domingo, 23 de diciembre de 2012

A la altura del zapato



Siempre supe, desde mi nacimiento, que estaba destinado  a hacer cosas grandes. Elegante y práctico, versátil y atractivo. Así me definía constantemente mi padre. Para pisar fuerte y alcanzar todas las metas. ¿y si no? ¿por qué iba a calzar un 46? Sí, para pies grandes. Y ya saben lo que significa eso. Niveles de virilidad a tope.


En mi tierna infancia, de tan sólo 48 horas, fui el foco de todas las miradas. Me concedieron el papel de protagonista en un escenario que encandilaba a todo el que quisiera acercarse. Desbanqué de su trono a las botas de infinitos cordones y a los tacones de drag queen, incapaces de mantener, por mucho tiempo, el equilibrio sobre la línea de la fama.


Unos zapatos con personalidad. Eso era yo. Ideales para una cita formal o para darle un toque de distinción a la tradicional combinación de vaqueros y camiseta de una quedada con amigos.  Un fondo de armario, sin etiquetas vintage, skater o Richelieu. 


Tras una semana fugaz, le dije adiós a la adolescencia. Se acercaban las rebajas y la ansiedad por adentrarme en la vida adulta me desenhebraba las costuras de las suelas. No podía creerme que nadie hubiera sucumbido a mis innumerables encantos y ya me estaba cansando de posar, día tras día, en el escaparate. El tinte de mi perfil bueno comenzaba a desgastarse y no quería tener que sufrir limpieza ni betún sobre mi piel aún hidratada y sin arrugas.


Todo cambió un sábado a eso de las once de la mañana. Llevaba todo el día bostezando, deseando que llegara el domingo para al menos dormir tranquilo unas horas, escondido detrás de las persianas grises de la tienda, cuando apareció él.


Vestía traje y llevaba una carpeta en la mano izquierda que agarraba con una fuerza que le hinchaba las venas del brazo. Parecía estresado, pero decidido. Le bastó echar un vistazo general a la tienda para dar conmigo. Para probarse, también eligió los sledgers color chataigne, pero yo sabía que si me esforzaba, aquellos estirados  no serían rival para mí. 


Y así fue. Mi nuevo propietario no le dio ni oportunidad siquiera a los pobres color chataigne, que con movimientos torpes, intentaban estirarse al máximo mientras esperaban su turno.


El trajeado pagó con tarjeta de crédito y, sin poder ni querer despedirme de nadie, me marché dentro de la caja, feliz con el deslizar de la bolsa e incapaz de contener mis ganas por, al fin, ver mundo. ¡Qué iluso era entonces! Si hubiera sabido lo que me esperaba, habría preferido pasar desapercibido y llevar una vida tranquila de tienda y almacén, como habían hecho mis padres…


Me pasé toda la tarde frente al espejo. Resulta que la casa de Roberto (así se llamaba el trajeado) no era casa: era un estudio minúsculo en el que la cocina se confundía con el salón y el dormitorio. Estuve toda la tarde desorientado y aquél espejo en medio del pasillo no ayudaba nada. No me habían instruido para esos trotes. Nada más llegar, anduve de un lado para otro. Roberto no se cansaba de probarse camisas y pantalones y jerseys y bufandas y chalecos y chaquetas. Al principio, no estaba mal. Me piropeaba cuando me acercaba al espejo y se le veía satisfecho con su compra, pero cuando ya habían pasado dos horas, comencé a hartarme un poco. Era imposible que, fuera lo que fuera para lo que se preparaba con tanto esmero, pudiera desconcertar, durante tanto tiempo, al hombre que me había adquirido. Un hombre que debía ser seguro de sí mismo y atrevido, que no se pasaba dos horas para elegir una ropa con la que vestirse. En fin, no pegué ojo durante toda la noche. Estaba preocupado por mi futuro. A saber a dónde me llevaría Roberto al día siguiente.


Pues a una entrevista de trabajo. Lo supe cuando entré en aquella sala atiborrada de plagiadores brillantes que se movían nerviosos bajo las piernas de sus dueños. Conté unos ocho pares en total. Roberto no dejó de anudarme y desanudarme los cordones durante todo el tiempo que estuvimos allí sentados. Y fue al menos una hora. Cuando, por fin, lo llamaron al despacho, suspiré aliviado y debo reconocer que no soy consciente de lo que allí ocurrió, porque nada más rozar aquella moqueta deliciosa, me quedé profundamente dormido.


Tras la entrevista, la cosa empeoró. Mi dueño me hizo verdadero daño, arrastrándome con dejadez y rapidez por las aceras de todo Madrid. Alguna vez, me pareció escucharle decir “maldita sea” o “cabrones hijos de puta”, pero no sabía muy bien a qué se refería y tampoco me daba tiempo a pensar con tanto paso acelerado. Cuando llegamos a casa, pensé que al menos, la pesadilla había terminado durante un rato. Nada más lejos de la realidad.


Roberto se deshizo de mí con las manos y me lanzó al fondo del estudio. Eso me cabreó muchísimo. No entendía por qué me trataba con tanta agresividad. Si hubiera tenido pies y manos, le habría asfixiado allí mismo, maldito desagradecido. Entonces, se sentó y me pareció oírle sollozar. ¡Qué vergüenza de tío!, pensé y bufé contra la pared en la que me había pegado el mazazo que aún me aplastaba las tapas.


