lunes, 24 de octubre de 2011

Un chapuzón en otoño

Sobre la mesa, había veinte carpetas, cincuenta cuadernos y tres clasificadores llenos de fundas, repletas de papeles. En la esquina derecha, asomaban los cubiletes con los bolígrafos, al borde del precipicio. Si se ponía de puntillas, incluso atisbaba a leer alguna de las primeras frases dentro de su planning de "cosas que hacer", que descansaba grotesco sobre el teclado del ordenador. 

Los había mirado con indiferencia, con el ojo izquierdo aún medio cerrado, el pelo alborotado y el pijama de color. Y dentro del desorden de su apariencia, contrastaba el ordenado deseo de que todos ellos podían esperar. Sin pensárselo más, se desvistió por el pasillo, luchando con los tobillos por deshacerse del mini pantalón que llevaba puesto. Luego, arrancó el bikini de rayas del último cajón de su mesita de noche, se deslizó dentro de su vestido azul y se hizo una coleta para domar su melena enmarañada. 

Cartera, móvil, llaves. No, móvil, mejor que no. Cartera, móvil y crema protectora. Suenan sus pasos por la sala de estar y luego un rotundo portazo. Deja a cuadros, totalmente desconcertados, a las veinte carpetas, los cincuenta cuadernos y los tres clasificadores llenos de fundas, repletas de papeles.

Poco a poco, rumbo al mar, el rocío de la mañana resuscita la vida en todas las células de su piel. Se relajan su mandíbula y su entrecejo. Se apaciguan las ansias por llegar cuanto antes: disminuye el ritmo de sus pasos, mira hacia los lados, esboza una sonrisa. Por primera vez, disfruta del trayecto y aleja cualquier pensamiento destructivo que acude letal a su cabeza.

Y en menos de veinte minutos, escucha gruñir las olas contra el acantilado. Ahí está el risco amarillo y la arena dorada, vírgenes y salvajes. Avanza hasta la orilla y se descalza. Sujeta sus sandalias con la mano derecha y deja que sus pies se hundan en la arena, que la recibe cálida y acogedora. El agua, limpia y cristalina, acude tímida a acariciar sus empeines. A cada vaivén, le invade un frescor que le recorre entera, desde el centro de la planta de sus pies hasta el primer mechón de pelo de su coronilla. No hay nadie. Suspira aliviada y se desnuda por completo.


Ahora sí que no puede esperar. Corre ligera y se sumerge hasta que el océano ha alcanzado su ombligo. Recorre un metro de puntillas, aguantando la respiración para no sentir el frío. Y cuando siente que ya no puede aguantar más, se zambulle de golpe. El agua limpia su cara y suaviza su cabello, que flota en el mundo submarino, que se confunde con el movimiento acompasado de las plantas acuáticas. 

Una, dos, tres brazadas y se tumba boca arriba sobre la cama del océano atlántico. Algunas nubes pasan a lo alto con formas estrambóticas. Se marchan con la corriente las preocupaciones, la incertidumbre, la frustración enquilosada. Llegan para hidratar su alma la satisfacción y la calma.

