domingo, 11 de marzo de 2012

HISTORIAS POCO CONVENCIONALES - "Próxima estación: Welling - Parte I"

Empecemos por el final: la despedida. Él y ella, que no tienen nada que ver, que han confluido en este punto azaroso y conflictivo de sus vidas, que se abrazan desconocidos en una estación de Cercanías de la periferia de Londres, bajo la atenta y prejuiciosa mirada de los que esperan.
Nosotros también los observamos desde un banco lejano, sin acertar a adivinar qué principios y qué nudos han desembocado en este desenlace. Pero retrocedamos un poco en el tiempo. Rasguemos este lienzo y descubramos por qué fueron estos y no otros colores los que se mezclaron en la paleta. Preguntémonos, infinitas veces sin respuesta, qué era casualidad y qué fue destino. 
Ahora espiamos por la ventana. Son las seis de la mañana de un jueves de Agosto. Denis se despereza en medio del salón. Otra vez le ha tocado dormir en el sillón, porque su madre ha alquilado su habitación a una estudiante española. Le duele la espalda a horrores y en la nevera ya no queda zumo de naranja. Se viste de forma automática y espera en el pasillo: la inquilina francesa ha ocupado el baño.
            Reconoce que necesitan el dinero, pero cuánto odia esta situación: no tener intimidad, ir trasladando su escasa ropa de una habitación a otra o encontrarse en las escaleras alguien con un nombre impronunciable que ocupa su asiento en la cocina. Pero “hay que aguantarse”, como suele recordarle su hermana mayor. Sí, hay que aguantarse. Sin esos huéspedes desesperados por aprender un poco de su idioma, las pasarían canutas. Quizá, hasta tuvieran que desprenderse de su casa, en la que alguna vez, cuando tenía 10 o 12 años, fueron una familia.
Antes de salir por la puerta y abandonarse al frío estival londinense, le es inevitable echar un vistazo a la vieja foto que descansa sobre la mesita del rellano. Su abuelo le sonríe rodeado de sus hijos y de varias de sus mujeres. El sol africano dora las pestañas de todos y amarillea el paisaje a su alrededor.  Son sólo unos segundos pero si nos fijamos con atención, cerca de su retina melancólica, descubriremos cómo Denis intenta, en estos momentos, retener un asalto de lágrimas que lleva tragándose demasiado tiempo. Y no sabemos si su carraspeo inmediatamente posterior es para recomponer su estado de ánimo o para advertirnos de que es sabedor de nuestra presencia detectivesca.
En cualquier caso, nos agazapamos, pero permanecemos ahí. Lo vemos enfilar la calle cabizbajo. La fotografía, aunque ya desgastada en la pupila de su memoria, le recuerda de dónde viene. El bolso negro con el uniforme, que agarra como si la vida le fuera en ello, a dónde va.
Lo dejamos ir y nos colamos en el jardín trasero. A la misma hora, en la misma casa, duerme Luci. La vemos enroscada entre las sábanas, abrazada apasionadamente a la almohada. En su ceño fruncido, se esconden las pesadillas que la atormentan: un novio homosexual, una carrera sin salida y una familia excesivamente protectora. Ha ido pasando de una a otra durante toda la noche, sin descanso.
10 horas antes, en la misma estación del principio (o del final), llega con su maleta roja desde la Isla. Una guagua hasta al aeropuerto, dos aviones, un metro y un tren para cambiar las casas  blancas de Lanzarote por la urbanización teñida de gris que la recibe al bajarse en el andén. Pero es ahí donde quiere estar. Dos semanas en Welling, una zona residencial del extrarradio londinense, con clases diarias de 9 a 12 en el centro de la ciudad, a 40 minutos en tren. No sonaba nada bien, lo sabía, pero en medio de su tormenta, era la tabla más cercana a la que subirse para no morir ahogada.
Y tras su naufragio, bajo los goterones que comienzan a caer en la estación, la vemos sonreír al chico que acude a su búsqueda. “¿Es negrito?”, se pregunta a sí misma mientras lo ve subir protegido por la capucha del jersey. “Sí, es negrito”, se responde de nuevo en su cabeza. Denis le devuelve una sonrisa clara cuando ya le quedan pocos metros para alcanzarla. Le ha hecho esperar más de media hora y no quiere que mañana presente ninguna queja en la Agencia con la que su madre mantiene el convenio de alojamiento.
            Se saludan con la mano y él la ayuda con la maleta. Juntos, ignorando lo corta que se hará la muralla inmensa que ahora mismo los separa, caminan hacia la casa. Nosotros los seguimos, unos pocos metros detrás, y escuchamos sus risas en la conversación fácil y sincera en la que ambos se sorprenden de verse inmersos. Asistimos al primer encuentro entre Denis y Luci y, poco a poco, empezamos a entenderlo todo.

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