miércoles, 23 de mayo de 2012

Entre usted en el aula


Mi trabajo no depende de una silla, ni de un ordenador, ni de un jefe autoritario, ni siquiera, muchas veces, de mí misma. En mi trabajo, la puntualidad, las ganas, la preparación o la responsabilidad no son garantía de éxito. Más de 1000 veces he llegado con 10.000 actividades previstas, de libro, de interacción, de pizarra digital, de audiovisuales, de ficha y de cuadernillo y, de pronto, aunque todo apuntara a que iba a ser una clase maravillosa, la cosa acaba en un sinsabor descafeinado o en un completo desastre. Es el alto precio de educar en los tiempos que corren. Es la dificultad que entraña un trabajo que depende de otras personas. Y, sobre todo, de que estas personas sean 30 adolescentes, metidos en un aula, con edades comprendidas entre los 12 y los 18 años. 

En mi trabajo, los cambios de humor son una constante. Tan pronto sonríes por el pasillo al encontrarte un compañero, como tu semblante se torna serio y dictatorial nada más cruzar el umbral del aula que te toque. Vamos, de ángel a sargentona en un santiamén. Todo un ejercicio de camuflaje. Y más te vale tenerlo ensayado, o beberte tres actimels, o dos beroccas, cinco supradyns o siete redoxon complex porque, en mi trabajo, los días flojos, o tristes, o apagados no se permiten. De hecho, se pagan muy caro.

En mi trabajo, te pasas el día expuesto, hablando en alto, mirando con un ojo lo que escribes en la pizarra y con el otro lo que hace Ayoze, o Alfonso o Gerardo, que están fabricando un avión de papel, que escriben sobre la mesa o que se burlan de la negrita nueva en clase. Y luego explicas y preguntas y ninguno respeta el turno de palabra, pero bueno, te dices, al menos participan. Explicas treinta veces lo mismo, porque no te atienden, corriges los ejercicios, calmas los ánimos de dos que se pelean por un estuche, le regalas una sonrisa a Laura, la introvertida, e incluso, pese al caos, propones actividades dinámicas: un taller de crêpes, una salida al Teide, una obra de teatro...y vuelves a mandar a callar, levanta la mano, saca el cuaderno, no tires las cosas al suelo, escribe la fecha, copia el esquema...uf! Si eres profesor, te sentirás ahora mismo identificado. 

Me decía el otro día la compañera de biología: esto se está convirtiendo en un 10% educar y un 90% en cuidar niños. Y no le faltaba razón.

En mi trabajo, ya hay tres profesores de baja por ser incapaces de dominar un 1º de la ESO. Son alumnos de 12 años, que se esconden antes de que llegue la profesora para asustarle, que le tiran balones a la cabeza, que le ponen la zancadilla para que se caiga redonda encima de todas las mesas...me pregunto si esto ocurre en otro tipo de trabajos. Y todo por ser demasiado permisivo, ¿demasiado amable?Ya se lo decía antes: con los niños que tenemos, cualquier signo de debilidad se paga muy caro. Me pregunto también, con cierta tristeza, con qué autoestima y seguridad se enfrenta uno de estos compañeros de nuevo a una clase entera. Lo pienso y da miedo. 

Y, sin embargo, me gusta. Me gusta esta profesión, porque, a pesar de lo vacíos (de cariño, de conocimientos, de madurez, de familia...) que están los alumnos, picando y picando todo el año, uno consigue hacer un hoyo en su cerebro, entrar por esa rendija, imprimirles el mensaje de que sabiendo, serán más libres, de que no todo tiene utilidad práctica, pero sí mental y, más aún, de que hay que ser honestos y solidarios y comprometidos y, ligeramente, ambiciosos y valientes y decididos. Esto último, no nos lo dice nadie. Pero lo hacemos. 

Por eso, me dan rabia estos recortes. No por el dinero que restan a un sueldo, que tan poco es el que, por ley, nos corresponde, sino por el empeoramiento en la calidad de nuestra educación pública. La ecuación es sencilla: incremento de alumnos en el aula + supresión de la gratuidad de los libros de texto + incremento del horario lectivo del profesorado : alumnos ignorantes y profesores desquiciados. ¿Qué resquemor hay hacia el gremio de los enseñantes? ¿cuál es el problema? ¿Que tenemos muchas vacaciones? Póngannos el mes de julio, y todos tan contentos. Pero no nos digan que no trabajamos. No, señor. Y si usted lo duda, lo invito yo misma a que acuda a mi centro, a que vea la cantidad de proyectos  educativos promovidos, pese a todo, por el profesorado, a que se quede a las tardes de formación, a que rellene a mi lado los informes de competencias básicas de mis 160 alumnos, la memoria del departamento, el inventario, las programaciones de aula, las pruebas de septiembre o que asista a mis once sesiones de evaluación. Y ya que estamos, le preparo un té de descanso en mi casa, antes de comenzar a organizar las clases de la semana, de corregir los trabajos y los exámenes o de organizar las actividades para los alumnos con necesidades especiales. Y, por supuesto, si aún le quedan dudas, amigo, no lo piense más. Tengo la solución para su incertidumbre: entre usted en el aula. Y luego, ya me cuenta. 

