martes, 28 de junio de 2011

Instantáneas de personajes 2 - "Cómo fumar y no morir en el intento (si es que alguna vez eso fue posible)"



Tengo que empezar a fumar. Sí, ahora que me paro frente al espejo, me veo sujetando ese cilindro minúsculo entre los dedos y...me queda bien. El problema es que tendré que aprender ciertas cosas. Lo primero, elegir una marca de tabaco.La única que conozco es la que fumaba mi abuelo y, teniendo en cuenta que murió de cáncer de pulmón, creo que es mejor descartarla. Un momento, tengo que empezar a pensar ya como una auténtica fumadora, así que cuando lea en letras mayúsculas el mensaje: FUMAR MATA, me mostraré indiferente, como si fuera inmortal, y abriré el paquete aún con más seguridad. También tendré que practicar diferentes posturas de sujetar el cigarro: entre los dedos, en la comisura de los labios, a ver...voy a coger este lápiz de ojos gastado para ver qué tal se me ve. No está mal. En cuanto a la postura del cuerpo...con las piernas cruzadas, pareceré interesante; con el brazo hacia detrás, considerada con los demás; mientras camino, estresada. Expulsaré el humo poco a poco, por un lado de la boca, a la cara de la persona con quien hablo, hacia arriba...no sabía lo creativo que podía llegar a ser esto. Claro que también me tendré que acostumbrar a tener un aliento repugnante, así que dedicaré 20 euros al mes para paquetes de chicles orbit, sí, de esos de eucalipto, que aguanta más el sabor, o quizá mejor esos que actúan como una pasta de dientes, porque confieso que eso de que mi dentadura se vuelva amarilla, ¡no me gusta nada! ¡Puff! ahora que lo pienso, no veo más que inconvenientes...no, espera, cuando salga de marcha con los compañeros de trabajo, sabré qué hacer con mi mano izquierda. Siempre he pensando que debo parecer estúpida con ese brazo ahí colgando, no sé dónde meterlo: encima de la barra, en el bolsillo del pantalón, hacia arriba moviéndolo al ritmo de la música...ahora, al menos lo tendré ocupado con el cigarrillo, y si todos están bailando y yo me voy un momento al servicio, al volver no me sentiré tan sola, estaré acompañada por mi cigarrillo. ¡Qué contenta estoy de haber tomado esta decisión! No puedo esperar a que sean las cinco para bajar al quiosco a comprarme mi primer paquete. Aunque ahora que lo pienso, todos mis amigos fumadores están intentando dejarlo. Se han comprado libros y algunos hasta han acudido a terapia...pero no me importa. Hoy he decidido que quiero empezar a fumar. Porque sí. Por llevar la contraria.

Instantáneas de personajes - 1 "¿Dónde habré puesto las agallas?"


