viernes, 31 de enero de 2014

Barbas





Gustavo se dejó la barba y, de pronto, recuperó en pelos los años que marcaba su aniversario, los que todos comentaban que le faltaban.

Fue un beso incómodo. La búsqueda de unos labios deseados, perdidos entre una selva de inseguridades y clichés. 

Cuando alcanzó los 50, Justo se quitó la barba. Tan sólo permaneció el bigote como el rescoldo de una juventud que ya desapareció.


¡Qué bien le quedaba aquella barba olvidada! Aquella pelambrera sin orden, en la que se enredaban siempre mis besos y mis sueños. Mientras se la peinaba con sus dedos pequeños y blandos, se enmarañaban en mi frente los recuerdos de aquellos viajes que nos alejaron de todo lo conocido y acabaron por demostrarnos que lo que buscábamos estaba más cerca de lo que pensábamos. 

domingo, 19 de enero de 2014

Aquí empieza todo

Imagina que estás en una habitación vacía, completamente aburrido y apático. De pronto, escuchas un grito de alguien pidiendo auxilio, un berrido desgarrador, resonando en un barranco...¿lo oyes?
Dos segundos más tarde, pasa por debajo de tu calle el bullicio de una boda a punto de celebrarse. "¡Vivan los novios!", gritan los vecinos entre aplausos y vítores.
Y eso no es todo, inmediatamente después, el sollozo de una adolescente vuelve a romper el silencio de la pequeña estancia en la que te encuentras. Parece estar lamentándose a escasos metros de tu casa.
Para saber qué ocurre, sólo debes asomarte a una de las tres ventanas por las que se cuela la luz de media tarde. En cada una de ellas, hay una historia que comienza...¿cuál te gustaría que continuara?

HISTORIA 1:


“No estaba en la lista”, dijeron en el pueblo, cuando Cente, el del Capirote , regresó de la Guerra Civil sano e ileso.
No es que la gente no se alegrara de la buena fortuna del muchacho, siempre vivaracho y alegre, sino que hacían cosquillas las moscas cojoneras en la oreja, olía a chamusquina, había gato encerrado y demás expresiones varias con las que se concluía una y otra vez el relato que contaba que “Fíjate, tú, llamaron a filas a Cente, el del Capirote, marcharon unos diez en total, de todas partes del pueblo: de la zona baja, de la Fuente Santa y también del barrio al que le dicen el  Tomajo. Eran diez y no había vuelto más que uno: Cente, el del Capirote…sin sufrir enfermedades y con un mísero rasguño en la mejilla derecha”. Un mísero rasguño que día tras día, al afeitarse frente al espejo del baño, él mismo se esforzaba en acentuar, un poco más por aquí, un poco más por allá, con ayuda de la cuchilla. A ver si así resultaba más creíble que él, Cente el del Capirote, había regresado vivo de la Guerra.
Tenía que confesar que estaba un tanto decepcionado. En su lógica mental, siempre había imaginado que el que retornaba coleando de la contienda era el héroe. Aquél que había sobrevivido a las inimaginables adversidades y calamidades. Sin embargo, de no ser por su padre y por su hermana, notaba que los demás lo trataban con cierta desconfianza, como si le creyeran poseedor de un terrible secreto que explicara por qué, de todo su batallón, él había sido el único que había quedado con vida. 

HISTORIA 2:

