miércoles, 13 de junio de 2012

Atando cabos

 No soy yo persona que necesite finales para todo. De hecho, tengo por costumbre, a pesar de mi amor por la literatura, dejar los libros a la mitad, si no encajan con mis desvaríos del momento. Creo que esto me sucede, porque toma la delantera mi síndrome vital, que me empuja siempre a subrayar, en el texto de mi vida, la necesidad de aprovechar el tiempo. Vamos, carpe diem en su máxima potencia. 

El caso es que ya viene cumpliéndose un año desde que mi yo del pasado me lanzara definitivamente al mar embravecido de mis propias aguas y yo me armara de valor para no dejarme llevar por las corrientes y poder atracar, así, en mi particular orilla. Y la arena de esa playa descansaba bajo el acantilado de este blog, empapado de musgos y algas y de peces de colores, algunas veces de pirañas e incluso de tiburones. Y como presiento, por esto de los cumpliversarios, que ya les comentaba en alguna otra ocasión, que la siguiente página está a punto de caer sobre mi biografía y que ya adivino, al doblar la esquina, nuevas peripecias para la que ardo en deseos de estar preparada, no quería dejar de tranquilizar a ciertos personajes que han quedado naufragados, sobre balsas, a la espera de mi rescate, que siempre llega más tarde que temprano. Así que, para que no se me ahoguen,  se llena junio con las segundas partes de sus historias, escritas en otros tiempos, pero escondidas en el mismo cajón de las de ahora. 

Y para que así conste, firmo la presente, a 14 de junio de 2012, un año y veintinueve días después de parir mi primera entrada, rozando las 2300 visitas (ahogo un suspiro, sorprendida) ¡Qué bueno! A ti que me lees y me apoyas, un abrazo (que no digan luegoque los canarios no somos cariñosos) y lo más importante: gracias. Infinitas gracias.

Instantáneas de personajes VII: "El abandono de Paula"

No quiero que te vayas. Son sólo cinco palabras, sin tildes ni precipicios ortográficos. Nada que una experta en lenguas no pueda afrontar. ¿No es así cómo me nombraron, recién titulada? ¿No repitieron y "tripitieron" que el traductor era un malabarista de las letras? ¿un artista en trasladar las imágenes y las mentes más extrañas? ¡Ah, no! Que al final acabé siendo oficinista, por conveniencia y por cobardía, lo admito. 

No quiero que te vayas. Son sólo 18 letras, pero ahí están enganchadas, supurando como piercings clavados en mi estómago y en mi páncreas. Y tengo que confesar que he sido yo misma quien las ha ido arrojando por los barrancos, quien las ha ido arrancando a tiras de mi piel, mientras subo esta montaña. Y voy directa hasta el punto más alto, allí donde me azote el vértigo y donde vienen a desestabilizarme todas mis fobias, que desgastan mi belleza y me dejan exhausta, pero sigo viva. 

Puedo sacrificar un brazo, medio corazón, incluso desprenderme de mi sonrisa o de la luz de mi mirada, que siempre han sido la espada en todas mis batallas. Voy a recomponer este cuerpo físico, aunque ahora mismo todas mis células sean lágrimas y esté derramada, como un charco sucio y roto, sobre la calle, mientras me dices que te marchas. Y ya lo sabía, y lo teía, porque de toda la baraja, ésta era tu mejor carta. No me habría perdonado nunca el robártela. Pero es que ya son tres los abandonos. ¿No era éste el número definitivo? ¿El final de las desgracias? 

Ahora me abrazas, me besas, me aseguras que esto no va a cambiar nada, pero no te das cuenta de los nubarrones, de las cigarras, de las veinte plagas de la distancia. Ya lo sé, mi amor, ya lo decía aquél cantante uruguayo, que escuchábamos ensalitrados con un vino, después de los días de playa: que ama el que no amarra. Y si hay bandera que quiera enarbolar al llegar a la cima de esta montaña es precisamente esa: amor y calma. Ahí se quedarán sepultadas estas cinco palabras, transformadas en la esperanza de esta realidad que nos separa. 

Voy a conseguir llegar hasta arriba. Voy a lograr dejar que te vayas.