¿Y si me vuelve a pasar?¿y si todo el acopio de valentía y seguridad que he ido recabando, paso a paso, durante todas estas semanas se esfuma justo antes de que sea mi turno? Me está empezando a temblar el pie izquierdo. Ya empezamos. ¡Dios mío!Con lo fácil que es esto. Es una tontería. Si fuera capaz de controlar a mis propias tinieblas…Mira Pedro qué tranquilo se le ve. Si es que está hojeando el Muy Interesante como quien está sentado en la terraza de su casa tomándose un café…no como yo, que salto de un artículo a otro mezclando títulos y subtítulos, en un vago intento de concentrarme en algo distinto a lo que está a punto de pasar porque…¿qué hora es?¿Las diez y cuarto? Ay, Dios, en diez minutos estaré ahí dentro. Sólo diez minutos. Me está empezando un dolor en el centro del pecho. ¿Y si me muero de un infarto? ¡Qué final más patético!¿Dónde quedó mi afán de aventurero con el que soñaba cuando era pequeño?¿Así es cómo quiero ser?¡Vaya cagón! No no, no puedo fustigarme. Eso sólo ennegrecería aún más las oscuridades que trepan por mi espalda. A ver, pensemos en otra cosa…¿en Juliana? Sí, eso, en Juliana. Lo que daría por estar ahora desnudo entre sus sábanas. El estómago me da un vuelco. ¿Y si se entera de esto?¿y si apareciera de pronto y me descubriera con este rostro descompuesto que soy incapaz de recolocar en este momento? Y encima ahora que estamos empezando…que todavía mantengo impoluta, ante ella, mi imagen de hombre con aplomo y determinación. Tengo que ser fuerte, fuerte, fuerte, fuerte. A ver si de tanto repetírmelo, me lo creo.Ya lo dijo el sábado pasado Pepa Fernández en la Radio, que no hay método más tranquilizador que la propia voz  de uno pidiéndose un poco de calma. ¡Pero es que a mí no me funcionaaaaaarghhhh! Si pudiera saltar, gritar, correr, tirarme de los pelos ahora mismo…pero sólo puedo apretar y apretar el bordillo de la carpeta que reposa sudorosa sobre mi regazo. Cuidado. Sale Natalia para buscar a Pedro. Siento que me falta la respiración.Ya falta menos para que me toque. Podría irme. Salir de aquí y acabar con este sufrimiento. Sólo hay unos pasos para llegar al ascensor. De hecho, ahora que lo miro, me parece que está aún más cerca que antes y que las letras de salida a su derecha brillan con una fuerza que parece reclamarme. Pero mírenme. Aquí estoy, a punto de huir. Hasta me he levantado del sillón. Casi he adoptado la forma del machanguito del cartel, dispuesto a emprender la carrera. Preparados, listos, ya. Pero no. Mejor será que me siente de nuevo. Me hundo entre los cojines. Ojalá este sillón fuera de arenas movedizas y me tragara. Así no sería culpa mía. No habría escapado. Sólo me habría evaporado y, casualmente, habría evitado este mal trago. ¡Qué agradable sería! Me levanto de un salto porque se abre la puerta. Pedro me saluda con la cabeza y veo salir de nuevo a Natalia. Su voz me llega distorsionada cuando pronuncia mi nombre. Como una máquina que ejecuta sus funciones, recojo la carpeta, que sí parece haber sido engullida por el cuero del sillón y entro con la cabeza gacha. Ella primero, yo después. Me plancho los pantalones y la chaqueta con las manos y sacudo un poco los pies y la espalda, para intentar deshacerme de mis propios bloqueos que me atrapan. Cuando atravieso la puerta, me imagino que quedan ahí enganchados, incapaces de alcanzarme. Y, de pronto, mientras avanzo por el pasillo, las veo huyendo en estampida. Mis temibles agallas escapando por la puerta de atrás, en el precipicio de mi codo, a punto de saltar por el despeñadero de mi garganta, escondidas tras las uñas de mis pies. Así que estamos con esas...se van a enterar. Sacando todo mi ego posesivo, las voy pescando con la mente, como corderitos indefensos que tuviera asidos por el pellejo. A duras penas, pero mías, me las cuelgo del rostro, las pego a mis piernas temblorosas y las empasto, como puedo, al corazón, aplacando sus latidos cada vez más roncos. Y, así, a punta de pistola, las mantengo a raya cuando por fin entro en la consulta del urólogo.  



jueves, 23 de junio de 2011

1/2 de microrrelatos

Le cerró la palabra en las narices
y le dejó con la nariz en la boca

Era demasiado tarde
para que "quizá" llegara puntual.






Cada vez que entraba alguien, el interruptor empezaba, divertido, a jugar al escondite

miércoles, 8 de junio de 2011

Sí, aquellos, los formados, los licenciados o ingenieros, los que no encuentran trabajo...

