viernes, 26 de agosto de 2011

Los fantasmas del Alcázar


Viaja en la tímida brisa la siguiente melodía.



María de Padilla corre enloquecida por los pasillos de Palacio. Ha vuelto a suceder y ella no ha estado allí para verlo. No le ha dado tiempo de calzarse los zapatos y sus pies desnudos resuenan fríos y rotundos sobre el mármol del suelo. Se lleva las manos a la cabeza al cruzar el umbral de la siguiente puerta. Otra vez han olvidado encender las candelas. De nuevo, debe recorrer a tientas las estancias marchitas.

"Pero ¿qué ha sido eso?", se pregunta mientras se para en seco, sus tirabuzones azabaches contoneándose alrededor de su menuda figura, mecidos por el vaivén de su desenfrenada carrera. "¿Qué ha sido eso?" murmura, secos los labios. Una nota musical, una voz celestial, una partitura conocida que suena ahora más familiar que nunca. Asoma su rostro por la ventana y se encarama hasta sentir los rayos plateados de la luna sobre su piel de aceituna. "Es en el jardín". Y retoma la carrera.

Su vestido de gasa blanco parece evaporarse al pasar por la fuente. Tan sólo la detiene unos segundos una rama inoportuna que ha osado arancarle algunos retazos a su ligera vestimenta. Pasa ahora jadeando cerca del laberinto de setos, intimidada por la nobleza y la grandeza de las murallas. Y entonces, lo ve.

Él también está ahí. Espía consternado lo que está pasando. Diría que hasta se le ve asustado. Él, que tantas sangrientas batallas libró y a cuántos enemigos atemorizó con una sola mirada. Él, al que habían bautizado como el Cruel. Y, sin embargo, así, mostrando ese flanco de debilidad, María siente que nada ni nadie podría detenerla ante la poderosa atracción que el hombre transpira.

Arranca el arpa cuatro notas que le desgarran el alma.

Su vista está ahora en el patio. Allí están de nuevo los espectros, llenando el espacio con su visión diabólica, pero, al mismo tiempo, con su angelical música: la flauta, sigilosa, la zanfona, hipnotizadora, el tambor, al ritmo de sus propios latidos. Juntos, elevan al cielo estrellado una melodía que le recuerda a los bailes principescos y a los vestidos de encaje. El gesto se le tuerce en un gesto nostálgico cuyo origen ignora. De pronto, le parece tan lejanos esos bailes que no puede evitar derramar una lágrima húmeda sobre la arena del sendero.

LLora desconsolada sin saber qué trágico duelo le ha ensombrecido el alma. Con las mejillas surcadas de lágrimas, avanza hacia los espectros. Además de los músicos, hay cientos sentados, inmóviles sobre asientos arcaicos. Aprieta los dientes y los puños, mientras gruñe desesperada. Ellos han sido los culpables. Ellos no tendrían que estar ahí. Son los culpables de su tristeza infinita. Hay que expulsarlos fuera.


Cuanto más camina, más crece en ella esta certeza. Entonces, grita con todas sus fuerzas. Su mandíbula quiere desencajarse para expulsar un grito aún más atronador en los tímpanos de esos intrusos. "Fuera, fuera, fuera" retumba su voz en la piedra. Los empuja, les mete los dedos en los ojos, les arranca el cabello, pero no lo consigue. Ninguno de sus ataques parece haberlos inmutado. La energía desencadenada en cada uno de sus movimientos se pierde en el vacío apenas rozarlos.

De repente, alguien la retiene por el brazo. Ella enseña sus uñas salvajes y sus ojos inyectados en sangre.

- Mujer, cálmate. Calma tu angustia y tus ansias. ¿No ves que no pueden oírte? ¿no ves que tu voz y tus manos ya no se escuchan ni se sienten? - Ella lo mira incrédula, como una niña desvalida y decepcionada - Pero ven aquí, amor mío, ¿no ves que pierdes, embravecida, tu belleza engalanada? Este ya no es nuestro tiempo. Ya no se nos está permitido dirigir a nuestro antojo a los caballos, ni a los peones, ni aún a las torres de granito. Fulminados están los tiempos de reyes y reinas, en los que unimos nuestros labios de pasión prohibida. Ahora, ven, acércate, bésame como solías hacer. Entrégate sin miedo a esta piel que tantas veces te amó sin mesura.

