jueves, 29 de diciembre de 2011

Esta vez no es "otra vez" cualquiera

Graciela está indignada. Otra vez, han retrasado su vuelo. Y no sólo eso: esta tarde, cuando ha llegado al aeropuerto, acompañada por sus tres gigantescos maletones, ha tenido que aguantar, otra vez, esa famosa frase ilegal de: “No le podemos asignar asiento, Señora, porque el vuelo está sobrevendido”. ¿Sobrevendido? Como si palabra tal existiese en nuestro diccionario. Y, otra vez, arremolinada frente al mostrador de embarque, junto a otros veinte en sus mismas condiciones, se ha sentido desvanecer hasta unas quince veces. Por suerte, otra vez, la han mantenido en pie sus descomunales piernas, dotadas, cada una, de unos treinta kilos y pilares, sin duda, de toda su anatomía. Repetimos, incansablemente eso de “otra vez”, porque como habrán podido deducir ustedes, no es ésta la primera vez que la hermosura de Graciela afronta, con sus tres gigantescos maletones, sus ciento tres kilos y el hoyuelo grácil de su barbilla, esta misma historia. Pero también saben ustedes, que cuando la historia se repite, hay algunos detalles que cambian considerablemente. Verán ustedes, son detalles ínfimos, imperceptibles, meros accesorios de la verdadera trama (que es, para la generalidad, que la pobre de Graciela se ha quedado tirada en el aeropuerto, otra vez). Ahora bien, si es usted fan de aquella extravagante (pero auténtica) Amélie o, si no sabe quién es esta señorita, para resumir:  de esos que se fijan en los adornos que decoran el escenario de todo acontecimiento, sabrá que muchas veces estas pequeñas cosas pueden conllevar grandes torceduras en el sendero, aparentemente correcto, de la misma historia. Y, confiando en que esta enrevesada explicación haya despertado un mínimo de su curiosidad, les confieso, en estos momentos, que es, precisamente, un pequeño detalle el que hará que esta vez, para Graciela, no sea otra vez cualquiera.
Porque, como ya habíamos adelantado desde un principio, está Graciela batallando en aquél mostrador de Iberia (¡cómo no!) por conseguir un sitio en el avión hacia Málaga. Y, mientras se le escapa la saliva por entre las paletas, arremetiendo contra la joven azafata, como un perro rabioso, se le pasa, momentáneamente por la cabeza a Graciela, que quizá no deba montarse en ese aparato. Que puede que está a punto de vivir uno de esos instantes decisivos en el que la heroína de la narración, por azar o por destino, se libra del vuelo que podría acabar minutos después con su vida (simple paranoia momentánea). Es tan eléctrico el escalofrío que la recorre, que Graciela decide aplacar sus deseos de venganza y, finalmente, acepta el cambio de su billete para un vuelo posterior, dentro de tres horas. Durante ese tiempo, engulle un escalope a la plancha chamuscado, que consigue englutir gracias a medio litro de caca-cola y otro tanto de Seven…¡up!; agota la batería del móvil llamando a casa de su hermana (que es quien la espera en Málaga con sus tres sobrinos) y lee y relee "El Semanal", de cabo a rabo. Por fin, pensarán también ustedes, embarca Gabriela, tres horas y pico más tarde, en el avión que le ha sido asignado. Asiento: 15F, aunque más bien, habrían podido buscarle en vez de uno, dos. Que el culo, en un asiento solo, no le cabe. Y, cuando ya se ha abrochado el cinturón, ha repasado las caras de sueño de todo el que pasa por el pasillo y ha cotilleado las revistas, pastillas, portátiles, ipads, tablets y demás androides del vecino de al lado, anuncian por megafonía que ahora hay un fallo eléctrico y que hay que esperar, al menos veinte minutos más. Ni se inmuta Graciela porque esto, por si no lo sabían ustedes, sí que pasa otra vez. Esto y que la sobrecargo se ha puesto súbitamente enferma y hay que esperar a que venga la sustituta desde un hotel de Barajas. Y, cuando todas estas predicciones, tan habituales, se han cumplido, anuncia el Comandante que hay tráfico aéreo y que tienen que readjudicar, desde la Torre de Control, el despegue de su vuelo. Ya les decía yo: otra vez.
