jueves, 1 de octubre de 2015

El terruño : microrrelatos agrícolas






La garra del abuelo sacudía con una fuerza inaudita aquél saco repleto, a partes iguales, de esfuerzo y papas. Pesaban los quintales y hundían con sus kilos la quilla de un barco, que surcaba el océano manso, lejos de la tierra, al barbecho de las llagas. 




No era aún de día cuando la madre bajó chancleteando al baño. No cerró la puerta y la luz del lavabo se proyectó esperanzadora en la oscuridad de la casa. Fuera, cantaban los grillos y rompía desgañitado un gallo tempranero que hizo removerse a la más pequeña entre las sábanas. Chorro de pis y cascada de la cisterna. Regresó la negrura. En el umbral, la silueta de la madre se asomó unos segundos para darle vuelta a las niñas. Luego, retomó las escaleras bostezando y se escuchó al padre que hablaba. La alarma sonaría pronto.


La huerta era un campo de fútbol. Un infinito de surcos engalanados del verde de la planta en el que su abuela acostumbraba a pasear a media tarde, las manos atrás y el cuerpo encaramado hacia delante, como un fruta remadura a punto de caerse del árbol. 



martes, 29 de septiembre de 2015

I'll be back

Eso dijo en inglés el Swarzenegger en aquella película de futuros no tan lejanos y hombres-robot manipulables. "Volveré", jugábamos a imitarlo cuando éramos unos menudos, intentando adoptar aquella voz de sótano, contundente e irrefutable. Debo admitir que me ha costado unos 20 años dar con el tono, pero esta tarde, lo he clavado. Iba modo autómata por la calle y me paró una amiga de la amiga, es decir, de ese tipo de conocidas que cruzas  sólo dos-tres veces al año, pero a la que acabas cogiendo cariño en un deseo interno de que traspase por fin al círculo de tus amistades. El caso es que, tras las puestas al día reglamentarias, arremetió con un: "oye, y ¿qué pasa que ya no escribes? Me he metido en tu blog y no hay nada nuevo. ¿Lo tienes parado?". Eso sí que fue contundente. ¡Zas! ¡Baum!!wham! (y otras onomatopeyas del cómic)
Tocada. Un golpe certero, como es habitual, de parte de los más inesperados. Yo levanté las cejas, la barbilla, los hombros...todo al unísono durante dos efímeros segundos que esperaba le dieran tiempo a mi cerebro para resumir en una frase firme y despreocupada la mezcla de estrés, desmotivación, incertidumbre y cansancio que había estado soplando en mi ventana durante los últimos meses. Con esos ingredientes, las burbujas en la marmita no presagiaban nada bueno. El resultado: una pócima verde de hastío. Sin embargo, justo cuando iba a desplomarme víctima de la autocompasión, resonó desde las profundidades de mis células aquella palabra: VOLVERÉ. Sorprendida pero satisfecha por mi reacción, repetí asintiendo y subiendo el volumen de mi voz: VOLVERÉ, esta vez con carcajada y asombro a partes iguales de mi casi-amiga y de mí misma. Pues eso: VOLVERÉ  - dije por tercera vez y supe que la chispa de la ilusión y el optimismo seguía empolvada, pero intacta. "Ya he vuelto", susurré sonriendo de regreso al coche. Tendrías que haber estado allí para verlo. No es por nada, pero lo clavé. Que tiemblen el "termineitor" y las marmitas en ebullición. El tintero vuelve a derramarse. Emulando de nuevo a Arnold, sólo digo una cosa: Sayonara baby o, para que tú y yo nos entendamos: se acabó la bobería.

domingo, 7 de junio de 2015

¿Un mundo sin libros?

¿Un mundo sin libros? - preguntó el abuelo extrañado - A un mundo sin libros le sobraría algo...seguramente una "n", porque sin libros, ya no sería mundo, sino mudo.
 
 
 
A ojos de la mayoría, la esperanza de vida de los libros es cada vez más corta. Las nuevas tecnologías, la cultura de la inmediatez o la falta de curiosidad suelen sostener la base de este argumento. Leemos menos y compramos menos libros. No es rentable. Abrir una librería se ha convertido en un acto heroico y altruista, a no ser que completes las estanterías con material de papelería u objetos de regalo. Sin embargo, ¿no estamos exagerando? ¿Sería posible un mundo sin libros? y si así fuera ¿cómo sería? Filósofos y escritores dan respuesta a estas preguntas en el siguiente artículo publicado en el diario "El País". Les invito a leerlo y a expresar su particular visión apocalíptica o idílica de un mundo sin libros.  
 
