domingo, 28 de diciembre de 2014

Dardos que insuflan ganas

Los amigos, los verdaderos, son la mejor inyección de energía y motivación. Para una afición como la escritura, a menudo desapercibida y falta de atractivo, los amigos son indispensables. Se convierten en tus mejores lectores, críticos pero leales. Sus comentarios, la mayoría privados pero valiosos, llegan siempre en el momento oportuno.Es lo que yo llamo el "indicador emocional telepático" que desarrolla toda buena amistad. Perfectos para insuflar ganas y remover desganas.  A veces, es un simple: "me encantó", otras: "el último me pareció con poco fondo" o "cada vez los escribes más cortos", muchas veces: "¿cuándo vas a escribir la continuación?" o "Ayer, recomendé tu blog" o "¿por qué no escribes más a menudo?".  Todos ellos, sin excepción, han permitido que el tintero siga derramándose durante estos cuatro años. Imposible reunir el oxígeno para gritar el GRACIAS que se merecen. Y, aún así, me desgañito y espero que se oiga: GRACIAS. Gracias, especialmente, a una gran escritora y amiga: Marta García Rodríguez que, a través de su magnífico blog www.fotoletreo.com, me ha concedido, durante esta semana, la nominación para los Premios Dardos: un reconocimiento simbólico entre blogueros que premia la creatividad, dedicación y cariño invertidos en mantener un blog.  Esta bonita iniciativa permite apoyar y dar a conocer, entre la grandísima cantidad de webs y publicaciones que tenemos a nuestra disposición, aquellos blogs de calidad que se esconden en la red. Blogs como www.laruecadeaurora.blogspot.com;http://juanmanuelsanchezmoreno.blogspot.com.es/ o www.lavidaensorbos.blogspot.com  que nombro, en este post, como mis candidatos personales para la obtención de estos premios. Les paso el relevo y, espero, también el empuje para seguir escribiendo.

A la carga

El teclado rompió el silencio.
 Llevó al paredón a la apatía y a la hoja en blanco.
Sus disparos se escucharon toda la noche.
 

martes, 16 de diciembre de 2014

Un cielo sin techo


El estallido se escuchó en toda la calle. Duró un parpadeo. El breve instante de humedecer la pupila, que se ensanchó de inmediato, negra como el firmamento. Las farolas languidecieron, abandonándose a la oscuridad y la exclamación se tornó redonda en los labios de cuantos habitaban las viviendas vecinas. Aurora soltó el libro. Se incorporó de la cama y abrió la ventana a la noche fría. Fuera, no había más que negrura. Miró a ambos lados y cerró de un ventanazo, corriendo a rebuscar en el cajón de la cocina dos o tres velas gastadas. Alumbró de un bufido la habitación y frunció el ceño contrariada. 
La noche asomó por tres veces la calle de Aurora. Faltos de luz, se presentaba al atardecer como una desconocida que desbarataba sus vidas, reduciendo su campo de acción a pequeños enfoques. 
La cuarta noche, cansada de inventar nuevas rutinas, salió a la calle decidida a presentar una queja. Al principio, sintió miedo. Le costaba ver lo que había más allá de un metro. Su paso enfadado perdió velocidad y sorteó, con dificultad, los pasos ajardinados de la acera. De nuevo, el estallido. Paró en seco. Miró hacia arriba despotricando contra el ayuntamiento, la entropía y el mismísimo Edison. Fue entonces cuando se percató de lo que había encima de su cabeza y su mirada rompió el techo invisible que cubre la estatura de todo ser humano corriente. Se achicó su pupila, intimidada por tanta belleza, sonrojada por el guiño de las estrellas. 

Be baobab, my friend

enraizarse 
pero crecer en todas direcciones 
estirarse al sol
ser robusto
 ramificar el entusiasmo
 brillar con verde esperanza
verde vida 
verde naturaleza
 oxigenarse
regresar los pies al terruño 
para luego tomar impulso con más fuerza
 soñar con otros bosques
 acariciar el cielo
vivir
 vivir con ganas
 vivir sin miedo a nada.

domingo, 23 de noviembre de 2014

Un cubo de agua para la fogalera de Ana

La luz de Ana brillaba intermitentemente.
Se enamoró y pasó de ser faro a ser velón, vulnerable a las rachas de viento;
Endeble y volátil, corriendo, día tras día,
el riesgo de desaparecer de un simple soplido.
Lejos quedó su calor permanente de fogata cálida;
de pasión inagotable, de brasa amable.
Se fue poco a poco apagando
tristemente avivada por susurros externos y superficiales
que no duraban ni un instante.
Y al mirarse en el reflejo, titiló la débil llama
porque es duro darse cuenta de que se es chispa
cuando antes se ardió en llamas


miércoles, 12 de noviembre de 2014

domingo, 9 de noviembre de 2014

Cente, el del capirote- Parte II


Contaban en el bar que el muchacho era más ágil de lo que parecía y que tenía una puntería inaudita con la escopeta cuando subían al monte a cazar conejos. Otros aludían al azar y a la imprevisibilidad de la muerte. Cente sólo asentía, sin mediar explicaciones, intentando que la novedad de su historia se viera aplacada con el paso del tiempo y el devenir del acontecer de los barrios del pueblo. Ya tenía suficiente por la noche, cuando la verdadera historia se rememoraba en sus sueños agitados, haciéndole dar más de mil vueltas en aquél colchón desmadejado, en busca de la tranquilidad de la inconsciencia.

