domingo, 18 de agosto de 2013

El tango de la Guardia Vieja y otros libros a la vez

¿Quién dijo que no se pueden leer varios libros a la vez? Aquí una servidora lo hace continuamente, saltando de la aventura a la apatía o del realismo al romanticismo. La rutina es sencilla: historias apaciguadas en la mesilla de noche, como alimento de los sueños que te esperan impacientes en la almohada; y otras más intrépidas y terroríficas para devorar en cualquier atracón a lo largo del día. La última novela de Arturo Pérez Reverte: "El tango de la guardia vieja" comenzó siendo de las primeras y acabó de las últimas.

Con una narrativa más lenta y mucha menos acción que a la que Reverte me tiene acostumbrada, resulta ser este libro una tranquila historia de amor en toda regla. Eso sí, enmarcada en contextos históricos no tan sosegados, lo que delata que al autor, en general, le va mucha más marcha. Buenos Aires, Niza y Sorrento. Estos son los escenarios magníficos donde el autor propicia los reencuentros amorosos entre Max Costa y Mecha Inzunza, los personajes principales de la obra. Una relación turbia y pasional que desvela sentimientos profundos y truncados, como albergan la mayoría de historias amorosas que se narran.

De fondo: la traición sobre un tablero de ajedrez, el robo de un collar de perlas o unos espías asesinados a cuchilladas. Todo un decorado que termina por sobrarme. Aunque Reverte quisiera maquillarlo, de amor es de lo que se habla, pero sobre todo de cómo a veces nos negamos a querer por autoconvencernos de que no valemos lo suficiente para el ser amado. Así, escapamos corriendo, excusándonos en las circunstancias fatales que nos han llevado a la huída. Usamos el plural cuando siempre el causante se escribió en singular: miedo.

Concluyo esta novela, de 490 páginas con la misma sensación que hace dos días se quedó anclada en mi pecho tras ver la nueva adaptación cinematográfica de "El Gran Gatsby". Y, aunque Max Costa, el protagonista de Reverte, se me antoje más atractivo e interesante, con sus aires de bailarín mundano, galán y guapo hasta el dolor; en el fondo, se me parece mucho a Jay Gatsby: los dos están empeñados en ser alguien que no son.

Les dejó aquí el enlace con la entrevista realizada a Arturo Pérez Reverte sobre esta misma novela en el genial programa "Página2". Merece la pena verlo.

http://www.rtve.es/television/20121125/arturo-perez-reverte-habla-tango-guardia-vieja/575975.shtml

sábado, 17 de agosto de 2013

Todos los sueños del mundo - Javier Reverte

Punto de lectura. Edición Bolsillo. 587 páginas. 

"(...) Aquella mañana de liviana y fresca brisa de un miércoles sin importancia en el devenir del tiempo, en aquella insectil y desgarbada ciudad que nadie imaginó en la Prehistoria y que la Historia llamó Madrid, en aquella urbe de la que la Posthistoria tal vez no tenga noticia, en aquel hormiguero palpitante y bajo el cielo acerado de la Nínive abrumada por tanto sueño imposible y tanto hijoputa destinado a destruirlos, Jaime Arbal se echó a la calle con el corazón cargado de grandeza (...)"


 Imposible quedarse en la distancia a observar de lejos esta historia. Con descripciones al detalle y una prosa exquisita, Javier Reverte parece sacar el brazo de las páginas que escribió de su puño y letra para agarrarnos y sumergirnos en un Madrid podrido de corrupción y falsedades, donde el protagonista, Jaime Arbal, lucha por darle sentido a su vida. 
Camina el hombre sin rumbo concreto, mientras todo lo que le parecía seguro se desmorona a sus pies. Sin embargo, a pesar de su cinismo, su inestabilidad emocional y su alcoholismo latente, crece frente al desengaño la esperanza de poder convertirse en un hombre nuevo. Así se lo recuerdan unas cartas encontradas en una maleta en la basura o la lista inagotable de personajes extravagantes que se cruzan en su camino. Ahí donde reside el caos, el autor nos ofrece una de locura y otra de cordura. Y de esta manera, un coche puede llegar a ser la mejor casa; un orangután, el mejor amigo; un transexual, el mejor enfermero o unos ojos verdes, el mejor consuelo. 
Transpira al inicio de los 28 capítulos el aliento de Javier Reverte, impregnado de sus reflexiones sobre el ser humano y sus miserias. Los precede siempre una cita de algún personaje célebre. Y es que en esta novela, las palabras tienen un peso constante. Tanto que consiguen salvar el alma desorientada de nuestro antihéroe, que encuentra el empuje necesario para ser valiente en el refugio de grandes obras de la literatura universal, que permanecían empaquetadas, como las cartas, en aquella maleta olvidada. Encuentros fortuitos que pueden cambiar las tornas. 
Aunque publicada en 1999, esta novela sigue siendo actual y cercana, empapada de los desencantos de nuestra época, pero recordándonos incesantemente que estamos vivos y que hay oportunidad para mejorar. Y si el optimismo flaquea, siempre podremos hacer como Jaime Arbal y rescatar aquello que pronunciaba Ulises en la Odisea de: "Ánimo, corazón", y seguir adelante.

