domingo, 27 de noviembre de 2011

Instantáneas de personajes 3 - "Leo y la chica del pañuelo rojo"



Jo, todavía estoy alucinando, tíos. Me he quedado así, como flotando en el infinito. Casi no logro meter la llave en la cerradura para entrar en mi casa. Y es que nunca me había pasado algo así, lo juro. Y eso que siempre estoy al acecho, pero hoy no. Hace tiempo que no. Bueno, os lo voy a contar, pero es que se me traba la lengua. Estoy conmocionado, de verdad. Venía yo sentado en el metro. Venía del funeral de Jaime. Dios, qué mal lo había pasado, colega. No podía dejar de imaginarme el cuerpo del Jaime ahí metido. Se me cortaba la respiración de pensarlo, en serio. Creo que me entró un ataque de pánico o algo. Esto de morir es un jodido mal chiste. Venía arrastrando todo ese mal rollo. No sé, me olían las ropas a cementerio y a velas. No sé, apestaba al incienso ese de las procesiones de Semana Santa. Una pesadilla, tíos. Para volverse locos, de verdad. Encima, el metro estaba petado de gente. No había ni dónde sentarse, pero yo había encontrado un hueco entre la barandilla y la puerta. Está de miedo ese sitio. Me deja quedarme al margen y no tener que rozarme con los sobacos sudados de la gente. El sudor de la gente ajena me da verdaderamente asco, tíos. Seguro que a vosotros también os pasa. No es algo difícil de entender, la verdad. Estaba pensando en la idea de que me enterraran vivo. De verdad que me estaba quedando sin aire de pensarlo. Entonces, paramos en Nuevos Ministerios y entró ella. Jo, tíos, teníais que haberla visto. No era la típica tía despampanante, ya sabéis, esas pechugonas que enseñan media teta, se pongan la camisa que se pongan. No tenía nada de especial, pero destacaba frente al resto. Eso sí, tenía un pañuelo rojo que le ponía  la nota al gris de todo el vagón. Creo que le hacía  juego con sus mejillas. ¿Véis? Es que me pongo cursi y todo, pero es que jo, tenías que haberla visto. Llevaba una mochila de acampada que era más grande que ella. En realidad, daba un poco de risa. Estaba de lo más graciosa. De pronto, tenía ganas de abrazarla. No sé, tíos, la miraba y me inspiraba cariño, no sé, se la veía muy triste. Seguro que venía también de un maldito funeral. Bueno, no, no creo, con esa mochila...era gigante. Estaba agarrada en la barandilla y parecía  que se iba a desmayar en cualquier momento. Confieso que tenía ganas de que le pasara. Así yo la hubiera podido coger en mis brazos. Jo, tíos, me pongo cursi de nuevo, pero es que no sé lo que me pasa. De verdad, creo que me he enamorado. Tenía que haberle dado mi número. Cruzó su mirada con la mía unos segundos, un par de veces. Si os hubiera pasado, lo entenderíais. Sé que normalmente llaman más la atención los ojos azules o verdes, no entiendo muy bien por qué. La mayoría de veces no me transmiten nada. Los suyos, en cambio, eran unos ojos muy marrones, de un calor intenso.  Me encendía de solo mirarla. Se la veía muy triste, de verdad. No sé qué le podría haber pasado. Tenía ganas de abrazarla todo el rato. Me daban ganas de dejarle mi sitio, pero me daba vergüenza, tíos. Me corto mucho con estas cosas. Y luego volvía con esa mirada. Uf, de verdad, me dejaba sin habla. Tenía el pelo muy lacio, por los hombros.  Jo, sin querer, me imaginé que la besaba, mientras le desordenaba el pelo, agarrándola desde la nuca y pasando la otra mano por su cintura. Sentí que podría querer mucho a esa chica. Sé que estaréis pensando que estoy muy salido o algo pero no es eso, tíos. No es algo puramente físico, de verdad. Había, no sé, un sexto sentido, una mano invisible que me decía: “Es ella”. No soy supersticioso, tíos, pero es que nunca tengo buena suerte en estas cosas. No sé, creo que no soy feo y que, no sé, estoy terminando mi carrera y tal, joder, que no soy un mal partido, vamos, pero no tengo buena suerte en esto. Soy bastante pringado. Todas las que me gustan siempre tienen novio o prefieren a otros. Algo pasa. A veces, creo que mi única opción son las páginas de contacto, pero no sé, tíos, no me va ese rollo. No sé ni de qué hablaría. Pensaría que me estarían mintiendo todo el tiempo y, además, a mí  me gustaría conocer a alguien, pero de forma natural, no sé, verle la cara y la sonrisa mientras hablo, sobre todo la sonrisa. Y no sé, sentir algo así, sincero, sin temas sexuales de por medio, porque ya sabéis tíos, a nosotros nos pone mucho lo físico, pero en realidad, yo quiero a alguien  que también se preocupe por mí de verdad, ¿entendéis?, que pueda llamar para contarle la pajada que me ha pasado hoy en clase, no sé, que podamos reírnos y que me den ganas de abrazar y besar todo el rato, no sé, eso es el amor ¿no? Yo quiero eso, tíos. No voy a engañar a nadie. Puede haber tías muy buenas, pero no sé, yo busco más cosas. No me importa esperar. Esperar, por ejemplo, a un momento como este, no sé, que alguien así se suba en mi mismo vagón de metro, que me la presente un colega, que podamos hablar. Que sea una chica con fondo ¿entendéis? Que formemos un buen equipo. Si tenéis algo así, hacedme caso: no lo echéis a perder con caprichos. Echadle cojones y admitid que estáis enamorados. No seáis cobardes. A lo mejor, yo podría haber tenido algo así, pero no. La he dejado marchar, colegas. Soy un gilipollas. Un verdadero gilipollas. Se ha bajado en la misma parada que yo. Diréis que es una casualidad, pero no, tíos. Hay algo en esa chica. Algo de especial que me deja sin habla, lo juro. Y ha cruzado la calle en la otra dirección. Me ha mirado antes de hacerlo. No sé, creo que ella también se ha dado cuenta de algo, pero no he sido capaz, tíos. Soy un gilipollas. Un verdadero gilipollas. 