Permanecimos así un buen rato. Luego, como un psicópata, se levantó de un salto y empezó a hacerlo todo de forma mecánica: se cambió de ropa (esta vez, sin titubeos), fregó la loza, hizo una maleta y me metió en una bolsa de plástico de uno de esos supermercados low cost ¡Qué mal trago!, maldito amargado. Nos vamos de viaje, pensé. Sí, de viaje al contenedor de basura. Sí, ha leído usted bien, al contenedor que me fui. A la oscuridad mugrienta y hedionda de un contenedor. Verá, lo repito tanto, porque aún no me lo creo.


Es aquí desde donde le escribo. Me siento tan solo. Ya llevo unos días dentro y no estoy seguro de si saldré alguna vez.  Hay más: zapatos, medias, faldas, chaquetas, pantalones. Por lo visto, estamos en un contenedor de ropa usada. No se puede imaginar usted los elementos que hay por aquí. La gente viene de vueltas y yo…bueno, yo sólo he salido a la calle una vez. Ayer, les pregunté quién era un tal Kalimocho del que estaban hablando y todos se desternillaron de risa. Creo que soy víctima de un bullying.




Un Nenuco roto



Lo soñó todo. Soñó que crecía perseguida por el miedo de sus ancestros; que estudiaba inglés en la Universidad; que vivía, abrasándose la piel, una historia de amor apasionada con un hombre de mirada dulce y risueña; que le apostaba una carrera al fracaso y a la tristeza y que, la mayoría de veces, acababa venciendo. Lo soñó todo aquél 5 de enero, víspera de Reyes, cuando no conseguía conciliar el sueño enredada entre las sábanas con la ilusión y los nervios, y su hermana, al otro lado de la habitación, devoraba un libro de los cinco con la linterna de las acampadas de verano.

No había sido más que un sueño: un maldito sueño, así que nunca le regalaron aquél Nenuco al que se le rompió una pierna el mismo 6 de enero, mientras jugaba con él en el banco de la Iglesia; ni tampoco cayó enferma su madre años después, ni su padre sepultó las carcajadas con el peso de la frustración y la incertidumbre, ni quizá tampoco le traicionaron aquellos amigos que creía tan incondicionales.  Todo había sido un sueño y no quedaba más que volver a empezar o simplemente empezar, a secas. Como una segunda oportunidad sin importunidades. Sin embargo, luego vendrían otras nuevas y, entonces, no dudaría en invocar a los dioses para poder rebobinar de nuevo a sus cinco años y caer en la cuenta, con un rictus amargo, de que sí se había despertado aquél 6 de enero y sí se había roto el Nenuco, que su padre pegó con cola en el garaje, pero que volvió a desmembrarse una y otra vez, como presagio de las desgracias que acechaban en las grietas de la pared y que ni los sueños ni los apaños podrían retener.

La tregua



Pululaban en el aire las hormonas desenfrenadas de la pasión reprimida. Más de 50 eran los días sin verse, por una separación impuesta por la crisis y las prioridades equivocadas. Más de 30 los años de los protagonistas. Más de 2 los del invitado enólogo, con diminutivo de Jose, menguando en la mesa de azulejos de aquella pintoresca casa rural. Y conforme se adentraba la botella en sequía, se acrecentaban los besos, los mordiscos y las promesas incumplibles. Ardía la chimenea. Abrasaban las yemas de los dedos. Se perdían por las vigas de madera las carcajadas infinitas. La noche le ponía escenario a una obra de teatro en la que por fin podían estar juntos, donde existía una puerta mágica que conectara sus habitaciones, de un lado al otro del atlántico, a una velocidad más inaudita que el internet que les mantenía en el hilo de la rutina. Pero el día acaba siempre llegando. También las horas de vuelo y de trabajo. Enmudecieron sus labios, mientras gruñían las cremalleras de sus maletas. Sonó el cristal de la botella en el fondo de la bolsa de basura como el tañido de una campana que anuncia el fin de una tregua.

lunes, 26 de noviembre de 2012

Instáneas de Personajes: Celia y los cambios climáticos



Ojalá que llueva. Que diluvie pronto y se lleve el agua y el frío esta rabia en ebullición que me devora.  Tengo un odio interno que amenaza con destruirme, sometido a un irremediable efecto invernadero,  abrasando mi epidermis, mi atmósfera, mi estratosfera. Hoy preciso de aguas benditas en las que nunca he creído. Me duele el alma de tanto restregarme para hacer desaparecer sus besos y sus caricias, que anhelo tanto y, al mismo tiempo, desprecio.

No deberíamos habernos conocido tan pronto, ni haber jugado a desnudarnos, ni tampoco habernos casado. ¿Demasiado tiempo juntos? No, esto no puede funcionar así. Va en contra del sentido común.
La tragedia llegó un día sin avisar, o al menos eso creí yo. Seguramente, había indicios desperdigados, como los ínfimos detalles de una buena película de intriga: la colilla que queda en el cenicero mientras los protagonistas discuten, el ladrido de un perro lejano, una mosca rondando la cancela de una puerta. No niego que no estuvieran, pero yo no vi nada.  Para mí, fue un relámpago aislado en un día de verano. Un fogonazo que me dejó ciega de vida.

