viernes, 27 de enero de 2012

Relato de la paranoia - Parte 1 "Desde las oscuridades del metro"



Estás. Quieto, desorientado, parpadeando incesantemente. Te limpias el sudor de la frente con la manga de tu camisa. Hay una puerta. Sin pensarlo dos veces, agarras con fuerza el pomo. Está frío. Y lo giras con lentitud. La puerta se abre. Ves un pasillo. Das un par de pasos lentamente, observando los carteles pegados en las paredes e intentando adivinar dónde acaba el baldosado. Unos treinta metros más allá, el corredor se vuelve más oscuro. Quizá no tenga fin.
Un sonido te sobresalta. Te llevas las manos al pecho y pronuncias alguna palabra como “cálmate” con el fin de tranquilizarte. “¿Qué es eso?” Un grito. No, no es un grito, es el deslizar fantasmagórico del metro. Te descubres liberando una carcajada y caminando cada vez más rápido. Seguramente, te habrás dormido en el metro. Por eso, estás tan perdido. Miras instintivamente el reloj y avanzas dando pasos cada vez más largos. El pasillo parece estirarse indefinidamente y dentro de poco llegarás a la parte que antes veías tan oscura.
 Comienzas a correr un poco. Buscas en el techo y en el suelo. Ningún letrero de “salida” a la vista. Frunces el ceño y sigues corriendo. Te paras. Vuelves atrás y traspasas el umbral de una puerta “sin puerta” que te lleva a una escalera automática. Recorres sus peldaños con la vista. Debes estar, por lo menos, en la línea catorce. Es la línea más subterránea de todas. Antes de disponerte a subir las escaleras, vuelves al pasillo. No hay nadie.
 “¿Qué hora es?” Buscas debajo de tu camisa el reloj que te parece haber mirado minutos antes, pero no hay rastro de él. Achinas los ojos y escuchas tu respiración agitada. Está bien. Lo mejor será que subas esas escaleras y llegues a la superficie. La luz del sol te hará ver las cosas más claras. Te acercas al primer peldaño con tu pie derecho levantado esperando a que la máquina se ponga en marcha, pero no sucede nada. Maldices a la tecnología y las malas costumbres y comienzas a subir poco a poco. La suela de tu zapato parece derretirse a cada paso y los pies te pesan como en los sueños. Los escalones nunca antes te habían parecido tan grandes. Te cuesta respirar.
Avanzas con la cabeza gacha y las manos en la barandilla para conseguir impulso. Sin pensarlo, comienzas a contar los peldaños. Cuando vas por el noventa y seis, miras hacia arriba y suspiras aliviado al vislumbrar una luz. Subes casi corriendo, pero la falta de oxígeno te obliga a pararte. Te apoyas un poco en un lado. Estás un poco mareado. Las tripas te suenan. De pronto, te pones tenso ante la idea de perder el conocimiento en estos momentos, sin saber dónde estás y sin nadie alrededor que pueda ayudarte. Tu “yo hipocondríaco” se presenta cuando ya lo considerabas olvidado. Respiras profundamente y sigues avanzando como si se tratara de una misión de vida o muerte. Cierras los ojos, los abres,  resoplas. Una corriente de aire viene a reanimarte y sientes cómo el suelo se desliza empujándote hasta hacerte caer grotesco en el suelo plastificado. La escalera automática acaba de ponerse en marcha.
            Te levantas con dificultad del suelo, mirándola con odio y, al girarte hacia el otro lado…hay alguien. Un hombre. No, más bien un joven. Tendrá diecisiete o dieciocho años. Está sentado en uno de los bancos. Tu primera reacción es sentir alivio. Por fin, una persona. Podrás preguntarle qué es lo que pasa, por qué todo está tan solitario…no. Basta. Te tomará por un loco. No estás loco. Todo menos eso.
 En este momento, el muchacho acaba de percatarse de tu presencia y tú, realmente, de la suya. Efectivamente, este chaval no es muy normal. Empezando porque sólo lleva puesto una especie de calzoncillos blancos que le llegan hasta la mitad del muslo y en la cabeza tiene una especie de casco del que salen dos pequeñas alas. Si te fijas con atención, las alas parecen agitarse un poco, como si tuvieran vida. Tu caminar se va ralentizando poco a poco hasta pararse completamente. Estás justo en frente del joven. Éste, se ha levantado y bloquea el camino hacia la salida. Se muestra serio y sostiene su mirada fija en ti.
Notas cómo te observa minuciosamente, pero no eres capaz de decir ni hacer nada. Entonces, extiende su mano, es musculosa y atlética y está cubierta como de un líquido aceitoso que te hace daño en los ojos. Bajas la mirada y te extrañas al ver lo que te ofrece. Como no respondes a su gesto, carraspea y repite el movimiento. Y, por acto reflejo, por inercia, le haces caso y tomas el papel blanco entre tus manos. No sabes por qué, pero pronuncias un torpe “gracias” y llevas el papel casi hasta la altura de los ojos. Le das la vuelta, lo mueves en dirección de la luz, como si tuviera algún tipo de mensaje cifrado entre sus fibras, pero no ocurre nada. Tus labios se disponen para articular “¿Qué es esto?”, pero cuando ya casi se rozan y tus cuerdas vocales se tensan, tu interlocutor ha desaparecido. De hecho, crees ver sus pies, también alados, despegar del suelo y perderse en el aire.
Abres y cierras los ojos varias veces y compruebas que el papel sigue ahí en tu mano, como prueba de que lo que acabas de presenciar no ha sido producto de tu imaginación. Lo sujetas con determinación y te diriges a la salida. Piensas que cuando se lo cuentes a tus amigos no te van a creer  y hasta oyes tu risa, pero a lo lejos, burlándote de ti mismo por haber imaginado que ese chalado tenía alas que salían de sus tobillos. “La verdad es que el tío se curró el disfraz”,dices en voz alta. Otro chalado más en esta ciudad. Lo que quieren conseguir es que te vuelvas como ellos.

