miércoles, 23 de mayo de 2012

soluciones y disoluciones - Capítulo 1

 No puedo creer lo que ven mis ojos. Mi barbilla está a punto de tocar el suelo de la mueca incrédula que viste mi rostro...

¡Mierda! Se me acaba de derramar la probeta. El líquido vaporoso se esparce por toda la mesa y se despeña por el borde, justo hasta el bolsillo de mi bata. El plástico del bolígrafo, que llevo ahí enganchado, comienza a derretirse. ¿Y ahora qué? Espero que no me hayan oído. No puedo ponerme a recoger todo esto. Me descubrirían. 
 Me agacho y camino de cuclillas hasta la puerta, pero me paro justo delante. Estoy atrapada. Si la abriera, se darían cuenta de que hay alguien más en el laboratorio, que alguien está al corriente de sus patrañas. Acabo de escuchar el carraspeo del jefe. El chino también ha alzado la voz. Creo que se acerca el momento de la despedida. Parece que han quedado en verse en la casa de Richard, a orillas del lago Léman. No me queda otra salida que esconderme y esperar a que se vayan. 

Me agazapo detrás de las cajas de la última máquina que trajeron hoy: la  Hespérides, se llama. No tienen otros nombres más incoherentes que poner a estos trastos. Me tiemblan un poco los tobillos, pero me sostiene la fuerza del peso que ha recaído sobre mis hombros, hace tan sólo diez minutos. Tengo que contárselo todo a Thomas. Él es el único que sabrá lo que tenemos que hacer, el único que tiene contactos para parar esto. 

Se acercan. Estrechan las manos, mostrándose mutuamente sus dentaduras postizas, relucientes y tan falsas como sus portes de buen médico y farmacéutico. ¡Qué sucios! la mandíbula me va a estallar de la rabia que aprietan mis dientes. Pero, ¡Dios mío! Hay una tercera persona. ¡Es Silvia!¡Esto es increíble! La mojigata también está en el ajo. Seguro que sus deslices entre las sábanas de Richard la han llevado hasta aquí. La verdad es que está pálida. Diría que al borde del desmayo. Por un momento, siento lástima por ella. Tiene la impresión de ser una marioneta más del jefe. Me pregunto por qué éste la ha dejado ser partícipe de su secreto. Estoy segura de que cualquier momento de debilidad le hará irse de la lengua. Y eso podría serme útil. 

Atención. Los tres jinetes del apocalipsis desaparecen tras la puerta. El cuarto, de seguro, ultima detalles en el laboratorio de Shangai, preparado para la llamada del juicio final.

Tardo 15 minutos en ponerme de pie. Mejor ser precavida. Las rodillas me crujen y tengo el pulso a 200 por hora. No puedo perder tiempo. Me quito la bata y la introduzco, a empujones, en la mochila. Si alquien me encuentra, diré que me quedé a almorzar con los de bioquímica y que luego, aproveché para ayudar a Julien con la tesis. 

- Inés, ¿qué haces ahí? - Siento como si una piedra de hielo recorriera la longitud de mi columna vertebral. Giro la cabeza lentamente, tratando de simular una sonrisa.

- Hola, Juan - suspiro aliviada - ¡Qué susto me has dado! Iba pensando en mis cosas y....

- Ya es hora de irse. ¿Sabes? El hospital puede seguir funcionando sin ti. Siempre estás trabajando. ¿Qué 
quieres? ¿Ganarte el premio a la mejor residente? - se ríe y le entra un ataque de tos, mientras sujeta con las dos manos su pantalón a rayas de vigilante, que le queda cada vez más pequeño.

- Tienes razón, Juan. De todos modos, ya me iba. Estaba socializándome con los bioquímicos...

- Está bien. Bonne soirée, mademoiselle.

- Merci, monsieur. À vous aussi.

 Respiro hondo y monto en el ascensor. Rezo a todas las vírgenes que conozco para no encontrarme a Richard en mi huida hacia la calle. Si me lo encontrara de frente, no podría disimular el asco que ya está escupiendo mis entrañas con su sólo pensamiento. 

Mis pasos van cada vez más rápido, frente al edificio de Urgencias. En breve, me confundiré con las familias que agotan la tarde esperando por la fallida recuperación de un ser querido. Cuando visualizo la bici, atada a la farola, el estómago me da un vuelco. No camino, vuelo. Las manos se me atrofian mientras desencadeno la rueda trasera. Me subo la cremallera de mi chaqueta violeta y comienzo a pedalear, directa a la Gare de Cornavin. 

El viento azota mi melena rizada y apura unas lágrimas en mis ojos cansados e irritados. Pronto, el olor de la panadería de la estación me recuerda que no he comido nada desde esta mañana. Paso como un rayo por el cruce de Bel-Air y evito la masa consumista en la calle de las tiendas. Aún me quedan 10 minutos hasta la residencia de estudiantes donde vivo. Espero que Alessandro esté en su habitación. Necesito que me de un beso antes de sumergirme en este embrollo. Antes de ponerme en peligro. Pero no puedo dejar que el miedo me domine. Lo que he descubierto esta tarde me está taladrando el cerebro. Y tengo que hacer algo. No puedo quedarme de brazos cruzados. Tengo que salvar al mundo.  

CONTINUARÁ...

(Si te apetece saber qué sucede a continuación, pulsa en INTERESANTE) ;-)

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