Pero tuvieron que cumplirse más de 6 aniversarios para que el clamor de los cañonazos perdiera volumen en sus torturados recuerdos. Hacer como si no hubieran ocurrido, se repetía semana tras semana. Y al ignorarlos, la historia se diluía en simple anécdota.  
Por desgracia, los fantasmas del pasado siempre acuden prestos cuando el alma está desorientada o cuando aparece alguna persona hábil capaz de levantar, como si de una leve pluma se tratara, la losa que los mantenía encerrados desde hacía tanto tiempo.
-          ¡Ay, Cente, amor mío! ¡Qué bien que esto haya pasado! Tenía tanto miedo al pensar en la noche de bodas…se dicen tantas cosas por ahí…
-          ¿Qué cosas, mujer? – respondió él recuperando el aliento.
-          Pues ya sabes, cosas. – Subió los hombros inocente – Cosas de la guerra.
-          ¡Por Dios, Teresa! ¿Cómo puedes pensar en eso justo ahora? Nos acabamos de casar.
-          Lo sé, cariño. Lo sé, pero justamente por eso. Ahora que soy tu mujer, me gustaría saber qué fue lo que pasó cuando marchaste al frente.
Él la miraba con reprobación, mientras ella estiraba la sábana hasta conseguir cubrir su escote y su cuello. Parecía olvidarse que minutos antes habían yacido los dos desnudos, restregándose mutuamente con sus cuerpos mojados y henchidos de un deseo inflado durante sus tres años de noviazgo.
-          Con el miedo que he pasado… - continuó hablando ella, frunciendo sus labios como una niña pequeña caprichosa – Es que tú no sabes todo lo que se comenta por ahí. Algunos te llaman “El verdugo”.
Cente dio un respingo, pero no pronunció palabra. Había decidido volver a su posición inmutable, como antaño. A ver si así Teresa se cansaba de insistir. Lo que no sabía todavía el infeliz de Cente es que aquella era una mujer a la que le costaba horrores cerrar el pico. Sobre todo ahora, que ya no debía guardar las formas ante pretendientes o carabinas.
-          Pues sí, dicen que fuiste el único que volvió con vida, porque matabas a todo el que se pusiera por delante. – Teresa lo miró pensativa, buscando alguna respuesta en los gestos de su recién estrenado marido- Y eso me enteré sólo hace unos días. Imagínate cómo estaba yo pensando en esta noche, pensé que ibas a ser el hombre más bruto de toda la faz de la tierra.
-          ¿Y lo he sido, mujer?
-          No, mi amor. Has sido el más cariñoso y cuidadoso…por eso, estoy tan confusa. Entonces, ¿no es cierto que acabaste con la vida de cientos?
Cente dudó por un instante sobre qué responder. De pronto, acudieron todas las palabras a su lengua. Estuvo a punto de confesar su fracaso y su torpeza, pero Teresa estaba tan hermosa y él había invertido tantas esperanzas en que su matrimonio funcionase que optó por volver a silenciar su pasado, aunque fuera más indomable que nunca.
-          Verás Teresa. En la Guerra, se cometen muchas atrocidades. Cosas terribles que me gustaría olvidar. Si me quieres, te ruego que abandones tu interés por conocer más detalles. Tuve la suerte de volver sano y salvo. Le doy gracias a Dios todos los días por permitirme estar vivo y haberme casado contigo.
Ella sonrió, incapaz de resistirse a la fragilidad romántica de un marido de la época y, como signo de entrega, destapó de nuevo su cuerpo para que Cente la poseyera y le brindara el milagro de llevar pronto en su seno un hijo suyo.
            Desde ese momento, la vida transcurrió tranquila en el pueblo: se recogieron las cosechas año tras año, se construyó una torre nueva para la Iglesia y nacieron tres niños fuertes en la habitación de Teresa y Cente, el del Capirote. Habían pasado 12 años desde que la Guerra había finalizado y, por las tardes, cada vez que el hombre subía a la azotea para contemplar cómo se despedía el sol tras las montañas, mientras aspiraba el humo de un cigarro, se sentía más en deuda. Como si hubiera robado una dicha para la que no estaba destinado. Y esa sensación añadía a sus días un regusto a tristeza que surcaba, poco a poco, más arrugas en su frente maltrecha.
            Fue entonces cuando sucedió la desgracia y se reveló, por fin, el secreto que Cente guardaba tan celosamente. A pesar de sus desvelos, era su época más feliz y estable. Parece mentira que sea siempre en ese momento cuando acuden las catástrofes, cuando pensamos que nada puede empañarnos las ganas.

domingo, 2 de noviembre de 2014

Courageux/courageuse

El decorado se transformaba, sin demora, teñido de pasado y, como el pasado mismo, se desmoronaba si tan sólo se atrevían las ganas a plantar coraje y a soplar con fuerza
 


Los miedos fueron las pipas de calabaza que cayeron de la talega, mientras caminábamos. Cayeron y germinaron, pero nunca es tarde para agarrar la hoz y ponerse a cortar de cuajo las malas hierbas




El camino volvió a torcerse, justo en la misma curva.
Se paró confuso, le ganó la impertinencia.
 Lo intentó, tropezó.
Lo volvió a intentar, se cayó.
 Se sentó enfadado.
 Los demás pasaron. Lo miraron. Lo señalaron.
Desaparecieron tras la curva, como si nada.
Se hizo de noche. Suspiró. Pasaron los días.
 Quiso retroceder, pero no lo hizo.
Pensó en tomar un atajo, pero no lo hizo.
Pudo haber elegido otras maneras, otros momentos.
 Pudo permitirse lo fácil.
Y, sin embargo, arremetió contra el fracaso.
Y lo intentó de nuevo.
 El número necesario de veces hasta conseguirlo.

jueves, 16 de octubre de 2014

Cambios

"Le revolcó la ola". Eso decían en el muelle. Fue a bañarse estando la mar brava. Quiso remojarse en la orilla, pero la ola la embistió sin tregua alguna. Era una ola antigua, un remolino de corrientes que llevaba arrastrando "el cayado" desde años antes. Supongo que la vio venir. Por eso, acudió sola aquél día a la playa. Iba buscando su ola. Hicieron falta tres "aguaduras" para despertar del caos. Y, cuando su cabeza se escabulló de la espuma, traía el cuerpo desordenado, pero la mente, por fin, serena.



Del calendario, se disiparon las bolsas de frío y se ensanchó el cálido tramo de las tardes donde los sueños se tocan, se besan y se rehacen. 









Azucena cambió para dejar de ser flor. Se desvistió de pétalos insufribles y prefirió ser tallo, verde y grácil, desnudo y alargado hasta el cielo. 






De nuevo, sonaba aquella canción amiga. Su melodía era el paisaje de su vida, la fotografía en la que siempre hace sol y todo brilla. 




