lunes, 26 de noviembre de 2012

Instáneas de Personajes: Celia y los cambios climáticos



Ojalá que llueva. Que diluvie pronto y se lleve el agua y el frío esta rabia en ebullición que me devora.  Tengo un odio interno que amenaza con destruirme, sometido a un irremediable efecto invernadero,  abrasando mi epidermis, mi atmósfera, mi estratosfera. Hoy preciso de aguas benditas en las que nunca he creído. Me duele el alma de tanto restregarme para hacer desaparecer sus besos y sus caricias, que anhelo tanto y, al mismo tiempo, desprecio.

No deberíamos habernos conocido tan pronto, ni haber jugado a desnudarnos, ni tampoco habernos casado. ¿Demasiado tiempo juntos? No, esto no puede funcionar así. Va en contra del sentido común.
La tragedia llegó un día sin avisar, o al menos eso creí yo. Seguramente, había indicios desperdigados, como los ínfimos detalles de una buena película de intriga: la colilla que queda en el cenicero mientras los protagonistas discuten, el ladrido de un perro lejano, una mosca rondando la cancela de una puerta. No niego que no estuvieran, pero yo no vi nada.  Para mí, fue un relámpago aislado en un día de verano. Un fogonazo que me dejó ciega de vida.

“Ya no te quiero”, me dijo él. Yo, no dije nada. ¿Qué se pueda contestar a eso? Había caído tan cerca ese rayo que no me dio tiempo a recabar argumentos con los que rebatirlo antes de que el trueno reventara en mil pedazos el cielo de mi universo. Está bien. Levantemos las piquetas del toldo de este circo y dejemos que el tifón se lo lleve todo.

Así se fueron dos años. Pasándonos el relevo de nuestro hijo para lamentarnos de lo desnortadas que andaban nuestras vidas. Adelgacé. Mucho. Tanto que volví a estar guapa, como el día en el que todo empezó, cuando tenía 16 años y él me había llevado en moto de vuelta a casa, después de la verbena.
Luego, fue aún peor. “Me equivoqué”, me dijo. Y yo, corrí a sus brazos. Nos compramos una casa enorme y actuamos como si no hubiera pasado nada. El terror a la soledad me hizo lanzarme al abismo. Habían pasado tres años de la ruptura. Olvidé los rencores y me refugié en la calma apaciguadora, después de la tormenta, queriendo ignorar que, tarde o temprano, llegaría otra, más feroz e imbatible, con un nombre estúpido como Lorient, Gara o Estíbaliz. Un huracán de primera categoría, capaz de destrozar hasta los más recónditos refugios. Como el mío.

Y las predicciones se cumplieron. Catástrofe general en los ventrículos. Pocas posibilidades de supervivientes. Estuve aplicándome primeros auxilios hasta hace bien poco. Volví a adelgazar. Me convertí en seria, pero en decidida. Encerré a los remordimientos en un baúl y les puse una etiqueta por fuera para recordarme el no salir sin paraguas y chubasquero, por si se presentaba repentinamente el temporal.

 Conseguí verle sin sufrir terremotos ni tsunamis posteriores. Lo hice cientos de veces. Lo automaticé como un robot que alarga y encoge la mano para entregar o recoger un paquete. Y el paquete era nuestro hijo, golpeado su embalaje de cartón por las indiferencias de uno y de otro. Y, sin embargo, nos sonreía. Poco a poco, las nubes fueron deslizándose hasta quedarse enganchadas en nuestras montañas y aprendimos a vivir en un mar de nubes tranquilo y sin imprevistos.

Hoy, sin embargo, el cielo se torna grisáceo y huele a alcantarilla.  Puede que el temporal sea inevitable. Esta mañana, ha llamado mi hermano para contarme que su madre ha muerto. La que fuera mi suegra. Aquella que hiciera conjuros y triquiñuelas intentando dominar los ardores del amor. Pobre ilusa.

He estado debatiéndome frente al espejo sobre si ir o no al tanatorio, aunque en realidad tengo muy claro a dónde se dirigirán finalmente mis pasos. Supongo que estoy prolongando la duda para acelerar mi proceso de transformación en valiente y fuerte. ¿Podré aguantar esta nueva tempestad? Porque tendré que verlo. 
 Tendré que saludarlo. Tendré, quizá, que darle un beso, delante de todos, que estarán observándonos como paparazzis sin escrúpulos. Y temo que se desborde mi río y acabe desamparada y ahogada.

Por eso, no logro salir de la ducha. Llevo aquí más de una hora, apoyada en el borde de la bañera, al filo de adentrarme en el oleaje o de salir corriendo. El agua aún resbala por mi cuerpo. Rezo para que consiga limpiar el miedo de todos mis poros y eliminar las muescas de mis cicatrices.

