domingo, 23 de diciembre de 2012

A la altura del zapato



Siempre supe, desde mi nacimiento, que estaba destinado  a hacer cosas grandes. Elegante y práctico, versátil y atractivo. Así me definía constantemente mi padre. Para pisar fuerte y alcanzar todas las metas. ¿y si no? ¿por qué iba a calzar un 46? Sí, para pies grandes. Y ya saben lo que significa eso. Niveles de virilidad a tope.


En mi tierna infancia, de tan sólo 48 horas, fui el foco de todas las miradas. Me concedieron el papel de protagonista en un escenario que encandilaba a todo el que quisiera acercarse. Desbanqué de su trono a las botas de infinitos cordones y a los tacones de drag queen, incapaces de mantener, por mucho tiempo, el equilibrio sobre la línea de la fama.


Unos zapatos con personalidad. Eso era yo. Ideales para una cita formal o para darle un toque de distinción a la tradicional combinación de vaqueros y camiseta de una quedada con amigos.  Un fondo de armario, sin etiquetas vintage, skater o Richelieu. 


Tras una semana fugaz, le dije adiós a la adolescencia. Se acercaban las rebajas y la ansiedad por adentrarme en la vida adulta me desenhebraba las costuras de las suelas. No podía creerme que nadie hubiera sucumbido a mis innumerables encantos y ya me estaba cansando de posar, día tras día, en el escaparate. El tinte de mi perfil bueno comenzaba a desgastarse y no quería tener que sufrir limpieza ni betún sobre mi piel aún hidratada y sin arrugas.


Todo cambió un sábado a eso de las once de la mañana. Llevaba todo el día bostezando, deseando que llegara el domingo para al menos dormir tranquilo unas horas, escondido detrás de las persianas grises de la tienda, cuando apareció él.


Vestía traje y llevaba una carpeta en la mano izquierda que agarraba con una fuerza que le hinchaba las venas del brazo. Parecía estresado, pero decidido. Le bastó echar un vistazo general a la tienda para dar conmigo. Para probarse, también eligió los sledgers color chataigne, pero yo sabía que si me esforzaba, aquellos estirados  no serían rival para mí. 


Y así fue. Mi nuevo propietario no le dio ni oportunidad siquiera a los pobres color chataigne, que con movimientos torpes, intentaban estirarse al máximo mientras esperaban su turno.


El trajeado pagó con tarjeta de crédito y, sin poder ni querer despedirme de nadie, me marché dentro de la caja, feliz con el deslizar de la bolsa e incapaz de contener mis ganas por, al fin, ver mundo. ¡Qué iluso era entonces! Si hubiera sabido lo que me esperaba, habría preferido pasar desapercibido y llevar una vida tranquila de tienda y almacén, como habían hecho mis padres…


Me pasé toda la tarde frente al espejo. Resulta que la casa de Roberto (así se llamaba el trajeado) no era casa: era un estudio minúsculo en el que la cocina se confundía con el salón y el dormitorio. Estuve toda la tarde desorientado y aquél espejo en medio del pasillo no ayudaba nada. No me habían instruido para esos trotes. Nada más llegar, anduve de un lado para otro. Roberto no se cansaba de probarse camisas y pantalones y jerseys y bufandas y chalecos y chaquetas. Al principio, no estaba mal. Me piropeaba cuando me acercaba al espejo y se le veía satisfecho con su compra, pero cuando ya habían pasado dos horas, comencé a hartarme un poco. Era imposible que, fuera lo que fuera para lo que se preparaba con tanto esmero, pudiera desconcertar, durante tanto tiempo, al hombre que me había adquirido. Un hombre que debía ser seguro de sí mismo y atrevido, que no se pasaba dos horas para elegir una ropa con la que vestirse. En fin, no pegué ojo durante toda la noche. Estaba preocupado por mi futuro. A saber a dónde me llevaría Roberto al día siguiente.


Pues a una entrevista de trabajo. Lo supe cuando entré en aquella sala atiborrada de plagiadores brillantes que se movían nerviosos bajo las piernas de sus dueños. Conté unos ocho pares en total. Roberto no dejó de anudarme y desanudarme los cordones durante todo el tiempo que estuvimos allí sentados. Y fue al menos una hora. Cuando, por fin, lo llamaron al despacho, suspiré aliviado y debo reconocer que no soy consciente de lo que allí ocurrió, porque nada más rozar aquella moqueta deliciosa, me quedé profundamente dormido.