“Ya no te quiero”, me dijo él. Yo, no dije nada. ¿Qué se pueda contestar a eso? Había caído tan cerca ese rayo que no me dio tiempo a recabar argumentos con los que rebatirlo antes de que el trueno reventara en mil pedazos el cielo de mi universo. Está bien. Levantemos las piquetas del toldo de este circo y dejemos que el tifón se lo lleve todo.

Así se fueron dos años. Pasándonos el relevo de nuestro hijo para lamentarnos de lo desnortadas que andaban nuestras vidas. Adelgacé. Mucho. Tanto que volví a estar guapa, como el día en el que todo empezó, cuando tenía 16 años y él me había llevado en moto de vuelta a casa, después de la verbena.
Luego, fue aún peor. “Me equivoqué”, me dijo. Y yo, corrí a sus brazos. Nos compramos una casa enorme y actuamos como si no hubiera pasado nada. El terror a la soledad me hizo lanzarme al abismo. Habían pasado tres años de la ruptura. Olvidé los rencores y me refugié en la calma apaciguadora, después de la tormenta, queriendo ignorar que, tarde o temprano, llegaría otra, más feroz e imbatible, con un nombre estúpido como Lorient, Gara o Estíbaliz. Un huracán de primera categoría, capaz de destrozar hasta los más recónditos refugios. Como el mío.

Y las predicciones se cumplieron. Catástrofe general en los ventrículos. Pocas posibilidades de supervivientes. Estuve aplicándome primeros auxilios hasta hace bien poco. Volví a adelgazar. Me convertí en seria, pero en decidida. Encerré a los remordimientos en un baúl y les puse una etiqueta por fuera para recordarme el no salir sin paraguas y chubasquero, por si se presentaba repentinamente el temporal.

 Conseguí verle sin sufrir terremotos ni tsunamis posteriores. Lo hice cientos de veces. Lo automaticé como un robot que alarga y encoge la mano para entregar o recoger un paquete. Y el paquete era nuestro hijo, golpeado su embalaje de cartón por las indiferencias de uno y de otro. Y, sin embargo, nos sonreía. Poco a poco, las nubes fueron deslizándose hasta quedarse enganchadas en nuestras montañas y aprendimos a vivir en un mar de nubes tranquilo y sin imprevistos.

Hoy, sin embargo, el cielo se torna grisáceo y huele a alcantarilla.  Puede que el temporal sea inevitable. Esta mañana, ha llamado mi hermano para contarme que su madre ha muerto. La que fuera mi suegra. Aquella que hiciera conjuros y triquiñuelas intentando dominar los ardores del amor. Pobre ilusa.

He estado debatiéndome frente al espejo sobre si ir o no al tanatorio, aunque en realidad tengo muy claro a dónde se dirigirán finalmente mis pasos. Supongo que estoy prolongando la duda para acelerar mi proceso de transformación en valiente y fuerte. ¿Podré aguantar esta nueva tempestad? Porque tendré que verlo. 
 Tendré que saludarlo. Tendré, quizá, que darle un beso, delante de todos, que estarán observándonos como paparazzis sin escrúpulos. Y temo que se desborde mi río y acabe desamparada y ahogada.

Por eso, no logro salir de la ducha. Llevo aquí más de una hora, apoyada en el borde de la bañera, al filo de adentrarme en el oleaje o de salir corriendo. El agua aún resbala por mi cuerpo. Rezo para que consiga limpiar el miedo de todos mis poros y eliminar las muescas de mis cicatrices.

 De pronto, siento un frío gélido invadirme desde la planta de mis pies, que se balancean grotescos en el aire, suspendidos por el frágil apoyo de mis dedos, que permanecen de puntillas, aterrorizados por pisar en esta realidad que me atrapa. El escalofrío me recorre entera, como una brisa violenta que sacude las ramas de los árboles. Por el rabillo del ojo, veo mi reflejo quintuplicado en la transparencia de la mampara del baño. Imagino que representan todas las alternativas de mi “yo”: la hipócrita, la desvergonzada, la atrevida, la indefensa…

Sólo quiero volver a ser yo, sin arrastrar tristezas. Tengo que conseguirlo. Me lo debo a mí misma, así que miro al frente y aprieto los labios. Mi boca carnosa que tantas veces introdujo él en la suya propia, lamiéndola con avidez como un helado que se derrite en pleno verano. Entonces, me doy cuenta de que mi naturaleza no se ajusta a ninguna estación: que ya se derritieron mis ganas de luchar por él, que ya se cayeron al suelo todas mis hojas y que ya congelé los sentimientos en aquél glaciar perdido de mi memoria. Se acabaron los calendarios y las temperaturas límites. Soy yo la única que dicta la presencia de anticiclones o nubarrones.