jueves, 17 de noviembre de 2011

Compras de última hora

Un chocolat chaud, s'il vous plaît; y, si puede ser, un cuaderno lleno de cuentos, también me pone un viaje con escala en el puerto de las amistades inquebrantables,y, si aún le quedan, dos atardeceres en el Adriático y, ya que estamos, unas ruedas para mi bici; pero no se olvide de las tres horas más de sueño todos los días; del kilo de coraje para emprender proyectos mejores (pese a las críticas); ni tampoco de las divertidas nochebuenas en familia y, por supuesto, de las toneladas de risa boba; y, ya por último, me pone a parte, para que no se rompan, unas docenas de besos honestos, cercanos y fáciles. Y si ya no es mucho pedir, una pizca de fe. Y ahora, si es tan amable, me lo pone todo para llevar, gracias.

jueves, 3 de noviembre de 2011

El éxodo


Al cerrar por completo la cremallera de su maleta, Águeda se había puesto a llorar. No lo había hecho antes. A penas un temblor en la barbilla cuando su padre le había acariciado el moflete, en un gesto de despedida cariñoso, tan impropio de él. Los ojos, un tanto vidriosos, cuando había descubierto, vaciando el armario, aquella vieja chaqueta gris en la que su madre solía coserle las condecoraciones que le habían ido otorgando,  todos los años por ser una alumna brillante y ejemplar. Ahogado un sollozo, cuando había observado, como tanto le gustaba hacer, la silueta del volcán ocultándose, poco a poco, con las brumas de la tarde. Y, sin embargo, el mínimo gesto de  encofrar sus enseres, había terminado por descorchar su angustia.


Al día siguiente, a esa misma hora, estaría en la ciudad. Ya no la acompañarían ni el cacareo de las gallinas, ni los gritos madrugadores del panadero ni los paseos cortos con  Ramón. De él se había despedido esa tarde. Había sido una atrevida. Después de tan sólo un año de estar "enamorando", lo había mirado a los ojos directamente y, sin mediar palabra, le había espetado un beso en todos los morros. El pobre casi escupe los ojos por la boca del asombro, pero bien que se le había quedado una sonrisita mientras caminaba de vuelta a casa. "A los novios, hay que cuidarlos", ya lo decía su abuela. Pues ya está, sin remordimientos. A las personas mayores, siempre que se pudiera, no había que llevarles la contraria.
Baja la maleta de la cama y la pone al lado de la puerta. "¿Cómo será la gente de la ciudad?", se pregunta, mientras se peina el cabello delante del espejo. "¿Pensarán que es una palurda, sólo por venir del pueblo?¿Serán sus ropas demasiado austeras?¿Su rostro demasiado pueril?¿Sus formas toscas y torpes? ¿y si...no consigue encajar?¿y si no consigue ser una alumna brillante y ejemplar en esa Universidad?". Permanece inmóvil, mientras le atacan, sin tregua, un sinfín de preguntas destructivas.

Aplacada por el engorronamiento de las respuestas que acuden en su auxilio, decide ir a hablar con su madre para comunicarle que prefiere quedarse. Ya conoce el trabajo del campo. Conoce los caminos más cortos y fáciles para traer la leña, ordeña en tiempo récord a las vacas y, además, tiene mano en la cocina. Podría aliviar, con su ayuda, las cargas que encorvan, cada vez más, la columna de sus progenitores. De repente, lo ve todo claro. No entiende cómo se le ha ocurrido pensar que ella podría llegar a ejercer una profesión. Apaga la luz y recorre el pasillo, decidida a poner fin a sus ilusiones inmaduras.  