domingo, 15 de enero de 2012

Reformas

Han hecho reformas. Sonó el teléfono hace dos meses: era mi madre, enredando la conversación, saltando del "vaya calor que hace" hasta "fíjate tú cuánto le ha durado la diarrea a Orfelina", dejando, como siempre, lo más importante para el final. "Que vamos a hacer reformas en el cuarto de abajo", me había soltado entre dientes, como si cometiera el más sangriento de los crímenes. Yo le había respondido con un "¿Quéeee?" extralargo, porque, con tan poca vocalización, no la había entendido y ella, enseguida, había empezado a justificarse: "Que Papá necesita un despacho...que como ya tú no vives aquí...que...". La había interrumpido, entre risas y le había dicho que adelante, que en su momento ya me había llevado lo importante, que hiciera y deshiciera a su antojo. Y, tal cual lo dije, había dejado de pensar en ello. Hasta hoy. Que, mientras engullía sus espléndidas albóndigas, la misma cocinera-mensajera me había animado a bajar las escaleras. "Asómate, para que veas cómo ha quedado", me había dicho ella zalamera. Y yo, aún sin hacer la digestión, le había hecho caso.

Decidida, aunque aturdida, abrí la puerta del cuarto donde, una por mes, habían estado pegadas con cinta adhesiva aquellas frases: "Un día sin una sonrisa es un día perdido", "El primer paso para conseguir un sueño es pensar que no es imposible", "El mundo se abre paso ante el hombre que sabe a dónde va"...y tantas otras que aún sigue el fantasma de mi adolescencia susurrándome cuando me ve falta de inspiración y motivación. Inevitablemente, me maquilló la cara una sonrisa melancólica.

