domingo, 23 de noviembre de 2014

Un cubo de agua para la fogalera de Ana

La luz de Ana brillaba intermitentemente.
Se enamoró y pasó de ser faro a ser velón, vulnerable a las rachas de viento;
Endeble y volátil, corriendo, día tras día,
el riesgo de desaparecer de un simple soplido.
Lejos quedó su calor permanente de fogata cálida;
de pasión inagotable, de brasa amable.
Se fue poco a poco apagando
tristemente avivada por susurros externos y superficiales
que no duraban ni un instante.
Y al mirarse en el reflejo, titiló la débil llama
porque es duro darse cuenta de que se es chispa
cuando antes se ardió en llamas


miércoles, 12 de noviembre de 2014

domingo, 9 de noviembre de 2014

Cente, el del capirote- Parte II


Contaban en el bar que el muchacho era más ágil de lo que parecía y que tenía una puntería inaudita con la escopeta cuando subían al monte a cazar conejos. Otros aludían al azar y a la imprevisibilidad de la muerte. Cente sólo asentía, sin mediar explicaciones, intentando que la novedad de su historia se viera aplacada con el paso del tiempo y el devenir del acontecer de los barrios del pueblo. Ya tenía suficiente por la noche, cuando la verdadera historia se rememoraba en sus sueños agitados, haciéndole dar más de mil vueltas en aquél colchón desmadejado, en busca de la tranquilidad de la inconsciencia.

Pero tuvieron que cumplirse más de 6 aniversarios para que el clamor de los cañonazos perdiera volumen en sus torturados recuerdos. Hacer como si no hubieran ocurrido, se repetía semana tras semana. Y al ignorarlos, la historia se diluía en simple anécdota.  
Por desgracia, los fantasmas del pasado siempre acuden prestos cuando el alma está desorientada o cuando aparece alguna persona hábil capaz de levantar, como si de una leve pluma se tratara, la losa que los mantenía encerrados desde hacía tanto tiempo.
-          ¡Ay, Cente, amor mío! ¡Qué bien que esto haya pasado! Tenía tanto miedo al pensar en la noche de bodas…se dicen tantas cosas por ahí…
-          ¿Qué cosas, mujer? – respondió él recuperando el aliento.
-          Pues ya sabes, cosas. – Subió los hombros inocente – Cosas de la guerra.
-          ¡Por Dios, Teresa! ¿Cómo puedes pensar en eso justo ahora? Nos acabamos de casar.
-          Lo sé, cariño. Lo sé, pero justamente por eso. Ahora que soy tu mujer, me gustaría saber qué fue lo que pasó cuando marchaste al frente.
Él la miraba con reprobación, mientras ella estiraba la sábana hasta conseguir cubrir su escote y su cuello. Parecía olvidarse que minutos antes habían yacido los dos desnudos, restregándose mutuamente con sus cuerpos mojados y henchidos de un deseo inflado durante sus tres años de noviazgo.
-          Con el miedo que he pasado… - continuó hablando ella, frunciendo sus labios como una niña pequeña caprichosa – Es que tú no sabes todo lo que se comenta por ahí. Algunos te llaman “El verdugo”.
Cente dio un respingo, pero no pronunció palabra. Había decidido volver a su posición inmutable, como antaño. A ver si así Teresa se cansaba de insistir. Lo que no sabía todavía el infeliz de Cente es que aquella era una mujer a la que le costaba horrores cerrar el pico. Sobre todo ahora, que ya no debía guardar las formas ante pretendientes o carabinas.
-          Pues sí, dicen que fuiste el único que volvió con vida, porque matabas a todo el que se pusiera por delante. – Teresa lo miró pensativa, buscando alguna respuesta en los gestos de su recién estrenado marido- Y eso me enteré sólo hace unos días. Imagínate cómo estaba yo pensando en esta noche, pensé que ibas a ser el hombre más bruto de toda la faz de la tierra.
-          ¿Y lo he sido, mujer?
-          No, mi amor. Has sido el más cariñoso y cuidadoso…por eso, estoy tan confusa. Entonces, ¿no es cierto que acabaste con la vida de cientos?
Cente dudó por un instante sobre qué responder. De pronto, acudieron todas las palabras a su lengua. Estuvo a punto de confesar su fracaso y su torpeza, pero Teresa estaba tan hermosa y él había invertido tantas esperanzas en que su matrimonio funcionase que optó por volver a silenciar su pasado, aunque fuera más indomable que nunca.
-          Verás Teresa. En la Guerra, se cometen muchas atrocidades. Cosas terribles que me gustaría olvidar. Si me quieres, te ruego que abandones tu interés por conocer más detalles. Tuve la suerte de volver sano y salvo. Le doy gracias a Dios todos los días por permitirme estar vivo y haberme casado contigo.
Ella sonrió, incapaz de resistirse a la fragilidad romántica de un marido de la época y, como signo de entrega, destapó de nuevo su cuerpo para que Cente la poseyera y le brindara el milagro de llevar pronto en su seno un hijo suyo.
            Desde ese momento, la vida transcurrió tranquila en el pueblo: se recogieron las cosechas año tras año, se construyó una torre nueva para la Iglesia y nacieron tres niños fuertes en la habitación de Teresa y Cente, el del Capirote. Habían pasado 12 años desde que la Guerra había finalizado y, por las tardes, cada vez que el hombre subía a la azotea para contemplar cómo se despedía el sol tras las montañas, mientras aspiraba el humo de un cigarro, se sentía más en deuda. Como si hubiera robado una dicha para la que no estaba destinado. Y esa sensación añadía a sus días un regusto a tristeza que surcaba, poco a poco, más arrugas en su frente maltrecha.
            Fue entonces cuando sucedió la desgracia y se reveló, por fin, el secreto que Cente guardaba tan celosamente. A pesar de sus desvelos, era su época más feliz y estable. Parece mentira que sea siempre en ese momento cuando acuden las catástrofes, cuando pensamos que nada puede empañarnos las ganas.

domingo, 2 de noviembre de 2014

Courageux/courageuse

El decorado se transformaba, sin demora, teñido de pasado y, como el pasado mismo, se desmoronaba si tan sólo se atrevían las ganas a plantar coraje y a soplar con fuerza
 


Los miedos fueron las pipas de calabaza que cayeron de la talega, mientras caminábamos. Cayeron y germinaron, pero nunca es tarde para agarrar la hoz y ponerse a cortar de cuajo las malas hierbas




El camino volvió a torcerse, justo en la misma curva.
Se paró confuso, le ganó la impertinencia.
 Lo intentó, tropezó.
Lo volvió a intentar, se cayó.
 Se sentó enfadado.
 Los demás pasaron. Lo miraron. Lo señalaron.
Desaparecieron tras la curva, como si nada.
Se hizo de noche. Suspiró. Pasaron los días.
 Quiso retroceder, pero no lo hizo.
Pensó en tomar un atajo, pero no lo hizo.
Pudo haber elegido otras maneras, otros momentos.
 Pudo permitirse lo fácil.
Y, sin embargo, arremetió contra el fracaso.
Y lo intentó de nuevo.
 El número necesario de veces hasta conseguirlo.