Lo curioso es que, tanto aburrimiento y tanta espera, llevan a Graciela a fijar su mirada en el respaldo del asiento que tiene justo en frente. ¿Qué podemos encontrar ahí? Bueno, lo que ustedes saben: menú-estafa, revista promocional, bolsa anti-mareo, reglas de seguridad…¡oh! ¿y esto? Camuflado entre unos y otros, ha descubierto Graciela un billete de avión. Está utilizado, claro. El asiento es el suyo, pero el propietario es otro. Se llama Ignacio Guarcea y ha volado, sólo hace dos horas, desde Roma hasta Madrid. ¡Qué tontería de hallazgo! Cualquier otra persona lo habría tirado al suelo, roto, o, si no, dejado en el mismo sitio y olvidado, pero para nuestra protagonista se ha convertido, inmediatamente, en billete de su imaginación. De hecho,  no está Graciela, ni sus ciento tres kilos, sentados ahora mismo en ese incómodo y minúsculo asiento del Airbus de Iberia. No es de noche, ni tiene sueño, ni la esperan, por Nochebuena, sus tres sobrinos y su hermana en la alegre y festiva Málaga. Sus posaderas reposan ahora en el fresquito mármol de la fuente de Neptuno De Piazza Navona. No la rodea el murmullo de quejas de los otros pasajeros “¿Cuándo llegaremos?, ¡Siempre pasa lo mismo!Ya no podrán venir a buscarme; Yo iba a dar a una sorpresa a casa y ahora estarán todos dormidos…”. De todas estas cosas, nada. Más bien un “Could you take us a photo, please?”, “C’est merveilleux”, “Alessandro, guarda questi fiori”, o “Signorina, vorresti un gelato buonissimo, il migliore gelato di tutta l’Italia”. Sí, ¡Mamma mia! Un vero gelato italiano.
 Graciela no podría jamás decir que no a suculenta proposición. Y, en su ensoñación, se olvida del despegue y del retraso. Envidia, hasta más no poder, a ese tal Ignacio Guarcea, que imagina guapo y atrevido. Que seguro que se ha escapado unos días a la Ciudad eterna para ir en busca de una antigua novia que abandonó, hace unos años, por miedo al compromiso. Quizá esconda en el pliegue de su labio leporino el discurso añejo de un enamoramiento al que él mismo quiso poner diques y ahora ha viajado hasta allí para dejarlo nadar libre, a merced de la corriente.  Casi ha aflorado en el corazón de Graciela el sentimiento de compasión por este amante cobarde imaginario, cuando pasa el azafato posh con el carrito de las comidas. ¡Pues claro que no quiere nada de la Carta! o ¿es que podrían ofrecerle un gelato italiano? Porque ahora, lo único que quiere es justamente eso.  Un exquisito gelato italiano, de dos bolas, con su cucurucho crujiente que la teletransporte a la inigualable Roma. Y, a lo mejor, volver atrás en el tiempo, cuando paseó por sus calles, como estudiante, la primera vez. Bueno, eso no, que es imposible. Mejor rescatar, de su pasado, aquellas ganas de viajar y explorar que antes tanto la revitalizaban. Antes, cuando creía, a pies juntillas, que el dinero no hacía la felicidad y que la amistad, la familia, el amor y la curiosidad eran ingredientes esenciales para sentirse plenos  y satisfechos. Sería un buen propósito para el 2012. Bueno, quizá demasiado ambicioso. Mejor, ir por partes. Lo primero: conseguir traer a su presente los viajes por placer y anteponerlos a los de negocios, que la tienen tan deshidratada y desmotivada.
Tomando forma está la genial idea que, sin quererlo ni saberlo, el niño Ignacio Guarcea (este detalle, por supuesto, Graciela lo desconoce) ha desencadenado en la cabeza de nuestro personaje.  Tanto es así que lo de quedarse sin manta o que su luz individual esté estropeada ya no resultan como las otras veces, sino que tienen mucha menos importancia, sino, ninguna. Y al llegar a casa de su hermana, disfruta Graciela, con unas ganas renovadas, de la cena, ya fría (como supondrán), de Nochebuena en familia. Canta con sus sobrinos, con inusitado fervor, “el Tamborilero” y “Blanca Navidad” que, desde siempre, han sido sus villancicos más odiados y hasta bromea con su cuñado y le deja creer que tiene la razón en todo lo que opina. La observa su hermana, que la conoce mejor que nadie, con cierta incredulidad, pero con gran alegría. Y, como familia feliz, todos se van a la cama a eso de las dos de la madrugada. Las luces del árbol quedan encendidas, porque aunque supongan un gasto mayor, queda más navideño, sentencia la hermana.  En cuestión de 20 minutos, se hace el silencio en la casa. Y así, hasta el día siguiente, cuando lo rompe la pequeña Rocío entrando corriendo en el cuarto de sus padres, con ese lenguaje infantil, aún desarticulado, y ese acento andalú que te hace quererla aún más, con sólo escucharla: “Mama, mira lo que me ha regalao Papa Noé: la muñeca con el vestío de gitana como el que tenía yo en Feria”. Y da una vuelta en pijama como si aún lo llevara puesto. “Ah, se me orvidaba, que la yaya no está, que se ha ido y ha dejado esto”.  Se le desfigura la sonrisa a la madre y le arranca de las manos a la pequeña el papel de regalo, con campanas y ángeles, que lleva en la mano. En el reverso, escrito con un bolígrafo al que se le acaba la tinta, un mensaje escrito por su hermana: “Feliz Navidad a todos. Espero que os gusten los regalos. Me he marchado a Roma. A la vuelta, os lo cuento. Un beso”. 
Camina Graciela y sus ciento tres kilos por la estrecha callejuela que va a dar a la Fontana di Trevi. ¡Che buonissimi sono i gelati italiani!.