Relato de la paranoia - Parte 2 "Desnudo en la masa"

            Por fin, llegas a la locura de la calle. Estás fuera. Fuera. Fuera. La imagen parece dimensionarse en tres escalas diferentes cada vez que lo repites. Te paras en seco y, por primera vez, disfrutas del frenesí de la sociedad occidental. Respiras feliz su aire contaminado, te regodeas en la confusión de los sonidos chirriantes que prácticamente sierran los tímpanos de tus oídos, te dejas empujar y manosear por la masa veloz que te rodea…y luego, comienzas a caminar.
Aún no reconoces nada. Debes estar en uno de los barrios periféricos. No estás muy seguro. ¡Qué va! Esto es el mismísimo centro de la ciudad. Si no, no se explicaría lo rápido que va la gente. De hecho, van más que rápido, van rapidísimo. Tanto es así que no te da tiempo de ver sus rostros. El ir y venir se ha convertido en una mezcla de tonalidades grises que huele a perfumes, kebab, alcantarilla, vagabundo, café, humo y panadería.
Consigues romper el ritmo inquebrantable de los flujos de personas y pegas tu espalda al escaparate de una tienda de insecticidas. Te esfuerzas en enfocar toda tu atención en una sola persona. La localizas y recorres con la vista su trayectoria. Camina, como los otros, a una velocidad inaudita. Ya pasó. ¿Ya pasó? No puede ser. Eliges otra, la sigues con la mirada. Intentas no lubricar el ojo. Ya pasó. Es imposible. Gastas media hora intentando observar el rostro de tan sólo una persona que pase por la calle, pero no eres capaz de hacerlo. Sus rasgos están difuminados, parecen estar dibujados con acuarela y se diluyen en cuanto les pones los ojos encima. Te das la vuelta resignado. Las ratas disecadas del mostrador tienen dibujadas una media sonrisa. Te llevas las manos a la cabeza y te tiras de los pelos.
            De pronto, escuchas una voz conocida. Te das la vuelta enseguida y buscas inútilmente entre el gentío la persona a la que pertenece esa risa, esa entonación melosa y desvencijada. Raúl, es él. Inconfundible. Habla con alguien mientras espera a que el semáforo se ponga en verde. Te acercas, sorteando los maletines y los pisotones. Suspiras confundido. Tampoco consigues delimitar su rostro. Es una masa blanca centelleante en la que no se define nada. Pero es él. Eso, seguro. No es su cuerpo, ni quizá tampoco su peinado, pero sabes que él. “¿Cómo puede ser eso?”, piensas. Te frotas los ojos. No entiendes lo que está pasando. Puede que te hayas vuelto míope en una sola noche. Vuelves a enfocar. Nada. Ningún cambio. No importa, decides caminar hacia él. A lo mejor,  también le está pasando lo mismo y si no, puede que sepa cómo ayudarte.
 Una señora te golpea con su bolso y protestas mecánicamente. Te colocas bien la camiseta y, en ese preciso instante, te congelas en el pequeño cuadrado de acera en el que tus pies están posados. Palpas con tus manos la piel de tus muslos y sientes el vello erizado.  Tus rodillas han comenzado a temblar...permaneces así un buen rato, o al menos a ti te lo parece. El terror ha ido propagándose poco a poco por todo tu cuerpo. “No, no puede ser” dicen tus labios y tu cabeza. ¿Cómo no te has dado cuenta antes?¿Cómo puede ser que salieras de tu casa prácticamente desnudo? Te echas a correr en dirección contraria a dónde está Raúl. Los individuos que pasan a tu lado son nubarrones que vienen y van. Los coches, naves espaciales.
 Deben de haberte robado. Eso es. Te han robado la cartera y la ropa. “Malditos hijos de puta”. Escapar, huir, desaparecer. “Espera, tienes que conservar la calma…” Otra vez los rostros difuminados. No, pero esta vez, tienen nombre. Son Javier, el conserje, tu hermana, Santiago, un amigo del instituto, Marieta, Tobías. Estiras la camiseta todo lo que puedes, pero no sirve de nada. De pronto, sientes un calor intenso en tu mano izquierda. Intentas no hacerle caso y proseguir tu frenética huida, pero te hace demasiado daño. Emites un quejido y observas tus dedos abrasados por el papel que llevas apretado desde antes en tu mano izquierda. Ya lo habías olvidado. Lo abres con cautela. Está inexplicablemente frío. Tanto que te alivia el ardor de la piel. Te ríes incrédulo al contemplar el mensaje escrito en él. “Tuerce a la derecha. En un cruce de caminos, jamás vayas a la izquierda”.

