miércoles, 30 de julio de 2014

Vivir es fácil con los ojos cerrados, pero es mejor tenerlos abiertos

Sí, es mejor tenerlos abiertos. A pesar de que su título diga lo contrario, esta maravillosa película de David Trueba (2013) grita precisamente lo contrario y nos sumerge en un viaje donde todo nos resulta familiar porque está impregnado de la cotidianidad de nuestros días y de los pequeños dilemas personales. Desde los primeros minutos, descubrimos que encontrar a Lennon es la excusa y el objetivo, pero lo que importa es el camino para llegar a él. Y para poder disfrutarlo, hace falta tener abiertos, no sólo los ojos, sino todos los sentidos:
    1. El olfato, para seguir el rastro de las buenas historias y de las buenas personas, como el de Antonio (Javier Cámara), excepcional en su papel como profesor de los que dejan huella y consiguen hacer que sus alumnos amen la asignatura que imparte. Implicado, peculiar y auténtico.
      2. El tacto, para sentir la caricia oportuna que nos demuestre que no estamos solos y que, quizá, un pequeño acto de rebeldía y coraje puede brindarnos la oportunidad de querernos un poquito más.
3. El gusto, porque esta película se saborea, se paladea lentamente y se recorre con toques de strawberry, de bosque menta y de mar salado. 
4.   El oído, indispensable, para escuchar a los Beatles mientras dejas que la brisa que entra por la ventanilla del coche te despeine la melena. Mucho oído, todo el que haga falta para escuchar la llamada de “HELP!”, que un amigo o desconocido grita reclamando tu auxilio.
5. La vista, por supuesto, para toparnos con Belén (Natalia de Molina), una joven embarazada que escapa de las presiones sociales; para rescatar a Juan (Francesc Colomer), un adolescente que intenta ser él mismo a pesar de las exigencias de su padre; para hacer visible al niño discapacitado físico que se limita a contemplar el mundo desde su silla de ruedas; para dar compañía a Ramón, que regenta un bar en Almería donde esconde su soledad y, cómo no, para conseguir ver el rodaje, para ver a la estrella, para ver qué palabras faltan en la letra de la canción y luego desgañitarnos, enroquecernos cantándola. Y, finalmente, para contemplar, con nuestros propios ojos, que efectivamente la frase del título no era cierta  y que siempre ha sido mejor vivir la vida con los ojos bien abiertos. 

martes, 29 de julio de 2014

Pelucas y sombreros o el arte de afrontar con humor las pesadillas

Cuando le diagnosticaron cáncer a la hermana, Violeta pensó en dejar el puesto. Ya no podía mirar a aquellos bustos calvos y brillantes de la misma manera, colocarles la peluca y el sombrero, hacerles parecer atractivos para las hordas de turistas que pasaban cada día frente a ella. Mientras los etiquetaba con precios (casi todos entre 4 y 6 euros), recordaba, sin que pudiera evitarlo, la calva real de su hermana, su peluca y su sombrero. Y el maniquí le devolvía una mirada triste. Las ventas disminuyeron sin freno y ya ni siquiera comentaba las altas temperaturas con Joao, el brasileño negro tizón que vendía cerca de ella, bajo la sombra de un árbol raquítico, tickets para el bus turístico. De pronto, verse allí, entre delantales estrafalarios, tazas deformes y ridículos souvenirs le resultó una imagen penosa de sí misma. Ya no tenía edad (60 años) para andar con esos trotes. Seguramente los 45 grados acabarían por tumbarla una de estas tardes. Todo por unos míseros euros. Así que comenzó a levantarse cada día más tarde y los dos carritos de la compra que utilizaba para llevar la mercancía permanecieron, durante dos semanas, mudos y estáticos al lado de la puerta. 
Fue el marido, que la acompañaba durante las dos primeras horas de la mañana antes de marchar al bar del parque para echarse el cortado y los cigarros prohibidos, el que primero se inquietó por la pasividad de su mujer, pero ni siquiera su chantaje emocional logró desbancar la idea del cierre definitivo. Entonces, el día quince, la hermana hizo acto de presencia. Llegó pulsando el timbre de la puerta con su habitual insistencia. Llevaba un vestido corto, de tirantes, como los que solía coserse ella misma cuando era más joven. En la cabeza, no llevaba peluca, ni sombrero. Se tapaba la calva con un pañuelo de flores que le hacía parecer el  malvado bandolero de la novela del mediodía que a veces veían juntas. Hacía tanto calor que nada más llegar al salón, se descalzó, se remangó el vestido y deshizo el nudo del pañuelo, dejando al descubierto su cabeza, plagada de una frágil pelusilla.
-          ¡Niña, así sí que se está fresquito! – Y sonrió a Violeta, guiñándole un ojo -. Bueno, ¿qué? Que pasé esta mañana por el puesto para comprarme un sombrero de esos tuyos, que tienes tan monos y no estabas. ¿Qué te pasa que no lo montaste hoy?
Violeta se encoge de hombros y ahoga una mueca de pena.
-          ¡Ay, Dios mío! ¡Que tú eres la más joven! A ver si te me vas a deprimir ahora…venga, trae los sombreros esos que voy  a probarme.

