martes, 31 de mayo de 2011

PELIGRO: altos niveles de inocencia contaminada

Todo empezó con un lápiz de ojos y una palabra equivocada con cuatro letras: S E X Y. Eran las ocho de la mañana de un viernes cualquiera, a finales de febrero. Ese día tocaba el futuro simple y aquellos renacuajos de 1º de la ESO lo habían pillado a la primera. Vamos, para restregárselo a sus hermanos, los de la vaguitis crónica, que estudian 3º de la ESO y 1º de Bachillerato.
Y como ya los veía aventajados y son un grupo que, a pesar de demostrarlo poco (por exigencias del guion), adoro, dediqué los últimos 15 minutos de clase a preguntarles en francés de qué se iban a disfrazar en los próximos carnavales.
Ahí es cuando empiezo, poco a poco, a cruzar los brazos, como solía hacer mi abuela cuando nos gastábamos las cien pesetas de los domingos en chucherías y nos miraba llegar, desde lo alto de la escalera, con la ceja levantada, en señal de desaprobación. Y es que precisamente, comienzo a sentirme un poco abuela mientras los escucho a hablar. Sobre todo, a ellas. Ellas, que habían llegado en septiembre, tan inocentes y cándidas, entrañables incluso.
"¿De qué te vas a disfrazar, Ingrid?""De camarera sexy""¿y tú, Gemma?""De marinerita sexy"( mi nariz comienza a arrugarse)"¿y tú, Jenny?""De hada sexy""¿Aurora?""De payaso sexy"...y así todas. Lo dicen y se quedan tan panchas, aguantando con soberbia las miradas burlonas de sus compañeros, que gracias a esta diferencia de sexos, aún no han madurado lo suficiente como para transpirar malicia alguna.
Y, ahogando sus risas, se alza mi voz incrédula: "Pero...¿qué significa para ustedes sexy?" Es Carlos, el tartamudo del grupo, el que me responde: "Profe, pues que en vez de llevar la falda por la rodilla, la llevas por los muslos". Lo dice sin trabarse en ninguna letra, como la cosa más evidente del mundo y yo, claro está, me siento la idiota más grande del mundo porque ahí están, ellos y ellas, los niños, los menudos, los pequeñitos de 1º, respirando el aire contaminado del instituto, de los besos lengüetazo por los pasillos, de las fotos de escote en el tuenti, de los ligueros con pantalones cortos y de la sombra de ojos hasta las orejas. Y yo no me he dado cuenta del cambio.
Sí. Se han sumado al carro de la pubertad y el despertar sexual mucho antes de lo que les toca, porque aún NO les toca, señores. Y lo digo yo, estando en la veintena, que podría ser su hermana mayor, que siempre he gozado de una mente abierta lejos de conservadurismos radicales. Pero es que tanta velocidad nunca fue buena. Y lo que da más pena es que, con 11 años, que le des esa importancia a la imagen y que tus andares estén impregnados de un punto erótico se traduce, a la misma excesiva velocidad, en complejos, anorexias, depresiones y otro tipo de inseguridades.
Con lo bien que estarían jugando en el patio, soñando con qué serán de mayores, pero siendo aún lo que son: unos niños.