La arruga nació para alegrarle el día. Surcó el moflete atrevida, como un grito en el silencio, una pincelada fluorescente en la negrura de las horas. Tronó en sus oídos para impulsar el cambio. Tronó una y otra vez, advirtiéndole de la premura de la tormenta. Arañó su piel hasta doler, porque quería despertarla del letargo y mostrarle que aún podía guarecerse. 



"¡Cómo hemos cambiado! - dijo el amigo ante la foto. ¡Qué suerte que hemos cambiado! - respondió el otro guiñándole un ojo"

...


Un profesor sin fecha de jubilación

Las mañanas se clonaban las unas a las otras, perfectas para la galería, pero huecas de sentido. Habían pasado dos años de una rutina programada desde milenios, idílica en horarios y actividades repletas de todo aquello que siempre quiso hacer cuando se jubilara. Y, al final, había sido más entretenida la espera que el que el momento anhelado. "Es cuestión de tiempo", "ya te acostumbrarás", comentaban unos y otros para convencerlo de los privilegiado de su situación. Sin embargo, cada vez que se repetía el comentario, la pena resonaba en su cavidad torácica, oprimiéndole el entusiasmo para afrontar cada día. Por eso, decidió llamar aquél número. 
Primero, lo guardó durante semanas en el bolsillo de su gabardina. De vez en cuando, lo sacaba, lo miraba, lo manoseaba y se avivaba el coraje por intentarlo, pero el pequeño pedazo de folio siempre volvía inútil a su escondite de tela. Pasó tanto tiempo inmerso en la indecisión, que los dos últimos números de teléfono que soportaban la ventisca del invierno temprano acabaron por desaparecer. Deambuló tres atardeceres entre las farolas en busca de algún resto de aquél anuncio que le había devuelto la ilusión. Y, como suele ocurrir tras un período de incertidumbre, el río de emociones desemboca en impulso. Por eso, esa misma tarde, tal cual descubrió el último número colgando solitario de aquella puerta de metal, llamó. 
Imposible detallar el remolino de recuerdos que arrasó con la calma de Daniel al lunes siguiente. Vestía su habitual pelo gris y llevaba la cartera en su mano derecha cuando Laura le mostró el aula. Nada le era extraño, a pesar de no haber piso antes las instalaciones de aquella humilde ONG de su barrio. Sus pies caminaron sin titubeos entre los pupitres y una nostalgia antigua acudió a abrillantarle el rostro con la luz y la tranquilidad que tanto había perseguido desde que había dejado de dar clases. Tras un pequeño momento de reencuentro vocacional, Daniel se dio la vuelta y ante la mirada atenta de dos pakistaníes, tres marroquíes y una boliviana analfabeta, escribió la fecha en la pizarra y dijo en voz muy alta: "Dicen que el español es la lengua de Cervantes, de Bécquer, de Calderón de la Barca" (los inmigrantes lo miraron atónitos). "Pero amigos míos, a partir de hoy, será la lengua de todos nosotros. Me llamo Daniel y soy profesor retirado. Bienvenidos". 
Así fue como Daniel dejó la enseñanza para seguir enseñando. 

jueves, 2 de octubre de 2014

señales de luz

La luz está encendida y presiento que, esta noche, tampoco ha podido pegar ojo. Me despierta con su chancleteo muermo, arrastrándose hasta la cocina, incendiando el patio interior de las angustias que corroen el alma. La tenue luz que atraviesa el cristal opaco de mi ventana ha despegado mis párpados una vez cada noche durante esta larga semana. Se trata de una quedada sin día, ni fecha, ni conocimiento. Una cita solitaria en medio de la madrugada. Cada una, absorta en sus pensamientos. Los miedos burbujeando en su taza de té. Mis preocupaciones quitándome la almohada. 
Anoche, la oí llorar. Era un sollozo calmo, borboteaba a ritmo constante, como la tos con flemas de la furgoneta vieja de mi padre cuando no arranca. Apreté los labios en una mueca de compasión y me di la vuelta, decidida a ignorarla y a retomar la caza del sueño. Sin embargo, se escuchó el soplar de las penas en el pañuelo y resonó el quejido como punto y aparte a cada golpe de lágrimas. Su pena afloraba como la lava inevitable de un volcán que lleva demasiado tiempo dormido. Entonces, temí que la desgracia lo arrasara todo, así que, aún sin conocernos ni saber nada la una de la otra, encendí la lamparilla de mi mesilla de noche. La luz rebotó en la pared de su apartamento, creando un haz brillante que se perdía en la oscuridad de la noche. Una pequeña señal de vida que le respondía: no estás sola. 

lunes, 8 de septiembre de 2014

Encontrar la inspiración: la gota de lluvia que una vez fue lágrima

Si la inspiración se materializara y viniera a visitarme, creo que lo haría de noche. Una de esas noches cualquiera, de días vacíos y, al mismo tiempo, llenos de existencia. Me encontraría sola, despierta, mientras todo duerme. Sería la mano que corre la cortina, que te sienta en la silla, que concede a tus personajes e historias los finales más locos, pero más claros. Si fuera persona, la inspiración sería una gran amiga. De esas que hablan sin tapujos ni prejuicios. Un susurro honesto que no pretende agradar, sino ser auténtico. 
Pero, ¿qué es exactamente la inspiración? Los grandes autores universales la han perseguido sin descanso. Esa pequeña luz de genialidad que parece arrancar de la piel el trazo, la palabra, la forma, la nota perfecta. La RAE lo define como un "singular y eficaz estímulo que hace al artista producir espontáneamente y sin esfuerzo". Sin embargo, la inspiración no es producto de un solo ingrediente ni surge de la nada. Es como la gota de lluvia que previamente fue mar y se alojó por un tiempo en la nube. De la misma manera, fluye la inspiración. Mamamos la realidad, la masticamos y tragamos como podemos, la digerimos con paciencia, a veces, la mayoría, sin darnos cuenta. Entonces, pasa a formar parte de nosotros, hasta que llega un momento en el que toca mudar la piel. Así, esa misma realidad filtrada se desprende de nosotros, nace como creación de algo distinto y original, fruto de nuestra percepción del mundo. 
El proceso es más largo del que nos gustaría. Sin embargo, con paciencia y dedicación, la inspiración puede quedarse con nosotros. Querrá, como las personas, un cuidado atento y constante. Esto es lo que afirman la mayoría de Escuelas literarias. La inspiración es hábito de trabajo. Hace falta insertarla en la rutina, hacerla prioritaria, mostrarle que tiene cabida en nuestra vida. Pararse para encontrarla. Lejos quedan las fórmulas mágicas y las musas.Sin embargo, siempre queda esta noche tan callada, tan silenciosa, tan muda que me es imposible no llenar con palabras. 