El día que Marieta, la de Chenza, iba a casarse, no llevaba suyo más que la propia piel y su sonrisa única, que se asomaba apretada y temblorosa por debajo de su nariz perfecta y afilada. La vecina Maruca le había prestado los pendientes que le brillaban entre los cabellos atufados. Su tía, que había venido hacía pocos días de Caracas, la pulsera y el anillo, a juego, que ella se esforzaba continuamente en mantener a raya, pues era tal la delgadez de su hechura que, si se descuidaba, las pocas joyas que lucía se escurrían por entre las dobleces de su vestido, rumbo al pasillo “amarmolado” que le aterrorizaba recorrer. Del vestido, se habló que no era blanco, sino beige. No por virginidades mancilladas, sino por las caprichosas circunstancias. Aquella había sido la única tela que su hermana mayor había podido remendar, noche tras noche, al candor de una vela consumida, que le había hecho pincharse con la aguja más de quinientas veces. Y así todo, no fueron las costuras atropelladas de su vestido, ni el brillo de los abalorios los que llamaron mi atención cuando pasó, seguida por el séquito interminable de sus primas y hermanos, por delante de mi casa, rumbo a la Iglesia. Lo que me dejó sin habla fueron sus pestañas. Las llevaba tan largas y oscuras que habían ido dejando su rastro en la cuenca de sus ojos, engalanando su mirada con un exotismo tribal que a Marieta no le hacía falta. Porque era ella de esas personas que hipnotizaban con su mirada. Desde chica, refulgían sus pupilas, emanando un exceso de energía vital que los que estábamos a su lado nos peleábamos por inhalar. Y también a veces su mirada nos hablaba. Aquél día, mientras caminaba hacia uno de los grandes puntos de inflexión de su vida, sus ojos, para mi absoluto estupor, clamaban auxilio y gritaban algo así como “estoy aterrorizada”. Por suerte, sólo volví a verlos así de asustados dos o tres veces más. Y nunca con aquella intensidad y pavor. Nunca hasta hace dos días.

HISTORIA 3:
No sabría decir exactamente el momento en que la hermana ocupó su puesto. Fue un movimiento sutil, tan imperceptible como la tierra rodea sin descanso al sol, imperturbable ante las sacudidas del hombre. Diría más bien un leve “pasar de página”, un atardecer repentino en el frío invierno o quizá un simple cambio de libro sobre la mesilla de noche. Fue así: con un chasquido. Y de pronto, Carla estaba eclipsada por ella.

Ella era la más guapa, y la más simpática. Nadie dudaba de ello. Tenía esa facilidad innata para encandilar a todos con su personalidad misteriosa y su sonrisa traviesa. Le costaba tan poco ser la protagonista, que no quedaba tiempo ni espacio, ni siquiera utilidad, en hacer pasar un casting a Carla. El veredicto estaba claro: se le adjudicaba el papel de actriz de relleno en la película de sus vidas.
La suya fue una anulación consciente. Un muro inmenso que se antepuso en su camino ante el que no le quedó más remedio que rendirse. Pura aceptación y puro conformismo. Esa era Carla: la otra, la hermana mayor, la eterna candidata. Pero la sumisión descansaba sólo en la superficie, ocultando la frustración y la incomprensión que bullían en sus entrañas.
Carla y su hermana lo habían hecho todo juntas. Desde siempre. Desde el principio. Los dos años de edad que les separaban era como si nunca hubieran existido: dormían juntas, se levantaban juntas, comían lo mismo, pensaban lo mismo, estudiaban lo mismo…un agobio infernal para cualquiera y un paraíso para ellas, que pretendían ser iguales, aunque no lo eran. Todos lo veíamos y disimulábamos, porque Carla y su hermana no eran iguales. Simplemente, una vivía y la otra la copiaba.

viernes, 17 de enero de 2014

La velocidad de los días

Nadie dijo nada cuando Sofía se tiñó el pelo de rojo. Fue de un día para otro. Salió apresurada de la oficina a las 18h y a las 8h del día siguiente, regresaba ajetreada con veinte centímetros menos de melena y un color rojo chillón encendiéndole la cabeza. 
Del ascensor al pasillo, pidió fotocopias y retiró unos informes. Los demás reaccionaron con presteza y respondieron a sus demandas, sin tregua para comentarios. Antes del tinte, había números y papeles que comentar y firmar. No había espacio para las trivialidades. El día se sucedió como estaba previsto, veloz y efectivo, ajeno a los pequeños cambios.
A las 19h30, al llegar a casa y depositar con cansancio las llaves del coche sobre el mueble de la entrada, Sofía se regaló una sonrisa triste al reconocerse en el espejo. Nadie se había dado cuenta del cambio, pensó resignada. 
Se descalzó y lanzó un suspiro que retumbó entre las paredes, de camino al baño. Prendió la luz y la saludó de nuevo su reflejo bermellón. Tras contemplarse con atención durante unos minutos, se picó un ojo divertida y volvió a dejar a oscuras la pequeña habitación. 
El color no debía servir más que para recordarse a sí misma la realidad de su cambio interior.