sábado, 8 de septiembre de 2012

Unagha: El túnel y las fauces del volcán


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TODO NACE Y MUERE CON EL FUEGO

¡Hay fuego! ¡Hay fuego! ¡La montaña sagrada escupe fuego líquido por sus mil bocas! Las familias de labradores huyen despavoridos, cargan casa y familia, corriendo como hormigas histéricas por lo alto de la ladera sur.  Mis ojos no pueden dejar de contemplar las lenguas de fuego que amenazan con engullir las casas de nuestro pueblo. Aprieto, instintivamente, el nudo que amarra a mi hijo a mis espaldas. Noto su respiración caliente y pausada, ajena al terror que nos aguarda. Cerogher vuelve en estos momentos con los demás hombres. Tengo que ponerme de puntillas para poder comprobar, entre la gente, que se encuentra bien. El corazón me da un vuelco cuando descubro que un reguero de sangre inunda sus abdominales y el inicio de su falda. Grito su nombre, asustada. Nuestras miradas se encuentran al instante y, con un gesto de la mano, limpia su estómago para indicarme que no es suya la sangre que maquilla su piel tostada. Probablemente, habrán sido los centauros. Llevan atacándonos desde anoche, desquiciados por el incendio fortuito de su bosque, sin más capacidad de razonamiento que buscar un nuevo lugar en el que fundar su nuevo asentamiento. Y, al parecer, lo han hecho más rápido de lo pensado. El problema es que nosotros aún estamos aquí, quizá no nos vayamos nunca.

 Cerogher escala las rocas de la izquierda. Se dispone a hablar a los que aún permanecemos en Lancelord. Algunos, se agarran ingenuos a las ramas de los árboles thenduf, protectores ancestrales de las vidas de nuestra comunidad. Otros,  llenan sus bolsillos de piedras, bajo el ritual del Dios LLungher y repiten sin cesar el salmo esculpido en la puerta del templo: “Con el peso de la tierra, no dejarás vagar tu mente en los adversos momentos que te deparen”. Los más, sollozan contenidos, tratando disimular un miedo con una valentía recién horneada, que se ha quedado cruda e inmadura. Cierro los ojos y murmuro aquella oración que mi madre me enseñaba de niña, mientras dábamos forma al barro para hacer vasijas y jarrones que aguantaran el peso de las flores salvajes.

Pocos saben que el Lord ha marchado al alba, con más de la mitad de su ejército y presiento lo que Cerogher va a comunicarles. Ruego porque no pronuncie esas palabras que siento ascender por su garganta. Mi frente arde bajo la presencia de sus ojos naranjas, que intentan contactar conmigo, que me susurran un “perdóname” que no quiero dejar entrar en mi alma. 

-         Desde hace siglos, Lancelord ha sido fortaleza de hombres completos y con garra – La voz de Cerogher inunda el valle. Tiene el torso lleno de arañazos y sujeta en su mano derecha, un hacha labrada que perteneció a su abuelo- Nada tenemos que temer de la montaña sagrada, pues ella dio forma a los picos, a las cordilleras y al cobijo de nuestras casas. Lord Thennusis nos ha abandonado, pero ya lo había hecho hacía mucho tiempo, desde la batalla en los riscos de Unagha, cuando fue su espada traidora la que descuajó al verdadero heredero del trono de estas montañas – Todos asienten, animando con vítores el discurso de Cerogher, que nunca antes ha estado en ninguna guerra, pero que se han granjeado su liderazgo por su espíritu pacífico y su fe en nuestras gentes- Pero nosotros sí somos fieles a nuestros antepasados. Esta es la tierra en la que nos hemos convertido en el pueblo invencible que somos, ésa es la montaña que ha caldeado nuestras comidas y nuestras aguas. ¡Lucharemos! ¡Lucharemos hasta el final! Contendremos el fuego que escupe la tierra, construiremos un escudo tan grande como alcancen nuestros brazos y mantendremos despejadas las mentes para comunicarnos sin palabras. Y si, al tercer día, arde la fuente de la Esperanza, aceptaremos que esta ya no es nuestra casa. Escaparemos por el túnel de Ghuza y veremos lo que Llungher nos prepara.