Manual del beso: de la mano a los labios

Cuando Anastasia besó a Armando, pensó que el reverso de su mano le devolvía mejor los besos. Había soñado, desde niña, con aquél momento. Había pasado horas y horas jugando a querer a alguien, hablando con las esquinas, abrazándose a la almohada. Por la noche, antes de dormirse, imaginaba diálogos absurdos inmersos en historias de culebrón en las que la pared de enfrente hacía de amante y los amores siempre eran pasionales, pero imposibles. Había practicado tanto con su mano, los labios "arrepuchados", la lengua divertida lamiendo su propia piel, mordisqueando los nudillos,moviéndose acompasada al ritmo de su cuello...y ahora que el sueño se tornaba realidad y su boca se desnudaba en la boca de Armando, todo le parecía un timo: el sabor extraño, la esponjosidad de unos labios ajenos que no puede controlar y no permanecen quietos, la humedad agotadora. La decepción es tan grande que cuando Armando decide poner fin al beso, ante la pasividad de Anastasia, a ella no se le ocurre otra cosa que repetir inconscientemente lo que hacía, de pequeña, cuando su hermano mayor la descubría inmersa en sus juegos: limpiarse la boca con la manga. 

domingo, 24 de agosto de 2014

La maleta de viaje : instantáneas de personajes





La distancia justa permitió al hombre comprender lo valiosa que es la tierra que lo vio nacer





Juliana ayunó de preocupaciones. La mantuvieron viva las dosis de aire puro, los planes improvisados y los nuevos escenarios.


Le colgaba la cabeza por un lado de la ventanilla, un método rápido para centrifugar el alma.


Tomás se sintió como un "crayon" azul, solitario en su caja, consumido a la mitad y sin afilar, abandonado por los otros lápices, que sí resplandecían nuevos en el bote del escritorio, pero que nunca eran usados. 


El calor cumplió la tregua y los geranios taconearon en el balcón

En la maleta de viaje, regresaron con ella pequeños tesoros invisibles que le animaron a morder y saborear con más ganas la pulpa de la vida. 

miércoles, 6 de agosto de 2014

El eclipse de Carla III

 La metamorfosis de Carla nos desconcertaba a todos: algunas veces, cínica y malévola de celos. Otras, comprensiva y cariñosa con su hermana. Era la locura y el caos. La situación resultaba tan incómoda que hizo que entre nosotros quedáramos cada vez menos. En algunas ocasiones, la hermana no venía y suponíamos que aprovechaba que Carla estaba entretenida para salir con Gonzalo, pero la mayoría de las veces, la acompañaba a todo aquello que organizábamos. Lo hacía con su encanto habitual, pero con cierta tristeza en su sonrisa mágica de antes.
El tema, por supuesto, era la comidilla entre todos los amigos. A menudo, tratábamos de encontrar maneras y tretas para hacer ver a Carla que debía desprenderse de aquél lazo de dependencia con su hermana para comenzar a vivir su propia vida. Realmente, parecía imposible respirar sumida en un torbellino de desasosiego como el de ella. Y lo peor era que su soledad cada día era más intensa, porque sus repentinos cambios de humor y el rencor que titilaba en sus pupilas hacía que los demás nos alejáramos cada vez más. Su forma de ser se volvió peligrosamente tóxica.
Los planes de boda de la hermana fueron nuestra última esperanza. Ella comentaba algún detalle, nada ostentoso, más bien vacío de euforia e ilusión. Lo hacía delante de todos y de Carla, persiguiendo convertir en natural la extrañeza de aquella conducta enfermiza. Nosotros contribuíamos a fomentar el cambio con comentarios oportunos como: “¡Qué bien, Carla! Cuando tu hermana se case, tendrás la habitación para ti sola” o “¡y la siguiente serás tú! Ya sabes lo que dicen: ¡de una boda sale otra boda!” o cosas por el estilo. A la hermana se le encendía el rostro de felicidad aplacada, pero Carla apenas sonreía y cambiaba siempre de tema.

El gesto parecía simple: dejar marchar, soltar amarras, desnudarse de miedos y redecorar el día a día sin la presencia de la hermana. De fuera, como siempre, la dificultad es un concepto más que variable, pero yo confiaba en el sentido común de Carla. Defendía ante todos que, tarde o temprano, ella razonaría y concebiría aquellos años como un empecinamiento estúpido, impropio de una chica inteligente y coherente como ella. En el fondo, todo se reducía a un simple cambio de punto de vista. Eso o se arriesgaba a perder para siempre lo que quedaba de bueno entre ella y su hermana. Y ella lo sabía, pero el terror la paralizaba.