martes, 13 de diciembre de 2011

Erotismo en los baños árabes


Gabriel está al fondo de la piscina, relajado, pero con el miembro firme. Sintiendo cómo se desliza el agua aceitosa y reparadora por las venas de su cuello. Los ojos cerrados, el pelo largo cayendo sensual sobre su espalda interminable, las manos descansando al acecho sobre sus muslos.

Cuelga del techo una lámpara enorme, de cristales diminutos, dentro de la que arde una minúscula vela. Ésta y otras, aún más pequeñas, dispuestas en hileras a ambos lados de la piscina, otorgan esta tibia calidez a la estancia. Un aura, casi mágica, que nos hace creer que aquello que estamos viendo y sintiendo no es real.

Miro a ambos lados, como si me pareciera sentir la presencia de unos terceros ojos clavados en la redondez de mis nalgas. No hay nadie más, sentencia con rotundidad mi mente. Y bajo el primer escalón. Noto cómo se mojan, tímidas, las puntas de mis pies y cómo las ondas que provocan, alcanzan la livianez de mis tobillos, trepando ávidas para mojar las infinitas partes de mi cuerpo.

Levanto la vista, invadida por el flujo poderoso y ardiente que me devora. Se endurece mi mirada, dentro de la gruesa línea negra que la enmarca, y se erizan mis pezones, apuntando, impacientes, hacia su presa, que sigue al fondo de la piscina, haciéndose el dormido, indefenso en su lecho de vapor y ceras.

Y con la claridez del mosaico que me recibe bajo las aguas, me sumerjo hasta la cintura. Ando y floto al compás de una música lejana: un violín que una voz desgarra. Me siento como una serpiente que por fin puede salir de su trampa, embrujada por una melodía, de otro tiempo, que domina mis movimientos. Y así avanzo hasta la mitad de la sala, retorciendo mis caderas y mi cuello, hipnotizada al ritmo de la música. 

Instantáneas de personajes IV: "Me he marchado"


La azafata ha cerrado el avión con un portazo. Un golpe seco que pareciera haber absorbido, de pronto, todos mis sesos para luego, segundos después, vomitarlos en una pared de mi cráneo. Los siento arrinconados, empotrados contra el muro del occipital. Se dilata ahora la vena de mi sien derecha. Lo hace intermitentemente, como un neón fluorescente clamando auxilio, y cierro los ojos con fuerza. El comandante anuncia por megafonía que entramos en la pista de despegue. La señal sonora que recomienda abrocharse los cinturones se coordina con el dolor agudo que acuchilla la masa viscosa de mi cerebro. Las neuronas se balancean desorientadas, como si alguien las empujara constantemente hacia un lado y hacia el otro. Quedarme, irme. Corre el aparato rumbo al cielo ennegrecido y aún no sé qué hacer. Y, sin embargo, mi cuerpo físico ya ha tomado una decisión. Estoy aquí sentado. Me he marchado. Conseguí poner en orden la lista de prioridades: trabajo primero, amor después.

Alguien agita de nuevo mis nervios cerebrales, insomnes y exhaustos. Su batido de grumos me hace aún más difícil este trago amargo. ¿Qué hago aquí? Quiero bajarme. ¡Dios mío!¡Estoy a punto de perder todo lo que me importa!...son tantas cosas...¿cuál iba primero?Ah, sí, el trabajo. Por eso estoy aquí. Pero no está siendo como esperaba. Pensaba que, una vez la decisión tomada, desaparecerían todos los fantasmas, se reestructuraría mi cerebro en su antigua forma de felicidad y de calma. Pero no es así. Se levanta el Air Europa de la tierra y ahí sigue el terror apostado, aguantando con una sonrisa cínica el imán de las hélices, agarrado impertérrito a la cola de este avión, a la suela de mis zapatos mismos. Y es que...me ha dicho "quédate". He visto pasar por su pupila los viajes, la casa, las risas en la cama, hasta nuestros hijos futuros...y yo, yo me he marchado.

