martes, 26 de julio de 2011

Arráncate por bluerías

No había mejor trayecto durante el día que aquél que lo llevaba todas las mañanas desde la cocina hasta la pequeña salita, en el fondo del pasillo. Desayunaba una tostada con tomate, después de haberse acicalado en exceso con el after-shave que su hija le había regalado por Navidad. Luego, se subía los tirantes oxidados y se repasaba el peinado con los dedos de la mano mientras caminaba, con aire triunfal, escoltado por lo pósters de John Lee Hooker y Buddy Guy, pegados a la pared con una cinta adhesiva amarillenta que, en el agosto sevillano, terminarían por caer al suelo derretidas más temprano que tarde.
Ya en la sala, respiraba hondo tres veces. Su mujer, que había fallecido en un terrible accidente de tráfico al volver un fin de semana de Tarifa, lo había obligado durante años a comenzar así el día. Por supuesto, mientras estuvo viva, jamás le había hecho caso. Pero ahora que no la tenía cerca, le parecía que ésta era una manera de honrar su memoria.
 “La habitación de los trastos", como fue bautizada en un principio por su hijo pequeño, no era más que un cuartucho que había llenado con un tocadiscos de su abuelo, un sillón en el que leía las tardes de domingo a Kafka y Hemingway y unas estanterías torcidas que aguantaban, a duras penas, el peso de antiguos programas de conciertos y el polvo de aquellos recuerdos que ni la más corrosiva lejía es capaz de eliminar. La atmósfera era, sin embargo, perfecta para su ritual matutino. Lustraba sus zapatos, se ajustaba las patillas de las gafas y luego introducía, uno a uno, los accesorios: en el fondo de la mochila, el amplificador y la silla plegable. En los bolsillos laterales, una botella vacía de Coronita y otra de Cruzcampo. Encima del amplificador, los cascabeles, el micrófono y, por supuesto, la harmónica. En la mano izquierda, la guitarra y, en su cabeza, cargada la lista de éxitos que interpretar para ese día, aún a sabiendas de que todos los títulos andaban sujetos con pinzas por la espontaneidad de su estado de ánimo.
Lo más normal es que si alguien lo viera sentado en el autobús, pensara que se trata de un profesor de música que se dirige a impartir una clase. Los más soñadores, quizá, le adivinen un toque de viajero romántico, instrumento a la espalda y macuto en mano. Sin embargo, la realidad acecha más cerca de lo que pensamos. Y este hombre, de unos 45 años, cansado pero no rendido, huye cada día de sus tinieblas para tocar un poco de música a unos pocos kilómetros de su casa. No se trata de partituras convencionales, ni siquiera rentables, para una ciudad tan turística y flamenca como Sevilla, pero eso, seguramente, sea lo que menos le importa.
Es allí, en la mismísima Avenida de la Constitución, bajo un árbol que lo protege del sol más abrasador de toda España y junto a unos bancos peregrinos que soportan, día a día, el asombro de los transeúntes, donde instala su escenario. El proceso le lleva un rato. Hay que amarrar el micrófono a la camisa y éste, a su vez, a la harmónica, porque las manos tienen que estar libres para arrancar de las cuerdas de su guitarra el blues más nostálgico.
El sonido hueco del micro enchufado al amplificador nos advierte de que el concierto está a punto de empezar. Lento, con la calma exquisita de los grandes, acariciando con la botella vacía los trastes, suenan las primeras notas distorsionadas. A golpe de tacón, sus botas hacen sonar el manojo de cascabeles atado a su tobillo. Y ya no hay vuelta atrás. Se evade el alma del hombre en la música y la música encuentra su reflejo en el hombre.
Interrumpo mi andar estresado por la calle de enfrente, como si esa melodía hubiera hecho saltar, de pronto, una cuerda de mi universo, como si quisiera recordarme que sigo viva. Toca ahora ”Manish Boy” de Muddy Waters  y, en su vaivén corporal disfrutando de la música, cruzamos nuestras miradas e intercambiamos una sonrisa cómplice, limpia de prejuicios. Su voz de otra época me acompaña por Santo Tomás, rumbo a los Alcázares, y cuánto más me alejo, más grande se hace la certeza de que, detrás de esos ojos, hay una historia.