miércoles, 30 de julio de 2014

Vivir es fácil con los ojos cerrados, pero es mejor tenerlos abiertos

Sí, es mejor tenerlos abiertos. A pesar de que su título diga lo contrario, esta maravillosa película de David Trueba (2013) grita precisamente lo contrario y nos sumerge en un viaje donde todo nos resulta familiar porque está impregnado de la cotidianidad de nuestros días y de los pequeños dilemas personales. Desde los primeros minutos, descubrimos que encontrar a Lennon es la excusa y el objetivo, pero lo que importa es el camino para llegar a él. Y para poder disfrutarlo, hace falta tener abiertos, no sólo los ojos, sino todos los sentidos:
    1. El olfato, para seguir el rastro de las buenas historias y de las buenas personas, como el de Antonio (Javier Cámara), excepcional en su papel como profesor de los que dejan huella y consiguen hacer que sus alumnos amen la asignatura que imparte. Implicado, peculiar y auténtico.
      2. El tacto, para sentir la caricia oportuna que nos demuestre que no estamos solos y que, quizá, un pequeño acto de rebeldía y coraje puede brindarnos la oportunidad de querernos un poquito más.
3. El gusto, porque esta película se saborea, se paladea lentamente y se recorre con toques de strawberry, de bosque menta y de mar salado. 
4.   El oído, indispensable, para escuchar a los Beatles mientras dejas que la brisa que entra por la ventanilla del coche te despeine la melena. Mucho oído, todo el que haga falta para escuchar la llamada de “HELP!”, que un amigo o desconocido grita reclamando tu auxilio.
5. La vista, por supuesto, para toparnos con Belén (Natalia de Molina), una joven embarazada que escapa de las presiones sociales; para rescatar a Juan (Francesc Colomer), un adolescente que intenta ser él mismo a pesar de las exigencias de su padre; para hacer visible al niño discapacitado físico que se limita a contemplar el mundo desde su silla de ruedas; para dar compañía a Ramón, que regenta un bar en Almería donde esconde su soledad y, cómo no, para conseguir ver el rodaje, para ver a la estrella, para ver qué palabras faltan en la letra de la canción y luego desgañitarnos, enroquecernos cantándola. Y, finalmente, para contemplar, con nuestros propios ojos, que efectivamente la frase del título no era cierta  y que siempre ha sido mejor vivir la vida con los ojos bien abiertos. 

martes, 29 de julio de 2014

Pelucas y sombreros o el arte de afrontar con humor las pesadillas

Cuando le diagnosticaron cáncer a la hermana, Violeta pensó en dejar el puesto. Ya no podía mirar a aquellos bustos calvos y brillantes de la misma manera, colocarles la peluca y el sombrero, hacerles parecer atractivos para las hordas de turistas que pasaban cada día frente a ella. Mientras los etiquetaba con precios (casi todos entre 4 y 6 euros), recordaba, sin que pudiera evitarlo, la calva real de su hermana, su peluca y su sombrero. Y el maniquí le devolvía una mirada triste. Las ventas disminuyeron sin freno y ya ni siquiera comentaba las altas temperaturas con Joao, el brasileño negro tizón que vendía cerca de ella, bajo la sombra de un árbol raquítico, tickets para el bus turístico. De pronto, verse allí, entre delantales estrafalarios, tazas deformes y ridículos souvenirs le resultó una imagen penosa de sí misma. Ya no tenía edad (60 años) para andar con esos trotes. Seguramente los 45 grados acabarían por tumbarla una de estas tardes. Todo por unos míseros euros. Así que comenzó a levantarse cada día más tarde y los dos carritos de la compra que utilizaba para llevar la mercancía permanecieron, durante dos semanas, mudos y estáticos al lado de la puerta. 
Fue el marido, que la acompañaba durante las dos primeras horas de la mañana antes de marchar al bar del parque para echarse el cortado y los cigarros prohibidos, el que primero se inquietó por la pasividad de su mujer, pero ni siquiera su chantaje emocional logró desbancar la idea del cierre definitivo. Entonces, el día quince, la hermana hizo acto de presencia. Llegó pulsando el timbre de la puerta con su habitual insistencia. Llevaba un vestido corto, de tirantes, como los que solía coserse ella misma cuando era más joven. En la cabeza, no llevaba peluca, ni sombrero. Se tapaba la calva con un pañuelo de flores que le hacía parecer el  malvado bandolero de la novela del mediodía que a veces veían juntas. Hacía tanto calor que nada más llegar al salón, se descalzó, se remangó el vestido y deshizo el nudo del pañuelo, dejando al descubierto su cabeza, plagada de una frágil pelusilla.
-          ¡Niña, así sí que se está fresquito! – Y sonrió a Violeta, guiñándole un ojo -. Bueno, ¿qué? Que pasé esta mañana por el puesto para comprarme un sombrero de esos tuyos, que tienes tan monos y no estabas. ¿Qué te pasa que no lo montaste hoy?
Violeta se encoge de hombros y ahoga una mueca de pena.
-          ¡Ay, Dios mío! ¡Que tú eres la más joven! A ver si te me vas a deprimir ahora…venga, trae los sombreros esos que voy  a probarme.

Del carrito de la compra, salió el modelo pamela en la playa, el sombrerito de Heidi en Frankfurt, el de paja de Huckleberry Finn, el coqueto con lazo incluido y hasta la visera con el lema grabado de I love Sevilla. Rieron. Rieron como cuando eran adolescentes y aprovechaban que su madre estaba fuera para probarse su vestido de novia y sus tacones. Y, mientras disparaba una foto en la que su hermana posaba entre los bustos desangelados de su pequeño puesto, Violeta derramó una lágrima furtiva, pero esta vez no era de pena, sino de agradecimiento.  

jueves, 24 de julio de 2014

La hora de los valientes

A las 8 y media de la mañana, en el parque, sólo estábamos los valientes.
Jacinto, el pensionista, calzado con sus zapatillas de cuando tenía 30 y haciendo aspavientos con los brazos;
los caballos, resoplando, fieles y obedientes;
el maniquí de Decathlon, equipado de arriba a abajo, entre mallas, elásticos y brazaletes cardiovasculares;
la única sombra que tendría el día;
los turistas mochileros, cambiando las botas por chanclas;
y yo, apurando la última recta, llenando mi día de pequeñas victorias. 


lunes, 21 de julio de 2014

Instantáneas de personajes: Los paisajes prestados de Almudena II

Hay una señora justo en el asiento de al lado que no deja de mirarme. Creo que juega a adivinar qué es lo que voy a hacer a Cataluña y, sobre todo, quién me estará esperando en la estación. Mario y yo también solíamos hacer eso muchas veces, sobre todo después de pasar el día entero juntos de excursión, cuando volvíamos a casa en autobús, completamente descamados y deslumbrando con nuestra piel más auténtica.
Nos gustaba ponerle nombre al señor con bigote del asiento delantero, a la extranjera de piel rosada y vestido extra corto o al chófer sudoroso que siempre nos miraba por el retrovisor del pasillo cuando no nos aguantábamos las ganas de comernos el cuello a besos. La mayoría de las veces, el chófer se llamaba Juan. Todos tienen cara de Juan. No sé por qué.
Me pregunto qué nombre estará imaginando la señora para mí ¿Teresa? ¿Julieta? ¿Eduviges? Me encantaría preguntárselo y luego contárselo a Mario. Se estaría riendo 5 minutos enteros sin descanso. Cómo he echado de menos su risa, clara y profunda, como si desempolvara de miedos todo su cuerpo desde dentro hacia fuera.
De pronto, soy consciente de que voy a verlo. Aún me separan 8 horas de viaje, pero el tiempo pasará, como lo ha hecho sin tregua estos años y, sin darme cuenta, estaré en Barcelona, montándome en un taxi para ir a su casa y afrontar lo que perdimos entonces por trabajo y lo que perdemos ahora por enfermedad.