Estamos en el aire. Por un momento, parecen descansar, en el vacío craneal, mis pensamientos torturados y disminuye la presión sobre mi coronilla. El paréntesis dura poco. De nuevo, el bip sonoro de la señal de "no fumar" dispara la carnicería, descuartizando cualquier imagen mental de esperanza.
Un interruptor. Sí, voy a inventar un interruptor, que colocaré justo al final de mi cabellera, en el mismísimo engranaje entre la cabeza y la columna vertebral. Será de esos grandes, color rojo, que produzcan un apacible "click" al pulsarlos. Un interruptor para dejar de pensar. ¡Qué gran invento! ¿no? Lo voy a patentar. Respiro hondo, muy hondo, intentando oxigenar cada minúscula célula de mi frente, y me imagino que lo tengo incrustado, mal cosido, entre el hueso y mi piel. Estiro la mano y acierto a activarlo a la primera. Entonces, llega el ansiado silencio, vacío de "peros" y de "quizás", y se pone en pie mi masa cerebral, magullada y sangrienta, pero viva, aún con fuerzas para recuperar su sitio. Dejo de decidir, de equilibrar los pesos en la balanza, de completar la lista de "pros" y "contras"...porque ya estoy aquí, ya di las demasiadas vueltas al asunto, ya hice y rehice este puzzle al que siempre le falta una pieza...y decidí irme.
Decidí irme.
Me estoy yendo.
Me fui.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Instantáneas de personajes 3 - "Leo y la chica del pañuelo rojo"



Jo, todavía estoy alucinando, tíos. Me he quedado así, como flotando en el infinito. Casi no logro meter la llave en la cerradura para entrar en mi casa. Y es que nunca me había pasado algo así, lo juro. Y eso que siempre estoy al acecho, pero hoy no. Hace tiempo que no. Bueno, os lo voy a contar, pero es que se me traba la lengua. Estoy conmocionado, de verdad. Venía yo sentado en el metro. Venía del funeral de Jaime. Dios, qué mal lo había pasado, colega. No podía dejar de imaginarme el cuerpo del Jaime ahí metido. Se me cortaba la respiración de pensarlo, en serio. Creo que me entró un ataque de pánico o algo. Esto de morir es un jodido mal chiste. Venía arrastrando todo ese mal rollo. No sé, me olían las ropas a cementerio y a velas. No sé, apestaba al incienso ese de las procesiones de Semana Santa. Una pesadilla, tíos. Para volverse locos, de verdad. Encima, el metro estaba petado de gente. No había ni dónde sentarse, pero yo había encontrado un hueco entre la barandilla y la puerta. Está de miedo ese sitio. Me deja quedarme al margen y no tener que rozarme con los sobacos sudados de la gente. El sudor de la gente ajena me da verdaderamente asco, tíos. Seguro que a vosotros también os pasa. No es algo difícil de entender, la verdad. Estaba pensando en la idea de que me enterraran vivo. De verdad que me estaba quedando sin aire de pensarlo. Entonces, paramos en Nuevos Ministerios y entró ella. Jo, tíos, teníais que haberla visto. No era la típica tía despampanante, ya sabéis, esas pechugonas que enseñan media teta, se pongan la camisa que se pongan. No tenía nada de especial, pero destacaba frente al resto. Eso sí, tenía un pañuelo rojo que le ponía  la nota al gris de todo el vagón. Creo que le hacía  juego con sus mejillas. ¿Véis? Es que me pongo cursi y todo, pero es que jo, tenías que haberla visto. Llevaba una mochila de acampada que era más grande que ella. En realidad, daba un poco de risa. Estaba de lo más graciosa. De pronto, tenía ganas de abrazarla. No sé, tíos, la miraba y me inspiraba cariño, no sé, se la veía muy triste. Seguro que venía también de un maldito funeral. Bueno, no, no creo, con esa mochila...era gigante. Estaba agarrada en la barandilla y parecía  que se iba a desmayar en cualquier momento. Confieso que tenía ganas de que le pasara. Así yo la hubiera podido coger en mis brazos. Jo, tíos, me pongo cursi de nuevo, pero es que no sé lo que me pasa. De verdad, creo que me he enamorado. Tenía que haberle dado mi número. Cruzó su mirada con la mía unos segundos, un par de veces. Si os hubiera pasado, lo entenderíais. Sé que normalmente llaman más la atención los ojos azules o verdes, no entiendo muy bien por qué. La mayoría de veces no me transmiten nada. Los suyos, en cambio, eran unos ojos muy marrones, de un calor intenso.  Me encendía de solo mirarla. Se la veía muy triste, de verdad. No sé qué le podría haber pasado. Tenía ganas de abrazarla todo el rato. Me daban ganas de dejarle mi sitio, pero me daba vergüenza, tíos. Me corto mucho con estas cosas. Y luego volvía con esa mirada. Uf, de verdad, me dejaba sin habla. Tenía el pelo muy lacio, por los hombros.  Jo, sin querer, me imaginé que la besaba, mientras le desordenaba el pelo, agarrándola desde la nuca y pasando la otra mano por su cintura. Sentí que podría querer mucho a esa chica. Sé que estaréis pensando que estoy muy salido o algo pero no es eso, tíos. No es algo puramente físico, de verdad. Había, no sé, un sexto sentido, una mano invisible que me decía: “Es ella”. No soy supersticioso, tíos, pero es que nunca tengo buena suerte en estas cosas. No sé, creo que no soy feo y que, no sé, estoy terminando mi carrera y tal, joder, que no soy un mal partido, vamos, pero no tengo buena suerte en esto. Soy bastante pringado. Todas las que me gustan siempre tienen novio o prefieren a otros. Algo pasa. A veces, creo que mi única opción son las páginas de contacto, pero no sé, tíos, no me va ese rollo. No sé ni de qué hablaría. Pensaría que me estarían mintiendo todo el tiempo y, además, a mí  me gustaría conocer a alguien, pero de forma natural, no sé, verle la cara y la sonrisa mientras hablo, sobre todo la sonrisa. Y no sé, sentir algo así, sincero, sin temas sexuales de por medio, porque ya sabéis tíos, a nosotros nos pone mucho lo físico, pero en realidad, yo quiero a alguien  que también se preocupe por mí de verdad, ¿entendéis?, que pueda llamar para contarle la pajada que me ha pasado hoy en clase, no sé, que podamos reírnos y que me den ganas de abrazar y besar todo el rato, no sé, eso es el amor ¿no? Yo quiero eso, tíos. No voy a engañar a nadie. Puede haber tías muy buenas, pero no sé, yo busco más cosas. No me importa esperar. Esperar, por ejemplo, a un momento como este, no sé, que alguien así se suba en mi mismo vagón de metro, que me la presente un colega, que podamos hablar. Que sea una chica con fondo ¿entendéis? Que formemos un buen equipo. Si tenéis algo así, hacedme caso: no lo echéis a perder con caprichos. Echadle cojones y admitid que estáis enamorados. No seáis cobardes. A lo mejor, yo podría haber tenido algo así, pero no. La he dejado marchar, colegas. Soy un gilipollas. Un verdadero gilipollas. Se ha bajado en la misma parada que yo. Diréis que es una casualidad, pero no, tíos. Hay algo en esa chica. Algo de especial que me deja sin habla, lo juro. Y ha cruzado la calle en la otra dirección. Me ha mirado antes de hacerlo. No sé, creo que ella también se ha dado cuenta de algo, pero no he sido capaz, tíos. Soy un gilipollas. Un verdadero gilipollas. 