Del carrito de la compra, salió el modelo pamela en la playa, el sombrerito de Heidi en Frankfurt, el de paja de Huckleberry Finn, el coqueto con lazo incluido y hasta la visera con el lema grabado de I love Sevilla. Rieron. Rieron como cuando eran adolescentes y aprovechaban que su madre estaba fuera para probarse su vestido de novia y sus tacones. Y, mientras disparaba una foto en la que su hermana posaba entre los bustos desangelados de su pequeño puesto, Violeta derramó una lágrima furtiva, pero esta vez no era de pena, sino de agradecimiento.  

jueves, 24 de julio de 2014

La hora de los valientes

A las 8 y media de la mañana, en el parque, sólo estábamos los valientes.
Jacinto, el pensionista, calzado con sus zapatillas de cuando tenía 30 y haciendo aspavientos con los brazos;
los caballos, resoplando, fieles y obedientes;
el maniquí de Decathlon, equipado de arriba a abajo, entre mallas, elásticos y brazaletes cardiovasculares;
la única sombra que tendría el día;
los turistas mochileros, cambiando las botas por chanclas;
y yo, apurando la última recta, llenando mi día de pequeñas victorias. 


lunes, 21 de julio de 2014

Instantáneas de personajes: Los paisajes prestados de Almudena II

Hay una señora justo en el asiento de al lado que no deja de mirarme. Creo que juega a adivinar qué es lo que voy a hacer a Cataluña y, sobre todo, quién me estará esperando en la estación. Mario y yo también solíamos hacer eso muchas veces, sobre todo después de pasar el día entero juntos de excursión, cuando volvíamos a casa en autobús, completamente descamados y deslumbrando con nuestra piel más auténtica.
Nos gustaba ponerle nombre al señor con bigote del asiento delantero, a la extranjera de piel rosada y vestido extra corto o al chófer sudoroso que siempre nos miraba por el retrovisor del pasillo cuando no nos aguantábamos las ganas de comernos el cuello a besos. La mayoría de las veces, el chófer se llamaba Juan. Todos tienen cara de Juan. No sé por qué.
Me pregunto qué nombre estará imaginando la señora para mí ¿Teresa? ¿Julieta? ¿Eduviges? Me encantaría preguntárselo y luego contárselo a Mario. Se estaría riendo 5 minutos enteros sin descanso. Cómo he echado de menos su risa, clara y profunda, como si desempolvara de miedos todo su cuerpo desde dentro hacia fuera.
De pronto, soy consciente de que voy a verlo. Aún me separan 8 horas de viaje, pero el tiempo pasará, como lo ha hecho sin tregua estos años y, sin darme cuenta, estaré en Barcelona, montándome en un taxi para ir a su casa y afrontar lo que perdimos entonces por trabajo y lo que perdemos ahora por enfermedad.

Pasamos ahora por un túnel y la oscuridad me sirve para cerrar los ojos y dar vía libre a una mueca de llanto y espanto que me he permitido no reprimir. Ojalá este agujero en la tierra dure varios kilómetros y pueda permanecer así, con el mundo invisible, sin que ni yo ni nadie me observe ni juzgue. Pero la claridad de la salida destella en mis párpados. Cuando los abro de nuevo, Josefina (he decidido llamar así a la Señora cotilla de al lado) me devuelve una sonrisa tímida. Diría que hasta compasiva. Creerla partícipe del aluvión de sentimientos que me dilapida el corazón me pone incómoda. Me remuevo en el asiento y me concentro en mirar por la ventana.

La abuela de la ventana

La abuela miraba el reloj y, con cada segundo, la manija giraba incesante hacia detrás; las estanterías se arremolinaban más altas; la mirada se perdía escondida y  la campanilla de la entrada ya nunca sonaba 

miércoles, 2 de julio de 2014

Este verano, ¡escribe!


¿Qué tal si retomas ese hobby que tienes relegado al último puesto de tu lista de cosas que hacer para este verano?
Escribir, de nuevo, continúa siendo ese "autoregalo" que tienes escondido bajo la pereza y la desmotivación.
Sin embargo, nunca es tarde para robarle unas horitas a tu tiempo libre y dedicarte a hacer algo que, quizá no todo el mundo entienda, pero que a ti realmente te encanta. Así que déjate de excusas y ¡escribe! 
Y si te falta la inspiración, quizá esto pueda ayudarte:

1- Certamen literario de tweets Andalucía Joven para el año 2014 http://www.escritores.org/index.php/recursos-para-escritores/concursos-literario/10873-certamen-literario-de-tweets-andalucia-joven-para-el-ano-2014-espana

2- XIV Certamen de relatos "Pilar Baigorri" 2014
http://www.escritores.org/index.php/recursos-para-escritores/concursos-literario/10678-xiv-certamen-de-relatos-pilar-baigorri-2014-espana

3- Microrrelato a partir de una fotografía : palabra e imagen
http://www.escritores.org/index.php/recursos-para-escritores/concursos-literario/10795-microrrelato-a-partir-de-una-fotografia-palabra-e-imagen-espana

4- Concurso de cuentos - Candil Radio
http://www.escritores.org/index.php/recursos-para-escritores/concursos-literario/10585-concurso-de-cuentos-candil-radio-espana

Son sólo algunos de los certámenes para julio en los que puedes participar enviando tu texto por correo electrónico. Si quieres encontrar más excusas para ponerte a escribir, no dejes de echar un vistazo a esta fantástica página que los recopila todos: http://www.escritores.org/index.php

Almapuertos

En el aeropuerto, confluyen tantas almas distintas, tantos corazones en el aire, ansiosos por ser atrapados, protegidos, correspondidos y escuchados.
Hay tantas trayectorias posibles y posibilidades de vida que en lugar de aeropuerto debería llamarse "almapuerto".Una parada técnica para coger impulso antes de emprender el vuelo.