Tras la entrevista, la cosa empeoró. Mi dueño me hizo verdadero daño, arrastrándome con dejadez y rapidez por las aceras de todo Madrid. Alguna vez, me pareció escucharle decir “maldita sea” o “cabrones hijos de puta”, pero no sabía muy bien a qué se refería y tampoco me daba tiempo a pensar con tanto paso acelerado. Cuando llegamos a casa, pensé que al menos, la pesadilla había terminado durante un rato. Nada más lejos de la realidad.


Roberto se deshizo de mí con las manos y me lanzó al fondo del estudio. Eso me cabreó muchísimo. No entendía por qué me trataba con tanta agresividad. Si hubiera tenido pies y manos, le habría asfixiado allí mismo, maldito desagradecido. Entonces, se sentó y me pareció oírle sollozar. ¡Qué vergüenza de tío!, pensé y bufé contra la pared en la que me había pegado el mazazo que aún me aplastaba las tapas.


Permanecimos así un buen rato. Luego, como un psicópata, se levantó de un salto y empezó a hacerlo todo de forma mecánica: se cambió de ropa (esta vez, sin titubeos), fregó la loza, hizo una maleta y me metió en una bolsa de plástico de uno de esos supermercados low cost ¡Qué mal trago!, maldito amargado. Nos vamos de viaje, pensé. Sí, de viaje al contenedor de basura. Sí, ha leído usted bien, al contenedor que me fui. A la oscuridad mugrienta y hedionda de un contenedor. Verá, lo repito tanto, porque aún no me lo creo.


Es aquí desde donde le escribo. Me siento tan solo. Ya llevo unos días dentro y no estoy seguro de si saldré alguna vez.  Hay más: zapatos, medias, faldas, chaquetas, pantalones. Por lo visto, estamos en un contenedor de ropa usada. No se puede imaginar usted los elementos que hay por aquí. La gente viene de vueltas y yo…bueno, yo sólo he salido a la calle una vez. Ayer, les pregunté quién era un tal Kalimocho del que estaban hablando y todos se desternillaron de risa. Creo que soy víctima de un bullying.




Un Nenuco roto



Lo soñó todo. Soñó que crecía perseguida por el miedo de sus ancestros; que estudiaba inglés en la Universidad; que vivía, abrasándose la piel, una historia de amor apasionada con un hombre de mirada dulce y risueña; que le apostaba una carrera al fracaso y a la tristeza y que, la mayoría de veces, acababa venciendo. Lo soñó todo aquél 5 de enero, víspera de Reyes, cuando no conseguía conciliar el sueño enredada entre las sábanas con la ilusión y los nervios, y su hermana, al otro lado de la habitación, devoraba un libro de los cinco con la linterna de las acampadas de verano.

No había sido más que un sueño: un maldito sueño, así que nunca le regalaron aquél Nenuco al que se le rompió una pierna el mismo 6 de enero, mientras jugaba con él en el banco de la Iglesia; ni tampoco cayó enferma su madre años después, ni su padre sepultó las carcajadas con el peso de la frustración y la incertidumbre, ni quizá tampoco le traicionaron aquellos amigos que creía tan incondicionales.  Todo había sido un sueño y no quedaba más que volver a empezar o simplemente empezar, a secas. Como una segunda oportunidad sin importunidades. Sin embargo, luego vendrían otras nuevas y, entonces, no dudaría en invocar a los dioses para poder rebobinar de nuevo a sus cinco años y caer en la cuenta, con un rictus amargo, de que sí se había despertado aquél 6 de enero y sí se había roto el Nenuco, que su padre pegó con cola en el garaje, pero que volvió a desmembrarse una y otra vez, como presagio de las desgracias que acechaban en las grietas de la pared y que ni los sueños ni los apaños podrían retener.

La tregua



Pululaban en el aire las hormonas desenfrenadas de la pasión reprimida. Más de 50 eran los días sin verse, por una separación impuesta por la crisis y las prioridades equivocadas. Más de 30 los años de los protagonistas. Más de 2 los del invitado enólogo, con diminutivo de Jose, menguando en la mesa de azulejos de aquella pintoresca casa rural. Y conforme se adentraba la botella en sequía, se acrecentaban los besos, los mordiscos y las promesas incumplibles. Ardía la chimenea. Abrasaban las yemas de los dedos. Se perdían por las vigas de madera las carcajadas infinitas. La noche le ponía escenario a una obra de teatro en la que por fin podían estar juntos, donde existía una puerta mágica que conectara sus habitaciones, de un lado al otro del atlántico, a una velocidad más inaudita que el internet que les mantenía en el hilo de la rutina. Pero el día acaba siempre llegando. También las horas de vuelo y de trabajo. Enmudecieron sus labios, mientras gruñían las cremalleras de sus maletas. Sonó el cristal de la botella en el fondo de la bolsa de basura como el tañido de una campana que anuncia el fin de una tregua.