soluciones y disoluciones - Capítulo 1

 No puedo creer lo que ven mis ojos. Mi barbilla está a punto de tocar el suelo de la mueca incrédula que viste mi rostro...

¡Mierda! Se me acaba de derramar la probeta. El líquido vaporoso se esparce por toda la mesa y se despeña por el borde, justo hasta el bolsillo de mi bata. El plástico del bolígrafo, que llevo ahí enganchado, comienza a derretirse. ¿Y ahora qué? Espero que no me hayan oído. No puedo ponerme a recoger todo esto. Me descubrirían. 
 Me agacho y camino de cuclillas hasta la puerta, pero me paro justo delante. Estoy atrapada. Si la abriera, se darían cuenta de que hay alguien más en el laboratorio, que alguien está al corriente de sus patrañas. Acabo de escuchar el carraspeo del jefe. El chino también ha alzado la voz. Creo que se acerca el momento de la despedida. Parece que han quedado en verse en la casa de Richard, a orillas del lago Léman. No me queda otra salida que esconderme y esperar a que se vayan. 

Me agazapo detrás de las cajas de la última máquina que trajeron hoy: la  Hespérides, se llama. No tienen otros nombres más incoherentes que poner a estos trastos. Me tiemblan un poco los tobillos, pero me sostiene la fuerza del peso que ha recaído sobre mis hombros, hace tan sólo diez minutos. Tengo que contárselo todo a Thomas. Él es el único que sabrá lo que tenemos que hacer, el único que tiene contactos para parar esto. 

Se acercan. Estrechan las manos, mostrándose mutuamente sus dentaduras postizas, relucientes y tan falsas como sus portes de buen médico y farmacéutico. ¡Qué sucios! la mandíbula me va a estallar de la rabia que aprietan mis dientes. Pero, ¡Dios mío! Hay una tercera persona. ¡Es Silvia!¡Esto es increíble! La mojigata también está en el ajo. Seguro que sus deslices entre las sábanas de Richard la han llevado hasta aquí. La verdad es que está pálida. Diría que al borde del desmayo. Por un momento, siento lástima por ella. Tiene la impresión de ser una marioneta más del jefe. Me pregunto por qué éste la ha dejado ser partícipe de su secreto. Estoy segura de que cualquier momento de debilidad le hará irse de la lengua. Y eso podría serme útil. 

Atención. Los tres jinetes del apocalipsis desaparecen tras la puerta. El cuarto, de seguro, ultima detalles en el laboratorio de Shangai, preparado para la llamada del juicio final.

Tardo 15 minutos en ponerme de pie. Mejor ser precavida. Las rodillas me crujen y tengo el pulso a 200 por hora. No puedo perder tiempo. Me quito la bata y la introduzco, a empujones, en la mochila. Si alquien me encuentra, diré que me quedé a almorzar con los de bioquímica y que luego, aproveché para ayudar a Julien con la tesis. 

- Inés, ¿qué haces ahí? - Siento como si una piedra de hielo recorriera la longitud de mi columna vertebral. Giro la cabeza lentamente, tratando de simular una sonrisa.

- Hola, Juan - suspiro aliviada - ¡Qué susto me has dado! Iba pensando en mis cosas y....

- Ya es hora de irse. ¿Sabes? El hospital puede seguir funcionando sin ti. Siempre estás trabajando. ¿Qué 
quieres? ¿Ganarte el premio a la mejor residente? - se ríe y le entra un ataque de tos, mientras sujeta con las dos manos su pantalón a rayas de vigilante, que le queda cada vez más pequeño.

- Tienes razón, Juan. De todos modos, ya me iba. Estaba socializándome con los bioquímicos...

- Está bien. Bonne soirée, mademoiselle.

- Merci, monsieur. À vous aussi.

 Respiro hondo y monto en el ascensor. Rezo a todas las vírgenes que conozco para no encontrarme a Richard en mi huida hacia la calle. Si me lo encontrara de frente, no podría disimular el asco que ya está escupiendo mis entrañas con su sólo pensamiento. 