Cuando no queda más que un metro para llegar a la cocina, se para en seco. Otra vez, canta el argentino en la habitación de su hermano. Su música se desliza bajo la puerta, distorsionada por la poca señal que recibe la radio. Asoma la cabeza por la pequeña rendija que queda libre bajo el marco de la puerta: Gabriel está tumbado sobre la cama, aún con las ropas del trabajo, con un sudor imperecedero de esfuerzos y sacrificios. Está con los ojos cerrados, susurrando una letra que se sabe de memoria y que escucha todas las noches hasta dejarse dormir. Águeda lo observa un buen rato y luego desanda el camino que acaba de hacer. Regresa a su habitación, se descalza y se mete en la cama, protegida por la manta que la ha visto crecer.
“Águeda, estudia, consigue un título con el que puedas ganar dinero y ser independiente para crear una familia y vivir feliz. Yo trabajo para que tú y mis otras hermanas tengan esta oportunidad” y con aquella cantinela, que su hermano solía repetirles desde que tuviera 16 años, se deja abrazar por Morfeo, confiando en que el día siguiente y los venideros estuvieran impregnados de los buenos augurios de su ángel Gabriel.

El pasado te pisa los tacones - Capítulo 3

 
Motivada por el vago presentimiento de que el hacedor del delito no es tan listo como piensan, Julia consigue unas órdenes de registro para entrar en los domicilios de los tres sospechosos y, tras dos horas de intensa búsqueda y concentración, encuentra, camuflada dentro de una bolsa de basura,  la pieza que necesitaba para asestar el golpe fatal al asesino de Silvia Ascanio.
Cuando la silueta de la inspectora pisa de nuevo el asfalto de los aparcamientos del complejo “Sol del Caribe”, la noche se debate con el nuevo día. En el salón, Nacho Marrero está de pie, junto a la ventana, aparentemente relajado y evadido de la situación que lo rodea. Ricardo Asensio, en cambio, está sentado sobre el bordillo del sofá moviendo incesantemente la rodilla e intentado, en vano, intercambiar algunas palabras con los demás. Amanda Sánchez está recostada en este mismo sofá con los ojos abiertos y la mirada perdida. Lucas los vigila desde el marco de la puerta saboreando cada calada de su cigarrillo. Y vuelve el taconeo. Sutil y elegante. Los sospechosos dirigen sus miradas hacia la puerta esperando la llegada eminente de su verdugo. Lucas echa hacia atrás la cabeza, la apoya en la puerta y, mientras da una última calada a su cigarro, recorre instintivamente las curvas que hasta ayer le habían sido prohibidas.
-          Ven conmigo.- dice Julia en un susurro-.
Desaparecen en el baño.
-          Bien, toma esto.
-          ¿Y este secador?
-          Tú intenta enchufarlo, veamos si llega a la bañera o no.
-          Ya está.
Lucas vuelve la cabeza hacia la bañera. La inspectora le devuelve una mirada cargada de inquietud y cierta sorpresa.
-          Tenemos el arma del crimen.
Julia avanza hacia Lucas enrollando el cable del viejo secador con la mirada baja. Después, como si hubiera dejado que el miedo se apoderara de ella tan sólo lo que duraba este corto recorrido, alza la vista con seguridad y besa a Lucas. Sus labios le saben a tabaco y a adicción.
-          Te cojo este bolígrafo.- Dice arrancándoselo del bolsillo de su chaqueta-.
Lucas no sabe si está más sorprendido por sostener, a duras penas, en su mano izquierda, el arma del crimen o por el paréntesis jugoso que le acababa de brindar su colega, pero finalmente, consigue reaccionar y se encamina hacia el salón.

Cuadernos emigrantes : diario de a bordo


“Cuando se está en medio del océano, aprisionado en una barca que se tambalea sin rumbo, rodeado de rostros, la mayoría desconocidos, que hablan de miedo y decepción, el silencio es tan abrumador que resulta asfixiante, y aunque tus ojos intenten salir de sus cuencas para buscar insaciables un horizonte en el que se atisbe un poco de tierra, que tarde o temprano aparecerá, no sabes si llegarás a verlo o si serás el siguiente que caerá sin vida al agua. Y aunque pienses que no tienes nada que perder, agradecerías que las imágenes de ese irónico viaje a mundos mejores se proyectaran en tu cabeza en blanco y negro, porque los colores sólo hablan de desgracia: violeta de congelación, amarillo de enfermedad, blanco de muerte.

Entonces llega el ansiado momento en el que la embarcación topa casi por milagro divino con una tierra extraña de vertiginosos acantilados y terribles hendiduras. Pero ya no tengo fuerzas para levantar la vista, el cuello se me ha puesto rígido y no paro de temblar. Alguien dice algo, pero no llego a entenderlo, algunos gritan despavoridos, consiguen ponerse de cuclillas y se tiran al agua. Cuando, por fin, me quito la capucha de la chaqueta, veo esa bestia de afilada roca hacia la que avanzamos sin remedio, odiosa guadaña que sirve de frontera, que nos grita DE AQUÍ NO PASARÁS y cuanto más me acerco y me acuerdo de los míos, siento que quizás este nuevo mundo no sea tan bueno como pensábamos”