sábado, 5 de mayo de 2012

Cumpliversarios y demás palabras inventadas


Se había subido a los libros de la enciclopedia para poder alcanzarla. Aquella vieja copa ennegrecida que, tal día como hoy, ganara a los 15, convirtiéndolo en el mayor encestador de la temporada. Inofensiva, pero altanera, se transformaba por las noches en un fantasma que lo aterrorizaba con ivas, finiquitos, presupuestos y demás economirfalia, para luego susurrarle, cuando aún pataleaba en las garras de Morfeo: "Este no era el futuro con el que tú soñabas".




Eran pocas las veces que Eleonora se arreglaba, pero hoy lo había hecho con esmero y paciencia: el vestido de raso negro le apretujaba la cintura y los tacones de Chueca infinitiban sus piernas. En los labios, caían a borbotones los besos que le desabrocharían la camisa y desprendía la piel de su cuello el aroma de Afrodita y la calidez de los fogones, cuando arden, previo a las brasas. A las once, harta de esperar, se tumbaba en la cama, aún presta y dispuesta con sus engalanes y sus ganas. Dieron la una. Ella dormía y él, por fin, llegaba.



En la mesa del comedor, había un ramo de rosas rojas. Al lado, unos bombones. Muy cerca, unos pendientes. Sobre la silla, el vestido, con el bolso a juego. Bajo el jarrón, dos billetes a Bratislava. En la moqueta, a medio camino entre la puerta y la mesa, el perfume de números y glamouradas. Lo vio todo desde el pasillo y, sin rozar a penas ni uno solo de los presentes, dio medio vuelta y volvió a la cama. Levantó las sábanas con sigilo y se acurrucó amorosa contra su espalda. Y sólo eso contaba. Todo lo demás, sobraba.





Pasó la hoja del calendario y lo asustó la fecha. Los números habían inflado globos y las letras del mes pachangueaban en una verbena improvisada. Sin darse cuenta, lo agarraron por el brazo y le pusieron un vaso de vino en la mano, aún no sé si de fino o de tinto, almogrote y carrillada, cazón y vieja guisada. Lo había logrado. Atrás quedaba la incertidumbre más amarga. Fue el año nuevo el que remató la jugada: el 20 tirando de un lado y el 12 del otro. Perfecto. Sonrisa inmortalizada.





Cuando llegó a la cima, clavó la espada. Abajo, hervían desmembradas las plantas carnívoras y las bestias desatadas. Todo un año cuesta arriba arrastrando la confianza acortaba distancias con las lágrimas rezagadas, pero endurecía sus garras y acrecentaba la dulzura de su belleza y el poder de sus carcajadas. En los troncos de los árboles que acompañaron su camino, hasta 74 cortezas literaturizadas, collage emocional de su alma. Y ahora que vengan cien mil montañas, que el temor ya no la alcanza, que era amor  y más nada la mochila y el oxígeno en su batalla. Y esa está ganada, señores. Más que ganada.


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