El bálsamo de los buenos recuerdos - Parte 2



            El ronroneo de una moto que acaba de pararse en el semáforo me devuelve a la realidad. Me plancho la falda con las manos con un gesto instintivo y observo el tabaco, aún encendido, sobre el asfalto. Una mujer de mediana edad farfulla algo entre dientes, se acerca y lo apaga con un pisotón enérgico. La veo hacer y deshacer con tristeza, como si repentinamente hubieran cortado las alas que me habían hecho volar hasta hacía unos momentos a aquellos tiempos tan dulces, inocentes y, ¡cómo no! Mejores. “Bueno, mejores no”, me escucho decir en voz baja auto-corrigiéndome.
            Era cierto. Hubo otros que fueron aún mejores. Supongo que los de la independencia, los amores pasionales y el constante ir y venir entre la juventud y la vida adulta. Pero para una anciana como yo, hay veces en que los recuerdos se entremezclan, se funden o se confunden y uno no sabe si aquello pasó antes o después. Sólo queda la seguridad de que todo formó parte de la cadena de acontecimientos que me hacen estar aquí y ahora, esperando a la guagua número dos, en el barrio ginebrino de Carouge, con un frío que pela, que ya ni siento ni padezco.

Después de haber vivido verano tras verano las escapadas con mi familia, el chute por conocer nuevos destinos y por romper con el escenario de mi rutina era imparable y se convirtió en algo imprescindible en mi vida. Durante mis años universitarios, fueron muchos y muy variopintos los viajes que realicé. Algunas veces, con los amigos que conservaba desde la infancia, hacia la península como aquél rumbo a la bohemia Barcelona. Otras veces, con las amistades que se iban tejiendo entre sesión y sesión de biblioteca, al Algarve y el exótico Cabo Verde y otros, por pura espontaneidad, con quien cuadrara, de tren en tren por la mitológica Grecia. Trayectos que iban calmando aquella imperiosa necesidad de descubrir lugares nuevos y de observar otras maneras extrañas de entender el desorden de nuestras vidas.
            Parecía inevitable entonces que de alguna forma u otra se presentara ante mí la oportunidad que estaba esperando. El billete de ida. El viaje sin retorno. Y, como todo aquello que se desea con todos los poros de la piel, las cosas acaban llegando. Fue así como me subí a un avión, tan sólo un mes después de acabar mis estudios de enfermería. Destino: París. Lo mío, al parecer, iba de grandes capitales. Y cuando me habían hablado de aquella beca en la ciudad de la Luz, no me lo pensé dos veces. El trabajo que tendría que realizar no tenía nada que ver con lo que había estudiado, pero poco me importaba. Me pagaban 150.000 pesetas por dar 12 horas semanales de español en un instituto y la suma me liberaba de cualquier responsabilidad para con mis padres. Aquello era lo que quería hacer y no tenía que rendirle cuentas a nadie. Podría vivir por mí misma mi propia historia.
           
Así se fueron cuatro años de mi vida. Lo pienso y, de pronto, no sé cómo pudo pasar, cuando empezaron siendo ocho simples meses. En fin, ya se dice que el tiempo pasa volando y, sobre todo, cuando uno está enamorado. Antes de decirlo, seguramente ya era muy predecible. Le sucede a muchos. Salen de su burbuja por una temporada y ¡tachán! el amor los pilla desprevenidos. Llega y lo echa todo por tierra. Cambia tus planes más inamovibles. Revoluciona con su fibra romántica hasta el más perdido escondite de tus entrañas.  Pero eso a mí me gustaba. Le imprimía a aquél viaje el toque de lo inesperado y la fantasía de los amores que se  forjan lejos de casa.