Los gritos de guerra se elevan hacia el cielo al unísono. Primero, retumban contra las piedras y rebotan en eco por los salientes de las montañas y, luego, lo hacen en nuestras cabezas, sin sonido alguno, tal y como hemos aprendido desde pequeños, ahí donde reside nuestra verdadera arma.

Todos empiezan a dispersarse. Los herreros y los subterráneos se sitúan en la primera frontera del fuego líquido, dispuestos a levantar, con sus manos, un muro de defensa que protegiera la ciudad. Los hombres arqueros, fabricantes en su espalda de las lanzas óseas más certeras, corren hacia los árboles, al acecho de los centauros diabólicos y de sus uñas afiladas. Yo permanezco unos segundos quieta, contemplando Lancelord. Una lágrima resbala por mi mejilla y humedece la trenza que cae por mis pechos desnudos, cubiertos por dibujos, que ahora destiñen, y por colgantes que se mezclan con la fina tela que se amarra a mis caderas y protege la feminidad de mi sexo.

No puedo evitar llenar el paisaje con recuerdos: las calles empinadas, con mis flirteos con Cerogher, cuando sus manos aún no habían empuñado una espada y se afanaban, junto a su padre, en construir las casas del pueblo, enmarcadas en la piedra de las cinco colinas que rodean Lancelord. La fuente mágica, de donde bebieron los reyes, llena de ramas de behac, impregnadas de un olor profundo que sanaba las heridas y espantaba los males más perversos. Y nuestra propia casa, en lo más alto del risco, bañada por el primer sol de las mañanas, abrigo del nacimiento de mis hijos, de los besos siempre ansiosos de Cerogher y de su cuerpo moldeado a base de cavar en las rocas. Cerogher y sus ojos naranjas, mismas brasas, mismas llamas. Un pinchazo me hace doblarme por la mitad. Cerogher, murmuro.  Él no sabe lo que yo soy capaz de ver. Nunca entenderá el terror que está por caer.

Un temblor hace que  me tambalee sobre la piedra en la que me encuentro. Doneror solloza a mis espaldas, así que emprendo la vuelta hacia el monasterio. Cerogher se dirige hasta allí para proteger al gurú Chimwy y a los monjes adoradores de Llungher. Sus oraciones serán potencialmente poderosas al caer la tarde. Veo a los guerreros trepar entre los arbustos rumbo a la torre de la abadía, pero no acierto a reconocer a Cerogher en ninguno de ellos. De pronto,  alguien me agarra por el brazo con violencia. Me giro bruscamente y, tan pronto lo hago, me sumerjo en la calidez de sus ojos naranjas. Es él y me mira intensamente, en una mezcla de búsqueda de comprensión y de amor infinito que aún me  hace sentir más vulnerable. Entonces, sé que no hay vuelta atrás. Que nada ni nadie podrá pararle en su lucha. Sus dedos arden en mis pechos, masajeándolos una y otra vez, conteniendo el deseo y el amor que nos profesamos. Cuando consigue endurecer mis pezones, sigue acariciándome hasta llegar al cuello, donde hunde su boca y aspira mi olor como si la vida le fuera en ello. Moja con su lengua mi oreja, mientras ahoga un suspiro callado, y luego me susurra al oído que nada malo va a suceder y que nos encontraremos al alba en el árbol thenduf detrás de nuestra casa. A dos centímetros de distancia, sin apartar el fuego de sus pupilas, me besa, mordiendo las comisuras de mis labios y, sin decir nada, se marcha hacia lo alto de la montaña.