Extractos que merecen tu lectura:

"(...) Me encuentro intentando adivinar el sentido de las cosas y los acontecimientos cotidianos, como si todo escondiera en el mundo un significado profundamente lógico. Es una vana pretensión, lo sé, pero sin duda embellece la vida (...)" Pág. 118

"(...) El sentimiento del amor está por encima de todas las cosas", escribía Banderas a su esposa desde Egipto, "pues el amor es la única emoción que puede dotar a la vida de un impulso de felicidad, convirtiéndola en un territorio humano (...)" Pág. 358

"(...) La grandeza no consiste más que en intentar ser grande a sabiendas de que te espera la derrota (...)" pág. 448


viernes, 16 de agosto de 2013

Todo está bien

- ¿Qué te ha dicho? – Acierta a pronunciar mi padre, atragantado por su saliva nerviosa y frenética.
- Lo que ya sabíamos, Mario – Y tal cual lo dice, se desprovee su voz de la rotundez con la que ha saludado al entrar por la puerta, acaso cinco segundos antes- Estoy cansada.
- Bueno, esas cosas nunca se saben. Ya viste lo que le pasó a Juan el de Tere. Le dieron tres meses y ahí sigue el hombre, más feliz que unas Pascuas- Lo dice queriendo sonar despreocupado, mientras se levanta del sillón de cuero falso, que siempre suena plasticoso cuando se le abandona-, Anda, ven aquí.

El silencio aterrador que prosigue me inyecta las ansias por salir corriendo de aquí, por irme lejos, muy lejos, tan lejos que no me alcance en mi carrera ni un rayo de luz y así, permanecer en la quietud del negro, ausente del amarillo de enfermedad y del blanco de muerte.

- Venga, ya está. No llores más, mi amor. Ya verás cómo lo superarás, como hace cinco años. Tus ganas de vivir volverán a ganar la batalla- 

La inhóspita sensibilidad de mi padre ha bloqueado mi huida. Escucharle desprendido de su coraza me advierte de que no cuenta con ejército para esta guerra. Suspiro resignado y apoyo el lateral derecho de mi cabeza contra la pared fría.

- ¿Qué le vas a decir a los chicos?
- Nada. Que todo está bien- carraspea para rescatar la firmeza de su tono y la alegría de sus palabras. Yo aprieto los labios trasvasando mis lágrimas desde los ojos hasta mi garganta.
-¡Ay, Dios mío, Mario! ¿Tú crees que saldré de esta?
- Pues claro, mi amor. Saldrás de esta, como lo has hecho siempre- Le responde mi padre enseguida, rescatándola justo antes de que se desinflara y perdiera el optimismo de sus fuerzas.

Doy los cinco pasos que me quedan para entrar en el salón, esforzándome por hacerlos sonar contra el parqué, como el segundero de un reloj que nos marcara el tiempo máximo que nos deberíamos dejar amedrentar por el miedo y, cuando sólo queda un segundo para verle la cara y sé, a ciencia cierta, que se ha puesto, valiente, su careta de fortaleza, entro con paso decidido, derrochando la alegría que de ella misma he heredado. 

