sábado, 8 de marzo de 2014

Ser mujer




Un rostro transparente que, aunque empañado, deja entrever el alma desnuda; el vello erizado ante la desgracia ajena; la mirada cálida que encierra una madre en potencia; el equilibrio conciliador; la locura pasional; la verborrea feliz; la implicación incondicional; la desconfianza precavida; la curvatura de las formas, particular, imperfecta, propia; la certeza de la desigualdad, pero la lucha imparable; el coraje de sus células y los cimientos del aguante; el beso de las buenas noches; los escondites de la seducción; el susurro sensible de unas manos que, aún pudiendo ser fuertes, deciden ser suaves...¡qué suerte ser mujer! 




Instantáneas de personajes: Los paisajes prestados de Almudena

-          “ Hay lugares que no nos pertenecen. Nacieron para ser de todos, pero llevan nuestra huella, sin quererlo: esta carretera, estos árboles, este paisaje…
-          Pero, ¿sabes cuántos antes que tú y que yo han pasado por aquí? ¿qué te hace pensar que nuestra huella sea más importante que la del resto?
-          Que es la nuestra”

Era el verano del 92, un año antes de la ruptura definitiva. El sol se acostaba en el horizonte y éramos los únicos que quedábamos en la playa. Dos cuerpos desnudos bebiendo cerveza y rebosando vida y felicidad. Todo parecía tan fácil. Teníamos 20 años menos.
 Él se había  puesto en pie y me había soltado esas palabras con aire solemne. Luego, las habíamos repetido en el coche y las habíamos proclamado cada uno por su lado en los innumerables trayectos que recorrimos a solas los años venideros para poder estar juntos. Se convirtió en una especie de salmo, pero ya nada podía salvarnos.
Nos conocimos de casualidad. De pronto, quedó una plaza libre a última hora para hacer un campo de trabajo durante el verano en Sevilla. Anulé la excursión a la playa con mis amigas y pedí vacaciones en la Academia donde llevaba trabajando todo el año como profesora de refuerzo para ganarme unas pelillas. Llevaba buscando desde hace años la oportunidad de colaborar en una iniciativa social y no quería dejar pasar la oportunidad. Por entonces, ya me quedaba poco para los treinta y esa era la edad límite para poder inscribirse.
Luego, Mario me contaría que él se había apuntado para hacerle un favor a su hermano mayor, que trabajaba en la Concejalía de Juventud de Zaragoza y tenía que lograr cubrir todas las vacantes para garantizar que el proyecto saliera para adelante. Así que el punto de partida tuvo duende andaluz. Un azar que quisimos decorar con magia para explicar la conexión instantánea que tuvimos.

Con los años, me di cuenta de la exagerada trascendencia que otorgamos a determinadas situaciones cuando somos jóvenes. Y aún así, si me pusiera a recordar el momento preciso en el que conocí a Mario, podría recrearlo con todos sus detalles. Ahora que ya no estoy bajo el influjo del flechazo, mi discurso resulta más creíble. Nadie puede decir: ¡Bah! ¡Es que está enamorada! ¡Qué cursilería! No, ahora todos me creerían nada más verme. Ahora soy una abogada de reputación, embutida en este traje negro y formal, sentada, con el maletín en mi regazo, en este autobús con destino Barcelona. Un billete involuntario hacia un pasado al que nunca llegué a decir adiós.

Continuará... 

miércoles, 5 de marzo de 2014

El eclipse de Carla

Carla y su hermana lo habían hecho todo juntas. Desde siempre. Desde el principio. Los dos años de edad que les separaban era como si nunca hubieran existido: dormían juntas, se levantaban juntas, comían lo mismo, pensaban lo mismo, estudiaban lo mismo…un agobio infernal para cualquiera y un paraíso perfecto para ellas, que pretendían ser iguales, aunque no lo eran. Todos lo veíamos y disimulábamos, porque Carla y su hermana no eran iguales. Simplemente, una vivía y la otra la copiaba.
La receta no auguraba más que un cóctel peligroso que no tardaría en explotar. Esto también lo sabíamos, pero igualmente disimulábamos. En el fondo, queríamos ser tan ingenuos como ellas, creyendo que aquella compenetración fraternal que compartían se mantendría por toda la eternidad. Pero hay pocas cosas permanentes en este mundo, sobre todo en el universo sentimental.
El big-bang destructivo fue la llegada del novio: seductor incorregible, a caballo (era profesor de hípica) y emanando feromonas desde la punta de sus mocasines hasta la gomina de su melena. Un auténtico señorito que parecía prefabricado a propósito para satisfacer el ideal masculino de la hermana. Imposible que no cayera fulminada. Bastaron dos carantoñas y cuatro galanterías para que Gonzalo la arrastrara hacia su agujero negro, desde donde ella se debatiría durante todos estos años entre ser rescatada por Carla o dejarse llevar al mundo apasionado y rosa que había soñado desde el pupitre de su Colegio de monjas.
Aquella realmente fue una historia de amor inesperada. De esas por las que nadie apuesta, porque rompen con todo lo previsto, pero que acaban forjándose a golpes ante las miradas atónitas de todos los demás. Y luego influyó el deseo de querer aquello que se nos está prohibido, porque Gonzalo digamos que no era recomendable: era mayor que ella, había tenido innumerables novias, trabajaba sin terminar la carrera y no iba a misa los sábados. Conclusión: “no era bueno para ella”, sentenciaba su familia. “No es bueno para ella”, repetía Carla. Pero la atracción hacia el interior del agujero negro era más potente de lo que nadie imaginaba.

La primera en darse cuenta fue Carla. La idea de perder a su hermana aceleró su proceso de envenenamiento. Día y noche, se dedicó a taladrar los pensamientos de su hermana con comentarios negativos sobre el comportamiento de Gonzalo. Cualquier fallo del susodicho era utilizado por Carla para sembrar la desconfianza en el corazón de la hermana, llevando al límite los cimientos de la amistad que las dos habían logrado construir. Fue entonces cuando sus pies comenzaron a desviarse y a poner rumbo hacia direcciones opuestas.