miércoles, 20 de julio de 2011

toc, toc

Había recibido la visita cuando preparaba la cena y, como es lógico, no había podido pegar ojo durante toda la noche. Las dudas le habían asaltado en cuanto había apoyado la oreja en la almohada y le invadían con tal insistencia, que había tenido que erguirse y mantenerse sentado, apoyado en el cabezal de la cama.Se habría preparado una infusión del Mercadona, de esas con títulos de somnífero como "duerme bien" o "infurelax", pero sentía auténtico miedo a volver a la cocina. Allí es donde se había aparecido y no tenía ningunas ganas de que le volviera a ocurrir lo mismo. Aún estaba digeriendo lo sucedido escasas horas antes. Necesitaba pensar.
Sin duda, lo primero que se le había pasado por la cabeza era que, definitivamente, había perdido el juicio. Tenía que confesar que ya lo había pensado alguna vez: sus manías hereditarias y su incontrolable nerviosismo bien podrían derivar en una enfermedad psiquiátrica. Pero, en el fondo, sabía que esto, también, era un simple pensamiento paranoico y que se encontraba más cuerdo incluso de lo que querría. Así que la otra opción era que aquellas galletas de Marihuana que había engullido con sus amigos el sábado podrían haberle pasado factura. Quizá el material había sido tan bueno que sus efectos permanecían en el tiempo. No podría confirmarlo porque, sin ser por esa vez, jamás había consumido ningún tipo de droga y estaba verde chillón en estos asuntos. 
La opción C, por tanto, se perfilaba como una gran posibilidad. El problema residía en que tomarla como verdadera, a ojos de los demás, no sería más que el resultado de combinar la opción A con la opción B. Vamos, un considerable lío. Pero es que no a todo el mundo se le presenta, así como así, su "yo" de 8 años con una lista de exigencias y reproches. 
Sí. Como lo leen. El día anterior, cuando nuestro protagonista luchaba contra las gotas de aceite caliente que salpicaban de la pechuga empanada que crujía en la sartén, alguien le había lanzado una avioneta de papel que había ido a parar justo al lado de la cocinilla. Imagínense el salto que había dado Julián de la impresión. Casi se le descoloca el cuello al girar hacia detrás, espumadera en mano como un hábil contrincante de esgrima. Y allí, en medio de la puerta, con cara de pocos amigos, estaba el niño.
La primera reacción: un grito de alrededor de tres minutos. Un grito de pánico, desde el comienzo del estómago hasta recorrer con sorprendente lentitud la longitud de su rasposa garganta. El niño, mientras, había suspirado desquiciado y se había sentado en el suelo. 
- Pero, ¿quién eres? ¿qué haces aquí? ¿dónde está tu madre?
Típicas preguntas de hombre soltero independiente con ansias de deshacerse de cualquier criatura de menos de 20 años. El niño había vuelto a suspirar, apoyando su cabeza en la palma de la mano y le había señalado una foto que reposaba en un marco ridículo sobre la mesita de la entrada. Entonces, la confusión fue, si cabe, aún mayor. Sin percatarse de que la cocina se inundaba de humo oscuro, proveniente de la pechuga calcinada que crepitaba en el aceite, agarró la foto. Ahí estaba él, con su peto desgastado y su camiseta a rayas. En la foto y en su cocina. Al mismo tiempo. Vistiendo ese rostro ingenuo del que tanto había huído desde que se graduara en el instituto.
Y, sin más preámbulos, con la madurez de un adulto, el niño se había sacado un papel de su bolsillo y había empezado a leer: "trabajar como arquitecto, ser pintor en los ratos libres, hacer exposiciones, tener una novia que le guste cantar, hacer excursiones todos los domingos con mis hijos, tener 7 hijos, viajar en globo a la India, y a Grecia, y a Egipto, y a Disneyland, tener una casa cerca de la playa, jugar a fútbol con mis amigos..." El chaval se había parado en esta última frase y le había tendido el papel con cara de decepción. Era una hoja de libreta, con cuadros grandes. Un dibujo de un superhéroe adornaba la esquina inferior derecha y, en el lado izquierdo le faltaba un pedazo, como si hubiera sido arrancada con premura y violencia. Reconoció su propia letra. De hecho, se vió a sí mismo sentado en el escritorio de su clase, con aquellos mismos 8 años, completando los guiones que le había marcado aquella inusual profesora. Unos guiones que debía rellenar con todo aquello que quería que formara parte de su vida futura. Releyó las frases que acababa de leer el niño  y pronunció la última, omitida por éste, en voz alta: "Ser muuuuuuuuuuy feliz", que estaba acompañada de tres o cuatro caritas felices que creía recordar que le había dibujado su compañera de pupitre. Cuando levantó la vista, el muchacho aguantaba una terrible pregunta en sus labios apretados: "¿Qué es lo que ha pasado?".

