domingo, 22 de mayo de 2011

Billete de vuelta

Los retornos de cualquier viaje están plagados de tristezas, pero también de bendiciones. Es imposible retomar el trayecto de vuelta y mostrarse indiferente. Ni en nuestra mejor actuación teatral, podríamos disimular con aquello de que "aquí no ha pasado nada". Bueno, quizá algunos permanezcamos un tiempo indefinido en esa especie de trampa del cerebro que quiere que nos adaptemos, de manera casi inmediata, a los nuevos entornos: llegamos a esa ciudad tan lejana, nos rodeamos de los que hace tiempo que no vemos y, de pronto, es como si hubiéramos estado ahí toda la vida...¿no te ha pasado nunca? 
Pero no nos engañemos. Al regresar, tras recorrer de nuevo nuestras rutas cotidianas y después de dormir el cansancio del viajero exhausto, comienzan los síntomas de que algo ha cambiado. Primero, se manifiesta en pequeños detalles: incluir en la cesta de la compra aquél ingrediente ácido que probaste en la cocina cochambrosa que compartía tu amiga Martina en el sur de Francia con unas americanas. A lo mejor, pasar por el kiosko de siempre y comprar la revista innovadora que el novio de Inés te descubrió en tu escapada a Valladolid. Y conforme pasan los días, se destapan, como si de conservas envasadas al vacío se tratara, aquellas inquietudes de trotamundos, idealistas y soñadoras que castigaste, alguna vez, en un rincón de tu memoria. 
Lo que está claro es que todo viaje es una herencia, nuevas propiedades que añadir al bagaje de las experiencias. Recuerdos teñidos de un color mágico, que se han ido tejiendo con abrazos inesperados, conversaciones a altas horas de la madrugada, paisajes en los que reposar la mirada cansada, amistades inquebrantables y "amores pirata", que aunque se avecine tormenta, izan bandera y cargan contra uno de sus más terribles enemigos: la distancia.

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