martes, 26 de febrero de 2013

Best Sellers: Monstruos y princesas. ¿Qué leer y qué no?



El paseo por la librería tiene algo de extraordinario. Uno camina a paso lento, acaricia momentáneamente la portada de algún libro, lee fugazmente los títulos, emite juicios de valor con sus cejas sobre lo acertado o no de las fotografías que pretenden seducirlos. En definitiva, vagabundea feroz, en busca de algo que llene el vacío que dejan las buenas lecturas o la ausencia de ellas. Y es que son difíciles de calmar las ganas por leer una historia memorable, de esas que te engullen desde la primera página.



Los libreros conocen esta ansiedad literaria. Disponen de estrategias para dirigir, con un cartel por aquí, una pila de libros por allá, los pasos del lector dentro de su tienda. Es poca la distancia en la que se le da oportunidad a las obras y géneros olvidados. Normalmente, nada más cruzar la puerta, uno es lanzado de cabeza a la estantería, mesa, silla y cualquier otro mueble que sirva donde se apelotonan los libros más vendidos. Los "béselers", vamos.  De los que todo el mundo habla y de los que alguno, por una razón o por otra, acaba leyendo.



Así llegó a mis manos "Dime quién soy". Una mole de 1104 páginas que amenazaba, todas las noches, con aplastarme sobre mi cama (pesa casi un kilo). Leí los primeros capítulos alentada por un centenar de recomendaciones y buenas críticas de lectores afines, amigos y compañeros de trabajo. Sin embargo, la historia consiguió en mí el efecto contrario al de todo el mundo: no consiguió engancharme. Julia Navarro nos narra una historia bellísima ambientada en la Guerra Civil española y la 2ª Guerra mundial. Un relato plagado de posibilidades, que se quedan, literariamente, en el tintero. Lloramos y sufrimos con Amalia Garayoa, la protagonista, pero tenemos la extraña sensación de que algunas de sus desgracias, ya las hemos vivido o predecido. Lentamente y de puntillas, así transcurre este libro. Un enfoque lejano que no nos permite llegar del todo al fondo sentimental y profundo que encierra. Quizá, una mayor complicidad con el narrador podría hacernos más partícipes o, simplemente, hacer uso de una literatura más pulida en detalles, lo que lo convertiría posiblemente en trilogía. Ese formato que, para alegría de muchos editores, está tan de moda.

 


Cambiamos de tercio. Nos vamos a Venecia, a leer una de aventuras. Está claro que el Capitán Alatriste no cae simpático a todo el mundo (tampoco su autor, todo sea dicho de paso), pero el caso es que a mí este espadachín bigotudo siempre acaba por conquistarme. De nuevo, tramas para desmantelar regímenes y viejas rencillas con fantasmas y pecados del pasado. Pérez Reverte engrandece a su personaje a través de los ojos de Iñigo Balboa, siempre fiel a su maestro y admirador incondicional de su talento y osadía. Un reencuentro con la historia y con una de las ciudades más bellas del mundo. 



 La portada y el título de este libro deberían servir de aviso para la lectora indecisa. Fondo rosa, porque es definitivamente una película romántica plasmada en papel. Vestido rojo, porque el amor, como desengaño y como enamoramiento, es el tema principal de la historia. Brazos abiertos, en señal de esperanza y de destino, no de casualidades, como cree la protagonista. Torre Eiffel, porque es el escenario en el que Aurélie Brédin persigue a su escritor imaginario y porque París vende. Recomendada para momentos en los que no quieras pensar. Es como ver la tele. Antes de leer, ya sabes lo que va a pasar. La probabilidad de “sonrisa” al finalizar dependerá de tu estado de ánimo y el día del mes.


 

Es este un libro para degustar poco a poco. Una pequeña fábrica de historias en las que sus protagonistas son más reales que los de una simple novela. De hecho, algunos forman parte de reportajes que el autor elaboró para el telediario. El reencuentro con ellos te roba lágrimas y sonrisas, a partes iguales. Con su habitual estilo idealista y romántico, el periodista cultural Carlos del Amor, consigue despertar la sensibilidad del lector y embaucarlo en la tarea de ser consciente de que la vida, a veces, no está más que en las pequeñas cosas. 