 

Parones

Tiempo de barbecho.
Justo y necesario.
Un paréntesis con tres puntos suspensivos en su interior.
Tiempo para sustituirlos por texto.
Tiempo para llenarlo de vida.

martes, 21 de abril de 2015

Una vida con música

Frente al piano, siempre le cuelgan los pies. No le importa. Le gusta dejar que sus piernas floten, como las notas en el pentagrama. Es un ritual terapéutico llegar abatido al instrumento y subir el taburete, girar y girar, iniciando el despegue, alzando el espíritu para una nueva melodía. 

sobrecarga de equipaje

De lejos, parecía una mochila con patas. Dos canillitas delgadas y blancas que asomaban bajo esa mole confusa que cargaba a la espalda. Todos pensamos que el peso era demasiado para ir en busca de aventuras. 

Aviso a todas las unidades

La presa en el lagrimal estaba a punto de estallar
La pupila andaba desorientada y fue incapaz de aguantar el aluvión
Había pequeñas ramas, basura, troncos antiguos y carcomidos, restos
el párpado se deshacía en cenizas 
y el rostro se diluía lánguido, chorreando las últimas gotas,
redoblando la cuenta atrás para finiquitar el llanto 

martes, 31 de marzo de 2015

Las aventuras hay que salir a buscarlas

En lugar de plantarse delante y esperar a que le abriera alguien, giró el pomo y entró él mismo
 

domingo, 1 de marzo de 2015

el amor pica


No me gusta hablar de amor. Me pone nervioso. Me entra la “ronchera”, comienzo a rascarme y ya no puedo parar. Justo como ahora. Esta picazón que me aguijonea el cuello y los brazos. Soy como esa camisa blanca proscrita que siempre se cuela entre mis jerséis coloreados: teñido  a tramos de un rosado color vino. Apuro la copa y me rasco la coronilla. Ella va a pensar que tengo caspa. Me muerdo el labio lamentándolo, pero vuelvo a rascarme, inevitable. Lleva una trenza. Le cuelga graciosa por encima del respaldo de la silla. Cuento hasta diez nudos. Diez escalones hasta rozar su cuello menudo. Ojalá fuera diminuto y pudiera trepar por ella, enredarme en el perfume de su pelo y recorrer con la lentitud de una hormiga su piel tibia, no a pasos, sino a besos. Está de espaldas, pero no he tardado en reconocerla. Ha sido el rabillo de mi ojo izquierdo. Siempre lo capta todo. Abrí el periódico y ahí estaba. No llegué a terminar de leer el primer titular.  Bastó escuchar su risa clara y perseguir el gesto danzarín de sus manos. Era ella. Y luego, estaba la trenza. Aquél péndulo hipnótico que contemplé infinitas veces desde el pupitre de atrás. Regresa de la tumba la voz pizpireta de Doña Eloísa en mi cabeza: “Pero Juanito, ¿otra vez confundiste los granos?”, sonrío al rememorar su retintín de profesora, “Vamos a ver si nos aclaramos de una vez, mi niño: el trigo es como esa trenza de Cande que miras tanto y el millo es el gofio que necesitas para cortejarla”. Con el recuerdo aún enhebrado en el alma, me acerco por fin para saludarla, pero ni el trigo ya ilumina tanto, ni el gofio fue nunca suficiente para conquistarla.

sábado, 28 de febrero de 2015

¡Todos a sus puestos! - de un microrrelato a intento de relato


“¿Qué hace el secador en la nevera?” – pregunta él semidesnudo al fondo del pasillo. Su voz resbala sensual hasta la habitación donde ella duerme desmadejada, ajena a las horas previas que la han conducido hasta esta cama atiborrada de ron y despecho. “¿Y estas macetas en la bañera?”– regresa la voz, ahora desde el cuarto de baño. Ella recompone el rostro, un ojo azul arriba, el marrón a un lado, la máscara de pestañas difuminada a trazos irregulares por el cuello y por parte de sus articulaciones.  “Oye, ¿Tienes costumbre de ducharte con lavavajillas?” Interroga de nuevo él desde la puerta, chorreando la moqueta y envuelto en un paño de cocina. Tamara se pone en pie y se masajea ligeramente las sienes. No encuentra sus zapatillas ni difícilmente respuesta a ninguna de las preguntas que él, adonis alquilado en la azarosa vida nocturna de un grupo de solteras, plantea insistentemente.  Alarga la mano para tomar un poco de agua, pero lo único que encuentra sobre su mesilla de noche es el jarrón de flores de la salita, y huele a estanque empozado. “No irás a beberte eso, ¿no?”, todo él un símbolo de interrogante aderezado con asco. Se muerde el labio confundida, su cabeza un potaje sin hervir, incrustados en el cerebelo la ruptura con Gonzalo, la aguja de la soledad y el desorden de la incertidumbre. Sin querer encajar ninguna pieza, avanza a trompicones hacia el galán y arrebatándole con fuerza el paño de cocina le grita desquiciada: “y tú ¿quién coño eres?”

