domingo, 28 de julio de 2013

El atlas de las nubes: de películas y de libros

Seguramente, alguna vez en tu vida, te hayas parado a contemplar el cielo durante la noche y, sin pretenderlo, te hayan visitado por sí solas las preguntas existenciales que han atormentado e iluminado al ser humano durante siglos y siglos : ¿qué hacemos aquí? ¿gana el azar o el destino? ¿nos conocemos de antes? ¿somos libres?
La película "El Atlas de las nubes" (2004, Tom Tykner y Wachowski) carece de cartografía, pero busca dar respuesta a todas estas cuestiones con su aparente desorden de historias en las que un abogado moribundo del siglo XIX está conectado con un frustrado compositor a principios del siglo XX o en la que una periodista de los años sesenta (Halle Berry) encarna en vidas posteriores a una clarividente buscando cobijo en el universo, en un futuro apocalíptico al que Zachary, (Tom Hanks) se resiste, enraizado en tradicionalismos. Y aún hay más.
Un elenco de actores excepcional nos desorienta y nos reconduce en un particular viaje en el tiempo que nos susurra continuamente la conexión entre los seres humanos y la repercusión de cada uno de nuestros actos. La libertad y el desenganche de los convencionalismos son los puntos cardinales de este largometraje profundo y emotivo. De las muchas reflexiones apuntadas por los protagonistas durante sus 163 minutos, subrayaría la siguiente frase: "Con cada crimen que cometemos, con cada gesto amable, alumbramos nuestro futuro".  
Sin ahondar en la manifestación de verdades absolutas y con la casi certeza de que la búsqueda de la lógica es muchas veces infructuosa, porque el orden es el caos, "El atlas de las nubes" resulta una alternativa maravillosa para filosofar unos minutos y pasar una buena tarde de cine. Y lo mejor es que la idea proviene de un libro: una novela homónima escrita por  el autor británico David Mitchell, publicada en 2004. Que lo disfrutes.

BANG. Un diálogo onomatopéyico.

           El gris de los edificios de ladrillo se difumina tras el vestido rojo de Francine. Está radiante con esa diadema plateada que prolonga la claridez de su rostro en el marco de su melena rizada. Mira el reloj por quinta vez desde que llegó a la esquina, a eso de las seis de la tarde. Él será impuntual, una vez más. 
             Enciendo un cigarrillo mientras juego a adivinar la piel de Francine bajo sus medias negras, labradas con dibujos de flores. Ella mordisquea ligeramente el dedo meñique de su mano izquierda, ajena a mi presencia. Doy una profunda calada al cigarro y me subo la solapa de la gabardina. Por fin él llega.
           Se baja de un taxi en cuyo asiento delantero ha soltado de forma despreocupada un billete de 50 dólares. Camina a grandes zancadas, dejando que la brisa de la tarde dilate su presencia y ensanche su atuendo dándole aires de superhéroe envuelto en su capa. Maldito John Skinny. Se ha convertido en un condenado tipo con clase. El dinero de sus mierdas podrán haberlo hecho grande, pero tarde o temprano la basura terminará por salpicarle. 
            Francine hace sonar sus tacones de vértigo sobre la acera, acortando la distancia que los separa. No puede evitar sonreírle acaramelada. Escupo al suelo de sólo imaginarme esos labios apetitosos entreabiertos, incapaces de reprimir gritos de placer ante las brutales envestidas de Skinny. La última vez tuve que taparme los oídos. Escupo al suelo, de nuevo. 
            Él alarga el brazo y le hace un movimiento con la cabeza, señalando su escote.
- ¡Ajá! - Asiente ella, descubriendo con el mismo dedo meñique objeto de su nerviosismo caníbal el pezón de su pecho derecho. 
          Contemplar a su presa acelera los pasos de Skinny, que por fin la atrae hacia sí por la cintura, mientras le susurra algo al oído. 
- Um - dice ella, contrariada. Y lo aparta de un manotazo. 
         Él estalla en una carcajada, feliz de comprobar la eficacia de su estrategia. Decepción y consuelo. Dos ingredientes indispensables en su particular fórmula del amor. De nuevo, le murmura algo y le da un sonoro lametazo al lóbulo de su oreja derecha. 
- Urrrrr - Caen instantáneas todas las barreras de Francine al suelo y comienza a sacar la carpeta del bolso.   Algo que debo evitar a toda costa. Me acerco cabizbajo, escondiéndome entre el buzón y la parada de autobuses. El momento ha llegado. 
- Mmmm - escucho pronunciar a la dulce Francine, justo antes de pasar por su lado y arrancarle la carpeta de su manos, dos segundos después de acertar con mi disparo en la calidez de su escote maldito, que ya nunca podrá amarme. BANG.

