jueves, 26 de mayo de 2011

El síndrome del parlanchín



¡Qué malas pueden llegar a ser las buenas costumbres! En esta sociedad cada vez más introvertida e individualista, tendría que valorarse más la existencia del gran conversador. Sin embargo, hay una lacra que todos estos individuos arrastran. Yo lo llamo "El síndrome del parlanchín", aunque más bien tendría que denominarse "los daños colaterales y adversos efectos secundarios de tener un piquito de oro". ¡Uff! demasiado largo.
El problema en sí afecta al vínculo entre el hablador y el escuchante u oyente. Y es que el parlanchín tiene la recurrente manía de contarlo todo. Y cuando digo todo, digo to-do. Da igual que haga mucho o poco que no lo vemos, de una forma u otra, cualquier tema de conversación está relacionado con su vida y así va desgranando poco a poco su realidad, sus aspiraciones e, incluso, sus más terribles miedos. Permítanme que precise, al respecto, que este gesto de transparencia me parece de las conductas más valientes que existen en los tiempos que corren. Y no es para menos, pues con el vivo discurso de sus andanzas y peripecias, el parlanchín se queda totalmente al descubierto, fácilmente accesible ante cualquier tipo de dardo mortífero o artimaña en su contra. 
Y a medida que el parlanchín habla y rehabla, el escuchante se concentra cada vez más en la tarea que le ha sido encomendada: escuchar o, al menos, oír, acompañando esta acción con otros gestos prácticos como asentir con la cabeza o pronunciar un "ajam" con rotunda gravedad. El caso es que este hombre oreja "se narcotiza", pierde todo tipo de habilidad para entablar una conversación con el parlanchín. Se acomoda en su modo escucha y simplemente deja que el otro tome la iniciativa. Deja de hacer preguntas, permanece en mute o, si no, sufre el llamado "efecto rebote", que consiste en tomar el testigo y robarle al otro el papel de protagonista de la conversación. En resumen: un caos.
¿Qué hacer entonces en estos casos? Por supuesto, no caer en creernos periodistas infalibles e interrogar a nuestro interlocutor para que, astutamente, sólo hable él y quede yo a salvo de mis tinieblas. No seamos tan cobardes. Pero no lo hagamos tampoco por nuestro propio bien, no sea que el parlanchín sea de esos que en lugar de conversación tengan verborrea y nos arrepintamos, de por vida, de haber dicho ese...¿y luego qué pasó?
Pero, por favor, cuiden al buen parlanchín, al que imprime siempre ese toque de entusiasmo envidiable en todas sus conversaciones, al que te habla de los pequeños detalles y de las grandes hazañas mientras sonríe con la mirada, al que te rescata de todos tus silencios y te presta ese modo de expresión que te cuesta tanto. Y cuando ya hayas heredado su técnica y conozcas todos sus rincones, HABLA, pero también pregunta, deja que por fin fluya la vida entre vosotros.
 

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