hijo del mago más famoso de todos los tiempos y salvador del mundo, Albus se siente más bien torpe, inseguro y cobarde. Discusiones y reproches serán la tónica entre el padre y el hijo conforme éste pasa sus años de estudios en Hogwarts. La aparición de Scorpius, único amigo de Albus y casualmente hijo del arrogante Malfoy, no hará más que empeorar las cosas. Harry intentará separarlos, especialmente tras escuchar las habladurías sobre la supuesta paternidad de Scorpius: el propio Voldemort. El temor por el regreso del Señor Oscuro se apoderará de Potter y de sus inseparables amigos Ron y Hermione, que también tienen cierto protagonismo en el libro. Juntos, lucharán contra nuevos enemigos que están más cerca de lo que creen. Los viajes en el tiempo, el deseo de cumplir con las expectativas de padres e hijos, además del habitual ensalzamiento de la amistad, que viene siendo máxima en las entregas de Harry Potter serán los ejes fundamentales de esta historia. Dividida en dos partes y cuatro actos, este libro recoge el guion de la obra de teatro que se representa en Londres desde el pasado julio y cuya autoría está compartida entre J.K. Rowling (la creadora de la saga) y dos reconocidos guionistas (John Tiffany y Jack Thorne). Su formato de diálogo resulta muy entretenido de leer, especialmente si hay niños en casa, pues cada uno puede adoptar un papel. La historia está plagada de guiños a los seguidores de Harry y su lectura no decepcionará si pretenden reencontrarse con viejos conocidos como la profesora Mcgonagall, los cuadros parlanchines de Hogwarts, Myrtle la llorona e incluso Snape. Sin embargo, algunos opinan que resulta insuficiente y que se echa en falta el contenido descriptivo que ofrecen las novelas. En cualquier caso, como buenos lectores, nuestra imaginación hará el resto. Eso sí, no durará mucho. Lo despalillas en 24 horas. Lumus y buena lectura. 

domingo, 4 de septiembre de 2016

Libros para despedir el verano: "El africano" de Le Clézio

Este pequeño libro de 123 páginas es una despedida postergada en el tiempo. Le Clézio (Premio Nobel de Literatura 2008) ahonda en su pasado y rescata a su padre como protagonista de un relato que mezcla la admiración y la resignación. La novela te planta frente al autor desnudo y despellejado, acosado por las dudas, pero con un alto grado de comprensión hacia lo que el tiempo y la vida puede llegar a hacer de un hombre. Conforme avanzas en la lectura, te parece estar escuchando las confesiones añejas de un amigo, descubriendo episodios de su infancia que jamás te había contado. Le Clézio mata a su padre en esta novela. No lo hace de forma literal, sino diría que de manera terapéutica. Arrastra al progenitor a su nivel, le mira directamente a los ojos, entiende su deterioro posterior y acaba por perdonarlo. Habla de sus inseguridades y sus abandonos y, de esta forma, asesina la idealización que hubiera creado cuando aún era pequeño, cuando aún esperaba su presencia.  Es también esta novela una instantánea africana, concretamente de la vida de sus gentes, atenazadas por la enfermedad, pero agarradas a la supervivencia de la simpleza. Observamos lo sucedido desde dos distancias diferentes: la del hijo y la del padre, ambas aderezadas por la nostalgia. Destaca la crudeza con la que afronta el padre su labor de médico en los pueblos africanos. Su entereza frente a la muerte y su sacrificio familiar en aras de un servicio a los otros que parece innato en él. Recorremos su trayectoria profesional y el desencanto en su madurez, harto de experiencias desagradables, pero también hay cabida para el amor y la añoranza al recordar episodios de su juventud en los que, acompañado por su mujer, todos los retos eran alcanzables y África era el escenario de la aventura y la libertad.
 Es inevitable que se desprenda de estas páginas un regusto a tristeza, esa de quien observa los logros conseguidos con melancolía, porque le recuerdan las pérdidas que éstos conllevaron. Una novela íntima y honesta que nos ayuda a aceptar que, pese a nuestro valioso poder de decisión, el ser humano es llevado por las circunstancias, que son las verdaderas moldeadoras de su vida. 
Algunos pasajes de una belleza singular:

"Habíamos venido desde el otro lado del mundo (porque Niza era perfectamente el otro lado del mundo). Habíamos salido de un apartamento en el sexto piso de un edificio burgués, rodeado por jardines donde los niños tenían prohibido jugar para vivir en África ecuatorial, al borde de un río fangoso, en medio del bosque"

"Este es un país de horizontes lejanos, donde el cielo es más amplio y se extiende hasta que se pierde la vista. Mis padres sienten aquí una libertad que no han conocido nunca en otro lugar"

"África es, al mismo tiempo, salvaje y humana en su noche de bodas. Durante todo el día, el sol ha quemado sus cuerpos. Ellos están repletos de una fuerza eléctrica incomparable. Imagino que hacen el amor esa noche al ritmo de los tambores que vibran bajo la tierra, pegados el uno contra el otro en la oscuridad, su piel empapada en sudor, resguardados en la cabaña de barro y ramas tan pequeña como un gallinero"