Pasamos ahora por un túnel y la oscuridad me sirve para cerrar los ojos y dar vía libre a una mueca de llanto y espanto que me he permitido no reprimir. Ojalá este agujero en la tierra dure varios kilómetros y pueda permanecer así, con el mundo invisible, sin que ni yo ni nadie me observe ni juzgue. Pero la claridad de la salida destella en mis párpados. Cuando los abro de nuevo, Josefina (he decidido llamar así a la Señora cotilla de al lado) me devuelve una sonrisa tímida. Diría que hasta compasiva. Creerla partícipe del aluvión de sentimientos que me dilapida el corazón me pone incómoda. Me remuevo en el asiento y me concentro en mirar por la ventana.

La abuela de la ventana

La abuela miraba el reloj y, con cada segundo, la manija giraba incesante hacia detrás; las estanterías se arremolinaban más altas; la mirada se perdía escondida y  la campanilla de la entrada ya nunca sonaba 

miércoles, 2 de julio de 2014

Este verano, ¡escribe!


¿Qué tal si retomas ese hobby que tienes relegado al último puesto de tu lista de cosas que hacer para este verano?
Escribir, de nuevo, continúa siendo ese "autoregalo" que tienes escondido bajo la pereza y la desmotivación.
Sin embargo, nunca es tarde para robarle unas horitas a tu tiempo libre y dedicarte a hacer algo que, quizá no todo el mundo entienda, pero que a ti realmente te encanta. Así que déjate de excusas y ¡escribe! 
Y si te falta la inspiración, quizá esto pueda ayudarte:

1- Certamen literario de tweets Andalucía Joven para el año 2014 http://www.escritores.org/index.php/recursos-para-escritores/concursos-literario/10873-certamen-literario-de-tweets-andalucia-joven-para-el-ano-2014-espana

2- XIV Certamen de relatos "Pilar Baigorri" 2014
http://www.escritores.org/index.php/recursos-para-escritores/concursos-literario/10678-xiv-certamen-de-relatos-pilar-baigorri-2014-espana

3- Microrrelato a partir de una fotografía : palabra e imagen
http://www.escritores.org/index.php/recursos-para-escritores/concursos-literario/10795-microrrelato-a-partir-de-una-fotografia-palabra-e-imagen-espana

4- Concurso de cuentos - Candil Radio
http://www.escritores.org/index.php/recursos-para-escritores/concursos-literario/10585-concurso-de-cuentos-candil-radio-espana

Son sólo algunos de los certámenes para julio en los que puedes participar enviando tu texto por correo electrónico. Si quieres encontrar más excusas para ponerte a escribir, no dejes de echar un vistazo a esta fantástica página que los recopila todos: http://www.escritores.org/index.php

Almapuertos

En el aeropuerto, confluyen tantas almas distintas, tantos corazones en el aire, ansiosos por ser atrapados, protegidos, correspondidos y escuchados.
Hay tantas trayectorias posibles y posibilidades de vida que en lugar de aeropuerto debería llamarse "almapuerto".Una parada técnica para coger impulso antes de emprender el vuelo. 

martes, 17 de junio de 2014

Derrama el tintero en twitter: Escribir es betadine para las heridas

"El flexo permaneció encendido toda la noche,
 buscando encender, por reflejo, las buenas ideas"

"Su pijama en mi piel funcionó como medio de teletransporte"

"Aquellos futuros que ya están aquí"

"¿Qué es una equivocación en un mar de aciertos? 
Un islote para retomar el impulso"

"Al darle la vuelta a la bici, la rueda delantera comenzó  a girar sola, movida por la brisa...volvían los buenos tiempos"


Sigue estas pequeñas gotas del tintero en @Derramarlatinta

domingo, 1 de junio de 2014

El universo confluye en un atardecer inesperado y nos recuerda que a veces lo que parece maraña hace tiempo que ya está desenredado 

Insuficiencias

Cayeron derrotados sobre la alfombra deshilachada, incapaz de retener las ansias pasionales, cultivadas en la distancia durante las últimas semanas. 
Había en cada jadeo un suspiro ahogado que camuflaba un mar de lágrimas. Sus manos agarraban al otro hasta arañar intentando palpar y prolongar aquella realidad anhelada. Sus besos intentaban hidratar el secarral de las soledades. 
El encuentro duró un instante, unos pocos minutos de presencia, como el tiempo insondable del metro cuando viaja de una estación a otra. 
Y luego, "cling", fin del asalto, próxima parada, passenger perceive to gate number eight, el bolso, las gafas, los kilómetros, las ganas y vuelta al ajetreo real, lejos, muy lejos, como de costumbre. 

viernes, 16 de mayo de 2014

El explorador incansable

La primera vez que usó el telescopio, no había luna. Y, sin embargo, pasó toda la noche buscándola. 
"Que no la vea no significa que no esté ahí", respondió cuando el padre lo miró con reprobación.