Hace muy poco me contaba una buena amiga que estaba desmoralizada por la falta de trabajo. Con dos carreras a sus espaldas, un expediente impoluto y su gran sentido de la responsabilidad, me parecía mentira asistir a esa conversación, cuando yo pensé que con un currículum así, te lloverían ofertas sin descanso.
Pero los tiempos han cambiado y mucho y, al igual que sucede en otros ámbitos de la vida, estar capacitado y ser inteligente asusta. Parece que se ha expandido un miedo general entre la población al ciudadano con estudios. Los empresarios temen que estos individuos exijan demasiado, que sean más listos que ellos y se hagan con el control del cotarro o que le roben la clientela y los proyectos venideros.
Sinceramente, no sé hasta qué punto han calado estos miedos, pero su existencia reflejan la más apabullante ignorancia porque...¿no tendría más sentido querer contar entre las filas de nuestros empleados con trabajadores cualificados que aúnen eficacia y conocimientos?¿No prosperaría con mayor calidad nuestro negocio?¿No dispondríamos de ramas más especializadas y gozaríamos de un mayor prestigio?
Es cierto que todos podemos aprender cualquier tarea específica y que para algunas de ellas no necesitaríamos cuatro años o más de estudios, proyectos de fin de carrera, prácticas y demás cribas universitarias, pero también es cierto que cuando yo efectúo un trabajo concreto desde un conocimiento bien cimentado y con amplitud de miras sobre otros trabajos similares, incluso sobre el origen y evolución de la misma actividad en el tiempo, a sabiendas de los materiales aplicados o de las nuevas técnicas emergentes, esa simple tarea adquiere mayor seguridad, pues está abordada desde todos sus flancos y puede así convertirse en determinante para el éxito.
Pero falta mucho para que se tome conciencia de esta realidad. Y para admitir también que la juventud está preparada. Así que, empresarios, no intenten vendernos la moto, no nos cuelen un trabajo de ingeniero por un sueldo de peón con la excusa de que cuando se empieza y se es joven hay que agachar siempre la cabeza. Valoren las horas y el esfuerzo que hemos invertido en estar formados, apuesten por esta juventud con ganas e iniciativa y permitan que esa vieja frase derrotista que reza: "Es que la juventud de hoy en día..." acabe por completarse con un "...es competente, responsable y trabajadora".