domingo, 9 de octubre de 2011

Una sopa de spaghetti


Sagrario era alta y delgaducha. Le sacaba, con diferencia, hasta tres cabezas a cada uno de sus siete hermanos aunque, si midiéramos por edad, ella era la más pequeña. Tenía un cabello larguísimo, ondulado hasta mitad de la espalda, de un negro tizón, difícil de domar. Destacaban en su cara sus labios carnosos, su sonrisa traviesa y unos ojos que adelantaban a quien la miraba la mujer firme que llegaría a ser.
A Sagrario no le gustaba su nombre. Le parecía que era un nombre de vieja. El problema es que tampoco sus diminutivos le caían en gracia. Sagri, Sagra, Ario…sentía que todos parecían ser el nombre de uno de esos medicamentos que solía tragar su abuela a puñados después de las comidas.  “Regula tu hipertensión con dos pastillas de Sagra, de laboratorios Bayern”: sonaba horrible. Así que había optado porque cada uno la llamase como quisiera y todas las mañanas, se repetía ante el espejo la misma frase: “Soy mucho más que un nombre”.  Eso sí, nunca terminaba de creérselo.
Esto y su delgadez innata eran sus dos grandes complejos. Cada vez que su padre la presentaba a alguien en el pueblo, tenía que aguantar el mismo comentario: “¡pero qué delgada! A esta niña le faltan unos buenos potajes y mucho gofio!”. Pero por más que comiera, de esta y de otras muchas cosas, Sagrario seguía estando igual de flaca y estilizada. De hecho, le llevaría mucho tiempo en comprender que eso también formaba parte de su singular personalidad.
Arrastrando estos obstáculos mentales, propios de la edad, había llegado el día de la vendimia de 1971. Rondaba Sagrario los 15 años y recorría cantarina la huerta cargando, a duras penas, una cesta llena de uvas negras. Habían venido todos: sus tíos, su abuelo, sus primos (los mayores), incluso algunos amigos de sus padres, que también tenían terrenos cerca de su casa. Ella, su madre y sus tres hermanas eran las únicas personas de sexo femenino y, aunque su padre les había dicho que sólo quería que ayudaran pisando el mosto en el lagar, todas se habían puesto a faenar: tijera, guantes y mucha mañana para abrirse paso entre las retorcidas parras.
Fue volviendo de vaciar uno de los cubos en los baldes que estaban al principio de la huerta, cuando Sagrario se encontró con su padre, chorreando a medias sudor y vid por sus manos. “Anda, vete tú ya a la cocina y ve preparando una sopa para todos”. Miró en ese momento la muchacha a su madre y sus hermanas mayores, que se encontraban al fondo de las parras y dudó unos instantes si ir a buscarlas o correr directa a la cocina, tal y como se lo había dicho su padre. Y sin saber muy bien qué hacer, fueron sus pasos los que la llevaron justo en frente del caldero. Agua, cebolla, pollo, sal, fideos, zanahoria… ingredientes por intuición y por haberlo visto preparar tantas veces. Una joven con un nombre como el suyo bien tenía que saber preparar ya un guiso como este.
Llegó la hora de la comida, sin que nadie se hubiese asomado a averiguar de dónde provenía el olor que inundaba los campos de cultivo. Los hombres fueron los primeros en sentarse a la mesa, hambrientos y charlatanes. Sagrario temblaba de nerviosismo. No sabía si lo había hecho bien y temía que a nadie le gustase su sopa. Justo cuando se disponía a introducir el cucharón para servir el primer plato, apareció su madre. Sagrario la miró con gesto suplicante y ella acudió rápida a su lado, levantando al instante la tapa del caldero para echar un vistazo. “Pero hija, ¿no ves que te has pasado con los fideos? Esto parece un plato de espaguetis en lugar de una sopa…”. Sagrario se quedó inmóvil y dejó que su madre se llevara el cazo de nuevo al fuego.
“Mujer, sírvenos ya la sopa que ha preparado la cría, que estamos rendidos y esta gente necesita algo que llevarse a la boca” su padre hablaba desde la otra esquina de la mesa, masticando, con la boca abierta, un codo de pan. “Está bien, pero ya verás cómo ha quedado la sopa de tu hija”, respondió su madre con cierto nerviosismo, mientras le entregaba a Sagrario el cucharón que le había arrebatado antes. “Anda, sirve tú”. Y así fue sirviendo Sagrario, explicando a cada comensal que se había pasado con los fideos, pero que esperaba que, al menos, la sopa, de sabor, estuviera buena.
Fueron 30 largos segundos en los que nadie hablaba. Sagrario era incapaz de levantar la cabeza de la mesa, reprendiéndose a sí misma que no tenía mano alguna para la cocina y que, si no fuera por su madre, probablemente moriría de hambre. Y cuando ya estaba imaginándose con 40 años yendo a comprar platos a una casa de comidas preparadas para poder así alimentar a sus hijos, escuchó la voz de su padre decir: “Ah, así sí, espesita, esta es la sopa que me gusta a mí”.  Ella lo miró de un salto y él apuró la última cucharada de sopa haciéndola sonar contra la porcelana del plato, rebañó los fideos que quedaban con un trozo de pan y levantó la mirada hacia ella, para guiñarle un ojo.