jueves, 17 de noviembre de 2011

Compras de última hora

Un chocolat chaud, s'il vous plaît; y, si puede ser, un cuaderno lleno de cuentos, también me pone un viaje con escala en el puerto de las amistades inquebrantables,y, si aún le quedan, dos atardeceres en el Adriático y, ya que estamos, unas ruedas para mi bici; pero no se olvide de las tres horas más de sueño todos los días; del kilo de coraje para emprender proyectos mejores (pese a las críticas); ni tampoco de las divertidas nochebuenas en familia y, por supuesto, de las toneladas de risa boba; y, ya por último, me pone a parte, para que no se rompan, unas docenas de besos honestos, cercanos y fáciles. Y si ya no es mucho pedir, una pizca de fe. Y ahora, si es tan amable, me lo pone todo para llevar, gracias.

jueves, 3 de noviembre de 2011

El éxodo


Al cerrar por completo la cremallera de su maleta, Águeda se había puesto a llorar. No lo había hecho antes. A penas un temblor en la barbilla cuando su padre le había acariciado el moflete, en un gesto de despedida cariñoso, tan impropio de él. Los ojos, un tanto vidriosos, cuando había descubierto, vaciando el armario, aquella vieja chaqueta gris en la que su madre solía coserle las condecoraciones que le habían ido otorgando,  todos los años por ser una alumna brillante y ejemplar. Ahogado un sollozo, cuando había observado, como tanto le gustaba hacer, la silueta del volcán ocultándose, poco a poco, con las brumas de la tarde. Y, sin embargo, el mínimo gesto de  encofrar sus enseres, había terminado por descorchar su angustia.


Al día siguiente, a esa misma hora, estaría en la ciudad. Ya no la acompañarían ni el cacareo de las gallinas, ni los gritos madrugadores del panadero ni los paseos cortos con  Ramón. De él se había despedido esa tarde. Había sido una atrevida. Después de tan sólo un año de estar "enamorando", lo había mirado a los ojos directamente y, sin mediar palabra, le había espetado un beso en todos los morros. El pobre casi escupe los ojos por la boca del asombro, pero bien que se le había quedado una sonrisita mientras caminaba de vuelta a casa. "A los novios, hay que cuidarlos", ya lo decía su abuela. Pues ya está, sin remordimientos. A las personas mayores, siempre que se pudiera, no había que llevarles la contraria.
Baja la maleta de la cama y la pone al lado de la puerta. "¿Cómo será la gente de la ciudad?", se pregunta, mientras se peina el cabello delante del espejo. "¿Pensarán que es una palurda, sólo por venir del pueblo?¿Serán sus ropas demasiado austeras?¿Su rostro demasiado pueril?¿Sus formas toscas y torpes? ¿y si...no consigue encajar?¿y si no consigue ser una alumna brillante y ejemplar en esa Universidad?". Permanece inmóvil, mientras le atacan, sin tregua, un sinfín de preguntas destructivas.

