viernes, 26 de abril de 2013

Búscate un hombre bueno

"Búscate un hombre bueno", le dijo la madre a la hija cuando ésta tenía apenas 20 años y escapaba, prácticamente calcinada, de una relación explosiva. Había sido un amor de fuegos imprevisibles, cuyas llamas tan pronto habían ardido como desaparecido. Imposible no salir quemada, sobre todo para ella, que había saltado de novio en novio en todas las partidas. Y así, su piel aún sonrosada no disponía nunca de tiempo para recuperarse del desgaste de otros besos y de las cicatrices del desengaño. 

"Búscate un hombre bueno", le insistió la madre a la hija cuando surgió de la rutina hospitalaria donde trabajaba la joven un ejemplar al que la progenitora otorgó el título de candidato. Se llamaba Gerardo, natural de un pueblo pequeño de la zona, disciplinado y poco agraciado, "pero buena persona", puntualizaba siempre la madre cuando la hija arrugaba la nariz en señal de disgusto. Lo recogían en coche todas las mañanas en la rotonda de la panadería para bajar juntos a las clases del tercer curso de enfermería. Una excusa perfecta para avivar aquella incipiente amistad, que luego se transformaría en cariño y, más tarde, en amor. Por ese orden, tal y como le decía su madre. Pero Gerardo era demasiado bueno.

"Búscate un hombre bueno", le reprochó la madre cuando supo que Gerardo había sido sustituido por Carlos, un loqueta de la capital, un ligoncete, un guaperas. Lo decía con voz grave, con ese tono de "ya me darás la razón", que habita todo vientre materno, pero la hija no quiso escucharle. Prefirió la incertidumbre y fue fiel a sus deseos imparables de mezclar amor y riesgo. 

"Búscate un hombre bueno", pensó ella, mientras esperaba junto al paso de peatones el verde del semáforo. Lo hacía acompañada de su marido, que no era el bueno de Gerardo, ni el loqueta de Carlos, ni Tomás el que resultó ser gay, ni tampoco Gustavo el pasional, sino Fernando, el trabajador y el encantador.

 "Búscate un hombre bueno", se repitió para sus adentros, como si su difunta madre poseyera su cuerpo y la obligara a pronunciar su célebre frase. 

"Búscate un hombre bueno", acertó a decir ella con voz resignada, hastiada de pasear con un marido que repasaba con descaro a cada mujer con la que se cruzaban, que vivía pegado al móvil de otras llamadas y otras palabras, que devoraba fotos y vídeos porno de la web, mientras ella leía ignorante en el sofá, a dos metros de distancia. 

"Búscate un hombre bueno", escribió en la pizarra de su nuevo piso, vacío de hombres y de esperanzas.





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