miércoles, 13 de junio de 2012

El bálsamo de los buenos recuerdos - Parte 2



            El ronroneo de una moto que acaba de pararse en el semáforo me devuelve a la realidad. Me plancho la falda con las manos con un gesto instintivo y observo el tabaco, aún encendido, sobre el asfalto. Una mujer de mediana edad farfulla algo entre dientes, se acerca y lo apaga con un pisotón enérgico. La veo hacer y deshacer con tristeza, como si repentinamente hubieran cortado las alas que me habían hecho volar hasta hacía unos momentos a aquellos tiempos tan dulces, inocentes y, ¡cómo no! Mejores. “Bueno, mejores no”, me escucho decir en voz baja auto-corrigiéndome.
            Era cierto. Hubo otros que fueron aún mejores. Supongo que los de la independencia, los amores pasionales y el constante ir y venir entre la juventud y la vida adulta. Pero para una anciana como yo, hay veces en que los recuerdos se entremezclan, se funden o se confunden y uno no sabe si aquello pasó antes o después. Sólo queda la seguridad de que todo formó parte de la cadena de acontecimientos que me hacen estar aquí y ahora, esperando a la guagua número dos, en el barrio ginebrino de Carouge, con un frío que pela, que ya ni siento ni padezco.

Después de haber vivido verano tras verano las escapadas con mi familia, el chute por conocer nuevos destinos y por romper con el escenario de mi rutina era imparable y se convirtió en algo imprescindible en mi vida. Durante mis años universitarios, fueron muchos y muy variopintos los viajes que realicé. Algunas veces, con los amigos que conservaba desde la infancia, hacia la península como aquél rumbo a la bohemia Barcelona. Otras veces, con las amistades que se iban tejiendo entre sesión y sesión de biblioteca, al Algarve y el exótico Cabo Verde y otros, por pura espontaneidad, con quien cuadrara, de tren en tren por la mitológica Grecia. Trayectos que iban calmando aquella imperiosa necesidad de descubrir lugares nuevos y de observar otras maneras extrañas de entender el desorden de nuestras vidas.
            Parecía inevitable entonces que de alguna forma u otra se presentara ante mí la oportunidad que estaba esperando. El billete de ida. El viaje sin retorno. Y, como todo aquello que se desea con todos los poros de la piel, las cosas acaban llegando. Fue así como me subí a un avión, tan sólo un mes después de acabar mis estudios de enfermería. Destino: París. Lo mío, al parecer, iba de grandes capitales. Y cuando me habían hablado de aquella beca en la ciudad de la Luz, no me lo pensé dos veces. El trabajo que tendría que realizar no tenía nada que ver con lo que había estudiado, pero poco me importaba. Me pagaban 150.000 pesetas por dar 12 horas semanales de español en un instituto y la suma me liberaba de cualquier responsabilidad para con mis padres. Aquello era lo que quería hacer y no tenía que rendirle cuentas a nadie. Podría vivir por mí misma mi propia historia.
           
Así se fueron cuatro años de mi vida. Lo pienso y, de pronto, no sé cómo pudo pasar, cuando empezaron siendo ocho simples meses. En fin, ya se dice que el tiempo pasa volando y, sobre todo, cuando uno está enamorado. Antes de decirlo, seguramente ya era muy predecible. Le sucede a muchos. Salen de su burbuja por una temporada y ¡tachán! el amor los pilla desprevenidos. Llega y lo echa todo por tierra. Cambia tus planes más inamovibles. Revoluciona con su fibra romántica hasta el más perdido escondite de tus entrañas.  Pero eso a mí me gustaba. Le imprimía a aquél viaje el toque de lo inesperado y la fantasía de los amores que se  forjan lejos de casa.

1 comentario:

  1. Lee el capítulo anterior en:

    http://derramareltintero.blogspot.com.es/2011/06/el-balsamo-de-los-buenos-recuerdos.html

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