sábado, 19 de enero de 2013

Microrrelatos de invierno

Pablo tenía 25 años, era manco y estudiaba en la Universidad de letras. No por vocación, sino porque la Facultad estaba llena de aquellas esculturas griegas mutiladas con las que se sentía tan identificado. A veces, se quedaba absorto contemplando en el pasillo cómo los estudiantes de Bellas Artes se afanaban por retratar en sus cuadernos aquellas copias imperfectas de Venus y Discóbolo. Él no pretendía que lo admiraran así, pero sí que, al menos, lo miraran.





- Voy a bajar a la avenida a comprar unos churros y unas porras, dijo Gloria.
 Y Fernando tuvo una erección.


 Un día, se despertó sin cuello. No lograba ver más que las solapas de su pijama. Logró levantarse, pero caminaba completamente encorvada, una espiral hacia el suelo y hacia sí misma. Cuando llegó a la ventana, no pudo ni asomarse. La timidez de tantos años había acabado por convertirla en tortuga. 



Apareció la lágrima y, antes de que resbalara como una dulce bailarina por su mejilla, él había acudido presto para secarla. La tristeza quedó así en bambalinas, silenciada, con el tutú puesto, pero sin orquesta ni danza. 

El accidente

Perdió el control del volante. No sabe cómo ocurrió. De pronto, la dirección no respondía, así que levantó las manos, como quien se defiende de una acusación injusta. Luego, cerró los ojos; cree recordar que pidió perdón por sus errores, segura del próximo adiós definitivo. Simplemente, se dejó ir. Sentía que allá fuera su coche daba tumbos, golpeándose contra la mediana, otro coche, quizá la colina escarpada de la derecha. "En algún momento", se dijo, "ya no sentiré nada, todo habrá pasado".

Sentir o no sentir. Esa debería haber sido la máxima shakespeariana. Lo pensaba en la sala de espera del hospital, después de haber hablado con tres agentes de la Guardia Civil y haber soportado un viaje en ambulancia, con sus luces y su sirena correspondientes. Todo un show. Close your eyes and enjoy the ride.

- Así que es profesora de literatura inglesa en la Universidad - le había dicho el médico, examinando las radiografías- Ojalá pudiera volver a matricularme. 

Tarde. No llegaban las insinuaciones precisamente en un momento oportuno. Las había esperado, más bien las había anhelado durante los últimos tres años. No de ese médico, sino de cualquier especímen masculino que pudiera volver a despertar en ella un ápice de ilusión por mantener una relación amorosa. El amor: el causante de todos sus males, quizá hasta del propio accidente.

Conducía pensando en él: en el traidor y en su frío mensaje de feliz año nuevo, totalmente fuera de lugar en la bandeja de entrada de su móvil. Y, en la cola, pendían el del insulso de Gerardo, loco por invitarla a un café y el de Robert, aquél monitor de esquí cachas de sus vacaciones en los alpes suizos, con el que se escribía correos casi todos los días. Límite de velocidad: 100 km/h. Nunca lo sobrepasaba, pero entonces se acordó de Mario. El amigo de la amiga. El inesperado, que había aparecido en aquella quedada a la que ella había asistido casi por obligación. Mario el de la chispa, una caja de cerillas entera, lista para encender sus partes más congeladas. Descongelar antes de servir...volantazo.

La noche que regresó a su piso, sana y salva, con apenas un rasguño en la frente y una bolsa con su cartera y la documentación del coche, lloró. No subíó a la primera planta. Se quedó en el sillón de abajo toda la noche, con los ojos bien abiertos, reorganizando las ideas tras un punto y aparte. 

Al día siguiente, fue a trabajar. Sus compañeros la tildaron de loca por no haberse quedado en casa. La minoría de amigos la llamó. Su familia se presentó en su casa. LLoró, muchas veces; por lo que podría haber pasado y por impotencia. Y, tras el período de duelo ficticio, borró los mensajes del traidor, despachó, definitivamente, a Gerardo y no contestó enseguida al nuevo correo que Robert le enviaba desde Japón. 

Una semana de transición. Un cambio de dirección. Un volantazo. Salió al paseo de la playa, luchando con el viento que siempre azotaba la zona y contempló las idas y venidas de las olas. Con cada espuma que rozó la orilla, un propósito de año nuevo. No para querer a nadie, sino para quererse, por fin, a sí misma.

martes, 15 de enero de 2013

¿Por qué escribir?


Empecemos el año escribiendo. Nunca es tarde para rescatar tus pasiones. Siempre llegan a tiempo las ganas, la motivación, las ilusiones. 

En este vídeo, Jorge Vedovelli nos invita a rescatarnos a nosotros mismos a través de la escritura. Exprésate y escribe. (Si no se abre el vídeo, prueba con el siguiente enlace: http://youtu.be/6mfWEHuoHJc)