lunes, 26 de enero de 2015

Microrrelatos de alta mar

Ideas proscritas

Empecé a escribir en bolsas de mareo porque la inspiración me pilló desprevenida. No tenía bolígrafo y me salió un párrafo torcido escrito con “crayón” negro, la única herramienta de expresión que pude agarrar a tiempo, antes de que la idea huyera despavorida, sabiendo que iba a ser presa del papel acartonado de estos sobres vomitivos. No sé lo que escribí. Lo guardé enseguida porque era hora de espaguetis rancios en el self-service de la cubierta E. Y, cuando volví a cogerlo, a la tenue luz individual del camarote, la mina se había difuminado con las múltiples cosas que es capaz de encerrar todo bolso de mujer. Adiviné un “merodeo”, una “explosión en el cielo”, una “sonrisa centellante”, pero no logré salir airosa de la batalla de conjunciones y preposiciones. Resultó una masa inconexa. Una idea robada que, de nuevo, consiguió ser más rápida que mi pluma.

Mentes a la deriva

En medio de esta travesía en barco, el ajetreo se detiene. Faltos de carreteras y de coberturas, los humanos recordamos lo que era observar a nuestro alrededor, sin distracciones. Caminamos más erguidos y somos capaces de sentarnos simplemente en un sillón frente al mar y mirar al horizonte sin otra pretensión más que ser testigos del paso del tiempo. No hay pretextos añadidos ni tampoco maneras extras de sacarle el máximo partido a cada minuto. Disminuimos el ritmo, retomamos la velocidad sana de vivir con el corazón tranquilo. Charlamos con extraños, conversamos como hacía mucho tiempo que no hacíamos con los nuestros e, incluso, soñamos.

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