Ella obedece sin rechistar, tragando la saliva amarga que intercambian con sus besos, que sabe a seiscientos siglos de polvo y tierra.

- y ¿Qué haremos ahora, Pedro? ¿Vagar atemorizados en este laberinto de setos y cipreses?
- Vaguemos, María, vaguemos enamorados hasta el final de los tiempos, deleitémonos con esta música que nos ha traído de vuelta para rememorar las estrellas que contemplamos cuando éramos aún de carne y hueso.

Se esconden tras los árboles los fantasmagóricos amantes. Y en la huída hacia su escondite provocan la brisa que mueve el cabello de la pequeña Nuria, de tan solo 10 años, que gira, deprisa, la cabeza hacia atrás, escudriñando extrañada la oscura maleza. Diría que...le ha parecido haber visto...pero no, no puede ser. Serán imaginaciones suyas, piensa. Y agarra con fuerza la mano de su madre.

lunes, 22 de agosto de 2011

No al apalanquing


Con el tiempo, me he dado cuenta de la facilidad del ser humano para acomodarse. No nos cuesta acostumbrarnos, tanto a lo bueno como a lo malo. Es como si nos hubieran insertado un chip para resignarnos a lo que nos ha tocado vivir. Y no acaba ahí. Esta actitud conformista también nos hace acotar el terreno de actuación. Seguramente, si te paras a reflexionar un momento y cuentas los lugares diferentes en los que has estado durante los últimos meses o las actividades que has hecho, te sobren dedos de la mano. Y es que somos únicos para repetirnos y para entrar en el círculo de hábitos inamovibles. Como el hámster que corre incansable en la rueda y que veíamos asombrados tras el cristal de la tienda de animales cuando éramos pequeños.


Dejando claro que es respetable que cada uno busque la felicidad como buenamente pueda y que nadie debería ser juzgado por ello, me resulta impensable que todos quieran recorrer la vida en línea recta o, más bien, que prefieran permanecer quietos a ser ellos los que mueven ficha. Hay una frase por ahí que lo resume todo muy bien: "No dejes que la vida pase por ti, sino pasa tú por la vida".

Y es que, no sé si te pasa, pero a veces me da la sensación de que somos un poco robóticos. Nos movemos en los mismos círculos, los domingos vamos al cine, lo viernes salimos de fiesta, los jueves vemos la serie de intriga en la Primera, los informativos del mediodía en la tres, nos vamos a la cama a las 23h45, comemos verdura dos veces por semana, los miércoles vamos a clase de body pump en el gimnasio, el café en el mismo bar de siempre, las vacaciones en el apartamento de todos los veranos y así sucesivamente.

No sé si será una forma de autoprotegernos. Como ya sabemos lo que nos vamos a encontrar en los lugares de siempre, no los cambiamos, por miedo a decepcionarnos. El miedo es el culpable, como siempre. Algunos, seguramente, se escuden en la falta de dinero (a pesar de que les hayas escuchado decir que se han gastado 300 euros en la última playstation ¿cuestión de prioridades?). Otros, utilizarán esa socorrida frase remolona de: "No sé…con lo bien que se está aquí" o "¡Uff! Es que estoy muy cansada". Aunque yo diría más bien que, en general, lo que nos falta es una inyección de curiosidad. Curiosidad por contemplar otros paisajes, por hablar con gente de otros lugares, por saber algo nuevo, por ir hasta el meollo. Sí, habría que proponer una campaña de vacunación a ver si nos despertamos todos un poco.