Apoyo el talón con todas mis fuerzas y doy el primer paso, lejos de la ducha. Las máximas son de 27 grados, sopla un viento fresquito del norte y comienzan a brotar las flores en el parque, inusual para esta época del año. Pero que no cunda el pánico. Es lo que tienen los cambios climáticos.

martes, 20 de noviembre de 2012

Tengo tuenti, pero no respeto



Pancracio no entiende de Internet ni de móviles, ni mucho menos de redes sociales, pero la semana pasada, su foto fue la más comentada y etiquetada de todo tuenti. Más aún que las de Estíbaliz y Vanesa, sus propias alumnas, que difunden a la infinita comunidad cibernética, sin pudor ninguno, sus fotos en tanga y en bragas. Pero eso no lo supimos hasta más tarde. Al principio, sólo era un rumor que corría disperso por la sala de profesores: que, al parecer, le habían sacado una foto a Pancracio, mientras impartía su clase de matemáticas. Que el viejo, aún con 60 años a sus espaldas, había escuchado, con el oído de la experiencia, el disparador de una máquina, justo en el momento de terminar de escribir el problema en la pizarra, pero que, al girarse, con actitud amenazante, no había notado nada extraño. Y la clase había continuado y finalizado como siempre.

Normal que el ingenuo de Pancracio no se enterara de nada. Seguramente, se olvidó de que, día tras día, el 95% del alumnado asiste a clase acompañado de su inseparable aparato telefónico. Con el permiso de sus padres, por supuesto. No vaya a ser que al niño le ocurra algo, porque claro, no está en un Centro con profesionales que puedan avisar a casa o a las urgencias pertinentes. Ustedes me entienden. Y así la pareja móvil-alumno se sigue afianzando, una auténtica relación enfermiza de dependencia. Por ejemplo, cuando el profesor se da la vuelta, lo saco del bolsillo y lo miro ansioso, por si me ha llegado un “wasap” nuevo y, si me quiero hacer el gracioso y escalar puestos en el ranking de popularidad, también puedo hacer una foto: a mis compañeros, al idiota de Daniel o, mejor aún, al carca de matemáticas. Luego, en el recreo, la subo a tuenti y nos pasamos la tarde riéndonos de él y haciendo comentarios sobre sus pantalones de abuelo y sus camisas manchadas de tiza. Es genial.

Tan genial que la foto en el móvil suena como las máquinas de antes, para que lo virtual y lo digital siga teniendo el matiz realista. Esto también lo olvidó mi compañero Pancracio, o más bien lo ignoró, aquél martes en clase. Pasaron dos días hasta que la indiscreción de los pasillos nos fabricó un batallón de moscas detrás de la oreja. En los cambios de hora, yendo hacia la cafetería, a la salida, los alumnos empezaban a comentar la foto de Pancracio y ya la totalidad del claustro del Instituto no tuvo ninguna duda de que la famosa foto se había hecho y, sobre todo, de que no podíamos permanecer de brazos cruzados.

Fue entonces cuando la profesora de Educación Física tomó la iniciativa. Allí mismo, en la sala de ordenadores donde solemos poner las notas, se abrió una cuenta de tuenti y, para sorpresa de todos, comprobamos que al teclear el nombre de nuestros alumnos, se sucedían los perfiles, totalmente públicos, de unos y de otros. Prácticamente ninguno conservaba la privacidad ni en su muro ni en sus fotos. Fotos, donde no sólo descubrimos a Pancracio, sino a muchos más de nuestros compañeros. Pero, sinceramente, eso no fue lo peor. Lo peor fueron las tangas y las bragas y los sujetadores de madres en el cuerpo de niñas de 12 y 15 años. Alumnas capaces de subir fotos de sí mismas en ropa interior con tal de llamar la atención e intentar ser las adultas que no son. Cerramos, inmediatamente, la cuenta tuenti, abrimos un expediente contra el alumno que sacaba fotos a los docentes y, al día siguiente, no impartimos ni lengua, ni matemáticas, ni física, ni historia, ni francés, ni ninguna otra asignatura. Hablamos de la importancia de respetarse a uno mismo y a los demás, de la necesidad de proteger la imagen, de hacer un buen uso de las redes sociales, de las actitudes denigrantes y de las actitudes constructivas, de quererse a uno mismo sin tener que impresionar o aparentar. Hablamos de cómo podían ser mejores personas y ciudadanos, porque en el instituto público no sólo se forma, también se educa.

jueves, 11 de octubre de 2012

Una cita con Jorge Drexler



Dos lámparas colgantes, estilo sueco económico, y dos bombillas levitando en el negro del escenario. Estos fueron los simples pero efectivos elementos de decoración que escogió Jorge Drexler para dar un concierto que estaba previsto desde julio y que, a pesar del pequeño aforo, no logró colgar el cartel de todo vendido. Cuestión de elección, supongo. 
No me viene otra frase a la mente que aquella infantiloide de: ¡pues ellos se lo pierden! y tanto, che. Y tanto. ¡Ah! que el cantante no era argentino ¡qué despiste! Con lo mal que sienta a los uruguayos que los confundan...pero es que con esa "ll" rehilada que tienen, tan suave, tan embriagadora, tan "typical made in Argentina"...es fácil que uno cometa errores. Para que esto no ocurriera, los uruguayos deberían exportarse más. Más especímenes como Jorge Drexler, por favor. Que nos invadan, que nos desprendan el alma del cuerpo con sus melodías, que desbanquen en las listas de éxitos a Pitbull o a Paulina Rubio, que sí llenan estadios y plazas. Cosas inexplicables. Cuestión de elección, supongo.