domingo, 14 de julio de 2013

El antipático de Holden Caulfield

“El guardián entre el centeno”, con este título le parece al lector que está a punto de sumergirse en un relato lleno de suspense e intrigas. Parece lógico llegar a la reflexión de que si hay guardián, habrá peligros y, si hay peligros, habrá hermosos y valerosos personajes que querremos salvar. Sin embargo, desde las primeras páginas, uno no tarda en percatarse de que J.D. Salinger lo que nos quiere contar es una historia en la que poco tiene que ver la literalidad de las palabras. Su obra, como su protagonista, se empeña en ir de tipo duro cuando, en realidad, tras su disfraz, nos topamos con un fondo tan sensible como sensato.

Así, durante las 263 páginas que conforman la edición de Alianza Editorial, nos adentramos en el testimonio personal y directo de un adolescente que resulta ser más adulto de lo que pensábamos. Juega Salinger con nuestros prejuicios. Nos presenta a Holden Caulfield en su lado más pesimista y quejicoso para luego, de capítulo a capítulo, ir regalándonos, intermitentemente, pedazos de su conciencia. Y toda la manía que le habíamos cogido desde un principio desaparece al mostrarnos, mediante paréntesis de la memoria del personaje, aquello que ha vivido y que le ha hecho llegar al punto que comparte con nosotros.

No es este un relato de grandes hazañas, pero sí de grandes decisiones. Cercano, escrito en primera persona, con un tono de confidencia que nos hace partícipes de todo lo que le ocurre a Holden, parece que nos convirtiéramos, de pronto, en compañeros de su viaje. Consigue, con asombroso sigilo, que queramos estar al otro lado de una de las tantas llamadas telefónicas que Holden hace durante la historia para así, poder contestarle que lo entiendes, que no todo es tan oscuro, que si quiere, puedes darle un consejo, o incluso dos.

viernes, 5 de julio de 2013

Esta noche

¿Qué tendrá la noche que todo lo envuelve?
Tiene esta noche un silencio sosegado, que llevo esperando desde hace milenios
Cruje la escalera, pestañea como cuando chica, al antojo de los fantasmas
No hay miedo, sólo calma
Me susurra la brisa una esperanza, que aparece camuflada
se esconde entre la cortina para no verse mancillada
brilla menos para no ser delatada 
para que sigan titilando los sueños que sirven de guía a mis entrañas
Tiene esta noche un aura especial que todo baña
una luz que alumbra mis oscuridades más amargas

Nubarrones y anticiclones

Estaba abrumada frente al cielo despejado. 
Y el cielo era una duda 

jueves, 4 de julio de 2013

En busca de Jane Austen. Feliz Verano

Había que someterse a la posición social y a la situación económica. Había que asumir y no rechistar y, sobre todo, había que encontrar marido, pero ella se puso a escribir.

Fantástico reportaje del programa Página 2 sobre Jane Austen.


  "El tiempo no cambió durante la mañana y allí parecían reinar la misma soledad y la misma melancolía, pero por la tarde, el viento se convirtió en suave brisa, las nubes se disiparon y el sol brilló de nuevo: había vuelto el verano (...)" Emma, by Jane Austen.