Aplacada por el engorronamiento de las respuestas que acuden en su auxilio, decide ir a hablar con su madre para comunicarle que prefiere quedarse. Ya conoce el trabajo del campo. Conoce los caminos más cortos y fáciles para traer la leña, ordeña en tiempo récord a las vacas y, además, tiene mano en la cocina. Podría aliviar, con su ayuda, las cargas que encorvan, cada vez más, la columna de sus progenitores. De repente, lo ve todo claro. No entiende cómo se le ha ocurrido pensar que ella podría llegar a ejercer una profesión. Apaga la luz y recorre el pasillo, decidida a poner fin a sus ilusiones inmaduras.  

Cuando no queda más que un metro para llegar a la cocina, se para en seco. Otra vez, canta el argentino en la habitación de su hermano. Su música se desliza bajo la puerta, distorsionada por la poca señal que recibe la radio. Asoma la cabeza por la pequeña rendija que queda libre bajo el marco de la puerta: Gabriel está tumbado sobre la cama, aún con las ropas del trabajo, con un sudor imperecedero de esfuerzos y sacrificios. Está con los ojos cerrados, susurrando una letra que se sabe de memoria y que escucha todas las noches hasta dejarse dormir. Águeda lo observa un buen rato y luego desanda el camino que acaba de hacer. Regresa a su habitación, se descalza y se mete en la cama, protegida por la manta que la ha visto crecer.
“Águeda, estudia, consigue un título con el que puedas ganar dinero y ser independiente para crear una familia y vivir feliz. Yo trabajo para que tú y mis otras hermanas tengan esta oportunidad” y con aquella cantinela, que su hermano solía repetirles desde que tuviera 16 años, se deja abrazar por Morfeo, confiando en que el día siguiente y los venideros estuvieran impregnados de los buenos augurios de su ángel Gabriel.

El pasado te pisa los tacones - Capítulo 3

 
Motivada por el vago presentimiento de que el hacedor del delito no es tan listo como piensan, Julia consigue unas órdenes de registro para entrar en los domicilios de los tres sospechosos y, tras dos horas de intensa búsqueda y concentración, encuentra, camuflada dentro de una bolsa de basura,  la pieza que necesitaba para asestar el golpe fatal al asesino de Silvia Ascanio.
Cuando la silueta de la inspectora pisa de nuevo el asfalto de los aparcamientos del complejo “Sol del Caribe”, la noche se debate con el nuevo día. En el salón, Nacho Marrero está de pie, junto a la ventana, aparentemente relajado y evadido de la situación que lo rodea. Ricardo Asensio, en cambio, está sentado sobre el bordillo del sofá moviendo incesantemente la rodilla e intentado, en vano, intercambiar algunas palabras con los demás. Amanda Sánchez está recostada en este mismo sofá con los ojos abiertos y la mirada perdida. Lucas los vigila desde el marco de la puerta saboreando cada calada de su cigarrillo. Y vuelve el taconeo. Sutil y elegante. Los sospechosos dirigen sus miradas hacia la puerta esperando la llegada eminente de su verdugo. Lucas echa hacia atrás la cabeza, la apoya en la puerta y, mientras da una última calada a su cigarro, recorre instintivamente las curvas que hasta ayer le habían sido prohibidas.
-          Ven conmigo.- dice Julia en un susurro-.
Desaparecen en el baño.
-          Bien, toma esto.
-          ¿Y este secador?
-          Tú intenta enchufarlo, veamos si llega a la bañera o no.
-          Ya está.
Lucas vuelve la cabeza hacia la bañera. La inspectora le devuelve una mirada cargada de inquietud y cierta sorpresa.
-          Tenemos el arma del crimen.
Julia avanza hacia Lucas enrollando el cable del viejo secador con la mirada baja. Después, como si hubiera dejado que el miedo se apoderara de ella tan sólo lo que duraba este corto recorrido, alza la vista con seguridad y besa a Lucas. Sus labios le saben a tabaco y a adicción.
-          Te cojo este bolígrafo.- Dice arrancándoselo del bolsillo de su chaqueta-.
Lucas no sabe si está más sorprendido por sostener, a duras penas, en su mano izquierda, el arma del crimen o por el paréntesis jugoso que le acababa de brindar su colega, pero finalmente, consigue reaccionar y se encamina hacia el salón.

