jueves, 11 de octubre de 2012

Una cita con Jorge Drexler



Dos lámparas colgantes, estilo sueco económico, y dos bombillas levitando en el negro del escenario. Estos fueron los simples pero efectivos elementos de decoración que escogió Jorge Drexler para dar un concierto que estaba previsto desde julio y que, a pesar del pequeño aforo, no logró colgar el cartel de todo vendido. Cuestión de elección, supongo. 
No me viene otra frase a la mente que aquella infantiloide de: ¡pues ellos se lo pierden! y tanto, che. Y tanto. ¡Ah! que el cantante no era argentino ¡qué despiste! Con lo mal que sienta a los uruguayos que los confundan...pero es que con esa "ll" rehilada que tienen, tan suave, tan embriagadora, tan "typical made in Argentina"...es fácil que uno cometa errores. Para que esto no ocurriera, los uruguayos deberían exportarse más. Más especímenes como Jorge Drexler, por favor. Que nos invadan, que nos desprendan el alma del cuerpo con sus melodías, que desbanquen en las listas de éxitos a Pitbull o a Paulina Rubio, que sí llenan estadios y plazas. Cosas inexplicables. Cuestión de elección, supongo.

La noche estaba estrellada, pefecta para Jorge, cuyas letras parecen girar como satélites alrededor del mapa del cielo, buscando respuestas y dotando de fondo a los agujeros negros de nuestro espacio: soledad, frustración, desamor, azar...la tragedia con gafas optimistas. Así son las canciones de Jorge Drexler. No les hace falta más que una guitarra, el traje habitual del cantante (con su particular corbata despeinada) y, si se tercia, uno o dos músicos más, pero ya está. Todo lo demás, sobra. Los vítores, los desmayos, las carreras hasta la primera valla, hasta las decenas de almas que se congregaron para escucharle, porque, como te canta su voz melancólica y dulce: "en esta orilla del mundo, no dejaremos más que polvo de estrellas, así que como todo se transforma y ya está en el aire girando mi moneda, que sea lo que sea. Cualquier tiempo pasado es peor, así que a disfrutar del concierto en el que sólo estás su guitarra y vos (z)".

miércoles, 10 de octubre de 2012

Personajes de cine



Debo de estar bajo el influjo del Festival de cine de San Sebastián y, sobre todo, de las noticias estrambóticas que siempre redacta nuestro queridísimo Carlos del Amor, periodista cultural de Tve, pero el caso es que llevo una semana de metamorfosis que estoy pensando en literaturizar, plagiando a Kafka o al mismísimo Ovidio.

La cosa, por supuesto, va de cine. Empezó el lunes. Eran las dos y media de la tarde y cocinaba yo frente a mi ventana, sartén por mango y paño al hombro, cuál Arguiñana, con las manos en la masa y no en vestidos o tacones o peinados atufados con los que parece ser que la mujer tiene que contar en los actuales programas televisivos de recetas fáciles de cocina. Lo dicho: nada de mujer florero, volvamos al autenticismo (y, con esta, ya van dos palabras inventadas).

Vivo en un piso donde entra la luz a raudales y, por mucho que pueda ser espiada por los vecinos, soy incapaz de enclaustrar a las nubes, al cielo y al abeto espectacular que crece alto en el jardín. Persianas arriba y ventanas abiertas.  Y si los demás están sometidos a algún tipo de vampirismo, pues allá ellos. Sólo espero que ese celo por la privacidad lo mantengan también en las redes sociales o ¿subirán fotos al Facebook vestidos, en bañador e incluso ¡desnudos! y luego no serán capaces de asomarse a su ventana a respirar cómo huele la tierra después de esta lluvia anhelada, por miedo a toparse con una mirada ajena? Quién sabe. 

Pues con este pensamiento, silbaba yo una de Johnny Cash que no consigo despegarme de la cabeza y que anuncia “los clásicos de la 1” (demostrado: cuando me siento a ver la tele, me afecta), todo ello  mientras preparaba unas arvejas canarias que del olor resuscitaban los muertos.  Bueno, quizá no tanto, pero eso sí, conseguía que subieran unos centímetros  las persianas cercanas.  Vampiros, pero cotillas.

En fin, después de aprovechar la coyuntura para hacer comentarios sociales, volvamos al meollo cinéfilo: El lunes, al mediodía ¿quién era yo, en mi vestido rojo, con los cachetes colorados, el delantal puesto y la diadema en el pelo? Pues no era otra más que Amélie Poulain, arrastrando su soledad a la plenitud más dichosa, buscando cambiar el mundo con un yogur de limón, una medida de aceite, tres de azúcar, dos de harina y un sobre de levadura.  Por desgracia, no estamos en París. 

Por suerte, suena la puerta y el prota no es imaginario. De hecho, me lanza un mordisco en todo el cuello, pero nada de convertirse en vampiro, que eso es de teenager y en una ciudad tan preciosa como esta, no me debo privar de disfrutarla al sol.

Es martes, me lanzo a la calle y ya no soy Audrey Tautou, sino la otra Audrey, la glamurosa y risueña. Lo único es que no llevo vespa. La he cambiado por una bici grande y moderna. Ahora sí, quedo igual de estupenda, sonrisa de oreja a oreja por encima del manillar, la misma locura, la misma torpeza, al descubrir una ciudad que me rescata de antiguas tinieblas.

El miércoles, me despierto de Audrey y en un plis, llego al parque donde bandono la bici para convertirme en el Forrest peludo e imparable. A trote por el paseo Pizarro y a carrera limpia por el de los Cisnes. Llevo la lengua fuera como Colmillo blanco y cuando me canso, me siento en el banco de las palomas, a ver si llega Mary Poppins con su paraguas y puedo regresar a casa volando.
Pero no aparece. Demasiada fantasía para esta ciudad de tradiciones.

Jueves. Me echo a caminar, me pierdo con mi cámara y mi libreta por las callejuelas. Piden limosna en cada Iglesia. Galopan los caballos en cada camisa y en cada pareja. Observo todo como si estuviera de paso. Lo analizo, lo critico, lo comprendo.  Viajo con Gael García Bernal por la España profunda, en mi particular diarios de bici-cleta, acercándonos de a poco, de-escribiéndolo todo.

Entonces, empieza a latirme la vena y tengo que pedirle al camarero, por favor, que me preste el bolígrafo de su chaqueta. En lo que queda de semana, soy Elizabeth Bennet, Anne Hathaway en su papel de Jane Austen y hasta Kate Winslet, en la película Iris.  No más páginas en blanco. Me invade la inspiración más poderosa, pero espera, no quiero ser otras. Quiero escribir siendo simplemente yo. Se acaba el sábado.

Domingo por la tarde. Cae el sol. Vuelvo a casa, de nuevo como Audrey, echando fuego los pedales de mi bicicleta. Hace un bochorno extraño. Me quito la ropa y me siento en el sillón, cubierta por las formas de mi guitarra, que no hacen más que simular las mías propias y, como la hippie de Jen-ni en el mítico Forrest Gump o como simple Petri, me canto una de Jack Johnson, para así traerme el mar al continente y despertar con su fresquito de esta semana cinéfila.