jueves, 16 de octubre de 2014

Cambios

"Le revolcó la ola". Eso decían en el muelle. Fue a bañarse estando la mar brava. Quiso remojarse en la orilla, pero la ola la embistió sin tregua alguna. Era una ola antigua, un remolino de corrientes que llevaba arrastrando "el cayado" desde años antes. Supongo que la vio venir. Por eso, acudió sola aquél día a la playa. Iba buscando su ola. Hicieron falta tres "aguaduras" para despertar del caos. Y, cuando su cabeza se escabulló de la espuma, traía el cuerpo desordenado, pero la mente, por fin, serena.



Del calendario, se disiparon las bolsas de frío y se ensanchó el cálido tramo de las tardes donde los sueños se tocan, se besan y se rehacen. 









Azucena cambió para dejar de ser flor. Se desvistió de pétalos insufribles y prefirió ser tallo, verde y grácil, desnudo y alargado hasta el cielo. 






De nuevo, sonaba aquella canción amiga. Su melodía era el paisaje de su vida, la fotografía en la que siempre hace sol y todo brilla. 




La arruga nació para alegrarle el día. Surcó el moflete atrevida, como un grito en el silencio, una pincelada fluorescente en la negrura de las horas. Tronó en sus oídos para impulsar el cambio. Tronó una y otra vez, advirtiéndole de la premura de la tormenta. Arañó su piel hasta doler, porque quería despertarla del letargo y mostrarle que aún podía guarecerse. 



"¡Cómo hemos cambiado! - dijo el amigo ante la foto. ¡Qué suerte que hemos cambiado! - respondió el otro guiñándole un ojo"

...


Un profesor sin fecha de jubilación

Las mañanas se clonaban las unas a las otras, perfectas para la galería, pero huecas de sentido. Habían pasado dos años de una rutina programada desde milenios, idílica en horarios y actividades repletas de todo aquello que siempre quiso hacer cuando se jubilara. Y, al final, había sido más entretenida la espera que el que el momento anhelado. "Es cuestión de tiempo", "ya te acostumbrarás", comentaban unos y otros para convencerlo de los privilegiado de su situación. Sin embargo, cada vez que se repetía el comentario, la pena resonaba en su cavidad torácica, oprimiéndole el entusiasmo para afrontar cada día. Por eso, decidió llamar aquél número. 
Primero, lo guardó durante semanas en el bolsillo de su gabardina. De vez en cuando, lo sacaba, lo miraba, lo manoseaba y se avivaba el coraje por intentarlo, pero el pequeño pedazo de folio siempre volvía inútil a su escondite de tela. Pasó tanto tiempo inmerso en la indecisión, que los dos últimos números de teléfono que soportaban la ventisca del invierno temprano acabaron por desaparecer. Deambuló tres atardeceres entre las farolas en busca de algún resto de aquél anuncio que le había devuelto la ilusión. Y, como suele ocurrir tras un período de incertidumbre, el río de emociones desemboca en impulso. Por eso, esa misma tarde, tal cual descubrió el último número colgando solitario de aquella puerta de metal, llamó. 
Imposible detallar el remolino de recuerdos que arrasó con la calma de Daniel al lunes siguiente. Vestía su habitual pelo gris y llevaba la cartera en su mano derecha cuando Laura le mostró el aula. Nada le era extraño, a pesar de no haber piso antes las instalaciones de aquella humilde ONG de su barrio. Sus pies caminaron sin titubeos entre los pupitres y una nostalgia antigua acudió a abrillantarle el rostro con la luz y la tranquilidad que tanto había perseguido desde que había dejado de dar clases. Tras un pequeño momento de reencuentro vocacional, Daniel se dio la vuelta y ante la mirada atenta de dos pakistaníes, tres marroquíes y una boliviana analfabeta, escribió la fecha en la pizarra y dijo en voz muy alta: "Dicen que el español es la lengua de Cervantes, de Bécquer, de Calderón de la Barca" (los inmigrantes lo miraron atónitos). "Pero amigos míos, a partir de hoy, será la lengua de todos nosotros. Me llamo Daniel y soy profesor retirado. Bienvenidos". 
Así fue como Daniel dejó la enseñanza para seguir enseñando. 

jueves, 2 de octubre de 2014

señales de luz

La luz está encendida y presiento que, esta noche, tampoco ha podido pegar ojo. Me despierta con su chancleteo muermo, arrastrándose hasta la cocina, incendiando el patio interior de las angustias que corroen el alma. La tenue luz que atraviesa el cristal opaco de mi ventana ha despegado mis párpados una vez cada noche durante esta larga semana. Se trata de una quedada sin día, ni fecha, ni conocimiento. Una cita solitaria en medio de la madrugada. Cada una, absorta en sus pensamientos. Los miedos burbujeando en su taza de té. Mis preocupaciones quitándome la almohada. 
Anoche, la oí llorar. Era un sollozo calmo, borboteaba a ritmo constante, como la tos con flemas de la furgoneta vieja de mi padre cuando no arranca. Apreté los labios en una mueca de compasión y me di la vuelta, decidida a ignorarla y a retomar la caza del sueño. Sin embargo, se escuchó el soplar de las penas en el pañuelo y resonó el quejido como punto y aparte a cada golpe de lágrimas. Su pena afloraba como la lava inevitable de un volcán que lleva demasiado tiempo dormido. Entonces, temí que la desgracia lo arrasara todo, así que, aún sin conocernos ni saber nada la una de la otra, encendí la lamparilla de mi mesilla de noche. La luz rebotó en la pared de su apartamento, creando un haz brillante que se perdía en la oscuridad de la noche. Una pequeña señal de vida que le respondía: no estás sola.