jueves, 29 de diciembre de 2011

Esta vez no es "otra vez" cualquiera

Graciela está indignada. Otra vez, han retrasado su vuelo. Y no sólo eso: esta tarde, cuando ha llegado al aeropuerto, acompañada por sus tres gigantescos maletones, ha tenido que aguantar, otra vez, esa famosa frase ilegal de: “No le podemos asignar asiento, Señora, porque el vuelo está sobrevendido”. ¿Sobrevendido? Como si palabra tal existiese en nuestro diccionario. Y, otra vez, arremolinada frente al mostrador de embarque, junto a otros veinte en sus mismas condiciones, se ha sentido desvanecer hasta unas quince veces. Por suerte, otra vez, la han mantenido en pie sus descomunales piernas, dotadas, cada una, de unos treinta kilos y pilares, sin duda, de toda su anatomía. Repetimos, incansablemente eso de “otra vez”, porque como habrán podido deducir ustedes, no es ésta la primera vez que la hermosura de Graciela afronta, con sus tres gigantescos maletones, sus ciento tres kilos y el hoyuelo grácil de su barbilla, esta misma historia. Pero también saben ustedes, que cuando la historia se repite, hay algunos detalles que cambian considerablemente. Verán ustedes, son detalles ínfimos, imperceptibles, meros accesorios de la verdadera trama (que es, para la generalidad, que la pobre de Graciela se ha quedado tirada en el aeropuerto, otra vez). Ahora bien, si es usted fan de aquella extravagante (pero auténtica) Amélie o, si no sabe quién es esta señorita, para resumir:  de esos que se fijan en los adornos que decoran el escenario de todo acontecimiento, sabrá que muchas veces estas pequeñas cosas pueden conllevar grandes torceduras en el sendero, aparentemente correcto, de la misma historia. Y, confiando en que esta enrevesada explicación haya despertado un mínimo de su curiosidad, les confieso, en estos momentos, que es, precisamente, un pequeño detalle el que hará que esta vez, para Graciela, no sea otra vez cualquiera.
Porque, como ya habíamos adelantado desde un principio, está Graciela batallando en aquél mostrador de Iberia (¡cómo no!) por conseguir un sitio en el avión hacia Málaga. Y, mientras se le escapa la saliva por entre las paletas, arremetiendo contra la joven azafata, como un perro rabioso, se le pasa, momentáneamente por la cabeza a Graciela, que quizá no deba montarse en ese aparato. Que puede que está a punto de vivir uno de esos instantes decisivos en el que la heroína de la narración, por azar o por destino, se libra del vuelo que podría acabar minutos después con su vida (simple paranoia momentánea). Es tan eléctrico el escalofrío que la recorre, que Graciela decide aplacar sus deseos de venganza y, finalmente, acepta el cambio de su billete para un vuelo posterior, dentro de tres horas. Durante ese tiempo, engulle un escalope a la plancha chamuscado, que consigue englutir gracias a medio litro de caca-cola y otro tanto de Seven…¡up!; agota la batería del móvil llamando a casa de su hermana (que es quien la espera en Málaga con sus tres sobrinos) y lee y relee "El Semanal", de cabo a rabo. Por fin, pensarán también ustedes, embarca Gabriela, tres horas y pico más tarde, en el avión que le ha sido asignado. Asiento: 15F, aunque más bien, habrían podido buscarle en vez de uno, dos. Que el culo, en un asiento solo, no le cabe. Y, cuando ya se ha abrochado el cinturón, ha repasado las caras de sueño de todo el que pasa por el pasillo y ha cotilleado las revistas, pastillas, portátiles, ipads, tablets y demás androides del vecino de al lado, anuncian por megafonía que ahora hay un fallo eléctrico y que hay que esperar, al menos veinte minutos más. Ni se inmuta Graciela porque esto, por si no lo sabían ustedes, sí que pasa otra vez. Esto y que la sobrecargo se ha puesto súbitamente enferma y hay que esperar a que venga la sustituta desde un hotel de Barajas. Y, cuando todas estas predicciones, tan habituales, se han cumplido, anuncia el Comandante que hay tráfico aéreo y que tienen que readjudicar, desde la Torre de Control, el despegue de su vuelo. Ya les decía yo: otra vez.
