domingo, 18 de marzo de 2012

Azul

Azul. Esta fue la primera palabra que aprendí cuando llegué a España. Estaba tan triste, vieja, que mi rostro había perdido toda capacidad de expresión. No era más que una piel muerta, un molde irrompible de pena y desgracia, sin patas de gallo por ausencia de sol y, lo que es peor, de sonrisas.

Estaba intentando contárselo a aquella trabajadora social torpe y regordeta que siempre tenía un trozo de donut de chocolate entre los dientes, pero no paraba de repetirme lo mismo: no trabajo, no papeles, no casa, mí no solución. ¿Sabes? Todo eso me importaba ya bien poco. Cuando te han comido todas las fichas y te obligan a permanecer en el tablero, lo único que ansías es que alguien transforme tu derrota en una carcajada. Que te anime a jugar otra partida, vamos. Pero es que aquella sí que estaba ciega. Estaba obcecada en sus estadísticas y su papeleo. No se enteraba de nada. Y yo, rescatando las fuerzas que aún me daba mi lengua materna, opté por lanzar mi más clara llamada de auxilio, anhelando que así, por fin, consiguiera entenderme: "Please, help me. I'm so in blue", le dije avergonzado de ser tan franco. "¿Que está usted azul?", me respondió con el bolígrafo haciendo equilibrio sobre su oreja. "Azul. Sí". Y acepté la traducción como fiel y exacta. Aún no hablaba más que tres palabras en su idioma...aunque ahora que lo recuerdo, sí. Estaba azul, vieja. Y era todo eso: la desesperanza, la frustración, la soledad más canalla.

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