Envuelta en el naranja de Cerogher, me deshago del miedo y comienzo a andar, rumbo al centro del pueblo. Doy sólo tres pasos, pero en mi interior se agita mi alma. Algo sucede. Desde la distancia, distingo cómo Thigulf se escapa del grupo de niños y emprende la carrera por el camino del monasterio. Grita “Padre” con todas sus fuerzas, desgañitándose en su voz de 7 años, mientras tropieza, sin importarle, con las piedras del sendero. Las lenguas de fuego han comenzado a quebrar las ventanas de la morada de los monjes LLungher. Cerogher se ha  colado por una de las puertas con varios de sus hombres. Varios metros más abajo, a una velocidad inaudita para un niño de su edad, Thigulf avanza a trompicones. El miedo vuelve a enredarse en mis entrañas. Entonces, empiezo a correr yo también. Reclamo a Cerogher con mi mente, pero nuestro poder telepático se ve interferido por el pánico que me bloquea. “Thigulf, detente, detente”, le grito a mi hijo. La tierra hace resbalar mis pies y el peso de Doroner me desequilibra. Me separan dos colinas de Thigulf. Un traspié me hace caer de bruces contra  el suelo, ardiente y reseco. Al instante, se abren mis rodillas y las palmas de mis manos, tiñendo de sangre la tierra y los hierbajos. Ahogo un grito de dolor y de impotencia. “Thigulf”, imploro apoyándome en una roca, pero no parece escucharme. Es la última vez que lo veo. Su silueta se pierde bajo los árboles, cerca de la entrada del Monasterio.

domingo, 2 de septiembre de 2012

Los normales

“La ternura que inspiran las personas mayores es la nostalgia que suscita el imaginar lo fuertes e inmortales que eran en su juventud”.


 Este y otros pensamientos melancólicos navegaban por mi Océano cerebélico el día de mi 44 cumpleaños. Aquél día en el que me había sentado en frente del pabellón mudéjar, en el extremo olvidado del Parque de María Luisa, y había rogado a la providencia divina que me transformara en una de aquellas palomas blancas con las que posara en tantas fotos de mi niñez, para así volar lejos, muy lejos, tan lejos que no acertara a recordar qué me había llevado aquél día hasta allí.
Hay que recalcar que por la mañana, nada más salir por la puerta, me había encontrado con mi vecina Esmeralda, siempre fiel a sus minifaldas extra cortas y su escote de vértigo. Se me habían ido los ojos sin quererlo, de forma instintiva, como el animal que huele comida y busca con el hocico el manjar de donde tan exquisito perfume proviene. Ella, por supuesto, se había dado cuenta y se había abrochado la chaqueta al instante, mientras intercambiábamos dos o tres palabras sobre la salud de nuestros padres respectivos. Luego, nos habíamos despedido con la mano y yo había recorrido toda la avenida hasta el parque fustigándome por haber lanzado aquella mirada furtiva e imaginando las afirmaciones sentenciosas que ella estaría formulándose en su cabeza: “Vaya madurito calentón el Jose Alfredo, seguro que se pasa horas tocándose delante del ordenador, viendo vídeos y fotos porno”. Y no le faltaba razón.