Lo curioso es que, tanto aburrimiento y tanta espera, llevan a Graciela a fijar su mirada en el respaldo del asiento que tiene justo en frente. ¿Qué podemos encontrar ahí? Bueno, lo que ustedes saben: menú-estafa, revista promocional, bolsa anti-mareo, reglas de seguridad…¡oh! ¿y esto? Camuflado entre unos y otros, ha descubierto Graciela un billete de avión. Está utilizado, claro. El asiento es el suyo, pero el propietario es otro. Se llama Ignacio Guarcea y ha volado, sólo hace dos horas, desde Roma hasta Madrid. ¡Qué tontería de hallazgo! Cualquier otra persona lo habría tirado al suelo, roto, o, si no, dejado en el mismo sitio y olvidado, pero para nuestra protagonista se ha convertido, inmediatamente, en billete de su imaginación. De hecho,  no está Graciela, ni sus ciento tres kilos, sentados ahora mismo en ese incómodo y minúsculo asiento del Airbus de Iberia. No es de noche, ni tiene sueño, ni la esperan, por Nochebuena, sus tres sobrinos y su hermana en la alegre y festiva Málaga. Sus posaderas reposan ahora en el fresquito mármol de la fuente de Neptuno De Piazza Navona. No la rodea el murmullo de quejas de los otros pasajeros “¿Cuándo llegaremos?, ¡Siempre pasa lo mismo!Ya no podrán venir a buscarme; Yo iba a dar a una sorpresa a casa y ahora estarán todos dormidos…”. De todas estas cosas, nada. Más bien un “Could you take us a photo, please?”, “C’est merveilleux”, “Alessandro, guarda questi fiori”, o “Signorina, vorresti un gelato buonissimo, il migliore gelato di tutta l’Italia”. Sí, ¡Mamma mia! Un vero gelato italiano.
 Graciela no podría jamás decir que no a suculenta proposición. Y, en su ensoñación, se olvida del despegue y del retraso. Envidia, hasta más no poder, a ese tal Ignacio Guarcea, que imagina guapo y atrevido. Que seguro que se ha escapado unos días a la Ciudad eterna para ir en busca de una antigua novia que abandonó, hace unos años, por miedo al compromiso. Quizá esconda en el pliegue de su labio leporino el discurso añejo de un enamoramiento al que él mismo quiso poner diques y ahora ha viajado hasta allí para dejarlo nadar libre, a merced de la corriente.  Casi ha aflorado en el corazón de Graciela el sentimiento de compasión por este amante cobarde imaginario, cuando pasa el azafato posh con el carrito de las comidas. ¡Pues claro que no quiere nada de la Carta! o ¿es que podrían ofrecerle un gelato italiano? Porque ahora, lo único que quiere es justamente eso.  Un exquisito gelato italiano, de dos bolas, con su cucurucho crujiente que la teletransporte a la inigualable Roma. Y, a lo mejor, volver atrás en el tiempo, cuando paseó por sus calles, como estudiante, la primera vez. Bueno, eso no, que es imposible. Mejor rescatar, de su pasado, aquellas ganas de viajar y explorar que antes tanto la revitalizaban. Antes, cuando creía, a pies juntillas, que el dinero no hacía la felicidad y que la amistad, la familia, el amor y la curiosidad eran ingredientes esenciales para sentirse plenos  y satisfechos. Sería un buen propósito para el 2012. Bueno, quizá demasiado ambicioso. Mejor, ir por partes. Lo primero: conseguir traer a su presente los viajes por placer y anteponerlos a los de negocios, que la tienen tan deshidratada y desmotivada.
Tomando forma está la genial idea que, sin quererlo ni saberlo, el niño Ignacio Guarcea (este detalle, por supuesto, Graciela lo desconoce) ha desencadenado en la cabeza de nuestro personaje.  Tanto es así que lo de quedarse sin manta o que su luz individual esté estropeada ya no resultan como las otras veces, sino que tienen mucha menos importancia, sino, ninguna. Y al llegar a casa de su hermana, disfruta Graciela, con unas ganas renovadas, de la cena, ya fría (como supondrán), de Nochebuena en familia. Canta con sus sobrinos, con inusitado fervor, “el Tamborilero” y “Blanca Navidad” que, desde siempre, han sido sus villancicos más odiados y hasta bromea con su cuñado y le deja creer que tiene la razón en todo lo que opina. La observa su hermana, que la conoce mejor que nadie, con cierta incredulidad, pero con gran alegría. Y, como familia feliz, todos se van a la cama a eso de las dos de la madrugada. Las luces del árbol quedan encendidas, porque aunque supongan un gasto mayor, queda más navideño, sentencia la hermana.  En cuestión de 20 minutos, se hace el silencio en la casa. Y así, hasta el día siguiente, cuando lo rompe la pequeña Rocío entrando corriendo en el cuarto de sus padres, con ese lenguaje infantil, aún desarticulado, y ese acento andalú que te hace quererla aún más, con sólo escucharla: “Mama, mira lo que me ha regalao Papa Noé: la muñeca con el vestío de gitana como el que tenía yo en Feria”. Y da una vuelta en pijama como si aún lo llevara puesto. “Ah, se me orvidaba, que la yaya no está, que se ha ido y ha dejado esto”.  Se le desfigura la sonrisa a la madre y le arranca de las manos a la pequeña el papel de regalo, con campanas y ángeles, que lleva en la mano. En el reverso, escrito con un bolígrafo al que se le acaba la tinta, un mensaje escrito por su hermana: “Feliz Navidad a todos. Espero que os gusten los regalos. Me he marchado a Roma. A la vuelta, os lo cuento. Un beso”. 
Camina Graciela y sus ciento tres kilos por la estrecha callejuela que va a dar a la Fontana di Trevi. ¡Che buonissimi sono i gelati italiani!.