martes, 19 de julio de 2011

Antes de la batalla

No sabría decir cuántas veces la había guardado en el cajón del baño porque su marido se la dejaba olvidada al lado del lavabo.  Tampoco cuántos momentos habría anhelado que tanta nueva tecnología diera con una fórmula para hacerla más silenciosa y no le despertara, por las mañanas, su zumbido eléctrico. Ni siquiera cuántas veces había implorado a Javier que la utilizara más a menudo, que después estaba más guapo. Por eso, mientras sube las escaleras para ir en su búsqueda, le parece que va al reencuentro de una vieja amiga (o quizá enemiga) y, al mismo tiempo, se siente objeto de un chiste diabólico y oscuro. Precisamente a oscuras está la habitación y el baño cuando llega a la primera planta. No enciende las luces. Prefiere no ver con claridad qué es lo que va a suceder a continuación. Si sus movimientos son rápidos y su cabeza no logra centrarse en lo que está pasando, todo se verá envuelto por la textura de las pesadillas: abominables, pero, a sabiendas, ficticias. La encuentra donde ella misma la ha colocado esa misma mañana, al hacer la limpieza. La agarra sin miramientos. Abajo la esperan todos y no puede permitirse derrumbarse delante de ellos. Tal vez, ni siquiera delante de ella misma. En el sillón, están sentadas sus hijas. Cuando atraviesa el umbral de la puerta, le sonríen, como les ha enseñado a hacer frente a las dificultades. Su aplomo le conmueve, pero bloquea, con firmeza, las lágrimas que acuden a sus ojos. Javier está serio, pero no pierde los papeles. Sabe que le toca desempeñar la labor con determinación. Hay que ser valiente, hay que plantarle cara al destino más vil. La mirada que se cruzan cuando ella la pone en sus manos está llena de ternura y coraje. Las niñas se levantan y los acompañan al pequeño cuarto de baño que hay al lado del salón. Apoyan sus rostros en la puerta y mantienen el tipo, sin flaquezas. Entonces, su padre enchufa la máquina y comienza la cuenta atrás. Su madre agacha la cabeza y sus mechones rubios comienzan a inundar el lavabo. Javier no se detiene en ningún momento. Sabe que debe cumplir con su cometido hasta el final, pese a que sus órganos internos estén muriendo de pena. "Ya está",consigue pronunciar sin que le tiemble la voz. Cuando ella encuentra su nuevo reflejo en el espejo, es incapaz de ahogar un grito de terror. Sus hijas tragan un nudo de saliva triste que amarga sus bocas y sus corazones. Después, cuando su mirada le recuerda que ella es mucho más que un rostro o un mechón de cabello, se quita la mano que había llevado a su boca de la impresión y se pasea por las habitaciones, haciendo saber a cada mueble y a cada pared que, pese a su nueva imagen, sigue siendo ella la dueña de la casa. Y cuando habla con sus hijas para darles las buenas noches, contempla con ternura cómo cierta melancolía se esconde tras sus retinas pero admira su valor por aplacarla y transmitirle que, aún atisbando en el próximo horizonte el peor y más temible ejército, también en esta batalla permanecerán unidas. 