domingo, 5 de junio de 2011

El bálsamo de los buenos recuerdos - Capítulo 1

Dicen que el olfato es el sentido más poderoso de todos. Que un simple aroma puede trasladarnos en el tiempo y rescatar de nuestra memoria los momentos más dulces y amargos que el paladar de nuestro cerebro aún retiene en algún cajón escondido. Antes,  cuando estaba en la treintena, solía burlarme de afirmaciones como esta, pero con los años me he dado cuenta de que, en cierto modo, ésta en concreto tiene mucho de verdad. Y así, en momentos como el de ahora, cuando alguien se fuma tranquilamente un puro cerca de mí, mi mente, e incluso diría que parte de mi cuerpo, se traslada a aquellas tardes de verano en las que un mapa de Europa reposaba sobre aquella mesa plegable, mi madre roncaba dentro de la tienda de campaña y  una brisa ligera y húmeda pasaba las páginas del libro que mi hermana mayor devoraba, tumbada sobre el césped reseco de aquél camping andaluz que tanto nos gustaba.
            Viajábamos en un jeep todoterreno, color azul metalizado, que mi padre había comprado unos años antes para transportar las cosechas de papas y uvas que le daban los dos terrenos que tenía en el norte de la isla. La ruta previa la decidía él, pero en realidad no era más que una excusa. El impulso que nos hacía ponernos en marcha hacia alguna dirección, para luego, ir improvisando.
            Teníamos un mes. Llegábamos a Cádiz después de pasar tres días en el buque “Jota Jota Sister”. Aquél era un barco con un encanto especial. Un dulce paréntesis en el que no te encontrabas en ningún sitio y, al mismo tiempo, formabas parte de todo. La mayoría de los pasajeros eran familias de Guardias Civiles a los que el Estado regalaba billetes gratis cada verano para compensar el hecho de prestar servicio lejos de la península. Canarias, por aquél entonces, todavía se consideraba un territorio demasiado recóndito y ajeno al ritmo que llevaba el resto de España. Pero yo no era consciente de nada de eso. Para mí, aquellos tres días en barco eran el preludio de la aventura que estaba por llegar y eso confería a aquellos veranos un matiz inmortal y mágico.
            De todos los viajes que tuve la suerte de hacer con mi familia durante mi infancia y mi adolescencia, hay uno que, por encima de todo, fue memorable. Rondaría yo los 14 años y viajaba, por ser la más pequeña, sentada entre mi hermano Roberto y mi hermana Cristina. En el “asiento de la muerte”, como solía bromear Roberto para hacerme rabiar. Desde el año anterior, nos habíamos atrevido a cruzar los Pirineos y montábamos y desmontábamos la tienda todos los días pasando la noche en los abarrotados y sucios cámpings de la costa azul francesa. “Hay que ver con qué cara nos miran estos franchutes”, solía quejarse mi madre mientras tendía, entre árbol y árbol, la ropa. Y la verdad es que tenía razón. Precisamente durante esos viajes,  aprendí que hay algunas versiones de la historia que quedan tatuadas en la piel de las gentes y, aunque pasen los años, vamos arrastrando un odio y una desconfianza que no son nuestras, pero que sentimos irracionalmente. De esto y de desprecio parecían estar cargados los gestos de los franceses durante todo nuestro recorrido por Perpignan, Carcasonne, Marseille o Nice. Y el sentimiento de superioridad que transpiraban acrecentaba mi seguridad y mis ganas de plantarles cara, alentada por la valentía que rezuma todo adolescente idealista y romántico.
            Pero no es de franceses la historia que el humo de este puro ha desencofrado de mi memoria. Más bien de italianos. De una Roma siempre monumental e inigualable a la que llegamos un 16 de agosto, casi sin querer. Aún recuerdo la media sonrisa de mi padre en aquella estación de servicio al norte de Siena. Se había girado hacia el asiento de detrás, se había sacado el puro de la boca y nos había preguntado: “Entonces, ¿llegamos hasta Roma?” Y todos habíamos dicho que sí con los ojos brillantes. Hasta mi madre, que mantenía impertérrita su papel de precavido ángel protector.
            Y así nos habíamos plantado en la ciudad eterna. Serían las seis de la tarde o más cuando por fin nos bajamos del coche. Cristina y yo no habíamos parado de cantar durante todo el trayecto. Habíamos versionado a Gloria Estefan, Ana Torroja  y hasta a Rocío Dúrcal, que sonaba majestuosa por los altavoces de la radio de mi padre. Roberto aplacaba el ataque de risa que le había entrado después de que hubiéramos tenido que parar en medio de las caóticas carreteras italianas para que mi madre intentara hacer pis en el arcén. Y digo intentara, porque no había hecho más que agacharse cuando,aún sin subirse las bragas, había vuelto corriendo al coche alegando haber visto una serpiente de monte deslizarse entre los matorrales directa hacia su trasero. Sólo mi padre la había creído, aunque su “Sí, mi amor, seguro que es cierto” había sonado a falsete.
Nada podía salir mal. Éramos como la tripulación unida y bravucona de un viejo barco de piratas, el clan temible de forajidos que habían osado desgarrar el plan establecido, los traviesos miembros de una banda que se habían saltado las reglas y se habían hecho con el tesoro escondido. Y el cofre de la recompensa no sólo albergaba la belleza de las callejuelas y las fachadas de Roma, sino algo más importante. Para una niña de 14 años, aquél simple trayecto ofrecía la certeza de que se podía alcanzar aquello que más deseabas, sin contar con un manual de instrucciones ni con ayudas adicionales. Tan sólo improvisando y teniendo la firme voluntad de querer conseguirlo.
            Al día siguiente, mientras paseábamos cerca de Piazza Navona, me parecía estar impregnada por alguna sustancia incandescente. Me sentía feliz e invencible. Por primera vez, era yo la que llevaba el mapa y con voz seria y madura dirigía a mi familia desde el Coliseo hasta la Piazza del Popolo, desde la Plaza de España hasta la estación de Termini o por las calles del barrio del Trastévere hasta la Bocca de la veritá.  Cuando llegamos a la Fontana di Trevi, rodeados de cientos de turistas de las más diversas nacionalidades, mi deseo al tirar la moneda a las aguas de la fuente, tal y como dicta la tradición, estaba clarísimo: algún día, viviría en el extranjero y me sentiría permanentemente como me encontraba en esos momentos: segura, fuerte y vital.
            Creo que ahí empezó todo.