martes, 13 de diciembre de 2011

Erotismo en los baños árabes


Gabriel está al fondo de la piscina, relajado, pero con el miembro firme. Sintiendo cómo se desliza el agua aceitosa y reparadora por las venas de su cuello. Los ojos cerrados, el pelo largo cayendo sensual sobre su espalda interminable, las manos descansando al acecho sobre sus muslos.

Cuelga del techo una lámpara enorme, de cristales diminutos, dentro de la que arde una minúscula vela. Ésta y otras, aún más pequeñas, dispuestas en hileras a ambos lados de la piscina, otorgan esta tibia calidez a la estancia. Un aura, casi mágica, que nos hace creer que aquello que estamos viendo y sintiendo no es real.

Miro a ambos lados, como si me pareciera sentir la presencia de unos terceros ojos clavados en la redondez de mis nalgas. No hay nadie más, sentencia con rotundidad mi mente. Y bajo el primer escalón. Noto cómo se mojan, tímidas, las puntas de mis pies y cómo las ondas que provocan, alcanzan la livianez de mis tobillos, trepando ávidas para mojar las infinitas partes de mi cuerpo.

Levanto la vista, invadida por el flujo poderoso y ardiente que me devora. Se endurece mi mirada, dentro de la gruesa línea negra que la enmarca, y se erizan mis pezones, apuntando, impacientes, hacia su presa, que sigue al fondo de la piscina, haciéndose el dormido, indefenso en su lecho de vapor y ceras.