miércoles, 6 de julio de 2011

El pasado te pisa los tacones - Capítulo 2


 Lucas la espera en la puerta para ir a tomar algo.
-    -      Lo que me pregunto es qué es lo que te lleva a pensar que Silvia Ascanio fue asesinada. Puede que todo fuera un accidente.- Julia engulle un bocadillo de jamón serrano con tomate-.
-    -      Te lo preguntas porque todavía no has visto el cadáver. Es imposible que esa mujer se pudiera secar el pelo mientras se daba un baño. La distancia entre el enchufe y la bañera es demasiado grande. Además, ¿qué mujer se seca el pelo metida en la bañera?
-          No sé…para gustos, colores.
Silvia Ascanio reposaba un tanto descoyuntada en las aguas tranquilas de su bañera. El arma, un “inofensivo” secador, flotaba como un barco fantasma alrededor de su cintura. Julia siguió con la mirada el recorrido serpenteante del cable. Lucas tenía razón, era matemáticamente imposible que Silvia pudiera estar secándose el cabello mientras se frotaba los pies.
-          ¿Cuál es tu teoría? – preguntó Julia observando con detenimiento la zona acordonada-.
-          El asesino la sorprende en el baño y la electrocuta con algo que no es un secador.
-          ¿Móvil?
-          Crimen pasional. Sospecho de Ricardo Asensio, el EX novio.
-          ¿Ex? Tenía entendido que ERAN novios.
-          Amanda, la compañera de trabajo y, al parecer, íntima amiga de Silvia, me comentó durante su interrogatorio que la víctima lo había dejado hace un par de semanas. De hecho, compartían este apartamento hasta ese entonces. Aquí tienes mis notas. Un nuevo caso de violencia de género.
-          ¿Y crees a una sospechosa? Según lo que leo en tus propias notas, es “altamente” sospechosa. Mira, y lo subrayas. Hace, a ver…, unas dos horas, pensabas que Amanda podría haber matado a Silvia por quitarle su ascenso a redactora jefe. Me asusta pensar qué es lo que te ha hecho cambiar de opinión.
-          Tranquila Julia, mi apetito sexual quedó cubierto anoche…y gracias a tu colaboración, aunque no te guste reconocerlo.
-          Aparta Lucas, volvamos al caso. Eh…veamos, tenemos a una compañera de trabajo rencorosa, un ex novio celoso y…¿un agente inmobiliario?
-          Sí, parece absurdo, lo sé, pero el caso es que una vecina nos dijo que esta mañana le pareció ver a Nacho Marrero salir del apartamento de Silvia y me pareció un tanto extraño…
-          No, si tenemos en cuenta que le estaba buscando casa.
-          ¿A las 9 y media de la mañana? Ahora ¿quién es está siendo favoritista?
-          Tienes razón, no hay que descartarlo, pero ese hombre me resulta familiar…
 “Y además tiene ese aire de viajero sin rumbo que lo vuelve irresistiblemente atractivo” esto último no llegó a expresarlo con palabras.
Cuando Julia volvió al apartamento, nada quedaba del ambiente cálido que la había envuelto al mediodía. El atardecer teñía de un rojo sangriento las cortinas del salón y los tres sospechosos le parecían calaveras hipócritas que escondían su guadaña recién utilizada. Le dieron ganas de salir huyendo, de escapar de esa vida monótona y ese trabajo que torturaba sus noches, arrancarse la angustia que ni las caricias de un hombre como Lucas había sabido borrar. O sí. Tal vez. Momentáneamente. Ojalá alguien la obligara a salir de esa rutina enfermiza, ojalá alguien la rescatara. Baja la mirada con resignación y vuelve a ser consciente del lugar en el que se encuentra. “En fin” – se dice a sí misma – “Por lo pronto, ojalá que este caso se resuelva pronto”.Camina sigilosa, con los párpados caídos, observando a Silvia en instantáneas de su historia y se detiene junto al sofá donde descansa Amanda, con la cabeza entre las manos.
-          ¿Qué hizo usted esta mañana, Srta. Sánchez?
-          ¿Cómo?Eee…no sé, lo de siempre, levantarme, ducharme, desayunaaar, eee…y venir aquí. Había quedado a las diez con Silvia. Estuve tocando al timbre varias veces, pero no me contestaba, claro, estaba…como sabía que guardaba una llave en la maceta, la cogí y abrí, y es que sabía que le había pasado algo, porque ella es, bueno, era, muy madrugadora y…luego, recorrí el piso llamándola hasta que la encontré en el…- llora-.
“¿Lágrimas de cocodrilo?”Julia se desliza por donde ha venido con movimientos gatunos hasta el baño. Observa, como ha aprendido a hacer, con absoluta frialdad y determinación, cada detalle: el cuerpo azulado de Silvia, la toalla bordada con sus iniciales, la pasta de dientes. Nada. Nada fuera de lo común, salvo un secador que no podía haber ayudado a cometer el crimen y… “espera un momento, ¿qué es eso?”. Se asegura de que nadie más ve lo que hace, se pone de cuclillas con facilidad a pesar de su estrecha falda y recoge el transparente intruso. Luego, extiende la mano hasta agarrar una bolsa de plástico que sobresale de la mochila negra del forense y lo introduce en ella con exquisita cautela.
Una inyección de adrenalina le recorre las entrañas. Respira hondo y sale disparada de la habitación, las posibles respuestas dándose empujones en su cerebro. Topa con Lucas.
-          ¿Estás bien?
-          Sí, sí, creo que sí. Tengo que…salir un momento.
-          ¿Quieres que te acompañe?
-          No, tranquilo. Vigila bien a esos tres. Una evidencia más y tengo a nuestro asesino.
-          ¿Cómo?
Pero para cuando Lucas logró articular esas cuatro letras, ya los tacones de Julia habían desaparecido por las escaleras del fondo con un repiqueteo que recordaba a trompetas de victoria.