La noche estaba estrellada, pefecta para Jorge, cuyas letras parecen girar como satélites alrededor del mapa del cielo, buscando respuestas y dotando de fondo a los agujeros negros de nuestro espacio: soledad, frustración, desamor, azar...la tragedia con gafas optimistas. Así son las canciones de Jorge Drexler. No les hace falta más que una guitarra, el traje habitual del cantante (con su particular corbata despeinada) y, si se tercia, uno o dos músicos más, pero ya está. Todo lo demás, sobra. Los vítores, los desmayos, las carreras hasta la primera valla, hasta las decenas de almas que se congregaron para escucharle, porque, como te canta su voz melancólica y dulce: "en esta orilla del mundo, no dejaremos más que polvo de estrellas, así que como todo se transforma y ya está en el aire girando mi moneda, que sea lo que sea. Cualquier tiempo pasado es peor, así que a disfrutar del concierto en el que sólo estás su guitarra y vos (z)".

miércoles, 10 de octubre de 2012

Personajes de cine



Debo de estar bajo el influjo del Festival de cine de San Sebastián y, sobre todo, de las noticias estrambóticas que siempre redacta nuestro queridísimo Carlos del Amor, periodista cultural de Tve, pero el caso es que llevo una semana de metamorfosis que estoy pensando en literaturizar, plagiando a Kafka o al mismísimo Ovidio.

La cosa, por supuesto, va de cine. Empezó el lunes. Eran las dos y media de la tarde y cocinaba yo frente a mi ventana, sartén por mango y paño al hombro, cuál Arguiñana, con las manos en la masa y no en vestidos o tacones o peinados atufados con los que parece ser que la mujer tiene que contar en los actuales programas televisivos de recetas fáciles de cocina. Lo dicho: nada de mujer florero, volvamos al autenticismo (y, con esta, ya van dos palabras inventadas).

Vivo en un piso donde entra la luz a raudales y, por mucho que pueda ser espiada por los vecinos, soy incapaz de enclaustrar a las nubes, al cielo y al abeto espectacular que crece alto en el jardín. Persianas arriba y ventanas abiertas.  Y si los demás están sometidos a algún tipo de vampirismo, pues allá ellos. Sólo espero que ese celo por la privacidad lo mantengan también en las redes sociales o ¿subirán fotos al Facebook vestidos, en bañador e incluso ¡desnudos! y luego no serán capaces de asomarse a su ventana a respirar cómo huele la tierra después de esta lluvia anhelada, por miedo a toparse con una mirada ajena? Quién sabe. 

Pues con este pensamiento, silbaba yo una de Johnny Cash que no consigo despegarme de la cabeza y que anuncia “los clásicos de la 1” (demostrado: cuando me siento a ver la tele, me afecta), todo ello  mientras preparaba unas arvejas canarias que del olor resuscitaban los muertos.  Bueno, quizá no tanto, pero eso sí, conseguía que subieran unos centímetros  las persianas cercanas.  Vampiros, pero cotillas.

En fin, después de aprovechar la coyuntura para hacer comentarios sociales, volvamos al meollo cinéfilo: El lunes, al mediodía ¿quién era yo, en mi vestido rojo, con los cachetes colorados, el delantal puesto y la diadema en el pelo? Pues no era otra más que Amélie Poulain, arrastrando su soledad a la plenitud más dichosa, buscando cambiar el mundo con un yogur de limón, una medida de aceite, tres de azúcar, dos de harina y un sobre de levadura.  Por desgracia, no estamos en París. 

Por suerte, suena la puerta y el prota no es imaginario. De hecho, me lanza un mordisco en todo el cuello, pero nada de convertirse en vampiro, que eso es de teenager y en una ciudad tan preciosa como esta, no me debo privar de disfrutarla al sol.

Es martes, me lanzo a la calle y ya no soy Audrey Tautou, sino la otra Audrey, la glamurosa y risueña. Lo único es que no llevo vespa. La he cambiado por una bici grande y moderna. Ahora sí, quedo igual de estupenda, sonrisa de oreja a oreja por encima del manillar, la misma locura, la misma torpeza, al descubrir una ciudad que me rescata de antiguas tinieblas.

El miércoles, me despierto de Audrey y en un plis, llego al parque donde bandono la bici para convertirme en el Forrest peludo e imparable. A trote por el paseo Pizarro y a carrera limpia por el de los Cisnes. Llevo la lengua fuera como Colmillo blanco y cuando me canso, me siento en el banco de las palomas, a ver si llega Mary Poppins con su paraguas y puedo regresar a casa volando.
Pero no aparece. Demasiada fantasía para esta ciudad de tradiciones.

Jueves. Me echo a caminar, me pierdo con mi cámara y mi libreta por las callejuelas. Piden limosna en cada Iglesia. Galopan los caballos en cada camisa y en cada pareja. Observo todo como si estuviera de paso. Lo analizo, lo critico, lo comprendo.  Viajo con Gael García Bernal por la España profunda, en mi particular diarios de bici-cleta, acercándonos de a poco, de-escribiéndolo todo.

Entonces, empieza a latirme la vena y tengo que pedirle al camarero, por favor, que me preste el bolígrafo de su chaqueta. En lo que queda de semana, soy Elizabeth Bennet, Anne Hathaway en su papel de Jane Austen y hasta Kate Winslet, en la película Iris.  No más páginas en blanco. Me invade la inspiración más poderosa, pero espera, no quiero ser otras. Quiero escribir siendo simplemente yo. Se acaba el sábado.