"Aún está lúcido. Sabe que va a morir. Por un momento, en la celda donde lo han aislado, sufre una crisis, su cuerpo se arquea y sus miembros son poseídos por una fuerza tal que el cuero parece estar a punto de romperse. Al mismo tiempo, gruñe y grita de dolor, la espuma sale de su boca. Luego, vuelve a caer en el letargo inducido por la morfina. Horas más tarde, será mi padre quien hunda en su vena la aguja que le inyecte el veneno. Antes de morir, el joven mirará a mi padre, perderá el conocimiento y su pecho se desinflará con el último suspiro. ¿Qué tipo de hombre eres cuando has vivido esto?"

jueves, 25 de agosto de 2016

Descripciones que sólo puede hacer la gente que lee

En la fantástica película de Arnaud Desplechin, "Trois souvenirs de ma jeunesse", Paul Dédalus (el protagonista) no para de leer en todo el largometraje. No es de extrañar que cuando visita un museo en compañía de su novia y amante Esther, haga uso de forma improvisada de un cuadro para regalarle a su amada esta descripción tan particular y detallada de su rostro y carácter. Toda una declaración de amor.

Transcripción en francés:

"Je vais te dire pourquoi ce tableau te ressemble et pourquoi tu es une fille merveilleuse. C'est un tableau d'Hubert Robert, peint au XVIII siècle. C'est un paysage en Italie, tout semble à l'abandon. En bas, le tableau est mangé par les ruines comme après le passage d'un tornade de vent et moi, je pense que tu es pareille à ce qui a arraché ces colonnes: sauvage, violente...Je suis comme l'homme à la cape rouge, une tache rouge comme ta bouche mais tu es rieuse aussi comme ces deux femmes-là. Au loin, l'eau de cette fontaine c'est toi qui file entre mes doigts et là c'est ton menton qui semble simple droit comme un texte au Latin mais qui est violent aussi comme Acthéon. Moi, je suis Acthéon déchiré par les chiens et toi, tu es comme Diane, mais tu es douce aussi comme Venus et comme Usica? qui accueille Ulysse toute nue et déchirée quand les autres filles se sont enfuies et ça c'est ton beau tableau. Là, c'est ton front, tes sourcils et tes yeux bleus comme le ciel parce que ton visage tient toute la signification du monde dans ses traits"

Traducción al español:

"Voy a contarte por qué este cuadro se te parece y por qué eres una chica maravillosa. Es un cuadro de Hubert Robert, pintado en el siglo dieciocho. Se trata de un paisaje en Italia y todo parece abandonado. En la parte baja, el cuadro parece estar devorado por las ruinas, como si hubiera pasado un tornado y creo que tú te pareces a todo lo que podría haber arrancado esas columnas: algo salvaje, algo violento...yo, yo soy el hombre de la capa roja, una mancha granate como tu boca. A lo lejos, el agua de esta fuente eres tú, que se escurre entre mis dedos y esto de aquí es tu mentón, simple y firme como un texto en latín, pero también violento como Acteón. Yo soy Acteón, destrozado por los perros y tú, tú eres Diana, pero también eres dulce como Venus y como Usica? que recibe a Ulises desnuda y desvalida cuando las otras chicas han huido. Así que este es tu bonito retrato. Y aquí están tu frente, tus cejas y tus ojos azules como el cielo, porque tu rostro contiene todo el significado del mundo en sus trazos"