Nada más entrar, me dirigí al escritorio gris. Seguía al lado de la ventana, salpicado de frascos llenos de bolígrafos sin tinta y lápices de colores que nunca me pondré a afilar. Cojo algunos y su repiqueteo, al soltarlos de nuevo contra el cristal, parece vestirme, de pronto, con las medias y la falda del colegio. La añoranza me oprime el pulmón derecho y abro la ventana para que la brisa sacuda el polvo de esos recuerdos. Fuera bailan las palmeras carnavalescas y se estiran, presumidas, las flores del jardín. Me ensombrecen, como de costumbre, los barrotes blancos para evitar los robos, quizá también para impedir volar ciertos sueños, que se han quedado allí, atrapados bajo el peso de la estantería de madera, sepultados por el peso de los libros. Todos ellos, condenados, como sus historias, a permanecer sólo en la teoría. Y, a su izquierda, apiladas, continúan las cajas de cartón, casi derruidas unas sobre otras. Me tiemblan las manos al destapar la primera. En su interior, duermen entremezclados, un buen puñado de momentos: el papel de cucurucho del helado que nos comimos en Fontana di Trevi, un billete de 20 francos suizos, el ticket del metro de París, el reverso donde me escribía con mi amiga Laura, entre clase y clase, la medalla del campeonato de baloncesto...

Cierro la caja ahogando un sollozo sigiloso, pero todos los objetos siguen reclamándome, pinchándome todo el contorno del estómago: el cassette de los programas de radio con Margarita, el espejo de las coreografías, el corcho de las primeras fotografías, hasta el calendario en el que veía aquella mujer africana tan sonriente, que siempre me acompañaba, allá donde estudiara, recordándome que ella, aún en peores condiciones, seguía igual de contenta. 

Pero, un momento. Se frunce mi ceño casi simulando las arrugas de las desteñidas cortinas. Giro vacias veces sobre mí misma para verificar que, efectivamente, la habitación sigue igual. Eso o que mis anhelos me han jugado una mala pasada. ¿Vuelvo a soñar despierta? La mirada acuosa de mi madre me responde desde el marco de la puerta. "Al final, no hemos querido profanar tu santuario". Otra vez, en contra de mis deseos, represento el papel de hija comprensiva y actúo para demostrar que su consideración no hacía falta. Entonces, siento el calor de su abrazo mientras me dice: "El otro día me dijiste que andabas perdida y desorientada. Quería que regresaras aquí para volver a encontrarte". Le sonrío agradecida y saco de la habitación la primera caja. "Está bien, Mamá. Ahora, ya puedo empezar a hacer reformas".

Cuadernos emigrantes : diario de a bordo II


Septiembre- ¿Quiénes son esos rostros y esas manos que nos han salvado de la tragedia? Este nuevo  mundo está hecho de luces y llantos. Nunca antes había sentido tanta tristeza y tanta alegría al mismo tiempo. Parece que todo lo que se avecina está impregnado de sentimientos contradictorios, como esas manos amigas que me han dado abrigo y esas miradas de odio y desconfianza que me dejan desnudo y vulnerable. Faltan muchos, no sé cuántos. Mi cabeza da vueltas, pero crece en mí la certeza de que este era mi destino, de que he superado la primera prueba y de que tengo que aprovechar esta oportunidad"


Diciembre- "Anoche volví a mi casa. Me recibieron el sol, viejo amigo, pero sin su látigo y sus rayos fulminadores, las piedras bajo las plantas de mis pies y las risas de mis hijos. Anoche, soñé que estaba de nuevo en mi tierra y el corazón se me hinchaba de oxígeno y esperanza. Puede que no fuera más que un sueño, pero lo he cosido a mi almohada, a estas ropas prestadas, a mis andares en la realidad que ahora me rescata"

Marzo- "Palabras, palabras, no son meras palabras que lanzo al viento. Las palabras, estas palabras que escribo, son palabras que gritan socorro, auxilio, ayuda, mejoras, cambios, comida, agua, trabajo, dinero, familia, tranquilidad, PAZ"