Domingo por la tarde. Cae el sol. Vuelvo a casa, de nuevo como Audrey, echando fuego los pedales de mi bicicleta. Hace un bochorno extraño. Me quito la ropa y me siento en el sillón, cubierta por las formas de mi guitarra, que no hacen más que simular las mías propias y, como la hippie de Jen-ni en el mítico Forrest Gump o como simple Petri, me canto una de Jack Johnson, para así traerme el mar al continente y despertar con su fresquito de esta semana cinéfila. 


sábado, 8 de septiembre de 2012

Unagha: El túnel y las fauces del volcán


1
TODO NACE Y MUERE CON EL FUEGO

¡Hay fuego! ¡Hay fuego! ¡La montaña sagrada escupe fuego líquido por sus mil bocas! Las familias de labradores huyen despavoridos, cargan casa y familia, corriendo como hormigas histéricas por lo alto de la ladera sur.  Mis ojos no pueden dejar de contemplar las lenguas de fuego que amenazan con engullir las casas de nuestro pueblo. Aprieto, instintivamente, el nudo que amarra a mi hijo a mis espaldas. Noto su respiración caliente y pausada, ajena al terror que nos aguarda. Cerogher vuelve en estos momentos con los demás hombres. Tengo que ponerme de puntillas para poder comprobar, entre la gente, que se encuentra bien. El corazón me da un vuelco cuando descubro que un reguero de sangre inunda sus abdominales y el inicio de su falda. Grito su nombre, asustada. Nuestras miradas se encuentran al instante y, con un gesto de la mano, limpia su estómago para indicarme que no es suya la sangre que maquilla su piel tostada. Probablemente, habrán sido los centauros. Llevan atacándonos desde anoche, desquiciados por el incendio fortuito de su bosque, sin más capacidad de razonamiento que buscar un nuevo lugar en el que fundar su nuevo asentamiento. Y, al parecer, lo han hecho más rápido de lo pensado. El problema es que nosotros aún estamos aquí, quizá no nos vayamos nunca.

 Cerogher escala las rocas de la izquierda. Se dispone a hablar a los que aún permanecemos en Lancelord. Algunos, se agarran ingenuos a las ramas de los árboles thenduf, protectores ancestrales de las vidas de nuestra comunidad. Otros,  llenan sus bolsillos de piedras, bajo el ritual del Dios LLungher y repiten sin cesar el salmo esculpido en la puerta del templo: “Con el peso de la tierra, no dejarás vagar tu mente en los adversos momentos que te deparen”. Los más, sollozan contenidos, tratando disimular un miedo con una valentía recién horneada, que se ha quedado cruda e inmadura. Cierro los ojos y murmuro aquella oración que mi madre me enseñaba de niña, mientras dábamos forma al barro para hacer vasijas y jarrones que aguantaran el peso de las flores salvajes.

Pocos saben que el Lord ha marchado al alba, con más de la mitad de su ejército y presiento lo que Cerogher va a comunicarles. Ruego porque no pronuncie esas palabras que siento ascender por su garganta. Mi frente arde bajo la presencia de sus ojos naranjas, que intentan contactar conmigo, que me susurran un “perdóname” que no quiero dejar entrar en mi alma. 

-         Desde hace siglos, Lancelord ha sido fortaleza de hombres completos y con garra – La voz de Cerogher inunda el valle. Tiene el torso lleno de arañazos y sujeta en su mano derecha, un hacha labrada que perteneció a su abuelo- Nada tenemos que temer de la montaña sagrada, pues ella dio forma a los picos, a las cordilleras y al cobijo de nuestras casas. Lord Thennusis nos ha abandonado, pero ya lo había hecho hacía mucho tiempo, desde la batalla en los riscos de Unagha, cuando fue su espada traidora la que descuajó al verdadero heredero del trono de estas montañas – Todos asienten, animando con vítores el discurso de Cerogher, que nunca antes ha estado en ninguna guerra, pero que se han granjeado su liderazgo por su espíritu pacífico y su fe en nuestras gentes- Pero nosotros sí somos fieles a nuestros antepasados. Esta es la tierra en la que nos hemos convertido en el pueblo invencible que somos, ésa es la montaña que ha caldeado nuestras comidas y nuestras aguas. ¡Lucharemos! ¡Lucharemos hasta el final! Contendremos el fuego que escupe la tierra, construiremos un escudo tan grande como alcancen nuestros brazos y mantendremos despejadas las mentes para comunicarnos sin palabras. Y si, al tercer día, arde la fuente de la Esperanza, aceptaremos que esta ya no es nuestra casa. Escaparemos por el túnel de Ghuza y veremos lo que Llungher nos prepara.

Los gritos de guerra se elevan hacia el cielo al unísono. Primero, retumban contra las piedras y rebotan en eco por los salientes de las montañas y, luego, lo hacen en nuestras cabezas, sin sonido alguno, tal y como hemos aprendido desde pequeños, ahí donde reside nuestra verdadera arma.