lunes, 30 de mayo de 2011

Un camino sin migas de pan

He vuelto. Regresa a mis sentidos el delicioso ajetreo de la ciudad: el olor de la pâtisserie de la esquina, la lluvia majadera y la erre exquisita de los transeúntes. Sonrío encantada. Por supuesto que me sorprende estar de pronto aquí - justo al principio de la calle donde he vivido, quizá, el período de transición más arduo e intenso de mi existencia- pero mi corazón no deja paso a ninguna pregunta razonable que pueda exterminar, con implacable lógica, cualquier indicio de que esto no es más que un sueño. Así que empiezo a caminar. Estoy de vuelta. Y eso es lo único que importa.
A mi paso, el paisaje se transforma continuamente. Tengo la sensación de que alguien juega a desordenar los edificios que se alzan a ambos lados de la calle. Se mezclan las fachadas y los colores. Aparecen incluso ventanas intrusas con vistas al mar o a la plaza del pueblo,  imposibles de encajar en esta maqueta parisina. Y yo no logro recordar exactamente si va antes la peluquería canina o la tienda del fabricante de violines. ¿Será posible que me haya olvidado de cómo llegar? Avanzo unos metros más. Uno, dos, cinco…me paro en seco. Miro extrañada la gasolinera de mi izquierda. Arrugo la nariz en señal de desaprobación, segura de que esa pieza también forma parte de otro puzzle. Este lego paisajístico está empezando a hartarme. Me cruzo de brazos. La confusión se ha apoderado de mis piernas-que tiemblan débilmente- y, aunque intento ignorar esta evidencia de mi fragilidad, tengo que reconocer que estoy asustada. En medio de este paréntesis atemporal, me percato de que la casa que está en frente tiene el número 30.Treinta. Mi cuerpo se activa solo y retomo la marcha. Ya falta poco. Los números se suceden sin criterio alguno. Paso del 30 al 45 y luego al 27. El lacrimal de mis ojos enrojece resignado, mientras arrastro los pies calle arriba. Y, entonces, todo parece aclararse.

Azul y reluciente, el número 34 parece brillar sobre el dintel de aquella plomiza puerta de madera que empujé tantas veces al volver del trabajo. Subo las escaleras de dos en dos, incapaz de contener la imparable dicha que ensancha mi pecho y abrillanta mis pupilas. El timbre retumba en el interior del piso con esa cadencia antigua que tanto he echado de menos. Luego, como si hubiera acudido a recibirme un hombre invisible, la puerta se desliza abriéndome paso. Escucho risas. Trago saliva, porque un resquicio de miedo ha aparecido silencioso a escalofriarme el cuello. Pero la felicidad que siento al entrar en el salón disipa cualquier rastro de temor. Allí están todos: la sabia locura de Elena, el entusiasmo inagotable de Alba, el francés inventado de Carmelina, las canciones hawaianas de Paul, la quiche aux poirreaux y la tarta de limón de Montse. María y Domi apuran un vaso de vino en el sofá y Paloma dibuja sobre el mapa de metro la ruta para esta tarde: bici hasta el Marais, picnic en l' Île de Saint Louis y traca final en las escaleras de Trocadéro. Nadie se ha percatado de mi presencia y yo disfruto contemplando aquella estampa de la que alguna vez fui parte. Entonces, Mingo me sonríe desde el otro lado de la sala y camina descalzo sobre la moqueta, con esa mirada tan tierna que me recuerda que en todos lados hay gente buena y, antes de envolverme en un abrazo, me suelta con su voz de pito: "¡Patri!, ¡te estábamos esperando!". Y en ese preciso instante, aún con una sonrisa en los labios, me despierto.

