domingo, 24 de agosto de 2014

La maleta de viaje : instantáneas de personajes





La distancia justa permitió al hombre comprender lo valiosa que es la tierra que lo vio nacer





Juliana ayunó de preocupaciones. La mantuvieron viva las dosis de aire puro, los planes improvisados y los nuevos escenarios.


Le colgaba la cabeza por un lado de la ventanilla, un método rápido para centrifugar el alma.


Tomás se sintió como un "crayon" azul, solitario en su caja, consumido a la mitad y sin afilar, abandonado por los otros lápices, que sí resplandecían nuevos en el bote del escritorio, pero que nunca eran usados. 


El calor cumplió la tregua y los geranios taconearon en el balcón

En la maleta de viaje, regresaron con ella pequeños tesoros invisibles que le animaron a morder y saborear con más ganas la pulpa de la vida. 

miércoles, 6 de agosto de 2014

El eclipse de Carla III

 La metamorfosis de Carla nos desconcertaba a todos: algunas veces, cínica y malévola de celos. Otras, comprensiva y cariñosa con su hermana. Era la locura y el caos. La situación resultaba tan incómoda que hizo que entre nosotros quedáramos cada vez menos. En algunas ocasiones, la hermana no venía y suponíamos que aprovechaba que Carla estaba entretenida para salir con Gonzalo, pero la mayoría de las veces, la acompañaba a todo aquello que organizábamos. Lo hacía con su encanto habitual, pero con cierta tristeza en su sonrisa mágica de antes.
El tema, por supuesto, era la comidilla entre todos los amigos. A menudo, tratábamos de encontrar maneras y tretas para hacer ver a Carla que debía desprenderse de aquél lazo de dependencia con su hermana para comenzar a vivir su propia vida. Realmente, parecía imposible respirar sumida en un torbellino de desasosiego como el de ella. Y lo peor era que su soledad cada día era más intensa, porque sus repentinos cambios de humor y el rencor que titilaba en sus pupilas hacía que los demás nos alejáramos cada vez más. Su forma de ser se volvió peligrosamente tóxica.
Los planes de boda de la hermana fueron nuestra última esperanza. Ella comentaba algún detalle, nada ostentoso, más bien vacío de euforia e ilusión. Lo hacía delante de todos y de Carla, persiguiendo convertir en natural la extrañeza de aquella conducta enfermiza. Nosotros contribuíamos a fomentar el cambio con comentarios oportunos como: “¡Qué bien, Carla! Cuando tu hermana se case, tendrás la habitación para ti sola” o “¡y la siguiente serás tú! Ya sabes lo que dicen: ¡de una boda sale otra boda!” o cosas por el estilo. A la hermana se le encendía el rostro de felicidad aplacada, pero Carla apenas sonreía y cambiaba siempre de tema.

El gesto parecía simple: dejar marchar, soltar amarras, desnudarse de miedos y redecorar el día a día sin la presencia de la hermana. De fuera, como siempre, la dificultad es un concepto más que variable, pero yo confiaba en el sentido común de Carla. Defendía ante todos que, tarde o temprano, ella razonaría y concebiría aquellos años como un empecinamiento estúpido, impropio de una chica inteligente y coherente como ella. En el fondo, todo se reducía a un simple cambio de punto de vista. Eso o se arriesgaba a perder para siempre lo que quedaba de bueno entre ella y su hermana. Y ella lo sabía, pero el terror la paralizaba.