miércoles, 18 de febrero de 2015

Cómo escribir un relato corto: 10% inspiración, 90% transpiración

"Un relato corto es un puñetazo en la cara", así lo define el escritor Jorge Vedovelli en el curso de relato que imparte durante estos meses de invierno en la Escuela Canaria de Creación literaria. Con entusiasmo y dinamismo, Vedovelli ha animado a sus alumnos a embarcarse en una búsqueda literal del "Qué": aquello que realmente quieren contar. "Si no hay qué, el relato queda hueco. Si no hay qué, el escritor está desorientado y es incapaz de planificar", dice mientras escribe en letras grandes "Qué" en la pizarra blanca. ¿Planificar?, retumba en mi cabeza. Para los que escribimos por placer, la palabra resulta repulsiva, porque la asociamos a trabajo o a obligaciones. Sin embargo, Vedovelli lo tiene claro: un buen relato requiere una buena planificación previa. Conociendo qué queremos contar, seremos capaces de elegir un buen narrador, un estilo correcto y un tono adecuado. La planificación permite al escritor tener las riendas en todo momento y controlar los movimientos de sus personajes y el rumbo de sus historias. Pero ¿cómo saber qué queremos contar? Estamos tan acostumbrados a una realidad masticada que resulta perezoso tener que subirse a una silla para contemplar el mundo desde otra perspectiva. ¿Y si el tesoro está más cerca de lo que creemos? Vedovelli propone adentrarse en los terrenos pantanosos que esconde toda alma, abrir el catalejo hacia nuestro interior, avistar y nutrirnos de nuestros anhelos y preocupaciones más profundas. Es ahí donde reside la originalidad, pues cada ser humano tiene una visión particular del mundo ¡Eureka! hemos dado con el punto más valioso del texto: el punto de vista. Es él el que barnizará nuestro texto de autenticidad. Recapitulando, para escribir un relato corto, necesitamos un Qué, un punto de vista y, por supuesto, volar. Última palabra clave en el discurso de Vedovelli: volar como escritores, despegarnos de las primeras ideas y de lo común. "¿Te obsesionan cosas?" le pregunta a un alumno de primera fila que responde con un tímido sí. "¡eso es que estás vivo!¡escribe sobre eso!". Seguramente, traer de vuelta a los miedos y terrores que hemos ido encerrando bajo llave a lo largo de nuestra vida no sea muy agradable, pero como dice Vedovelli: "crear de verdad duele". No estoy segura de que el papel aguante la mercromina, pero una vez puesto el casco de minera y activado el ascensor hacia el subsuelo de mis emociones, no puedo más que confiar en que mi tintero y mi cuaderno sepan rescatarme. Al fin y al cabo, ¿qué es una página en blanco? Un universo lleno de posibilidades.

lunes, 26 de enero de 2015

Microrrelatos de alta mar

Ideas proscritas

Empecé a escribir en bolsas de mareo porque la inspiración me pilló desprevenida. No tenía bolígrafo y me salió un párrafo torcido escrito con “crayón” negro, la única herramienta de expresión que pude agarrar a tiempo, antes de que la idea huyera despavorida, sabiendo que iba a ser presa del papel acartonado de estos sobres vomitivos. No sé lo que escribí. Lo guardé enseguida porque era hora de espaguetis rancios en el self-service de la cubierta E. Y, cuando volví a cogerlo, a la tenue luz individual del camarote, la mina se había difuminado con las múltiples cosas que es capaz de encerrar todo bolso de mujer. Adiviné un “merodeo”, una “explosión en el cielo”, una “sonrisa centellante”, pero no logré salir airosa de la batalla de conjunciones y preposiciones. Resultó una masa inconexa. Una idea robada que, de nuevo, consiguió ser más rápida que mi pluma.

Mentes a la deriva

En medio de esta travesía en barco, el ajetreo se detiene. Faltos de carreteras y de coberturas, los humanos recordamos lo que era observar a nuestro alrededor, sin distracciones. Caminamos más erguidos y somos capaces de sentarnos simplemente en un sillón frente al mar y mirar al horizonte sin otra pretensión más que ser testigos del paso del tiempo. No hay pretextos añadidos ni tampoco maneras extras de sacarle el máximo partido a cada minuto. Disminuimos el ritmo, retomamos la velocidad sana de vivir con el corazón tranquilo. Charlamos con extraños, conversamos como hacía mucho tiempo que no hacíamos con los nuestros e, incluso, soñamos.