Todos empiezan a dispersarse. Los herreros y los subterráneos se sitúan en la primera frontera del fuego líquido, dispuestos a levantar, con sus manos, un muro de defensa que protegiera la ciudad. Los hombres arqueros, fabricantes en su espalda de las lanzas óseas más certeras, corren hacia los árboles, al acecho de los centauros diabólicos y de sus uñas afiladas. Yo permanezco unos segundos quieta, contemplando Lancelord. Una lágrima resbala por mi mejilla y humedece la trenza que cae por mis pechos desnudos, cubiertos por dibujos, que ahora destiñen, y por colgantes que se mezclan con la fina tela que se amarra a mis caderas y protege la feminidad de mi sexo.

No puedo evitar llenar el paisaje con recuerdos: las calles empinadas, con mis flirteos con Cerogher, cuando sus manos aún no habían empuñado una espada y se afanaban, junto a su padre, en construir las casas del pueblo, enmarcadas en la piedra de las cinco colinas que rodean Lancelord. La fuente mágica, de donde bebieron los reyes, llena de ramas de behac, impregnadas de un olor profundo que sanaba las heridas y espantaba los males más perversos. Y nuestra propia casa, en lo más alto del risco, bañada por el primer sol de las mañanas, abrigo del nacimiento de mis hijos, de los besos siempre ansiosos de Cerogher y de su cuerpo moldeado a base de cavar en las rocas. Cerogher y sus ojos naranjas, mismas brasas, mismas llamas. Un pinchazo me hace doblarme por la mitad. Cerogher, murmuro.  Él no sabe lo que yo soy capaz de ver. Nunca entenderá el terror que está por caer.

Un temblor hace que  me tambalee sobre la piedra en la que me encuentro. Doneror solloza a mis espaldas, así que emprendo la vuelta hacia el monasterio. Cerogher se dirige hasta allí para proteger al gurú Chimwy y a los monjes adoradores de Llungher. Sus oraciones serán potencialmente poderosas al caer la tarde. Veo a los guerreros trepar entre los arbustos rumbo a la torre de la abadía, pero no acierto a reconocer a Cerogher en ninguno de ellos. De pronto,  alguien me agarra por el brazo con violencia. Me giro bruscamente y, tan pronto lo hago, me sumerjo en la calidez de sus ojos naranjas. Es él y me mira intensamente, en una mezcla de búsqueda de comprensión y de amor infinito que aún me  hace sentir más vulnerable. Entonces, sé que no hay vuelta atrás. Que nada ni nadie podrá pararle en su lucha. Sus dedos arden en mis pechos, masajeándolos una y otra vez, conteniendo el deseo y el amor que nos profesamos. Cuando consigue endurecer mis pezones, sigue acariciándome hasta llegar al cuello, donde hunde su boca y aspira mi olor como si la vida le fuera en ello. Moja con su lengua mi oreja, mientras ahoga un suspiro callado, y luego me susurra al oído que nada malo va a suceder y que nos encontraremos al alba en el árbol thenduf detrás de nuestra casa. A dos centímetros de distancia, sin apartar el fuego de sus pupilas, me besa, mordiendo las comisuras de mis labios y, sin decir nada, se marcha hacia lo alto de la montaña.

Envuelta en el naranja de Cerogher, me deshago del miedo y comienzo a andar, rumbo al centro del pueblo. Doy sólo tres pasos, pero en mi interior se agita mi alma. Algo sucede. Desde la distancia, distingo cómo Thigulf se escapa del grupo de niños y emprende la carrera por el camino del monasterio. Grita “Padre” con todas sus fuerzas, desgañitándose en su voz de 7 años, mientras tropieza, sin importarle, con las piedras del sendero. Las lenguas de fuego han comenzado a quebrar las ventanas de la morada de los monjes LLungher. Cerogher se ha  colado por una de las puertas con varios de sus hombres. Varios metros más abajo, a una velocidad inaudita para un niño de su edad, Thigulf avanza a trompicones. El miedo vuelve a enredarse en mis entrañas. Entonces, empiezo a correr yo también. Reclamo a Cerogher con mi mente, pero nuestro poder telepático se ve interferido por el pánico que me bloquea. “Thigulf, detente, detente”, le grito a mi hijo. La tierra hace resbalar mis pies y el peso de Doroner me desequilibra. Me separan dos colinas de Thigulf. Un traspié me hace caer de bruces contra  el suelo, ardiente y reseco. Al instante, se abren mis rodillas y las palmas de mis manos, tiñendo de sangre la tierra y los hierbajos. Ahogo un grito de dolor y de impotencia. “Thigulf”, imploro apoyándome en una roca, pero no parece escucharme. Es la última vez que lo veo. Su silueta se pierde bajo los árboles, cerca de la entrada del Monasterio.

domingo, 2 de septiembre de 2012

Los normales

“La ternura que inspiran las personas mayores es la nostalgia que suscita el imaginar lo fuertes e inmortales que eran en su juventud”.