Septiembre- "Sí que somos diferentes. Estos caminos, estos hogares, este ambiente de humo e hipocresías no existe en mi casa. En mi casa, se respira aire puro, se disfruta del silencio de las soledades, se habla con la naturaleza. Somos diferentes, pero ¡qué iguales! Qué mismos ojos, misma nariz, misma boca, mismos pies, mismas manos, ¿mismo corazón? No sé yo. Me falta la playa a la que llegué agonizando, me faltan las personas de aquel lugar, más me faltan mi mujer y mis hijos, mi barca, mi lecho, mi país. No quiero seguir aquí. Este no era mi destino. Tengo que volver.  El tiempo va pasando y mi misión se me está olvidando. El hambre y la fatiga, ya las estoy olvidando. Vuelvo a casa"



Noviembre-“En mi casa, no existen los espejos. Ni uno de ellos. No tienen utilidad. Y, sin embargo, ayer mismo me vi reflejado en uno de ellos: unos ojos idénticos, un rostro similar tan igual, tan lleno y tan vacío de lo mismo que tuve que abrir y cerrar los ojos varias veces para poder creerlo, más bien para poder asimilarlo. Que todo vuelve a empezar. Con otra piel, pero una misma alma. Una misma llamada de auxilio y un mismo llanto. Y me descubro cobarde al desviar la mirada o al acercarme a dar una palmada y pronunciar un buena suerte, gastando los últimos resquicios de esperanza que me quedan. Y es que aquí ya no hay de ningún tipo. Se han agotado las existencias. Y, en fin, lo digo: buena suerte. Ojalá tu vez sea la vez y no vuelvas con las manos en los bolsillos, hurgando y hurgando y encontrando sólo agujeros por los que se te ha ido escapando la vida”

Sin fecha- “¿Quién es el extranjero? ¿Eres tú o soy yo? ¿Son los demás? ¿En qué se diferencian mi yo y tu yo, tu asfalto y mi sendero, mi estómago del tuyo, mi enfermedad de la tuya? ¿Quién delimita los países? ¿Quién pone las fronteras? ¿Para qué sirven? No son más que líneas artificiales que no dan cabida a la movilidad y la naturalidad del hombre. Soy extranjero en el propio mundo en el que he nacido ¿lo soy? ¿Es ilegal este ir y venir de gentes buscando nada más que la felicidad? ¿Dónde está la felicidad? Si somos amigos, ¿dónde quedaron los colores, las costumbres, las nacionalidades, las diferencias? Somos Ciudadanos del mundo buscando oro en la pureza cuando está en el mestizaje”

jueves, 5 de enero de 2012

Microrrelatos de Navidad

"Bajo el cielo estrellado, sin fuegos ni luces de artificio, el hombre  miró al yerno y exclamó: ¡Qué noche tan buena hace esta nochebuena! El yerno se encogió de hombros, sin saber qué decir" 



"En la lista de las cosas importantes para 2012, Amanda había olvidado la importancia de que las cosas más importantes no son cosas"


"El muchacho se sentía incapaz de elegir, pues todas llevaban puestos los mismos vestidos, los mismos peinados, el mismo colorete rosa en sus mejillas, como si de clones se trataran. Agobiado por la falta de tiempo, agarró por la mano a una y la invitó a dar un paseo, porque la sociedad le había susurrado que eso era lo que tenía que hacer"



"No te había gustado el regalo, pero sí la ilusión cegadora que irradiaba la mirada que te lo había dado"


"Mariana miró por quinta vez el reloj. Ya eran las nueve y todos seguían dormidos. Definitivamente, la casa ya estaba vacía de niños en este día de Reyes" 

"Pensamos en el año que empezaba y, de repente, se oscureció todo. Entonces, encendimos la vela del optimismo y caminamos despacio, pero seguros"



"¡Baltasaaaaar! ¡Baltasaaaaaar! ¡Baltasaaaaar! se desgañitaba la pequeña. El Rey Mago, alarmado por los gritos de la niña, se bajó del camello: "¿Qué te pasa? ¿quieres más caramelos?"- le preguntó cuando estuvo justo delante. "No, sólo quería que supieras que estoy aquí" - respondió ella.