Cuadernos emigrantes : diario de a bordo


“Cuando se está en medio del océano, aprisionado en una barca que se tambalea sin rumbo, rodeado de rostros, la mayoría desconocidos, que hablan de miedo y decepción, el silencio es tan abrumador que resulta asfixiante, y aunque tus ojos intenten salir de sus cuencas para buscar insaciables un horizonte en el que se atisbe un poco de tierra, que tarde o temprano aparecerá, no sabes si llegarás a verlo o si serás el siguiente que caerá sin vida al agua. Y aunque pienses que no tienes nada que perder, agradecerías que las imágenes de ese irónico viaje a mundos mejores se proyectaran en tu cabeza en blanco y negro, porque los colores sólo hablan de desgracia: violeta de congelación, amarillo de enfermedad, blanco de muerte.

Entonces llega el ansiado momento en el que la embarcación topa casi por milagro divino con una tierra extraña de vertiginosos acantilados y terribles hendiduras. Pero ya no tengo fuerzas para levantar la vista, el cuello se me ha puesto rígido y no paro de temblar. Alguien dice algo, pero no llego a entenderlo, algunos gritan despavoridos, consiguen ponerse de cuclillas y se tiran al agua. Cuando, por fin, me quito la capucha de la chaqueta, veo esa bestia de afilada roca hacia la que avanzamos sin remedio, odiosa guadaña que sirve de frontera, que nos grita DE AQUÍ NO PASARÁS y cuanto más me acerco y me acuerdo de los míos, siento que quizás este nuevo mundo no sea tan bueno como pensábamos”

lunes, 24 de octubre de 2011

Un chapuzón en otoño

Sobre la mesa, había veinte carpetas, cincuenta cuadernos y tres clasificadores llenos de fundas, repletas de papeles. En la esquina derecha, asomaban los cubiletes con los bolígrafos, al borde del precipicio. Si se ponía de puntillas, incluso atisbaba a leer alguna de las primeras frases dentro de su planning de "cosas que hacer", que descansaba grotesco sobre el teclado del ordenador. 

Los había mirado con indiferencia, con el ojo izquierdo aún medio cerrado, el pelo alborotado y el pijama de color. Y dentro del desorden de su apariencia, contrastaba el ordenado deseo de que todos ellos podían esperar. Sin pensárselo más, se desvistió por el pasillo, luchando con los tobillos por deshacerse del mini pantalón que llevaba puesto. Luego, arrancó el bikini de rayas del último cajón de su mesita de noche, se deslizó dentro de su vestido azul y se hizo una coleta para domar su melena enmarañada. 

Cartera, móvil, llaves. No, móvil, mejor que no. Cartera, móvil y crema protectora. Suenan sus pasos por la sala de estar y luego un rotundo portazo. Deja a cuadros, totalmente desconcertados, a las veinte carpetas, los cincuenta cuadernos y los tres clasificadores llenos de fundas, repletas de papeles.

Poco a poco, rumbo al mar, el rocío de la mañana resuscita la vida en todas las células de su piel. Se relajan su mandíbula y su entrecejo. Se apaciguan las ansias por llegar cuanto antes: disminuye el ritmo de sus pasos, mira hacia los lados, esboza una sonrisa. Por primera vez, disfruta del trayecto y aleja cualquier pensamiento destructivo que acude letal a su cabeza.

Y en menos de veinte minutos, escucha gruñir las olas contra el acantilado. Ahí está el risco amarillo y la arena dorada, vírgenes y salvajes. Avanza hasta la orilla y se descalza. Sujeta sus sandalias con la mano derecha y deja que sus pies se hundan en la arena, que la recibe cálida y acogedora. El agua, limpia y cristalina, acude tímida a acariciar sus empeines. A cada vaivén, le invade un frescor que le recorre entera, desde el centro de la planta de sus pies hasta el primer mechón de pelo de su coronilla. No hay nadie. Suspira aliviada y se desnuda por completo.


Ahora sí que no puede esperar. Corre ligera y se sumerge hasta que el océano ha alcanzado su ombligo. Recorre un metro de puntillas, aguantando la respiración para no sentir el frío. Y cuando siente que ya no puede aguantar más, se zambulle de golpe. El agua limpia su cara y suaviza su cabello, que flota en el mundo submarino, que se confunde con el movimiento acompasado de las plantas acuáticas. 