sábado, 28 de mayo de 2011

Un pellizco, por favor


No entiendo por qué ese señor de gafas desproporcionadas acaba de levantar mi camiseta dejando todo mi ombligo al aire.Y un momento, ¿quiénes son esas dos jovencitas cuyas caras se apelotonan a su lado?¿Por qué me observan con los cuellos descoyuntados y esa mirada inquisitiva? Decido cerrar los ojos unos segundos y escapar de esta desconcertante imagen gris que ahora, afortunadamente, se oculta tras el telón de mis párpados. Entonces, noto cómo alguien me levanta las piernas y el tacto de unas manos palpando mi frente. Otras, en cambio, agarran con firmeza el contorno de mis muñecas. Siento como si fuera un maniquí destartalado y trataran de recomponerme.
Lo curioso es que aquí tumbado, esta falta de intimidad comienza a resultarme deliciosamente indiferente, así que, durante unos segundos más, les dejo hacer y deshacer. Mantengo mi cuerpo inerte y finjo estar inconsciente. Diría que incluso estoy disfrutando de este corto momento de evasión en el que me siento invisible y, al contrario de lo que podrías pensar, invencible.
De pronto, un manotazo cerca de la nariz me hace abrir los ojos de nuevo. Aparto con brusquedad nuevas manos que se abalanzan sobre mí y pronuncio enfadado: “¿Qué pasa? ¡déjame!” Y le doy un soberano empujón a la rubia esquelética que amenaza con inmovilizarme. Mis ojos echan chispas cuando consigo sentarme. Sólo entonces tengo consciencia de cómo he llegado hasta aquí. Eso sí, a medida que los hechos toman orden cronológico en mi cabeza, aparece un nuevo pliegue en mi entrecejo.Pero es que estoy completamente confundido y enojado conmigo mismo. Repaso mis recuerdos como si estuviera ante mi ordenador, presto y dispuesto a redactar la crónica del día: ¿quién?¿cómo?¿cuándo?¿por qué? Que no quede ningún interrogante sin respuesta:
Está bien. Primero, a las ocho y cinco de la mañana, mi  circulación obstaculizada por un elástico majadero. Durante, los lamentos de aquella señora impertinente: baja, rechoncha y asquerosamente negativa. Su cántico de “enfermera, creo que me voy a desmayar, creo que me estoy desmayando ya” se clava en mi cerebro mientras comienzan a succionarme. Luego, el camino tambaleante hacia la cabina de teléfono donde estaba mi amigo Juan llamando a su novia, otra vez a la reconquista. Y por último, la pálida y fulgurante antesala de la inconsciencia. Un “gong” japonés que había retumbado en la sala de espera con mi cabeza estrellándose contra el baldosado. Esto último me lo cuenta el histérico de Juan, aún con cierto temblor en las manos, mientras me obliga a engullir un grasiento sándwich mixto en la cafetería del ambulatorio. “¡Qué susto nos has dado, tío! Los gritos de Olivia se escuchaban en todo el Centro de salud”. Estupendo.
Al levantarnos y dirigirnos al aparcamiento, gente que desconozco completamente me saluda por los pasillos con un leve movimiento de cabeza. Algunos incluso murmuran al que está a su lado: “Mira, este es el chico que se desmayó antes”. Yo resoplo y agacho la cabeza, porque esta nimiedad, a los 17, es quinientas millones de veces más importante de lo que realmente es. Sobre todo si ocurre después de muchos otros acontecimientos de protagonismo catastrófico. Y, encima, delante de tu mejor amigo y la chica que pretendes encandilar. “Lo que me faltaba”,digo en voz alta, y acelero el paso.
 Lo siguiente es un fundido en negro que dura demasiado. Eso y un dolor agudo en mi muslo izquierdo. La sala de espera comienza a perfilarse al entreabrir los ojos. Con que eso era todo. Así había empezado mi miedo estúpido a los análisis de sangre. Miro mi reflejo de 47 en la mampara y me pregunto cómo no he arrancado esta raíz antes. Escucho a mi mujer hablar con la viejecita que se encuentra en la fila de asientos en frente de nosotros: “ Si es que no ha dormido nada durante toda la noche. Un hombre como un castillo que le tiene miedo a un pinchacito. Si es que…” Me levanto como si tuviera un resorte cosido al trasero. Les sonrío aliviado a ambas, como quien dice: “Sí, están hablando de mí y no me importa”. Mi mujer me mira extrañada. Creo que piensa que de un momento a otro voy a salir corriendo despavorido por el pasillo. Entonces, cuando esa arruga en la comisura del labio comienza a delatar que se está poniendo peligrosamente nerviosa, me acerco, le doy un beso sonoro y le susurro al oído: “gracias por el pellizco, cariñosa”.
 Primero, mi circulación obstaculizada por un elástico majadero. Durante, una vieja canción de Revolver que no se me va de la cabeza desde hace unos días. Luego, el camino triunfante de vuelta a la sala de espera. Y, por último, la certeza de que por fin, he pasado página.

