lunes, 8 de septiembre de 2014

Encontrar la inspiración: la gota de lluvia que una vez fue lágrima

Si la inspiración se materializara y viniera a visitarme, creo que lo haría de noche. Una de esas noches cualquiera, de días vacíos y, al mismo tiempo, llenos de existencia. Me encontraría sola, despierta, mientras todo duerme. Sería la mano que corre la cortina, que te sienta en la silla, que concede a tus personajes e historias los finales más locos, pero más claros. Si fuera persona, la inspiración sería una gran amiga. De esas que hablan sin tapujos ni prejuicios. Un susurro honesto que no pretende agradar, sino ser auténtico. 
Pero, ¿qué es exactamente la inspiración? Los grandes autores universales la han perseguido sin descanso. Esa pequeña luz de genialidad que parece arrancar de la piel el trazo, la palabra, la forma, la nota perfecta. La RAE lo define como un "singular y eficaz estímulo que hace al artista producir espontáneamente y sin esfuerzo". Sin embargo, la inspiración no es producto de un solo ingrediente ni surge de la nada. Es como la gota de lluvia que previamente fue mar y se alojó por un tiempo en la nube. De la misma manera, fluye la inspiración. Mamamos la realidad, la masticamos y tragamos como podemos, la digerimos con paciencia, a veces, la mayoría, sin darnos cuenta. Entonces, pasa a formar parte de nosotros, hasta que llega un momento en el que toca mudar la piel. Así, esa misma realidad filtrada se desprende de nosotros, nace como creación de algo distinto y original, fruto de nuestra percepción del mundo. 
El proceso es más largo del que nos gustaría. Sin embargo, con paciencia y dedicación, la inspiración puede quedarse con nosotros. Querrá, como las personas, un cuidado atento y constante. Esto es lo que afirman la mayoría de Escuelas literarias. La inspiración es hábito de trabajo. Hace falta insertarla en la rutina, hacerla prioritaria, mostrarle que tiene cabida en nuestra vida. Pararse para encontrarla. Lejos quedan las fórmulas mágicas y las musas.Sin embargo, siempre queda esta noche tan callada, tan silenciosa, tan muda que me es imposible no llenar con palabras. 

Manual del beso: de la mano a los labios

Cuando Anastasia besó a Armando, pensó que el reverso de su mano le devolvía mejor los besos. Había soñado, desde niña, con aquél momento. Había pasado horas y horas jugando a querer a alguien, hablando con las esquinas, abrazándose a la almohada. Por la noche, antes de dormirse, imaginaba diálogos absurdos inmersos en historias de culebrón en las que la pared de enfrente hacía de amante y los amores siempre eran pasionales, pero imposibles. Había practicado tanto con su mano, los labios "arrepuchados", la lengua divertida lamiendo su propia piel, mordisqueando los nudillos,moviéndose acompasada al ritmo de su cuello...y ahora que el sueño se tornaba realidad y su boca se desnudaba en la boca de Armando, todo le parecía un timo: el sabor extraño, la esponjosidad de unos labios ajenos que no puede controlar y no permanecen quietos, la humedad agotadora. La decepción es tan grande que cuando Armando decide poner fin al beso, ante la pasividad de Anastasia, a ella no se le ocurre otra cosa que repetir inconscientemente lo que hacía, de pequeña, cuando su hermano mayor la descubría inmersa en sus juegos: limpiarse la boca con la manga.