El pasado te pisa los tacones - Capítulo final


      
-    - Sólo voy a pedirles un último favor - la voz de la inspectora retumbó entre las paredes del salón- Quiero que cada uno de ustedes lea lo que dice este papel. Señorita Sánchez, por favor, levántese y venga aquí. Gracias.
-          - Yo no maté a Silvia Ascanio - acertó a pronunciar temblorosa.
-         -  Gracias, muy bien. Siéntese, de verdad que la creo. Sí, sí, la creo. Ahora, por favor, Ricardo Asensio, sí, acérquese. Tome y lea.
  -       -Yo...yo...
-          No se ponga nervioso, lea.
-          Yo no maté a Silvia Ascanio.
-          Exactamente. Muy bien leído. Y…también le creo. Siéntese de nuevo.Bien, sólo falta usted Señor Marrero. Aquí tiene su papel.
-          Yo no maté a Silvia Ascanio.
Silencio. Julia parpadea tres veces, lanza un hondo suspiro y desvía la mirada hacia Lucas ,que la observa desde una esquina con cara de no haber entendido nada.
-          Perfecta dicción, Señor Marrero. Sin duda. Sólo hay un problema. Y es que su papel no dice exactamente eso, pero le entiendo. De veras que sí.
-          Es que no leo bien de cerca, necesito mis gafas.
-          Quizá necesite su lentilla, ¿recuerda? Se la dejó olvidada esta mañana en el cuarto de baño de su víctima. Tan torpe ha sido usted como para matar a Silvia Ascanio de una forma tan estruendosamente típica y encima hacer parecer que se trata de un accidente. Utiliza un secador que luego se lleva consigo a su propia casa, deja otro en la escena del crimen que es imposible que pudiera haber causado la muerte de Silvia, se le cae una lentilla al lado de la bañera y ni siquiera la busca…Nacho Marrero, estoy empezando a creer que quería ser descubierto. ¿No dice nada? Lucas, esposa a este hombre. No, espera. Aquí está su lentilla, póngasela por favor. Así, veamos si ahora es capaz de leer el mensaje que le había tocado. Tome.
-          Yo…
-          ¿Sí?
-           Yo soy el asesino de Silvia Ascanio.
-          Perfecto. Y, ¿sabe qué? Le creo.
Julia se da la vuelta y camina hacia el baño. Ordena a un grupo de profesionales que esperan fuera que despejen la escena del crimen, presenten sus disculpas a los otros sospechosos en su nombre y  permitan que Silvia Ascanio descanse, de una buena vez ,en paz. Lucas desaparece por el pasillo agarrando a Nacho Marrero, que se ha vomitado encima y lucha por retener lágrimas ancestrales.
En cuestión de una hora, el apartamento vuelve a desprender su calidez sobrecogedora. El reloj digital sobre la televisión de plasma ha marcado, hace unos instantes, las siete de la mañana. La inspectora, ya abandonada por toda la seguridad que había reunido para enfrentarse a Nacho Marrero, recorre las habitaciones, sin evitar mirar las fotos de Silvia, que una vez le dieron gracia aquellas paredes blancas y ahora tornan la situación aún más macabra. De pronto, algo le hace detenerse ante la titulación de Filosofía. Un rostro conocido. Frunce el ceño y se acerca un poco más a la cuarta foto de la tercera fila. Un Nacho Marrero desprovisto de sus ojeras y su mirada de alma perdida le concede una sonrisa ataviado con toga y sombrero. Da un paso hacia atrás.
-          Señora, tenemos que precintar el apartamento - se escucha desde la puerta.
-          Sí, sí. Ya salgo - responde la inspectora aturdida.
Se masajea un poco el cuello, se despide del oficial y se aleja del lugar con su taconeo cansado, que golpea el suelo incesantemente, al igual que en su cabeza se repite: ¿por qué?¿por qué?¿por qué?

Los mejores recuerdos del colegio de Nacho Marrero son las sonrisas y los abrazos escondidos con Silvia Ascanio. Tendrían doce años y se escapaban en los recreos a un terreno de cañas al que se podía acceder por una zanja que se había formado en la pared del fondo del polideportivo. Sólo hablaban o se daban abrazos, nada de besos nerviosos e ingenuos. Compartían el amor en su estado más puro. Luego, claro está, la adolescencia y sus laberintos retorcidos los alejaron, sumiendo a Nacho en la oscuridad de ser el apartado de la clase y el objeto de todas las burlas. Fue un precio muy alto el que tuvo que pagar por haber acariciado, cuando ni siquiera lo valoraba, las escapadas y los lunares azucarados de la chica más popular de la clase, en esos tiempos, no por ser la más guapa, sino por ser la más inalcanzable. Y es que mientras todos se iniciaban en los vértigos indescriptibles de los primeros amores, ella permanecía sola, seguramente porque su cabeza ya había conquistado parte de su alma. Silvia se convirtió en un icono al que Nacho empezó a amar y a odiar al mismo tiempo, un fantasma que lo persiguió hasta el instituto y a la propia Universidad donde ya, un hola y un adiós eran meros compromisos. Y siempre esa nube perpetua sobre su cabeza anunciando tormenta, invadiéndolo con inseguridades y miedos que le incapacitaban para amar y para ser él mismo. Por eso, cuando la vio aparecer por la puerta de la inmobiliaria meses atrás, la tormenta se alojó en su cuerpo con vientos huracanados y lluvias torrenciales. De veras que intentó acabar con la idea que llamaba a su puerta desde hacía años, la certeza de que sus fracasos amorosos e incluso profesionales eran culpa de Silvia y que si ella no hubiera existido, todo habría ido mejor, así que cuando no pudo retener más esta obsesión que le comía el cerebro, actuó casi sin premeditación y en un estado de absoluta tristeza. Después de que Silvia le hubiera abierto las puertas de su apartamento, él la había amenazado con un cuchillo, la había obligado a llenar la bañera, a desnudarse y aún amando cada lágrima que resbalaba por sus mejillas sonrosadas, aun queriendo protegerla de ese vil asesino que la aterrorizaba, enchufó el secador y la electrocutó.
      Hay cosas que suceden en la infancia y marcan al adulto para siempre.