lunes, 30 de mayo de 2011

Un camino sin migas de pan

He vuelto. Regresa a mis sentidos el delicioso ajetreo de la ciudad: el olor de la pâtisserie de la esquina, la lluvia majadera y la erre exquisita de los transeúntes. Sonrío encantada. Por supuesto que me sorprende estar de pronto aquí - justo al principio de la calle donde he vivido, quizá, el período de transición más arduo e intenso de mi existencia- pero mi corazón no deja paso a ninguna pregunta razonable que pueda exterminar, con implacable lógica, cualquier indicio de que esto no es más que un sueño. Así que empiezo a caminar. Estoy de vuelta. Y eso es lo único que importa.
A mi paso, el paisaje se transforma continuamente. Tengo la sensación de que alguien juega a desordenar los edificios que se alzan a ambos lados de la calle. Se mezclan las fachadas y los colores. Aparecen incluso ventanas intrusas con vistas al mar o a la plaza del pueblo,  imposibles de encajar en esta maqueta parisina. Y yo no logro recordar exactamente si va antes la peluquería canina o la tienda del fabricante de violines. ¿Será posible que me haya olvidado de cómo llegar? Avanzo unos metros más. Uno, dos, cinco…me paro en seco. Miro extrañada la gasolinera de mi izquierda. Arrugo la nariz en señal de desaprobación, segura de que esa pieza también forma parte de otro puzzle. Este lego paisajístico está empezando a hartarme. Me cruzo de brazos. La confusión se ha apoderado de mis piernas-que tiemblan débilmente- y, aunque intento ignorar esta evidencia de mi fragilidad, tengo que reconocer que estoy asustada. En medio de este paréntesis atemporal, me percato de que la casa que está en frente tiene el número 30.Treinta. Mi cuerpo se activa solo y retomo la marcha. Ya falta poco. Los números se suceden sin criterio alguno. Paso del 30 al 45 y luego al 27. El lacrimal de mis ojos enrojece resignado, mientras arrastro los pies calle arriba. Y, entonces, todo parece aclararse.

Azul y reluciente, el número 34 parece brillar sobre el dintel de aquella plomiza puerta de madera que empujé tantas veces al volver del trabajo. Subo las escaleras de dos en dos, incapaz de contener la imparable dicha que ensancha mi pecho y abrillanta mis pupilas. El timbre retumba en el interior del piso con esa cadencia antigua que tanto he echado de menos. Luego, como si hubiera acudido a recibirme un hombre invisible, la puerta se desliza abriéndome paso. Escucho risas. Trago saliva, porque un resquicio de miedo ha aparecido silencioso a escalofriarme el cuello. Pero la felicidad que siento al entrar en el salón disipa cualquier rastro de temor. Allí están todos: la sabia locura de Elena, el entusiasmo inagotable de Alba, el francés inventado de Carmelina, las canciones hawaianas de Paul, la quiche aux poirreaux y la tarta de limón de Montse. María y Domi apuran un vaso de vino en el sofá y Paloma dibuja sobre el mapa de metro la ruta para esta tarde: bici hasta el Marais, picnic en l' Île de Saint Louis y traca final en las escaleras de Trocadéro. Nadie se ha percatado de mi presencia y yo disfruto contemplando aquella estampa de la que alguna vez fui parte. Entonces, Mingo me sonríe desde el otro lado de la sala y camina descalzo sobre la moqueta, con esa mirada tan tierna que me recuerda que en todos lados hay gente buena y, antes de envolverme en un abrazo, me suelta con su voz de pito: "¡Patri!, ¡te estábamos esperando!". Y en ese preciso instante, aún con una sonrisa en los labios, me despierto.

1 comentario:

  1. Ays! qué bonitas son las añoranzas. Cuántas veces habré soñado yo que volviamos a vivir a la CIté Universitaire, y nos encontrabamos con los mismos negritos de siempre, y la señorita borde de la recepción, esa que siempre decia "Bongjougg", y pasabamos por el pasadico verdoso del sótano...Siempre permanecerá en nuestros recuerdos/sueños, pero nunca volverán.
    Yo recuerdo perfectamente ese saloncito tan francés con su moqueta granate era?, y qué bien se dormía en ese sillón tan barroco jeje.
    Mary

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