Criadas y señoras: despertar el coraje

Ser valiente puede que sea una de las cosas más complicadas de la vida. Cada día, se nos presentan decenas de ocasiones en las que, en función de nuestras decisiones, somos más o menos atrevidos. Hay dos factores que determinan en gran medida nuestra capacidad de reacción: el estado de ánimo y el contexto. No es lo mismo pretender ser valiente partiendo de un "estoy alegre y motivado" que de un "estoy triste", "cansado" o "impertinente".  Tampoco es comparable tener agallas frente a tu jefe, tus amigos, tu familia o tu pareja. Sin duda, la presión del "qué dirán" y las rutinas ejercen un freno constante a nuestro "yo"valiente. Romper con el guion establecido vale su precio y el miedo a perder un estatus, una credibilidad o unos favores suele paralizarnos.
Hago esta reflexión después de disfrutar de la excelente película "Criadas y señoras" (The Help, 2011), adaptación cinematográfica de la novela del mismo nombre (Kathryn Stockett, 2009) en la que una joven escritora, interpretada por Emma Stone, se atreve a desafiar a la sociedad de los años 60 en la que ha sido educada para dar voz a las mujeres negras que trabajan como criadas en las casas de las blancas. El regreso a su pueblo natal, ubicado en la zona del Mississipi, le hace tomar conciencia del trato vejatorio que las señoras de su barrio ofrecen a sus criadas. Las desigualdades e injusticias son cada vez más evidentes, como el hecho de no poder usar el mismo baño entre blancos y negros o el vacío social al que las aristócratas blancas someten al servicio. Libreta en mano, el personaje de Skeeter consigue convencer a varias criadas para que le cuenten, de forma clandestina, su historia y su versión de la realidad. Al principio, nadie se atreve a decir nada, por temor a las represalias (cárcel, persecuciones, palizas), pero poco a poco el número de criadas voluntarias es más numeroso y el coraje comienza a despertarse en todos los corazones. Esta historia sencilla, contada con humor y ternura, conmueve al espectador por su sencillez y su honestidad. Es inevitable dejar escapar alguna lágrima al ser testigo de la discriminación injustificada que ha sufrido la población de raza negra en una época tan cercana a la nuestra. A pesar de tratarse de un tema conocido por todos, "Criadas y señoras" sorprende por la cotidianidad de sus escenarios y por la excelente interpretación de todos sus actores. Una historia que nos habla de ser valientes, de ir contra corriente y de plantarle cara al destino por nuestros valores y principios. Si aún no la has visto, muy recomendable. 

lunes, 12 de mayo de 2014

Aprendizajes innatos

"El camino era cuesta arriba, pero para eso había nacido en una isla llena de ellas"

Arrugas y derrumbes

Tras la armadura plomiza de éxito y certeza, Marina está cubierta de llagas.
Camina por el pasillo de la empresa con la seguridad y firmeza que la caracteriza. Si no la conociera, no dudaría en decir que está contenta. Fue aquella arruga minúscula junto a su barbilla la que llamó mi atención: una mueca escondida tras la máscara de "todo va bien" que nos demuestra que tras todo payaso, hay una persona. Observé cómo esa arruga se difuminaba mientras se cruzaba con los compañeros. Un papel representado a la perfección.
Esta tarde, la encontré sentada en la parada del tranvía. Vestía su habitual traje de falda y chaqueta, impoluto y con la apariencia de recién planchado, pero luego...de nuevo esa arruga, como una pequeña bombilla roja que parpadea incesante para avisarnos de que hay un fallo en el circuito. Por eso, me acerqué sonriendo (ella, ni siquiera se recompuso. La alarma era inminente, pensé) y pregunté: 
- ¿Estás bien? últimamente, te noto más apagada. ¿Qué te pasa?
Entonces, pude verla. La piel de Marina desintegrada, el corazón desmigajado y los párpados hinchados. Se vino abajo el castillo con una simple pregunta, pero a veces hace falta derrumbarse para poder construir de nuevo.

martes, 15 de abril de 2014

La laguna esbrújula: un nuevo método de orientación para los que les gusta perderse

Ya está en las librerías "La laguna esbrújula", una singular rosa de los vientos literaria que nos invita a darnos un paseo inolvidable por las calles de San Cristóbal de La laguna, en Tenerife (Islas Canarias, España). Compuesto por 15 relatos y fruto de la pluma de sus 14 autores, "La laguna esbrújula" ofrece un mapa (y esto es literal) a sus lectores, animándolos a que se sumerjan en las variopintas historias que se cuelan entre los adoquines y verodes de esta ciudad Patrimonio de la Humanidad. Sin necesidad de seguir un orden establecido, esta colección de relatos concede el protagonismo al lector quien, con mapa en mano y ganas dispuestas, podrá elegir embaucarse por el amor, el misterio o los sueños de estos personajes "esbrújulos". No es indispensable conocer esta ciudad para recorrerla de la mano de este colectivo de escritores emergentes. Si se lee con atención, disfrutará de sus  páginas abriendo y cerrando puertas para asomarse desde el tejado de aguere a la vida que llevan las personas circunstanciales, personas como tú y como yo, que anhelan un amor de franela y persiguen rescatar los sueños de sus entrañas. En definitiva: "Poor people", como diría algún marqués políglota, mientras aspira las flores de un convento cercano. Aquél que se encuentra justo en frente de la plaza de color cabra, ese color indefinido del que se tiñen las ilusiones cuando las pequeñas estrellas se hacen grandes. Entonces, conforme el lector avance por mi calle lagunera y recuerde sin querer lo que vivió en sus años de estudiante, se percatará de que todas esas marcas hendidas en el transcurrir del tiempo sucedieron también en San Cristóbal de La laguna y, quizá, como diría el personaje en la historia nº 13, pronunciará mientras acaba el libro sonriente: "Jodido soplete, nada pasa por casualidad"
+Confío en que el lector avispado haya sabido descubrir en estas últimas líneas los títulos de las historias que le esperan con impaciencia en "La laguna esbrújula".

¡Que lo disfrutes!