jueves, 26 de mayo de 2011

El síndrome del parlanchín



¡Qué malas pueden llegar a ser las buenas costumbres! En esta sociedad cada vez más introvertida e individualista, tendría que valorarse más la existencia del gran conversador. Sin embargo, hay una lacra que todos estos individuos arrastran. Yo lo llamo "El síndrome del parlanchín", aunque más bien tendría que denominarse "los daños colaterales y adversos efectos secundarios de tener un piquito de oro". ¡Uff! demasiado largo.
El problema en sí afecta al vínculo entre el hablador y el escuchante u oyente. Y es que el parlanchín tiene la recurrente manía de contarlo todo. Y cuando digo todo, digo to-do. Da igual que haga mucho o poco que no lo vemos, de una forma u otra, cualquier tema de conversación está relacionado con su vida y así va desgranando poco a poco su realidad, sus aspiraciones e, incluso, sus más terribles miedos. Permítanme que precise, al respecto, que este gesto de transparencia me parece de las conductas más valientes que existen en los tiempos que corren. Y no es para menos, pues con el vivo discurso de sus andanzas y peripecias, el parlanchín se queda totalmente al descubierto, fácilmente accesible ante cualquier tipo de dardo mortífero o artimaña en su contra. 
Y a medida que el parlanchín habla y rehabla, el escuchante se concentra cada vez más en la tarea que le ha sido encomendada: escuchar o, al menos, oír, acompañando esta acción con otros gestos prácticos como asentir con la cabeza o pronunciar un "ajam" con rotunda gravedad. El caso es que este hombre oreja "se narcotiza", pierde todo tipo de habilidad para entablar una conversación con el parlanchín. Se acomoda en su modo escucha y simplemente deja que el otro tome la iniciativa. Deja de hacer preguntas, permanece en mute o, si no, sufre el llamado "efecto rebote", que consiste en tomar el testigo y robarle al otro el papel de protagonista de la conversación. En resumen: un caos.
¿Qué hacer entonces en estos casos? Por supuesto, no caer en creernos periodistas infalibles e interrogar a nuestro interlocutor para que, astutamente, sólo hable él y quede yo a salvo de mis tinieblas. No seamos tan cobardes. Pero no lo hagamos tampoco por nuestro propio bien, no sea que el parlanchín sea de esos que en lugar de conversación tengan verborrea y nos arrepintamos, de por vida, de haber dicho ese...¿y luego qué pasó?
Pero, por favor, cuiden al buen parlanchín, al que imprime siempre ese toque de entusiasmo envidiable en todas sus conversaciones, al que te habla de los pequeños detalles y de las grandes hazañas mientras sonríe con la mirada, al que te rescata de todos tus silencios y te presta ese modo de expresión que te cuesta tanto. Y cuando ya hayas heredado su técnica y conozcas todos sus rincones, HABLA, pero también pregunta, deja que por fin fluya la vida entre vosotros.
 

miércoles, 25 de mayo de 2011

El pasado te pisa los tacones - Capítulo 1


El taconeo ágil y contundente de la inspectora avanza por el pasillo de la tercera planta, como tambores anunciando la llegada de lo inesperado. Su ritmo frenético disminuye al llegar al apartamento 60, 61, 62...transformándose en ligeros golpecitos que desaparecen ante el número 69.

- Buenos días Lucas.

- Julia

Intercambio de miradas bajo cero, disfraz de un deseo reprimido que han decidido ocultar, seguramente por haber público de más o por el pícaro número del apartamento, demasiado sugerente para esas horas de la mañana. Con un ligero carraspeo, Lucas da paso a Julia a la escena del crimen.

- Asesinato. Electrocutada. Se llamaba Silvia Ascanio y era periodista. 30 años. Ya hemos reunido a los principales sospechosos.

Como todo apartamento de playa, el número 69 del complejo "Sol del Caribe" derrochaba una luminosidad cegadora que, combinada con los tonos pastel de sus paredes, invitaban a una siesta eterna..."¡Qué irónica es la vida!", murmuró inconscientemente.

Muchos colegas se lo criticaban, pero Julia prefería observar primero la escena y luego el cadáver para así, poder sacar sus propias conclusiones acerca de quién era la persona cuyo asesinato intentaba esclarecer. Le ayudaba a meterse de lleno en el caso y a comprender mejor las posibles razones que llevarían a alguien a matar a la víctima.