 Este y otros pensamientos melancólicos navegaban por mi Océano cerebélico el día de mi 44 cumpleaños. Aquél día en el que me había sentado en frente del pabellón mudéjar, en el extremo olvidado del Parque de María Luisa, y había rogado a la providencia divina que me transformara en una de aquellas palomas blancas con las que posara en tantas fotos de mi niñez, para así volar lejos, muy lejos, tan lejos que no acertara a recordar qué me había llevado aquél día hasta allí.
Hay que recalcar que por la mañana, nada más salir por la puerta, me había encontrado con mi vecina Esmeralda, siempre fiel a sus minifaldas extra cortas y su escote de vértigo. Se me habían ido los ojos sin quererlo, de forma instintiva, como el animal que huele comida y busca con el hocico el manjar de donde tan exquisito perfume proviene. Ella, por supuesto, se había dado cuenta y se había abrochado la chaqueta al instante, mientras intercambiábamos dos o tres palabras sobre la salud de nuestros padres respectivos. Luego, nos habíamos despedido con la mano y yo había recorrido toda la avenida hasta el parque fustigándome por haber lanzado aquella mirada furtiva e imaginando las afirmaciones sentenciosas que ella estaría formulándose en su cabeza: “Vaya madurito calentón el Jose Alfredo, seguro que se pasa horas tocándose delante del ordenador, viendo vídeos y fotos porno”. Y no le faltaba razón.
Todo había empezado siendo culpa de mi madre. No tenía que haberme bautizado con ese nombre odioso, tan propio de las telenovelas que solía ver mi abuela al mediodía, entre flema y flema. Estaba seguro de que arrastraba en cada vocal y consonante la desdicha del que se queda solo, ignorante de amor y de cariño. Mi madre me había marcado así de por vida. Y luego, me había arrebatado a Sandra. La dulce y atrevida de Sandra, que comía todos los días atragantada para poder coger el autobús de las tres y recorrer así, cuando aún no había empezado lo que llamamos tarde, los 30 kilómetros que nos separaban.
Habían sido seis meses de descubrimiento pasional. Nos habíamos conocido en una convivencia organizada por Cáritas para personas con alguna discapacidad física. Reconozco que me había costado decidirme, pero al final, irónicamente, había sido mi madre  quien me había animado a que fuera, a golpe de fregona y al grito de: “y ¿Qué vas a estar haciendo aquí?”.
Ella era de estatura media, más bien baja, con el pelo rizado y rubio y unos ojos tan grandes como sus labios, que se apresuraban a engullir la vida y a silenciar los golpes con la música de su sonrisa. Se llamaba Sandra y, tras dos semanas de correos electrónicos, habíamos empezado a salir juntos.
Es verdad que resultaba grotesco verla aparecer por la esquina, remolcando su pierna izquierda con esfuerzo, y verme a mí, con mi rostro irregular y desorganizado, salir cuesta abajo, a su encuentro. Mi madre, que nos observaba desde el balcón, un ojo sobre nosotros y otro en quién estuviera mirando, se ponía de los nervios. Casi que se la tragaba su propio costurero de la vergüenza que la invadía, desde el meñique hasta la coronilla.
Pero estaba exagerando. Ella, me refiero. ¡Qué más da que no fuéramos normales! Y puestos a redactar definiciones, ¿qué adjetivos incluiríamos dentro de la palabra “normal”? ¿prejuicioso, desconfiado, arrogante, vanidoso?, porque casi todos “los normales”  con los que me he topado rebosaban de alguna de estas “cualidades”.
Pero volviendo a mí y a mi novieta. Realmente, nos queríamos. Al principio, quizá no. Era más un desahogo físico, una reserva hormonal que habíamos ido acumulando desde que éramos adolescentes y que, lógicamente, tenía que explotar por algún lado. Sin embargo, luego, fue amor. Bueno, una mezcla de cariño, obsesión, comprensión y compasión. Y si no lo era, que venga el mismísimo Lope de Vega y haga la prueba del Carbono 14 a sus restos fosilizados. Seguro que los rescoldos de aquella relación darán positivo.
Después de que mi madre se interpusiera en aquella frágil e inocente historia de amor, a la que me había lanzado solito, sin bolla ni manguitos, no había habido nadie más. Lo que también es lógico, porque, aunque sea consciente del daño que hará esto en mi autoestima, tengo que decir, desde la más absoluta imparcialidad, que soy bastante feo. Digamos que he heredado todos los genes malos de la familia y la cicatriz lo había empeorado todo aún más.
Les hablaré de la cicatriz. Es una verdadera marca de guerra, propia del soldado más valiente y combativo, sólo que, en este caso, el soldado, en el momento de hacérsela, contaba con tan sólo 10 años. Hasta entonces, había sido un niño “normal”. Lo único de extraordinario era mi capacidad para no poder estarme quieto ni un instante y para hacer amigos con todo aquél con el que me cruzase. Pero la cicatriz, de 20 centímetros, atravesando mi garganta y alcanzando el lóbulo de mi oreja derecha, había escrito una barra diagonal en la historia de mi vida.

  Yo, Jose Alfredo Gutiérrez Martínez, acabé degollado en vida, tocado irremediablemente por las manos de un cirujano que, como todo ser humano, algún día se equivoca y confundió un nervio con el otro, o quizá perdió los suyos propios, pero el caso es que desdibujó mi boca dejándola en un rictus permanente de incredulidad y decepción, empujando mis globos oculares al borde de los párpados, como si no quisieran perder detalle de la vida que les quedaba por delante, aunque médicamente, esto se tradujera en un pérdida de visión de hasta 10 dioptrías . Y ya está. Así se resume el antes y el después de mi vida. Así me convertí en raro.