Todo había empezado siendo culpa de mi madre. No tenía que haberme bautizado con ese nombre odioso, tan propio de las telenovelas que solía ver mi abuela al mediodía, entre flema y flema. Estaba seguro de que arrastraba en cada vocal y consonante la desdicha del que se queda solo, ignorante de amor y de cariño. Mi madre me había marcado así de por vida. Y luego, me había arrebatado a Sandra. La dulce y atrevida de Sandra, que comía todos los días atragantada para poder coger el autobús de las tres y recorrer así, cuando aún no había empezado lo que llamamos tarde, los 30 kilómetros que nos separaban.
Habían sido seis meses de descubrimiento pasional. Nos habíamos conocido en una convivencia organizada por Cáritas para personas con alguna discapacidad física. Reconozco que me había costado decidirme, pero al final, irónicamente, había sido mi madre  quien me había animado a que fuera, a golpe de fregona y al grito de: “y ¿Qué vas a estar haciendo aquí?”.
Ella era de estatura media, más bien baja, con el pelo rizado y rubio y unos ojos tan grandes como sus labios, que se apresuraban a engullir la vida y a silenciar los golpes con la música de su sonrisa. Se llamaba Sandra y, tras dos semanas de correos electrónicos, habíamos empezado a salir juntos.
Es verdad que resultaba grotesco verla aparecer por la esquina, remolcando su pierna izquierda con esfuerzo, y verme a mí, con mi rostro irregular y desorganizado, salir cuesta abajo, a su encuentro. Mi madre, que nos observaba desde el balcón, un ojo sobre nosotros y otro en quién estuviera mirando, se ponía de los nervios. Casi que se la tragaba su propio costurero de la vergüenza que la invadía, desde el meñique hasta la coronilla.
Pero estaba exagerando. Ella, me refiero. ¡Qué más da que no fuéramos normales! Y puestos a redactar definiciones, ¿qué adjetivos incluiríamos dentro de la palabra “normal”? ¿prejuicioso, desconfiado, arrogante, vanidoso?, porque casi todos “los normales”  con los que me he topado rebosaban de alguna de estas “cualidades”.
Pero volviendo a mí y a mi novieta. Realmente, nos queríamos. Al principio, quizá no. Era más un desahogo físico, una reserva hormonal que habíamos ido acumulando desde que éramos adolescentes y que, lógicamente, tenía que explotar por algún lado. Sin embargo, luego, fue amor. Bueno, una mezcla de cariño, obsesión, comprensión y compasión. Y si no lo era, que venga el mismísimo Lope de Vega y haga la prueba del Carbono 14 a sus restos fosilizados. Seguro que los rescoldos de aquella relación darán positivo.
Después de que mi madre se interpusiera en aquella frágil e inocente historia de amor, a la que me había lanzado solito, sin bolla ni manguitos, no había habido nadie más. Lo que también es lógico, porque, aunque sea consciente del daño que hará esto en mi autoestima, tengo que decir, desde la más absoluta imparcialidad, que soy bastante feo. Digamos que he heredado todos los genes malos de la familia y la cicatriz lo había empeorado todo aún más.
Les hablaré de la cicatriz. Es una verdadera marca de guerra, propia del soldado más valiente y combativo, sólo que, en este caso, el soldado, en el momento de hacérsela, contaba con tan sólo 10 años. Hasta entonces, había sido un niño “normal”. Lo único de extraordinario era mi capacidad para no poder estarme quieto ni un instante y para hacer amigos con todo aquél con el que me cruzase. Pero la cicatriz, de 20 centímetros, atravesando mi garganta y alcanzando el lóbulo de mi oreja derecha, había escrito una barra diagonal en la historia de mi vida.