Y con la claridez del mosaico que me recibe bajo las aguas, me sumerjo hasta la cintura. Ando y floto al compás de una música lejana: un violín que una voz desgarra. Me siento como una serpiente que por fin puede salir de su trampa, embrujada por una melodía, de otro tiempo, que domina mis movimientos. Y así avanzo hasta la mitad de la sala, retorciendo mis caderas y mi cuello, hipnotizada al ritmo de la música. 

Instantáneas de personajes IV: "Me he marchado"


La azafata ha cerrado el avión con un portazo. Un golpe seco que pareciera haber absorbido, de pronto, todos mis sesos para luego, segundos después, vomitarlos en una pared de mi cráneo. Los siento arrinconados, empotrados contra el muro del occipital. Se dilata ahora la vena de mi sien derecha. Lo hace intermitentemente, como un neón fluorescente clamando auxilio, y cierro los ojos con fuerza. El comandante anuncia por megafonía que entramos en la pista de despegue. La señal sonora que recomienda abrocharse los cinturones se coordina con el dolor agudo que acuchilla la masa viscosa de mi cerebro. Las neuronas se balancean desorientadas, como si alguien las empujara constantemente hacia un lado y hacia el otro. Quedarme, irme. Corre el aparato rumbo al cielo ennegrecido y aún no sé qué hacer. Y, sin embargo, mi cuerpo físico ya ha tomado una decisión. Estoy aquí sentado. Me he marchado. Conseguí poner en orden la lista de prioridades: trabajo primero, amor después.

Alguien agita de nuevo mis nervios cerebrales, insomnes y exhaustos. Su batido de grumos me hace aún más difícil este trago amargo. ¿Qué hago aquí? Quiero bajarme. ¡Dios mío!¡Estoy a punto de perder todo lo que me importa!...son tantas cosas...¿cuál iba primero?Ah, sí, el trabajo. Por eso estoy aquí. Pero no está siendo como esperaba. Pensaba que, una vez la decisión tomada, desaparecerían todos los fantasmas, se reestructuraría mi cerebro en su antigua forma de felicidad y de calma. Pero no es así. Se levanta el Air Europa de la tierra y ahí sigue el terror apostado, aguantando con una sonrisa cínica el imán de las hélices, agarrado impertérrito a la cola de este avión, a la suela de mis zapatos mismos. Y es que...me ha dicho "quédate". He visto pasar por su pupila los viajes, la casa, las risas en la cama, hasta nuestros hijos futuros...y yo, yo me he marchado.

Estamos en el aire. Por un momento, parecen descansar, en el vacío craneal, mis pensamientos torturados y disminuye la presión sobre mi coronilla. El paréntesis dura poco. De nuevo, el bip sonoro de la señal de "no fumar" dispara la carnicería, descuartizando cualquier imagen mental de esperanza.
Un interruptor. Sí, voy a inventar un interruptor, que colocaré justo al final de mi cabellera, en el mismísimo engranaje entre la cabeza y la columna vertebral. Será de esos grandes, color rojo, que produzcan un apacible "click" al pulsarlos. Un interruptor para dejar de pensar. ¡Qué gran invento! ¿no? Lo voy a patentar. Respiro hondo, muy hondo, intentando oxigenar cada minúscula célula de mi frente, y me imagino que lo tengo incrustado, mal cosido, entre el hueso y mi piel. Estiro la mano y acierto a activarlo a la primera. Entonces, llega el ansiado silencio, vacío de "peros" y de "quizás", y se pone en pie mi masa cerebral, magullada y sangrienta, pero viva, aún con fuerzas para recuperar su sitio. Dejo de decidir, de equilibrar los pesos en la balanza, de completar la lista de "pros" y "contras"...porque ya estoy aquí, ya di las demasiadas vueltas al asunto, ya hice y rehice este puzzle al que siempre le falta una pieza...y decidí irme.
Decidí irme.
Me estoy yendo.
Me fui.