Mis pasos van cada vez más rápido, frente al edificio de Urgencias. En breve, me confundiré con las familias que agotan la tarde esperando por la fallida recuperación de un ser querido. Cuando visualizo la bici, atada a la farola, el estómago me da un vuelco. No camino, vuelo. Las manos se me atrofian mientras desencadeno la rueda trasera. Me subo la cremallera de mi chaqueta violeta y comienzo a pedalear, directa a la Gare de Cornavin. 

El viento azota mi melena rizada y apura unas lágrimas en mis ojos cansados e irritados. Pronto, el olor de la panadería de la estación me recuerda que no he comido nada desde esta mañana. Paso como un rayo por el cruce de Bel-Air y evito la masa consumista en la calle de las tiendas. Aún me quedan 10 minutos hasta la residencia de estudiantes donde vivo. Espero que Alessandro esté en su habitación. Necesito que me de un beso antes de sumergirme en este embrollo. Antes de ponerme en peligro. Pero no puedo dejar que el miedo me domine. Lo que he descubierto esta tarde me está taladrando el cerebro. Y tengo que hacer algo. No puedo quedarme de brazos cruzados. Tengo que salvar al mundo.  

CONTINUARÁ...

(Si te apetece saber qué sucede a continuación, pulsa en INTERESANTE) ;-)

martes, 15 de mayo de 2012

Mayo Feliz


Mayo nunca me defrauda. Mayo siempre me sorprende. De repente, aparece y te pellizca el ombligo, te inyecta las ganas, y ya nada vuelve a ser igual. Este año, como siempre, no lo esperaba.  Vivía al ritmo de las ansiadas lluvias de abril y los 200 kilómetros/hora de mi compañera del turno de coche. Así fluía el disparate en el insti, en espiral y hacia todos lados. Y yo, temblando, aguantando el imán de la tranquilidad, rebuscando la carcajada que ponía de nuevo todo en su sitio. Y cuando ya estaba totalmente engullida por la vorágine, recibo un mensaje de Mayo: que “¿en qué coño estás pensando? ¿Qué en qué cajón metiste el espíritu? ¡Muchacha! (porque Mayo habla canario), ¡que te estás ahogando en un vaso de agua y naciste con manguitos!” ¡Ah, sí! Los manguitos optimistas, los llevo siempre, pero a veces se me olvidan. “¡Anda que…!” Me dice burlón. Y yo le contesto: “Pues vaya”, y me encojo de hombros. A ver con lo que me sale, porque ya sé de que esta no me libro. Y, entre tú y yo, la verdad es que me encanta.
 Pues nada, a Córdoba se ha dicho, que no habrá vergüenza ni ridículo que se atrevan a pararme la invención de estas sevillanas y si llego a la cama y no puedo dejar de palmetear, pues sigo haciendo ejercicio. Total, más que los músculos de la cara y las abdominales, imposible, porque ¡qué peshà a reír, illo, a rebujitos y flamenquitos y amistades entre primas! Aquella vez fue de las mejores de Mayo. Ahí empezamos a intimar.
Luego, atracó el año que me dejó más o menos tranquila, animando el estudio con un concierto y dos, y tres, y un baño en Las Canteras, aunque el tiempo esté nublado. “Que no está nublado”, me dijo, “que esto es pansssa de burro”. “Pues vale”, le dije esta vez. Un partido de palas y al agua. ¡Qué fresquita!
 La siguiente se quiso hacer el interesante.  Me dio unos billetes, pero luego me puso a trabajar como una esclava. La responsabilidad y la diversión, ¡cómo me costó decidirme! Y logré combinarlos. Volaba aquella vez lejos, casi saltaba de contenta entre las nubes, porque en tierra se quedaban el turno de mañana y el de tarde, la segunda carrera y los tres trabajos y, encima, las esposas de unas oposiciones. ¡Cuánta locura, por Dios! Así que no me lo pienso, ciao ragazzo, mi chiamo Patrizia, tanti baci e bacione e passeggiate per non dimenticare mai. Más bien un ragazzo per non dimenticare mai. ¡Qué bocanada de aire! Me tumbo en el prato con un gelato, cierro los ojos en el vaporetto y me sumerjo en otros de un color de aceituna, como esta que flota en el spritz que compartimos ahora. Dopo, abro el bombón perugino y me suelta: “Bacio non dato è bacio sprecato”. Pues ¡ea!, ya está, me lo guardo en el bolsillo y a aplicarse el cuento.
Pero bueno, ¿y ahora qué me traes?, le repliqué enfadada el año pasado. “Para una valiente como tú, un reto” Y ahí lo dejó, sobre la alfombra de colores de mi salón y el sillón verde,  que tanto me costó elegir en Ikea. Al menos, me miró antes de salir por la puerta y me lanzó un colorete, una maleta llena de vestidos y un sobre en el que decía: Esta se la dejo a Verano. Ya verás que no va a ser tan malo. Y no fue bueno, fue prácticamente genial. Mayo nunca me decepciona. Mayo siempre me entiende.
 El caso es que el relevo con Verano me había dejado confundida y volvía a estar yo, a estas alturas del calendario del 2012, igual que siempre: cuestionando los detalles y recapitulando hasta los senderos por los que no había transitado. ¡Qué pesadilla! A veces, puedo ser una verdadera plasta. Y cuando ya me estoy flagelando, aparece con su sonrisa. Me manda de viaje, como casi siempre, para revolucionarlo todo, para sembrar la semilla del cambio. Y esta vez se ha lucido. Me ha lanzado un cubo de agua fría, porque ¡ozú qué caló! Me ha zarandeado de un lado a otro, me ha quitado la venda y me ha empujado hasta el borde del lago. Y cuando me he atrevido a mirar, allí estaba todo: el amor incondicional y pasional, la seguridad en mí misma, los sueños de antaño, el mapa, la cámara de fotos, la libreta ajada y el futuro asomando prometedor tras una esquina. “Pues fíjate”, le dije esta vez. Y no pude parar de reírme. Si es que cuando me empieza la risa boba, no puedo parar. Y, entre tú y yo, la verdad es que me encanta. ¡Qué bueno! Lo dicho: Mayo feliz o, más bien, Feliz Mayo. 