En la entrada, una pequeña mesita de mimbre con cuatro cartas: tres a nombre de la propietaria y una a nombre de un tal Ricardo Asensio. Las deja en su sitio. Se respira un aroma a incienso de canela y menta, también hay muchas fotos colgadas. Julia deduce que ese rostro risueño y agradable que se repite en todas ellas debe ser el de Silvia Ascanio y se sorprende a sí misma sintiendo cierta empatía hacia ella. "Ha tenido más tiempo libre que yo", piensa, "Por lo que se ve, viajó mucho". En efecto: Silvia con la Torre Eiffel, Silvia sobre un camello con túnica y pañuelo, Silvia con las desaparecidas torres gemelas, con el Big Ben, en un bar con amigos, en un parque, junto a un lago, con los esquís...también está el título de licenciada en Ciencias de la Información, "año por año, al parecer buena estudiante". Los tres sospechosos esperan en silencio sentados en los sillones. De vez en cuando, alguno mira de reojo a Julia y vuelve a agachar la cabeza o lanza un hondo suspiro. Julia los mira un instante y anote en su cabeza: "dos hombres y una mujer". A la derecha de los sillones, dos estanterías repletas de libros, la mayoría de Historia del Arte y varias novelas, también una pequeña colección de DVD. Algunas velas, un tanto consumidas, rellenan los huecos vacíos entre libro y libro. Una planta de aloe vera y una alfombra completan la decoración de la estancia. "Maldita sea, este apartamento es acogedor". Gira sobre sus talones y da tres pasos.

Saluda escuetamente a los sospechosos y se sienta en el sofá que queda libre, al lado de la televisión. De lejos, se escucha la voz varonil de Lucas, probablemente hablando por el móvil, y siente un escalofrío que le recorre el estómago.

- Silvia Ascanio era una mujer feliz, ¿no creen?

- "Oh, sí" "supongo" "sí, demasiado feliz". La primera en responder, la mujer. El último, el fortachón, de mirada penetrante y pestazo a perfume de los buenos.

- ¿Sus nombres?

- "Amanda Sánchez", "Nacho Marrero", "Ricardo Asensio". - mismo orden de respuesta.

Silencio. Julia cruza las piernas.

- ¿De qué conocían a Silvia?

- Éramos novios desde hace bastante tiempo.

- Yo soy de Inmobiliarias Marrero. Le alquilé el piso y le estaba buscando casa. Quería comprar una.

- Yo trabajaba con ella en el periódico, éramos compañeras de trabajo.

"Todos me miran a los ojos", le gusta, pero le inquieta, porque va a ser más difícil averigüar quién miente. Frunce los labios y mientras se levanta pregunta: "¿Quién de ustedes mató a Silvia?" No hay respuesta verbal, pero todos se revuelven en sus sitios con gestos nerviosos, miran desconfiados al de al lado y a la propia Julia quien, satisfecha por el efecto que siempre tiene la última pregunta de su mini interrogatorio, se da la vuelta y sonríe con malicia.

martes, 24 de mayo de 2011

Una de microrrelatos

1.¿Qué hace el secador dentro de la nevera?



2. A las cinco de la tarde, se embutió en su chándal color rosa palo y bajó a caminar al garaje. Lo recorrió de punta a punta, arropada por la oscuridad del cemento y los tubos de escape.