Y así, sin planificar las cosas en exceso, podríamos avisarnos los unos a los otros para una escapada a la playa en algún lugar a más de 100 kilómetros de casa, para un viaje improvisado de fin de semana, un concierto en directo en ese bar raro que han abierto hace poco, un ciclo de cine los lunes por la noche en el piso de aquél o un billete de tren con vuelta abierta y una mochila llena de cuatro cosas. Y el tema no se quedaría en avisar, proponer, sugerir o imaginar, sino que iríamos, descubriríamos, compartiríamos y disfrutaríamos. ¿Por qué no lo hacemos?

pd: 21h13. Viajo en un tren de media distancia, las "cholas" rotas (de tanto trotar entre la arena y el asfalto),la mochila bajo el asiento y mi cuaderno, ya sin páginas en blanco. Tú duermes con la boca abierta, apoyado contra el cristal tras el que se difuminan los olivos y los girasoles tristes. Me hundo en el asiento y saboreo este momento de regreso, degustando cada instante de este calendario -ya pasado- que llenamos juntos de planes espontáneos. Esos días en los que desenterramos la semilla aventurera que antaño habíamos sembrado y acabamos por resuscitar, mano a mano, lo mejor de nosotros mismos.

jueves, 18 de agosto de 2011

Una de cotufas grandes


"Barcos que vuelan, piratas intrépidos, dragones, hienas y demás bestias, el genio de la lámpara, la poción mágica, la bruja malvada, los relojes que hablan, la escurridiza alfombra, el bosque prohibido, los indios bailando, los vaqueros disparando, el coche que pica el ojo, la joven doncella en apuros, el caballo fiel, el cangrejo bailarín, los superpoderes, las canciones pegadizas, los héroes imbatibles, la capa y la espada, los buenos, los malos, los finales felices. Una batalla, un beso de tornillo, una carrera, una fiesta de monstruos y princesas, una momia que se tropieza, un robot chistoso, un planeta desconocido, la misión de salvar el mundo, un pez payaso que anda perdido, un sapo con corona, un dinosaurio cobarde, una hormiga valiente. Y más golpes, risas y trompetas, circos infinitos, exagerados ademanes, tabernas ruidosas y garfios y reyes sin trono y amigos inseparables..." se escuchaba susurrar a los dos niños en la oscuridad de la habitación.
-"¡Shhhhhh!¡A dormir!" les grita su tía desde el pasillo.
Ellos se ríen, se esconden bajo las sábanas y cierran los ojos, pero la emoción les impide conciliar el sueño. Es la primera vez que Diego y Nicolás van al cine.

domingo, 14 de agosto de 2011

Instantáneas de personajes III "A solas"

Nadia necesita tiempo para estar a solas. A solas consigo misma, con su alma rebujada y su caótica conciencia, lejos de las imposiciones sociales que la obligan a tener una pareja, aumentar el índice de natalidad, llegar de amanecida tras una noche de juerga o embarcarse en viajes exóticos y excitantes de los que alardear en la cena de empresa.
Le resulta paradójico pensar que la persona con la que, aparentemente, pasa más tiempo es la que menos conoce. Y ese es el gran reto que afronta. Ella, que siempre ha estado rodeada (quizá en exceso) por los amigos y los novios chupasangre, que, al final, la han dejado seca.
Y conforme pasan los días en solitario, toman fuerza sus carcajadas y sus sueños. Siente cómo sus pies se enraizan en el suelo y cómo su mente vuela sin limitaciones.
Nadia necesita tiempo para estar a solas. Necesita la calma de estar con nadie.

sábado, 13 de agosto de 2011

Microrrelatos de verano

Guardó el GPS, desplegó el mapa y dio su primera indicación: la siguiente, gira hacia la izquierda.



Zambullirse en el océano helado de chocolate con barquillo de vela perfumada la noche estrellada llena de música relajante el beso mojado el cuerpo tuyo y mio el tiempo viajero en ruta desconocida la playa desierta de olas salvajes.




Llevaba 15 años siendo vegetariano, pero ahora estaban en la habitación solos: él y esa jugosa loncha de jamón serrano. Sólo podía quedar uno.







No era pelirrojo, era más bien color tinto y, con el limón de su piel y esos ojos de hielo, no daban ganas, en este verano, más que de bebérselo.