sábado, 5 de mayo de 2012

Cumpliversarios y demás palabras inventadas


Se había subido a los libros de la enciclopedia para poder alcanzarla. Aquella vieja copa ennegrecida que, tal día como hoy, ganara a los 15, convirtiéndolo en el mayor encestador de la temporada. Inofensiva, pero altanera, se transformaba por las noches en un fantasma que lo aterrorizaba con ivas, finiquitos, presupuestos y demás economirfalia, para luego susurrarle, cuando aún pataleaba en las garras de Morfeo: "Este no era el futuro con el que tú soñabas".




Eran pocas las veces que Eleonora se arreglaba, pero hoy lo había hecho con esmero y paciencia: el vestido de raso negro le apretujaba la cintura y los tacones de Chueca infinitiban sus piernas. En los labios, caían a borbotones los besos que le desabrocharían la camisa y desprendía la piel de su cuello el aroma de Afrodita y la calidez de los fogones, cuando arden, previo a las brasas. A las once, harta de esperar, se tumbaba en la cama, aún presta y dispuesta con sus engalanes y sus ganas. Dieron la una. Ella dormía y él, por fin, llegaba.



En la mesa del comedor, había un ramo de rosas rojas. Al lado, unos bombones. Muy cerca, unos pendientes. Sobre la silla, el vestido, con el bolso a juego. Bajo el jarrón, dos billetes a Bratislava. En la moqueta, a medio camino entre la puerta y la mesa, el perfume de números y glamouradas. Lo vio todo desde el pasillo y, sin rozar a penas ni uno solo de los presentes, dio medio vuelta y volvió a la cama. Levantó las sábanas con sigilo y se acurrucó amorosa contra su espalda. Y sólo eso contaba. Todo lo demás, sobraba.





Pasó la hoja del calendario y lo asustó la fecha. Los números habían inflado globos y las letras del mes pachangueaban en una verbena improvisada. Sin darse cuenta, lo agarraron por el brazo y le pusieron un vaso de vino en la mano, aún no sé si de fino o de tinto, almogrote y carrillada, cazón y vieja guisada. Lo había logrado. Atrás quedaba la incertidumbre más amarga. Fue el año nuevo el que remató la jugada: el 20 tirando de un lado y el 12 del otro. Perfecto. Sonrisa inmortalizada.





Cuando llegó a la cima, clavó la espada. Abajo, hervían desmembradas las plantas carnívoras y las bestias desatadas. Todo un año cuesta arriba arrastrando la confianza acortaba distancias con las lágrimas rezagadas, pero endurecía sus garras y acrecentaba la dulzura de su belleza y el poder de sus carcajadas. En los troncos de los árboles que acompañaron su camino, hasta 74 cortezas literaturizadas, collage emocional de su alma. Y ahora que vengan cien mil montañas, que el temor ya no la alcanza, que era amor  y más nada la mochila y el oxígeno en su batalla. Y esa está ganada, señores. Más que ganada.