3. Untó los labios con deseo y luego se los comió a mordiscos



domingo, 22 de mayo de 2011

Billete de vuelta

Los retornos de cualquier viaje están plagados de tristezas, pero también de bendiciones. Es imposible retomar el trayecto de vuelta y mostrarse indiferente. Ni en nuestra mejor actuación teatral, podríamos disimular con aquello de que "aquí no ha pasado nada". Bueno, quizá algunos permanezcamos un tiempo indefinido en esa especie de trampa del cerebro que quiere que nos adaptemos, de manera casi inmediata, a los nuevos entornos: llegamos a esa ciudad tan lejana, nos rodeamos de los que hace tiempo que no vemos y, de pronto, es como si hubiéramos estado ahí toda la vida...¿no te ha pasado nunca? 
Pero no nos engañemos. Al regresar, tras recorrer de nuevo nuestras rutas cotidianas y después de dormir el cansancio del viajero exhausto, comienzan los síntomas de que algo ha cambiado. Primero, se manifiesta en pequeños detalles: incluir en la cesta de la compra aquél ingrediente ácido que probaste en la cocina cochambrosa que compartía tu amiga Martina en el sur de Francia con unas americanas. A lo mejor, pasar por el kiosko de siempre y comprar la revista innovadora que el novio de Inés te descubrió en tu escapada a Valladolid. Y conforme pasan los días, se destapan, como si de conservas envasadas al vacío se tratara, aquellas inquietudes de trotamundos, idealistas y soñadoras que castigaste, alguna vez, en un rincón de tu memoria. 
Lo que está claro es que todo viaje es una herencia, nuevas propiedades que añadir al bagaje de las experiencias. Recuerdos teñidos de un color mágico, que se han ido tejiendo con abrazos inesperados, conversaciones a altas horas de la madrugada, paisajes en los que reposar la mirada cansada, amistades inquebrantables y "amores pirata", que aunque se avecine tormenta, izan bandera y cargan contra uno de sus más terribles enemigos: la distancia.

lunes, 16 de mayo de 2011

¿Dónde has estado?

Había perdido el rastro. Andaba desorientada en algún punto del sudoeste, incapaz de vislumbrar la estrella polar que poco tiempo atrás había centelleado imponente, por encima de todo su horizonte, impertérrita y, aparentemente, incondicional durante todo su viaje.

El fardo le pesaba cada vez más. Lo había llenado de cosas inútiles, superficiales, triviales, a las que había otorgado, por inseguridad, una importancia desmesurada. Aheridos como parásitos a las paredes de sus intestinos, se acumulaban viejos y nuevos miedos estúpidos...pero no implacables.

De hecho, la conciencia de esta última realidad hacía resuscitar, en lo más profundo de sus entrañas, aquella fuerza vital prácticamente olvidadada, que otros ojos habían antaño admirando tanto.

Y así, agarrada a ese aliento débil pero poderoso con el que atisbar aquellos futuros anhelado, había dado media vuelta. No había dudado en atajar por oscuros pasadizos y bosques tenebrosos. Los había atravesado como purgas que la desintoxicaran. Y al llegar al punto en el que empezó todo, había deshecho y rehecho el nudo de forma diferente.

Calzada con sandalias de cuero y ataviada con un vestido blanco semitransparente que dejaba perfilar sus pechos menudos pero firmes, había retomado el camino de la playa. Las margartias florecían desordenadas a los lados del sendero. Alguien silbaba a los lejos una melodía de su infancia. Regresaban a su olfato el sabor a salitre y, a su boca, el aroma de los días felices. Crecía, desde la planta de sus pies, la energía imparable de quien sabe que está destinado a hacer cosas grandes.

Se para en seco cuando llega a la orilla. Allí sigue el viejo pintando su barca. Tan desconocido y tan tremendamente familiar. Asoma sus ojos azules por debajo de la boina desteñida que pretende domar la maraña de su cabello canento y se pone en pie. Ella avanza hacia él con una sonrisa implora compasión y transpira la emoción de los reencuentros. Él se la devuelve como si fuera un espejo y señala hacia la roca. Sobre ella, reposan el cuaderno manoseado, los bolígrafos sin tinta, los lápices de mil tamanños y el cubo en donde siempre rebuscó las más entrañables historias.

Se acerca minúscula, reducida por cierto temor que no consigue dominar . De puntillas sobre el callado, echa un vistazo al recipiente, con los ojos achinados, porque no quiere ver si ya está vacío, si ya no queda nada dentro...

Pero no es así. En su interior, hierven en ebullición los personajes, las circunstancias, los finales trágicos y nostálgicos, también los idílicos y cómicos, incluso los que nunca terminarán por acabarse. Y mientras los contempla y los entremezcla en su cabeza, siente cómo alguien pone una mano sobre su hombro y le tiende su cuaderno ajado. Y cuando lo abre, le parece que sus páginas pronuncian las palabras de bienvenida más dulce que nunca hubiera escuchado antes:  "Niña, ¿dónde has estado".