- ¡Hola, Mamá! ¿Cómo estás? ¿Qué te dijo el médico?
- ¡Hola, mi niño chiquito de casa!- Y me besa como cuando tenía 10 años- Pues bien. Me dijo que todo está bien.

lunes, 12 de agosto de 2013

Días de playa


"Caminamos tantas veces enfocando el primer plano y desdeñando el segundo y el fondo...demasiadas veces.
Hoy hay un primer plano de almas humanas estudiándose unas a otras, comparando pechos y sonrisas, penes y músculo. El fondo, sin embargo...
El fondo alberga un horizonte calmo y llano, sin sacudidas, con un leve vaivén de olas mansas en las que quedarse a navegar toda la tarde"


"Los días de verano están impregnados de un aroma especial que los hace parecer siempre vírgenes e inexplorados. Hay más oxígeno y flotan en el ambiente más oportunidades al alcance de nuestras manos. Los atardeceres caen bañados en nostalgia y las noches amplían el firmamento y nos trasladan a otras galaxias, allí donde podemos simplemente "ser", porque el miedo no nos atrapa"


"El mundo se asoma apacible en esta esquina del mundo donde hemos acudido en masa a ahogar nuestras prisas. 
Se suceden las parejas comunes y también las atípicas.
Nos regodeamos en la dulzura de un día de playa"



miércoles, 7 de agosto de 2013

Aquellos tres árboles

Había tres: el frondoso, el apacible y el raquítico. 
El frondoso daba cobijo a una especie de pequeña plaza elevada que llamábamos "goro" y que hacía las veces de barco pirata, de escondite o de laboratorio de brujas malévolas. Dame dos piedras, un puñado de tierra y varias hojas arrancadas aquí y allá y aún te preparo la poción perfecta para todos los males. 
Allí se sentaron Zeben y Rubén, pasándose a ratos el cetro de ser el más guapo o el más idiota. Y luego, no se sentó nadie, durante años...hasta que el blanco que cubría el ladrillo comenzó a resquebrajarse y vinieron los operarios del Ayuntamiento a hacerlo desaparecer.
Pero ya se había acabado la historia. Todas aquellas historias de despecho, celos, enfermedad y cumpleaños. De amor, en definitiva; como todas. Pasiones que se quedaron colgadas de las ramas del raquítico, esperando a ser contadas, totalmente desapercibidas por los que una vez fuimos vecinos. 
Así que me marché y los dejé a todos refugiados a la sombra del apacible, regando los recuerdos que ya no germinan, sino que se hunden cada vez más en el terrerío abrupto de la memoria.

lunes, 5 de agosto de 2013

Silencio sideral: carta del astronauta

Es curioso cómo encerrarse en determinados sitios puede provocar una aparente incoherente sensación de libertad. Así me sucedió la primera vez que me puse el traje. Lejos de la angustia y la asfixia del planeta, flotaba en una máquina, pero sentía como si hubieran apagado todos los interruptores. El vacío creado en mis oídos sólo percibía mi respiración pausada, sorprendida de no poder seguir ningún ritmo establecido, a la deriva del Universo; sin autopistas, ni normas ni espejos. Y al otro lado de la pupila: nosotros, inmersos en el azul de la Tierra, luchando por nimiedades en medio del infinito, mientras yo, enclaustrado en mi traje, no experimentaba más que calma. Ni una traza de pánico. Como aquellos veranos cuando me sumergía en el Océano y descubría que nada pesaba y la vida era lenta y fácil.
Confinado en el espacio, cerré los ojos y escuché lo que me hacía sentir tan bien: el silencio.

viernes, 2 de agosto de 2013

Se acabó la era de los monstruos

La mujer cerró la puerta con sigilo. Escapaba de nuevo y temía despertar a los monstruos que dormían, apacibles, agarrados a las patas de su cama. En un último vistazo al salir de la habitación, los había visto resoplar cansados y un sentimiento de ternura había despertado leve en lo más profundo de su corazón. El miedo astuto avivó aquella llama solitaria, iluminando con duda su determinación por empezar de nuevo. Sin embargo, ella, con paciencia y sin reproches, la acalló con un dulce soplido. Luego, posó la maleta en la acera y rescató las llaves del bolsillo de su vaquero. Dio medio vuelta y abrió la puerta con una media sonrisa. Caminó por el pasillo hasta la cocina, se sirvió un vaso de agua, abrió las ventanas. Deshizo la maleta con cuidado, mientras silbaba una canción y se sentó en la cama. De pronto, lo sabía: la oportunidad también se respiraba ahí dentro. Se quitó los zapatos de un golpe y se tumbó tranquila. La solución nunca había sido huir. Siempre fue plantarle cara, no mirar atrás, creer que podía vencer. Los monstruos, atónitos, no pudieron cerrar la boca de asombro y se escabulleron por la ventana.