Transtroica: la palabra inventada de Javier

Solía escuchar sus tacones cada mañana, martilleando desde las tres de la madrugada el techo de mi apartamento. Vestí ropas viejas, que compraba los domingos en el mercadillo de Plaza Nueva. Colores y telas absurdas que sólo combinaban con la mueca retorcida que ella siempre sostenía en la cara. En el barrio, la llamaban la rara y es cierto que era extraña, más bien auténtica, singular, "estrambótica", original y otras palabras similares que acaban por concluir que era única. Como aquella palabra que leí por azar en el libro que aguardaba junto a la cama de hospital en la que mi padre moriría horas más tarde. Transtroica, decía el primer párrafo del capítulo 9. Transtroica, sí, como mi vecina. 

sábado, 8 de marzo de 2014

Ser mujer




Un rostro transparente que, aunque empañado, deja entrever el alma desnuda; el vello erizado ante la desgracia ajena; la mirada cálida que encierra una madre en potencia; el equilibrio conciliador; la locura pasional; la verborrea feliz; la implicación incondicional; la desconfianza precavida; la curvatura de las formas, particular, imperfecta, propia; la certeza de la desigualdad, pero la lucha imparable; el coraje de sus células y los cimientos del aguante; el beso de las buenas noches; los escondites de la seducción; el susurro sensible de unas manos que, aún pudiendo ser fuertes, deciden ser suaves...¡qué suerte ser mujer! 




Instantáneas de personajes: Los paisajes prestados de Almudena

-          “ Hay lugares que no nos pertenecen. Nacieron para ser de todos, pero llevan nuestra huella, sin quererlo: esta carretera, estos árboles, este paisaje…
-          Pero, ¿sabes cuántos antes que tú y que yo han pasado por aquí? ¿qué te hace pensar que nuestra huella sea más importante que la del resto?
-          Que es la nuestra”

Era el verano del 92, un año antes de la ruptura definitiva. El sol se acostaba en el horizonte y éramos los únicos que quedábamos en la playa. Dos cuerpos desnudos bebiendo cerveza y rebosando vida y felicidad. Todo parecía tan fácil. Teníamos 20 años menos.
 Él se había  puesto en pie y me había soltado esas palabras con aire solemne. Luego, las habíamos repetido en el coche y las habíamos proclamado cada uno por su lado en los innumerables trayectos que recorrimos a solas los años venideros para poder estar juntos. Se convirtió en una especie de salmo, pero ya nada podía salvarnos.
Nos conocimos de casualidad. De pronto, quedó una plaza libre a última hora para hacer un campo de trabajo durante el verano en Sevilla. Anulé la excursión a la playa con mis amigas y pedí vacaciones en la Academia donde llevaba trabajando todo el año como profesora de refuerzo para ganarme unas pelillas. Llevaba buscando desde hace años la oportunidad de colaborar en una iniciativa social y no quería dejar pasar la oportunidad. Por entonces, ya me quedaba poco para los treinta y esa era la edad límite para poder inscribirse.
Luego, Mario me contaría que él se había apuntado para hacerle un favor a su hermano mayor, que trabajaba en la Concejalía de Juventud de Zaragoza y tenía que lograr cubrir todas las vacantes para garantizar que el proyecto saliera para adelante. Así que el punto de partida tuvo duende andaluz. Un azar que quisimos decorar con magia para explicar la conexión instantánea que tuvimos.

Con los años, me di cuenta de la exagerada trascendencia que otorgamos a determinadas situaciones cuando somos jóvenes. Y aún así, si me pusiera a recordar el momento preciso en el que conocí a Mario, podría recrearlo con todos sus detalles. Ahora que ya no estoy bajo el influjo del flechazo, mi discurso resulta más creíble. Nadie puede decir: ¡Bah! ¡Es que está enamorada! ¡Qué cursilería! No, ahora todos me creerían nada más verme. Ahora soy una abogada de reputación, embutida en este traje negro y formal, sentada, con el maletín en mi regazo, en este autobús con destino Barcelona. Un billete involuntario hacia un pasado al que nunca llegué a decir adiós.

Continuará... 

miércoles, 5 de marzo de 2014

El eclipse de Carla

Carla y su hermana lo habían hecho todo juntas. Desde siempre. Desde el principio. Los dos años de edad que les separaban era como si nunca hubieran existido: dormían juntas, se levantaban juntas, comían lo mismo, pensaban lo mismo, estudiaban lo mismo…un agobio infernal para cualquiera y un paraíso perfecto para ellas, que pretendían ser iguales, aunque no lo eran. Todos lo veíamos y disimulábamos, porque Carla y su hermana no eran iguales. Simplemente, una vivía y la otra la copiaba.
La receta no auguraba más que un cóctel peligroso que no tardaría en explotar. Esto también lo sabíamos, pero igualmente disimulábamos. En el fondo, queríamos ser tan ingenuos como ellas, creyendo que aquella compenetración fraternal que compartían se mantendría por toda la eternidad. Pero hay pocas cosas permanentes en este mundo, sobre todo en el universo sentimental.
El big-bang destructivo fue la llegada del novio: seductor incorregible, a caballo (era profesor de hípica) y emanando feromonas desde la punta de sus mocasines hasta la gomina de su melena. Un auténtico señorito que parecía prefabricado a propósito para satisfacer el ideal masculino de la hermana. Imposible que no cayera fulminada. Bastaron dos carantoñas y cuatro galanterías para que Gonzalo la arrastrara hacia su agujero negro, desde donde ella se debatiría durante todos estos años entre ser rescatada por Carla o dejarse llevar al mundo apasionado y rosa que había soñado desde el pupitre de su Colegio de monjas.
Aquella realmente fue una historia de amor inesperada. De esas por las que nadie apuesta, porque rompen con todo lo previsto, pero que acaban forjándose a golpes ante las miradas atónitas de todos los demás. Y luego influyó el deseo de querer aquello que se nos está prohibido, porque Gonzalo digamos que no era recomendable: era mayor que ella, había tenido innumerables novias, trabajaba sin terminar la carrera y no iba a misa los sábados. Conclusión: “no era bueno para ella”, sentenciaba su familia. “No es bueno para ella”, repetía Carla. Pero la atracción hacia el interior del agujero negro era más potente de lo que nadie imaginaba.

La primera en darse cuenta fue Carla. La idea de perder a su hermana aceleró su proceso de envenenamiento. Día y noche, se dedicó a taladrar los pensamientos de su hermana con comentarios negativos sobre el comportamiento de Gonzalo. Cualquier fallo del susodicho era utilizado por Carla para sembrar la desconfianza en el corazón de la hermana, llevando al límite los cimientos de la amistad que las dos habían logrado construir. Fue entonces cuando sus pies comenzaron a desviarse y a poner rumbo hacia direcciones opuestas.