jueves, 8 de enero de 2015

Forrest regresará en el futuro para traerte un souvenir

“La vida es como una caja de bombones”, decía el entrañable Forrest Gump y todos sonreímos. Son de esas frases memorables que a muchos nos gustaría que alguien nos recordara de vez en cuando en la parada de guagua, en la barra de la cafetería o en la cola del súper. Lástima que Forrest fuera solo un personaje de ficción.
El caso es que su frase sobre el aspecto azaroso de la vida (la segunda parte de su monólogo continuaba con un: “nunca sabes lo que te va a tocar”), vino a mi cabeza en un contexto que, en principio, no tenía nada que ver. Me disponía yo, con los pequeños músculos de mi brazo, a cargar unas cuantas cajas (más de 6 o 7) del piso que dejo estos días al coche de 19 años que esperaba agonizante en el garaje del edificio de al lado. Ni los polvorones ni las peladillas de estas fiestas podían reponer la cantidad de calorías empleadas en acometer esta ardua tarea (sirva esta comparación para imaginar fácilmente el esfuerzo realizado). Son tantas cosas las que tenemos y almacenamos que la frase más idónea, en lugar de la de los bombones, habría sido esa de “Las cosas más importantes no son cosas” (con tonito y voz de conciencia cojonera). Y sin embargo, hay más de 6 o 7 cajas en el rellano.
Por eso, las mudanzas son saludables. Nos hacen ser conscientes de esta gran verdad: necesitamos mucho menos para vivir. Lo pensamos, lo decimos en voz alta, lo repetimos, mientras llenamos la siguiente caja. Retumba en el salón casi vacío: “Pero ¿para qué guardé yo esto?” o “mira dónde estaba aquello otro” o “cuánta mierda almacenada”. Para la próxima, menos de todo. Pero qué amnesia repentina. Piso nuevo que llenar. Siguiente caja, por favor. 
En los cambios de casa, uno no sólo se muda de hogar, también muda la piel y las ganas, muda un poco la forma de ver el mundo. Una especie de año nuevo lleno de resoluciones. El problema es que el apego tiene mucho tirón y, a veces, se torna sentimental e incluso romántico. Mr. Apego nos impidió innumerables veces desprendernos de la camiseta que llevaba cuando nos conocimos (aunque ya esté desteñida), del ticket del tranvía 28 (que ya está arrugado) o del cenicero de barro en el que aquél artesano ambulante grabó nuestras iniciales (aunque ninguno de los dos fume).
En cierto modo, me alegra saber que algunas de estas cajas encierran toda esta clase de objetos innecesarios. Cacharrería varia que guardamos en cajones por pena o ¿nostalgia precoz?. Si alguna vez viviste la mudanza experience, entenderás de lo que te hablo. Veo tu sonrisa comprensiva aparecer cómplice en la comisura de los labios.
 Lo peor es que estas cajas de souvenirs puede que no vuelvan a abrirse y que ocupen, alimentando la impertinencia de los progenitores, alguna esquina semivacía de la casa en la que creciste. Prometerás llevártelas desde que puedas, aunque en el fondo sabes que el ajetreo y la desgana la condenarán a una limpia más tarde que temprana cuando tus padres superen, de una vez por todas, el síndrome del nido vacío. Lo bueno es que entonces, justo antes de que sean trituradas y erradicadas en la basura, pases por allí y les eches un vistazo. Será como un agujero de gusano en el universo que te transporta a otra dimensión. Un regalo que te hiciste hace tiempo. Una ventana a otra época llena de otras alegrías y otros miedos. Y serás tú esa especie de Forrest que regresa del pasado para contarte cómo fuiste y lo mucho que has vivido. Aluvión de recuerdos, ¡uaaa! La foto de ojo de pez en la playa, las notas de despedida en la cocina, la pintadera resquebrajada que te recordó tus orígenes cuando vivías tan lejos. Sorpresa tras sorpresa. “La vida es una caja de bombones. Nunca sabes lo que te va a tocar”, murmurarás rememorando la mudanza y aquellos tiempos...
Eso sí, la única diferencia será que en lugar de una caja, tendrás siete, pero llegados a ese punto, son meros detalles sin importancia. De hecho, ahora que lo pienso, creo que voy a embalar una cajita más.  

viernes, 2 de enero de 2015

Fraseología de año nuevo : comience el 2015 con buen pie

                                                     
        lanzarse a la piscina
soltarse la melena
estar en las nubes
soltar amarras
plantar cara
tocar el cielo
soñar despierto

romper barreras
tener un corazón que no cabe en el pecho
arrimar el hombro
cerrar heridas
ampliar horizontes
comerse la boca
no tirar la toalla
mojarse
liarse la manta a la cabeza
tender puentes
regalar sonrisas
arrojar luz 
dar el callo 
echarse flores
hacer borrón y cuenta nueva 
jugar al boliche
tomar el timón de tu vida
ser un cacho de pan (pero)
ponerse en su sitio
(y si hace falta)
cantar las cuarenta
tener risa floja (o boba)
de buen rollo (siempre)
quitarse la espinita



pasarlo pipa (o "bienísimo")
disfrutar a fuego
perder el tino
ir de frente
bailar como si no hubiera mañana
living la vida loca