Súmate a la moda de leer en el coche

El coche es un espacio único y personal. Es en el coche donde se fraguan, muchas veces, los pensamientos determinantes que oscilan entre la liberación y la autodestrucción. El coche motiva. El coche es un cómplice de fuga. El coche puede ser tu mejor escapatoria. De los creadores de "el sillón de atrás del coche siempre es buen sitio para follar" y "no tenemos wifi, hablen entre ustedes", llega ahora "Lee en el coche". Lejos de incitar al público general a cometer infracciones contra el reglamento de tráfico, esta nueva tendencia propone a los conductores y pasajeros a introducir la cultura en sus vehículos. El concepto es muy sencillo.
Si te fijas bien, todos los coches cuentan con numerosos orificios, guanteras o bolsillos perfectos para hacer las veces de estantería. Son estos espacios que llenamos de monedas sueltas, papeles de chicles, pañuelos usados, folletos, tickets del parking y otra basura varia los que podemos mejorar con la presencia de los libros. No tienen que ser muchos. Basta con dos o tres, preferiblemente alguno cerca del volante, pero también a mano para el copiloto o los pasajeros. Tranquilo, no se trata de leer conduciendo, más bien de optimizar tu tiempo. ¿Cuántas veces te toca esperar en el coche? Quizá porque hayas quedado con alguien que llegue tarde, quizá porque la tienda está aún cerrada, quizá porque quedan quince minutos para tu clase, quizá porque has acompañado a tu hermana al veterinario con su perro, quizá porque te confudiste de hora...? Estas esperas interminables pueden ser sustituidas por ratitos o ratazos de placer siempre que hayas hecho una buena selección de libros en tu particular biblioteca automovilística. El gesto exige cierta voluntad en medio del caos tecnológico que vivimos, pero demostrarás un arrojo de personalidad al optar por un
libro en lugar de por el móvil en estos paréntesis muertos. Noticia de última hora: no son pérdidas de tiempo si las reconviertes en oportunidades mágicas para empaparte de cultura y concentrarte en algo que no sean preocupaciones o "tengo que". Puede que no te guste leer, pero reconoces el beneficio de la lectura (expande la mente, fomenta la concentración, enriquece tu vocabulario, etc). Esta es una buena manera de retomar el contacto con los libros, pues sabrás que el tiempo de lectura no se lo estás robando a nada que en principio te guste más, sino que simplemente te estás entreteniendo.Con suerte, este nuevo hábito te reporte más satisfacción de lo que esperabas. Piensa ahora en compartir vehículo y en las personas que habitualmente se montan en tu coche. Dejando los libros a la vista, compartes tus aficiones, tus autores preferidos, las historias que te mueven. Por un lado, expresas tu mundo interior, liberándote de prejuicios y miedos y, por otro, concedes generosamente la oportunidad a esas personas de acercarse a la cultura y de, a su vez, ofrecerte su punto de vista al respecto.
Esto seguramente sea el desencadenante de nuevas e interesantes conversaciones que no podrías haber mantenido de otra manera, además de una retroalimentación sana y necesaria en los tiempos que corren. No esperes más y genera, con ilusión, tu mini-biblioteca en el coche. Saca del polvo añejo a esos libros relegados a lo alto de la estantería del salón o del rellano. Párate a elegir un buen puñado de títulos, incluso entre aquellos que quedaron exiliados en casa de tus padres. Sé un héroe, esperando en el banco de la plaza con uno de esos libros. Sé "cool", metiendo la mano en tu bolso y ¡oh, sorpresa! no extrajo el móvil, sino un libro. Sé diferente, porque lo eres y lo sabes. Sé tú y sigue la moda buena, la que aporta y te construye y reconstruye como persona. 

lunes, 22 de agosto de 2016

Relatos terapéuticos: Amanda y su adiós al miedo

El momento de desenmascararse fue tardío, pero oportuno. El hombre, de barba abandonada y mirada profunda se había acercado sin pronunciar palabra. Llevaba puestas unas ropas raídas, más propias de un vagabundo que de un druida. Yo esperaba sentada sobre una piedra, la espalda erguida, desafiando lo imprevisto. 
Nos encontrábamos en un paraje extraño, propio de un póster de sala de espera de hospital: árboles, musgo fluorescente, varios pájaros cantando al unísono, el murmullo de un riachuelo coreano. 
- Quítatela - me dijo, a pocos palmos de mi cara, alargando su mano esquelética hacia mi barbilla. 
En un gesto reflejo, obedecí ensimismada. Había algo en su mirada de mandala giratorio, unos ojos espejo capaces de absorberte y llevarte a otros mundos. Con estupor, descubrí, al acariciar mi propia barbilla con los dedos, cómo una pequeña lengüeta comenzaba a despegarse. Cerré los ojos invadida por una sensación de asco de la que quería salir corriendo. Cuando volví a abrirlos, todo había desaparecido: ni rastro del bosque ni del río. Tan sólo una pantalla azul clara, oceánica, como las láminas curvas de l'Orangerie donde los Monet parecen abrazarte.
- ¿Ves? No hay nada - me dijo, sentado a mi lado. Había olvidado por completo su presencia. 
- ¿Cómo? ¿Nada? 
- Nada. Todo es tu percepción. El mundo no es ni de una manera ni de otra. El mundo es como lo quieras imaginar. Ninguna situación es buena ni mala. Todas se inician en el kilómetro cero de tu pensamiento. Tú eres quien está creando el miedo que sientes ahora. Es solo percepción. No le des conciencia. No juzgues. Acepta la vida como es y, sobre todo, no hagas plagio de otras percepciones y realidades. Todos somos distintos, así que vive tu vida distinta, libre de etiquetas - permaneció unos segundos en silencio antes de continuar - Anda, toma. Aquí tienes tu máscara si la quieres pero, por favor, al menos, inténtalo. Vive sin miedo. 
Titubeé unos instantes, atenazada y ahogada por limitaciones antiguas, que ahora sabía que no existían más que en mi cabeza. 
- Déjala, ya no la quiero - respondí tirando la máscara a una papelera cercana que había aparecido de súbito a escasos metros. El golpe seco al dar con el fondo resonó como la claqueta de un set de cine. 
Me encontré en la calle, esperando para cruzar el paso de peatones. El maletín del trabajo pesaba en mi mano izquierda y mi cuerpo sobre los tacones se balanceaba bajo un sol de ultimátum. Semáforo en verde. Parpedeé consciente y di media vuelta. No había obligación, había elección.