Una, dos, tres brazadas y se tumba boca arriba sobre la cama del océano atlántico. Algunas nubes pasan a lo alto con formas estrambóticas. Se marchan con la corriente las preocupaciones, la incertidumbre, la frustración enquilosada. Llegan para hidratar su alma la satisfacción y la calma.

domingo, 9 de octubre de 2011

Una sopa de spaghetti


Sagrario era alta y delgaducha. Le sacaba, con diferencia, hasta tres cabezas a cada uno de sus siete hermanos aunque, si midiéramos por edad, ella era la más pequeña. Tenía un cabello larguísimo, ondulado hasta mitad de la espalda, de un negro tizón, difícil de domar. Destacaban en su cara sus labios carnosos, su sonrisa traviesa y unos ojos que adelantaban a quien la miraba la mujer firme que llegaría a ser.
A Sagrario no le gustaba su nombre. Le parecía que era un nombre de vieja. El problema es que tampoco sus diminutivos le caían en gracia. Sagri, Sagra, Ario…sentía que todos parecían ser el nombre de uno de esos medicamentos que solía tragar su abuela a puñados después de las comidas.  “Regula tu hipertensión con dos pastillas de Sagra, de laboratorios Bayern”: sonaba horrible. Así que había optado porque cada uno la llamase como quisiera y todas las mañanas, se repetía ante el espejo la misma frase: “Soy mucho más que un nombre”.  Eso sí, nunca terminaba de creérselo.
Esto y su delgadez innata eran sus dos grandes complejos. Cada vez que su padre la presentaba a alguien en el pueblo, tenía que aguantar el mismo comentario: “¡pero qué delgada! A esta niña le faltan unos buenos potajes y mucho gofio!”. Pero por más que comiera, de esta y de otras muchas cosas, Sagrario seguía estando igual de flaca y estilizada. De hecho, le llevaría mucho tiempo en comprender que eso también formaba parte de su singular personalidad.
Arrastrando estos obstáculos mentales, propios de la edad, había llegado el día de la vendimia de 1971. Rondaba Sagrario los 15 años y recorría cantarina la huerta cargando, a duras penas, una cesta llena de uvas negras. Habían venido todos: sus tíos, su abuelo, sus primos (los mayores), incluso algunos amigos de sus padres, que también tenían terrenos cerca de su casa. Ella, su madre y sus tres hermanas eran las únicas personas de sexo femenino y, aunque su padre les había dicho que sólo quería que ayudaran pisando el mosto en el lagar, todas se habían puesto a faenar: tijera, guantes y mucha mañana para abrirse paso entre las retorcidas parras.
Fue volviendo de vaciar uno de los cubos en los baldes que estaban al principio de la huerta, cuando Sagrario se encontró con su padre, chorreando a medias sudor y vid por sus manos. “Anda, vete tú ya a la cocina y ve preparando una sopa para todos”. Miró en ese momento la muchacha a su madre y sus hermanas mayores, que se encontraban al fondo de las parras y dudó unos instantes si ir a buscarlas o correr directa a la cocina, tal y como se lo había dicho su padre. Y sin saber muy bien qué hacer, fueron sus pasos los que la llevaron justo en frente del caldero. Agua, cebolla, pollo, sal, fideos, zanahoria… ingredientes por intuición y por haberlo visto preparar tantas veces. Una joven con un nombre como el suyo bien tenía que saber preparar ya un guiso como este.
Llegó la hora de la comida, sin que nadie se hubiese asomado a averiguar de dónde provenía el olor que inundaba los campos de cultivo. Los hombres fueron los primeros en sentarse a la mesa, hambrientos y charlatanes. Sagrario temblaba de nerviosismo. No sabía si lo había hecho bien y temía que a nadie le gustase su sopa. Justo cuando se disponía a introducir el cucharón para servir el primer plato, apareció su madre. Sagrario la miró con gesto suplicante y ella acudió rápida a su lado, levantando al instante la tapa del caldero para echar un vistazo. “Pero hija, ¿no ves que te has pasado con los fideos? Esto parece un plato de espaguetis en lugar de una sopa…”. Sagrario se quedó inmóvil y dejó que su madre se llevara el cazo de nuevo al fuego.
“Mujer, sírvenos ya la sopa que ha preparado la cría, que estamos rendidos y esta gente necesita algo que llevarse a la boca” su padre hablaba desde la otra esquina de la mesa, masticando, con la boca abierta, un codo de pan. “Está bien, pero ya verás cómo ha quedado la sopa de tu hija”, respondió su madre con cierto nerviosismo, mientras le entregaba a Sagrario el cucharón que le había arrebatado antes. “Anda, sirve tú”. Y así fue sirviendo Sagrario, explicando a cada comensal que se había pasado con los fideos, pero que esperaba que, al menos, la sopa, de sabor, estuviera buena.
Fueron 30 largos segundos en los que nadie hablaba. Sagrario era incapaz de levantar la cabeza de la mesa, reprendiéndose a sí misma que no tenía mano alguna para la cocina y que, si no fuera por su madre, probablemente moriría de hambre. Y cuando ya estaba imaginándose con 40 años yendo a comprar platos a una casa de comidas preparadas para poder así alimentar a sus hijos, escuchó la voz de su padre decir: “Ah, así sí, espesita, esta es la sopa que me gusta a mí”.  Ella lo miró de un salto y él apuró la última cucharada de sopa haciéndola sonar contra la porcelana del plato, rebañó los fideos que quedaban con un trozo de pan y levantó la mirada hacia ella, para guiñarle un ojo.