  Yo, Jose Alfredo Gutiérrez Martínez, acabé degollado en vida, tocado irremediablemente por las manos de un cirujano que, como todo ser humano, algún día se equivoca y confundió un nervio con el otro, o quizá perdió los suyos propios, pero el caso es que desdibujó mi boca dejándola en un rictus permanente de incredulidad y decepción, empujando mis globos oculares al borde de los párpados, como si no quisieran perder detalle de la vida que les quedaba por delante, aunque médicamente, esto se tradujera en un pérdida de visión de hasta 10 dioptrías . Y ya está. Así se resume el antes y el después de mi vida. Así me convertí en raro.

Soluciones y disoluciones Capítulo II - Sexy Alessandro

(lee el capítulo I en: http://www.derramareltintero.blogspot.com.es/2012/05/no-puedo-creer-lo-que-ven-mis-ojos.html)
En el pasillo de la residencia, reina un silencio sepulcral. La bombilla del fondo sigue fundida y las luces de emergencia titilan naufragadas en medio de la oscuridad. Noto mi respiración cada vez más agitada y un vacío me inunda los órganos, colándose por entre mis costillas. La habitación de Alessandro es la penúltima y aún voy por la segunda. Cruzo los dedos esperando que no se haya escapado al bareto que tanto le gusta en el barrio de la ONU.
 De pronto, el sonido del ascensor me sobresalta.  Se acaba de parar en mi planta. Miro hacia atrás y siento el deslizar electrónico de la puerta.  En breves segundos, se bajarán, echarán un vistazo por el rellano y no tardarán en dar con mi pasillo. Aún tengo tiempo para llegar a la habitación de Alessandro.  Las rodillas me tiemblan. Golpeo con los nudillos en la puerta y susurro su nombre varias veces, intercalando miradas constantes hacia el rellano, donde escucho dos voces desconocidas. La suela de unas botas chirría en el suelo. Siento que mi corazón se hincha, al borde de la explosión. Una sombra se proyecta hacia la entrada del pasillo, justo cuando Alessandro, por fin, me abre. Le tapo la boca con la mano, empujándolo hacia dentro y cierro la puerta, intentando hacer el mínimo ruido posible. Él me interroga con los ojos,  pero el terror que refleja mi mirada pone fin a sus intentos por obtener respuestas.  Pongo el dedo índice en mis labios para pedirle silencio y lo suelto para pegar, con rapidez, mi oreja a la puerta.
Los dos desconocidos han comenzado a caminar por el pasillo. Alessandro se sienta en el borde de la cama. Probablemente, piensa que vengo de tomar algo con los portugueses y que estoy en medio de algún juego estúpido, típico de los Erasmus.  Su torso desnudo y apetecible no pasa inadvertido a mis miradas de reojo. Él también se ha dado cuenta de mi deseo y me busca, divertido, acariciándome las piernas por debajo de mi falda. Parece mentira que, de repente, en medio del lío en el que me encuentro, sólo pueda pensar en enroscarme desnuda a su lado.
Mis ansias sexuales se ven interrumpidas por un golpe seco, que adivino dos puertas más allá. Me llevo las manos a la boca y Alessandro se vuelve a poner en pie. “¿No es esa…?” “Shhh”, le espeto entre dientes. Golpean la puerta de mi habitación, en el mismo pasillo, a escasos metros de donde estamos. El miedo me hace recular hasta el fondo de la habitación, lejos de la puerta. Me siento de cuclillas en el suelo y me meto debajo del escritorio. Alessandro me hace un gesto con las manos para pedirme que me tranquilice.
 Los desconocidos empiezan a hablar entre ellos. Cada vez hablan más alto. Lo hacen en suizo alemán. Ahora es Alessandro quien intenta entender lo que dicen, su cabeza literalmente encajada entre la estantería y la rendija de la puerta.  Se escuchan tres golpes suaves y uno muy fuerte. Parece que han entrado en la habitación. Oímos el sonido hueco de sus voces y el ruido de la silla al arrastrarla por el suelo. Siento cómo remueven las cajas que tengo al lado del lavabo y despegan algo al lado de la pared. El pánico se torna tan grande que soy incapaz de digerirlo. La habitación da vueltas y pierdo el sentido.
Cuando me despierto, estoy tumbada en la cama y Alessandro me acaricia la cabeza, aún semidesnudo, a mi lado. “Tranquila. Se han ido”, me dice con su exquisito acento, antes de que yo pueda decir nada.  Me incorporo y le sonrío agradecida. Vuelven a asaltarme las ganas de fundirme en su abrazo tibio, pero consigo controlarme. Así, a dos centímetros de dejarme morder por sus labios, le cuento lo que ha pasado: el trabajo de investigación con las muestras de Kenia, la pérdida del reactivo, mi vuelta  al laboratorio y mi fatal inoportunismo al escuchar aquella conversación prohibida. Sólo ha fruncido el ceño una sola vez durante todo mi discurso. Luego, me ha dado un beso en la frente y ha encendido el ordenador.  
Lo dejo hacer, sin preguntarle nada. Mi mirada se pierde en las pequeñas luces que adornan el suelo de la habitación y se cuelan entre las plantas. La nostalgia me invade. Siento como si todos estos meses se tambalearan y todo estuviera a punto de terminarse: las placas de hielo de Plainpalais, la bici hasta el laboratorio, abrirme paso entre la melena de Alessandro hasta alcanzar su piel ávida de besos y de tardes idealizando el mundo al borde del lago.  El mundo, el de todos, el que está a punto de desaparecer.
Alessandro se gira y cierra, al mismo tiempo, la tapa del portátil.
-          Ya está. Dentro de tres horas, cogemos el primer tren a Lyon. ¿No es allí donde está ese profesor tuyo? ¿Leandro Martel?
-          Sí, sí… - acierto a pronunciar- Me has leído el pensamiento. Él es el único que puede ayudarme.
-          Ayudarnos, dirás. No te voy a dejar sola con esto, amore mio – se acerca blandiendo su sonrisa de seductor entre su barba menuda – Y ahora ven, no te preocupes más, déjame quitarte todo ese miedo porque cuando salga el sol, tendrás que ser valiente.