TRES nudos - primera parte

 “¿Las haces tú, mi niña?”.
Pistoletazo de salida. Acuden presurosas las partículas del recuerdo, prestas y dispuestas, como el soldado más eficiente. Una pregunta. No ha hecho falta nada más para retroceder en el tiempo. Rendíos aclamados científicos. Cesad vuestra búsqueda incesante. He aquí la teletransportación.

“Sí, claro”.  – Responde robótica, anclando lo que queda de su presente en las pupilas arrugadas de la señora que, sin saberlo, lo ha desencadenado todo.
Tres nudos. Había que hacer tres nudos para terminarlas. Llegó un momento en el que hacía hasta veinte en un día. Se levantaba de madrugada, le “enchufaba” el biberón a Carlota y se perdía entre las cuentas de colores y las tiras de cuero.
“Son preciosas. Debe de llevarte mucho tiempo. Antes de irme, volveré por aquí a comprarte una, que estas cosas jipis le encantan a mi nieta”.  La señora sonríe antes de despedirse. Alberga en la comisura de sus labios una mueca elegante que seguro encandiló a más de uno en su juventud. Diría que tiene un aire a su madre, tan cercana y tan distante a la vez.
Tres días. Eso era lo que había tardado en marcharse. En emprender la huida. No veía a su madre desde entonces. Hacía ya seis meses. Le despeina el pelo la brisa marina, viajando veloz desde lo más alto del acantilado, tan veloz como ha ido transcurriendo el tiempo. La melena ya le llega por debajo de las orejas y Carlota ya calza el 19.
“¡Evelyn!, vigílame el puesto, que voy a comprar agua en el súper”.
Si sus padres la vieran…después de una carrera de siete años, vendiendo pulseras en un mercadillo… “¡vaya vergüenza!”, murmurarían a sus espaldas, quizá, igual que lo harían cualquier otros padres. Pero ellos nunca lograrían entender lo que sufrían sus entrañas: Él la había engañado y no había escapatoria alguna más que el cambio radical y la vuelta a sus orígenes, a todo aquello que era antes de que él se cruzara en su camino.  Nadie nunca podría imaginar cómo la habían reventado por dentro, como si le hubieran instalado una bomba lapa en cada órgano y cada articulación. Jugar con los sentimientos bien podría ser el arma más mortífera y trágica de todos los tiempos. Aún más que la bomba atómica o la pandemia más letal. Él la había engañado. Había, por tanto, destruido todos sus sueños.
“¡Mamá, mamá! ¡Viene un nuevo “raciocero”!” – Su hija corre descalza por el paseo, se monta en la bicicleta y pedalea con fuerza hasta el muelle.
Son tres barcos los que llegan todos los días al muelle, pero ya es tarde. Ya no vendrá a buscarla. Se evaporaron las esperanzas a fuerza de sol y coraje. No queda más que el salitre apelotonado de los malos recuerdos, amontonados en una esquina, preparados para ser barridos y eliminados. Y, sin embargo, su cerebro analiza los rostros de los pasajeros, clasifica las formas de andar, busca a tientas sus pestañas largas y  sus aires de despistado. Actúa, suicida, alimentando una ilusión que no dejará de verse frustrada todos los días.
Tres hombres eran los que se habían subido al barco aquél 13 de enero, seis meses atrás. La isla de la Graciosa no era un destino habitual para esas fechas del año, pero como le había dicho la pediatra de su servicio a finales del verano pasado: era “el sitio perfecto para perderse”. Aquella noche frente al ordenador, no se lo había pensado dos veces. Había comprado el billete en tres fracciones de segundo y había aterrizado en Lanzarote pocas horas más tarde.
“No viene tampoco en este”, le dice Carlota tomando resuello, asfixiada de pedalear a toda velocidad desde el embarcadero. Evelyn la agarra por la cintura y le planta un beso sonoro en la frente. “Ya volverá. Debes tener paciencia. Anda, vete con Silvia y Tere a darte un baño, que  están en la playa”. Lo dice a trompicones y rápido, para que su hija se marche sin mirarle a los ojos y no descubra que aún no ha conseguido dejar de llorar.

