miércoles, 13 de junio de 2012

Relato de la paranoia - Parte 2 "Desnudo en la masa"

            Por fin, llegas a la locura de la calle. Estás fuera. Fuera. Fuera. La imagen parece dimensionarse en tres escalas diferentes cada vez que lo repites. Te paras en seco y, por primera vez, disfrutas del frenesí de la sociedad occidental. Respiras feliz su aire contaminado, te regodeas en la confusión de los sonidos chirriantes que prácticamente sierran los tímpanos de tus oídos, te dejas empujar y manosear por la masa veloz que te rodea…y luego, comienzas a caminar.
Aún no reconoces nada. Debes estar en uno de los barrios periféricos. No estás muy seguro. ¡Qué va! Esto es el mismísimo centro de la ciudad. Si no, no se explicaría lo rápido que va la gente. De hecho, van más que rápido, van rapidísimo. Tanto es así que no te da tiempo de ver sus rostros. El ir y venir se ha convertido en una mezcla de tonalidades grises que huele a perfumes, kebab, alcantarilla, vagabundo, café, humo y panadería.
Consigues romper el ritmo inquebrantable de los flujos de personas y pegas tu espalda al escaparate de una tienda de insecticidas. Te esfuerzas en enfocar toda tu atención en una sola persona. La localizas y recorres con la vista su trayectoria. Camina, como los otros, a una velocidad inaudita. Ya pasó. ¿Ya pasó? No puede ser. Eliges otra, la sigues con la mirada. Intentas no lubricar el ojo. Ya pasó. Es imposible. Gastas media hora intentando observar el rostro de tan sólo una persona que pase por la calle, pero no eres capaz de hacerlo. Sus rasgos están difuminados, parecen estar dibujados con acuarela y se diluyen en cuanto les pones los ojos encima. Te das la vuelta resignado. Las ratas disecadas del mostrador tienen dibujadas una media sonrisa. Te llevas las manos a la cabeza y te tiras de los pelos.
            De pronto, escuchas una voz conocida. Te das la vuelta enseguida y buscas inútilmente entre el gentío la persona a la que pertenece esa risa, esa entonación melosa y desvencijada. Raúl, es él. Inconfundible. Habla con alguien mientras espera a que el semáforo se ponga en verde. Te acercas, sorteando los maletines y los pisotones. Suspiras confundido. Tampoco consigues delimitar su rostro. Es una masa blanca centelleante en la que no se define nada. Pero es él. Eso, seguro. No es su cuerpo, ni quizá tampoco su peinado, pero sabes que él. “¿Cómo puede ser eso?”, piensas. Te frotas los ojos. No entiendes lo que está pasando. Puede que te hayas vuelto míope en una sola noche. Vuelves a enfocar. Nada. Ningún cambio. No importa, decides caminar hacia él. A lo mejor,  también le está pasando lo mismo y si no, puede que sepa cómo ayudarte.
 Una señora te golpea con su bolso y protestas mecánicamente. Te colocas bien la camiseta y, en ese preciso instante, te congelas en el pequeño cuadrado de acera en el que tus pies están posados. Palpas con tus manos la piel de tus muslos y sientes el vello erizado.  Tus rodillas han comenzado a temblar...permaneces así un buen rato, o al menos a ti te lo parece. El terror ha ido propagándose poco a poco por todo tu cuerpo. “No, no puede ser” dicen tus labios y tu cabeza. ¿Cómo no te has dado cuenta antes?¿Cómo puede ser que salieras de tu casa prácticamente desnudo? Te echas a correr en dirección contraria a dónde está Raúl. Los individuos que pasan a tu lado son nubarrones que vienen y van. Los coches, naves espaciales.
 Deben de haberte robado. Eso es. Te han robado la cartera y la ropa. “Malditos hijos de puta”. Escapar, huir, desaparecer. “Espera, tienes que conservar la calma…” Otra vez los rostros difuminados. No, pero esta vez, tienen nombre. Son Javier, el conserje, tu hermana, Santiago, un amigo del instituto, Marieta, Tobías. Estiras la camiseta todo lo que puedes, pero no sirve de nada. De pronto, sientes un calor intenso en tu mano izquierda. Intentas no hacerle caso y proseguir tu frenética huida, pero te hace demasiado daño. Emites un quejido y observas tus dedos abrasados por el papel que llevas apretado desde antes en tu mano izquierda. Ya lo habías olvidado. Lo abres con cautela. Está inexplicablemente frío. Tanto que te alivia el ardor de la piel. Te ríes incrédulo al contemplar el mensaje escrito en él. “Tuerce a la derecha. En un cruce de caminos, jamás vayas a la izquierda”.

1 comentario:

  1. Lee la primera parte en:

    http://derramareltintero.blogspot.com.es/2012/01/relato-de-la-paranoia-parte-1-desde-las.html

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