A cortar cabezas, se ha dicho. George R.R. Martin nos propone una guerra por el poder absoluto ambientada en reinos de fantasía donde lo diferente está discriminado tras un muro, las mujeres paren dragones y la vida vale muy poco. Sexo e intrigas son el salpimentado de este fenómeno editorial que tiene abducido a medio mundo. Capítulos cortos en los que la venganza y la muerte se suceden a una velocidad vertiginosa. Son pocos los personajes a los que su autor les perdona la vida. Entretenida y, peligrosamente, adictiva. Recomendada para amantes de la ciencia ficción y aventureros insaciables.






Próximamente, “Los hijos de los días” de Eduardo Galeano, “El círculo platónico” de Manuel Gambin, “Lobo” de Anne Rice y “Paraíso inhabitado” de Ana María Matute.


¿y tú? ¿qué monstruos y princesas se esconden en los libros que estás leyendo? Derrama tu tintero y cuéntanoslo.

lunes, 18 de febrero de 2013

Si suspendes todo, te compro una moto

LAS promesas son un arma de doble filo. Lo son en todos los ámbitos de la vida y para todos los individuos, pero más aún cuando se tienen 15 años. Normalmente, funcionan como una especie de coacción, a través de una ecuación del tipo: "Si haces esto, te prometo…". Nada más pronunciarlas, las promesas sitúan al indeciso o despistado en el camino de "estar a punto" de hacer algo o, al menos, de planteárselo. Todo a cambio de lo prometido. Una auténtica farsa. Nunca se sabrá si el que promete finalmente hace lo que hace porque quiere o porque persigue lo prometido.

Les pondré un ejemplo: "El padre (divorciado, de 47 años, clase media, trabajador infatigable, hastiado de lidiar con sus retoños) le dice al hijo mayor (de 15, aquejado de vaguitis crónica, con cigarro al borde del labio y un boletín de notas prácticamente en cero en la mano) la frase siguiente: "Si apruebas todo el próximo trimestre, te compro una moto". La teoría nos dice que, efectivamente, Pedro (el hijo coaccionado) apartará de un manotazo los juegos de la Play, que abarrotan su escritorio, y apagará ordenador, Whatsapp, Ipad, mp3 y mp4. Todo para evitar que un mínimo de su concentración se fugue de la tarea de hincar codos y estudiar las 11 asignaturas del primer trimestre y las 2 pendientes del curso pasado. Y, como premio, llegará la moto. ¡Una moto, Dios mío! Una moto con la que conducir sin casco hasta la playa o ir a buscar a la Guaci, para que cuando se monte en la parte de atrás y le agarre la cintura, se le vea el tanga. Así se completan los puntos suspensivos de la ecuación lingüística de la que hablábamos al principio de este texto.

Un regalo. Ése es, sin duda, el peso más habitual en la singular balanza que se crea con toda promesa. Los hay de muchos tipos: un viaje, una cena en un buen restaurante, unas flores… hasta aquellos que no sólo cumplen con lo prometido, sino que encierran perdón o redención. Pero no me negarán que en el caso de Tomás (padre) y Pedro (hijo), la moto es el regalo más idóneo. Al menos, así se encargaron ellos de recordármelo durante los meses siguientes, cada vez que yo alertaba de que, una vez más, la brújula del muchacho andaba más que desnortada en cuestiones de esfuerzo, aplicación o comportamiento en el aula.

Pero, como era de suponer, todas mis advertencias fueron ignoradas. Nada importaba más que la promesa de aquel vehículo motorizado, que siempre aparecía como un espejismo de salvación en medio de un desierto de aprobados. Por fortuna, al igual que todo espejismo, el fantasma motorista acabó por evaporarse. Tengo que recalcar que ésta es otra de las cualidades adorables de toda promesa: una tendencia crónica al olvido.