martes, 4 de octubre de 2011

Confesiones caninas

Ayer salí a darle un paseo. Ya no lo aguanto más. Todos los días, la misma desidia, el peso muerto sobre el sofá, el programa insulso en la parrilla televisiva….al final voy a desarrollar una úlcera de mantenerme siempre en la misma posición. Estoy harto. Cualquier día aprovecho uno de sus despistes para mandarme a mudar. Aunque por mi culpa nos quiten a todos el título de ser el mejor amigo del hombre. Ya está bueno, hombre. Y ahora otra vez la mosca cojonera que me ronda cerca de la oreja. Me tiene frito, ¿qué pretende? Pero es que mírenlo ahí, por Dios, con esas gafas que poco a poco van deslizándose por su nariz chata y soplona. Si es que lo que me ocurre es que al final siempre acaba despertando mi compasión y me veo en la obligación de llamar su atención, más que nada para darle un poco de vidilla, hombre, que si no…¡vaya vida más aburrida! ¿Es que él no se da cuenta por sí mismo? ¿Es que no hay nadie que se lo diga? Todos los días lo mismo. Sin cambios. Ni siquiera un sábado ni un domingo. ¿Cómo va a tener este hombre vida social? ¿Cómo va a encontrar a una mujer que me peine y me dé besitos y que quiera incluso presentarme a alguna perrita sexy e interesante con la que correr por el parque? Porque estando ella, yo sabría lo que es un parque. No tendría que andar con mis pezuñas por esos terreríos llenos de cacas resecas de vecinos que ni siquiera conozco. Porque esa es otra. No podemos bajar a horas normales, no. Tenemos que ir cuando no hay nadie. ¿Tendrá miedo de sus semejantes? ¡Me desquicia! Y yo sin poder no sé, intercambiar un ladrido o dos, no sé, las cosas normales, olerle el culo a alguien…ustedes me entienden. Sublevarme o resignarme, no me queda otra. Tengo que elegir. Por el momento, voy a acercarme a sus pies a hacerme el mimoso. Eso siempre funciona. Es como si en el fondo despertara una sensibilidad escondida, bueno, escondidísima, y se sintiera, de pronto, responsable de alguien. Aunque esto también me aburre. Siempre igual. Ya podría sorprenderme de vez en cuando. En fin. Lo dicho. Voy a salir a darle un paseo. Tendré que arrastrarle por las Ramblas, mientras camina cambado intentando demostrar a los transeúntes que es él el que tiene el control. Pero ustedes y yo sabemos que no es así. Si es que por más que lo miro…no sé qué hacemos juntos. ¿No han escuchado eso de que los perros se parecen a sus dueños? Pues es una mentira…¡vamos! ¡como una casa! ¡ni caso! ¡Ah, mira! Ya está, parece que se pone de pie. Pues nada. Me despido. Quizá no vuelva, aunque a decir verdad, sí que lo haré…si no, ¿quién lo sacará a dar un paseo?


La metamorfosis

Mírenlos. Ahí están los profesores temblando.Castañeando sus dientes, sudando sus manos, reprimiendo los espasmos de su dura transformación. Camuflan como pueden el olor a las cremas protectoras de sol, maquillan su moreno, llenan de arrugas la serenidad de su frente, achinan los ojos persiguiendo atrapar en su rostro un gesto amenazante y terrorífico. Hacen gárgaras, estiran piernas y manos, planchan la camisa, impoluta y aún limpia de tiza y de suspensos. 


Y resuenan ahora sus pasos por el hall principal. Hierven en ebullición 3000 ideas en su cabeza, más de un millón de tácticas para estar cerca y lejos al mismo tiempo, para tender la mano y no perder el brazo. Y mientras suben las escaleras, con la mirada firme, puesta en el final del pasillo, casi llegan a olvidar quiénes son. 

Pero no nos confundamos. Ellos lo tienen más que estudiado. Hechas las tareas, los esquemas, los dictados subrayados. Nunca hubo Dr.Jekyll y Mr.Hyde, sólo un surco de pintura, que apagara un poco más sus sonrisas, que mitigara la gentileza de sus almas o que ocultara la inocencia de sus propósitos. 

Así que mírenlos bien. Ahí están los profesores amables, los implicados, los soñadores utópicos, yendo de tipos duros. Sin dudarlo, entran por el aro del aparentar, porque, hoy más que nunca, parece indispensable acotar terreno. Porque hoy, más que nunca, funciona más ir de malo que ir de bueno.