 De pronto, siento un frío gélido invadirme desde la planta de mis pies, que se balancean grotescos en el aire, suspendidos por el frágil apoyo de mis dedos, que permanecen de puntillas, aterrorizados por pisar en esta realidad que me atrapa. El escalofrío me recorre entera, como una brisa violenta que sacude las ramas de los árboles. Por el rabillo del ojo, veo mi reflejo quintuplicado en la transparencia de la mampara del baño. Imagino que representan todas las alternativas de mi “yo”: la hipócrita, la desvergonzada, la atrevida, la indefensa…

Sólo quiero volver a ser yo, sin arrastrar tristezas. Tengo que conseguirlo. Me lo debo a mí misma, así que miro al frente y aprieto los labios. Mi boca carnosa que tantas veces introdujo él en la suya propia, lamiéndola con avidez como un helado que se derrite en pleno verano. Entonces, me doy cuenta de que mi naturaleza no se ajusta a ninguna estación: que ya se derritieron mis ganas de luchar por él, que ya se cayeron al suelo todas mis hojas y que ya congelé los sentimientos en aquél glaciar perdido de mi memoria. Se acabaron los calendarios y las temperaturas límites. Soy yo la única que dicta la presencia de anticiclones o nubarrones.

Apoyo el talón con todas mis fuerzas y doy el primer paso, lejos de la ducha. Las máximas son de 27 grados, sopla un viento fresquito del norte y comienzan a brotar las flores en el parque, inusual para esta época del año. Pero que no cunda el pánico. Es lo que tienen los cambios climáticos.

martes, 20 de noviembre de 2012

Tengo tuenti, pero no respeto



Pancracio no entiende de Internet ni de móviles, ni mucho menos de redes sociales, pero la semana pasada, su foto fue la más comentada y etiquetada de todo tuenti. Más aún que las de Estíbaliz y Vanesa, sus propias alumnas, que difunden a la infinita comunidad cibernética, sin pudor ninguno, sus fotos en tanga y en bragas. Pero eso no lo supimos hasta más tarde. Al principio, sólo era un rumor que corría disperso por la sala de profesores: que, al parecer, le habían sacado una foto a Pancracio, mientras impartía su clase de matemáticas. Que el viejo, aún con 60 años a sus espaldas, había escuchado, con el oído de la experiencia, el disparador de una máquina, justo en el momento de terminar de escribir el problema en la pizarra, pero que, al girarse, con actitud amenazante, no había notado nada extraño. Y la clase había continuado y finalizado como siempre.

Normal que el ingenuo de Pancracio no se enterara de nada. Seguramente, se olvidó de que, día tras día, el 95% del alumnado asiste a clase acompañado de su inseparable aparato telefónico. Con el permiso de sus padres, por supuesto. No vaya a ser que al niño le ocurra algo, porque claro, no está en un Centro con profesionales que puedan avisar a casa o a las urgencias pertinentes. Ustedes me entienden. Y así la pareja móvil-alumno se sigue afianzando, una auténtica relación enfermiza de dependencia. Por ejemplo, cuando el profesor se da la vuelta, lo saco del bolsillo y lo miro ansioso, por si me ha llegado un “wasap” nuevo y, si me quiero hacer el gracioso y escalar puestos en el ranking de popularidad, también puedo hacer una foto: a mis compañeros, al idiota de Daniel o, mejor aún, al carca de matemáticas. Luego, en el recreo, la subo a tuenti y nos pasamos la tarde riéndonos de él y haciendo comentarios sobre sus pantalones de abuelo y sus camisas manchadas de tiza. Es genial.

Tan genial que la foto en el móvil suena como las máquinas de antes, para que lo virtual y lo digital siga teniendo el matiz realista. Esto también lo olvidó mi compañero Pancracio, o más bien lo ignoró, aquél martes en clase. Pasaron dos días hasta que la indiscreción de los pasillos nos fabricó un batallón de moscas detrás de la oreja. En los cambios de hora, yendo hacia la cafetería, a la salida, los alumnos empezaban a comentar la foto de Pancracio y ya la totalidad del claustro del Instituto no tuvo ninguna duda de que la famosa foto se había hecho y, sobre todo, de que no podíamos permanecer de brazos cruzados.

Fue entonces cuando la profesora de Educación Física tomó la iniciativa. Allí mismo, en la sala de ordenadores donde solemos poner las notas, se abrió una cuenta de tuenti y, para sorpresa de todos, comprobamos que al teclear el nombre de nuestros alumnos, se sucedían los perfiles, totalmente públicos, de unos y de otros. Prácticamente ninguno conservaba la privacidad ni en su muro ni en sus fotos. Fotos, donde no sólo descubrimos a Pancracio, sino a muchos más de nuestros compañeros. Pero, sinceramente, eso no fue lo peor. Lo peor fueron las tangas y las bragas y los sujetadores de madres en el cuerpo de niñas de 12 y 15 años. Alumnas capaces de subir fotos de sí mismas en ropa interior con tal de llamar la atención e intentar ser las adultas que no son. Cerramos, inmediatamente, la cuenta tuenti, abrimos un expediente contra el alumno que sacaba fotos a los docentes y, al día siguiente, no impartimos ni lengua, ni matemáticas, ni física, ni historia, ni francés, ni ninguna otra asignatura. Hablamos de la importancia de respetarse a uno mismo y a los demás, de la necesidad de proteger la imagen, de hacer un buen uso de las redes sociales, de las actitudes denigrantes y de las actitudes constructivas, de quererse a uno mismo sin tener que impresionar o aparentar. Hablamos de cómo podían ser mejores personas y ciudadanos, porque en el instituto público no sólo se forma, también se educa.