sábado, 28 de mayo de 2011

Un pellizco, por favor


No entiendo por qué ese señor de gafas desproporcionadas acaba de levantar mi camiseta dejando todo mi ombligo al aire.Y un momento, ¿quiénes son esas dos jovencitas cuyas caras se apelotonan a su lado?¿Por qué me observan con los cuellos descoyuntados y esa mirada inquisitiva? Decido cerrar los ojos unos segundos y escapar de esta desconcertante imagen gris que ahora, afortunadamente, se oculta tras el telón de mis párpados. Entonces, noto cómo alguien me levanta las piernas y el tacto de unas manos palpando mi frente. Otras, en cambio, agarran con firmeza el contorno de mis muñecas. Siento como si fuera un maniquí destartalado y trataran de recomponerme.
Lo curioso es que aquí tumbado, esta falta de intimidad comienza a resultarme deliciosamente indiferente, así que, durante unos segundos más, les dejo hacer y deshacer. Mantengo mi cuerpo inerte y finjo estar inconsciente. Diría que incluso estoy disfrutando de este corto momento de evasión en el que me siento invisible y, al contrario de lo que podrías pensar, invencible.
De pronto, un manotazo cerca de la nariz me hace abrir los ojos de nuevo. Aparto con brusquedad nuevas manos que se abalanzan sobre mí y pronuncio enfadado: “¿Qué pasa? ¡déjame!” Y le doy un soberano empujón a la rubia esquelética que amenaza con inmovilizarme. Mis ojos echan chispas cuando consigo sentarme. Sólo entonces tengo consciencia de cómo he llegado hasta aquí. Eso sí, a medida que los hechos toman orden cronológico en mi cabeza, aparece un nuevo pliegue en mi entrecejo.Pero es que estoy completamente confundido y enojado conmigo mismo. Repaso mis recuerdos como si estuviera ante mi ordenador, presto y dispuesto a redactar la crónica del día: ¿quién?¿cómo?¿cuándo?¿por qué? Que no quede ningún interrogante sin respuesta:
Está bien. Primero, a las ocho y cinco de la mañana, mi  circulación obstaculizada por un elástico majadero. Durante, los lamentos de aquella señora impertinente: baja, rechoncha y asquerosamente negativa. Su cántico de “enfermera, creo que me voy a desmayar, creo que me estoy desmayando ya” se clava en mi cerebro mientras comienzan a succionarme. Luego, el camino tambaleante hacia la cabina de teléfono donde estaba mi amigo Juan llamando a su novia, otra vez a la reconquista. Y por último, la pálida y fulgurante antesala de la inconsciencia. Un “gong” japonés que había retumbado en la sala de espera con mi cabeza estrellándose contra el baldosado. Esto último me lo cuenta el histérico de Juan, aún con cierto temblor en las manos, mientras me obliga a engullir un grasiento sándwich mixto en la cafetería del ambulatorio. “¡Qué susto nos has dado, tío! Los gritos de Olivia se escuchaban en todo el Centro de salud”. Estupendo.
Al levantarnos y dirigirnos al aparcamiento, gente que desconozco completamente me saluda por los pasillos con un leve movimiento de cabeza. Algunos incluso murmuran al que está a su lado: “Mira, este es el chico que se desmayó antes”. Yo resoplo y agacho la cabeza, porque esta nimiedad, a los 17, es quinientas millones de veces más importante de lo que realmente es. Sobre todo si ocurre después de muchos otros acontecimientos de protagonismo catastrófico. Y, encima, delante de tu mejor amigo y la chica que pretendes encandilar. “Lo que me faltaba”,digo en voz alta, y acelero el paso.
 Lo siguiente es un fundido en negro que dura demasiado. Eso y un dolor agudo en mi muslo izquierdo. La sala de espera comienza a perfilarse al entreabrir los ojos. Con que eso era todo. Así había empezado mi miedo estúpido a los análisis de sangre. Miro mi reflejo de 47 en la mampara y me pregunto cómo no he arrancado esta raíz antes. Escucho a mi mujer hablar con la viejecita que se encuentra en la fila de asientos en frente de nosotros: “ Si es que no ha dormido nada durante toda la noche. Un hombre como un castillo que le tiene miedo a un pinchacito. Si es que…” Me levanto como si tuviera un resorte cosido al trasero. Les sonrío aliviado a ambas, como quien dice: “Sí, están hablando de mí y no me importa”. Mi mujer me mira extrañada. Creo que piensa que de un momento a otro voy a salir corriendo despavorido por el pasillo. Entonces, cuando esa arruga en la comisura del labio comienza a delatar que se está poniendo peligrosamente nerviosa, me acerco, le doy un beso sonoro y le susurro al oído: “gracias por el pellizco, cariñosa”.
 Primero, mi circulación obstaculizada por un elástico majadero. Durante, una vieja canción de Revolver que no se me va de la cabeza desde hace unos días. Luego, el camino triunfante de vuelta a la sala de espera. Y, por último, la certeza de que por fin, he pasado página.

No hay comentarios:

Publicar un comentario