Para mí y para el resto del equipo educativo de Pedro, la amnesia sobre la moto era buena señal. Significaba que ni Tomás ni su hijo albergaban falsas ilusiones sobre las notas que estaban por llegar. Y, esto, a pesar de su evidencia, es grave. Aunque lo crean imposible, el alumno que no estudia, no hace tareas, no participa, no entrega trabajos y no respeta ni a sus compañeros ni al profesorado es el que más pregunta, durante las últimas dos semanas previas a las calificaciones aquello de "profesora, yo apruebo ¿no?". Ante esta frase, todos nos quedamos callados. Eso sí, lo miramos fijamente, con esa intensidad momentánea que casi desprende los ojos de nuestras cuencas, para luego responderle: "¿Tú qué crees?". Y, en contra de toda lógica, él cree que aprobará, aunque no haya hecho absolutamente nada en todos esos meses. Es cuestión de ecuaciones incomprensibles como "aunque no haga nada, consigo lo que quiero". Amigos, éstas son las nuevas matemáticas.

El caso es que, una vez retomadas las clases, se me había olvidado, a mí también, el episodio de la moto. Verán, la transición entre los trimestres suele coincidir con algunos de los pequeños períodos vacacionales que esta profesión nos concede y una servidora aprovecha para resetear todo su sistema operativo, moto incluida. Así, desprovista del estrés pasado, entré en el aula puntual, subiendo las persianas y mandando a sentarse y a sacar el material a todo el que se cruzase por delante.

Pasaron diez minutos (de esto les hablaré otro día) hasta que todos estaban listos para empezar la clase. "Hoy hablaremos de nuestros planes de futuro. Allez à la page numéro 20". Ahí es cuando me percato de que Pedro no ha abierto el libro. "¿Y el libro, Pedro", le pregunto. "No sé", dice subiendo los hombros con su característico pasotismo. Respiro hondo (no es fácil aguantar esta respuesta semana sí y semana también). "Mira que si no te aplicas, tampoco llegará la moto en junio", le digo entre graciosa y desafiante. Él resopla y se ríe mirando hacia sus compañeros. Luego, añade: "Pero si ya la tengo, profesora. Mi padre me la regaló el día de las notas. Y eso que volví a suspender todo. Todo menos Educación Física", vuelve a reírse y continúa: "Dice que había una oferta y que si no apruebo todo, me la quita, pero ¡bah! Ése a mí no me quita nada". Permanecí seria, mientras mi cerebro se afanaba por encontrar una buena respuesta. Creo que me puse hasta colorada de indignación y rabia. Y es que, analícenlo bien: "Suspende todo y le compran una moto". Sinceramente, sólo se me ocurre una pregunta: ¿Y ahora yo qué le digo?

jueves, 14 de febrero de 2013

Te lo perdiste



Esta mañana, las hojas del árbol triste que siempre le recibe a la entrada del parque, han vuelto a brotar. A punto de dar las ocho y media, un anciano con las piernas desbaratadas se ha tropezado con el bordillo de la acera, cayendo como un pájaro frágil sobre la alcantarilla. Al lado del semáforo, el quiosco de Piluca sigue aún cerrado. Ya han pasado dos semanas desde el fallecimiento de su marido. Por el paso de peatones, los niños pasan disfrazados, rumbo al Colegio de las Adoratrices. Hay 2 princesas, 1 pingüino, un indio y un Buzz lightyear. El pan huele a recién hecho en el Horno del barrio y el aire se escapa fétido entre los 3 dientes que le quedan a Jacinto, que canta a los turistas por 50 céntimos, mientras araña una guitarra a la que le queda el mismo número de cuerdas. En la esquina con la Avenida de La Palmera, se ha cruzado, por fin, con Belén. Ella lo ha mirado,  le ha sonreído, casi se ha atrevido a decir un “hola Julián”, como preludio de un camino juntos hacia la Facultad, pero Julián no ha visto nada. Se lo ha perdido todo desde el principio. Sólo ha estado atento a su móvil y a su whatsapp.