sábado, 28 de febrero de 2015

¡Todos a sus puestos! - de un microrrelato a intento de relato


“¿Qué hace el secador en la nevera?” – pregunta él semidesnudo al fondo del pasillo. Su voz resbala sensual hasta la habitación donde ella duerme desmadejada, ajena a las horas previas que la han conducido hasta esta cama atiborrada de ron y despecho. “¿Y estas macetas en la bañera?”– regresa la voz, ahora desde el cuarto de baño. Ella recompone el rostro, un ojo azul arriba, el marrón a un lado, la máscara de pestañas difuminada a trazos irregulares por el cuello y por parte de sus articulaciones.  “Oye, ¿Tienes costumbre de ducharte con lavavajillas?” Interroga de nuevo él desde la puerta, chorreando la moqueta y envuelto en un paño de cocina. Tamara se pone en pie y se masajea ligeramente las sienes. No encuentra sus zapatillas ni difícilmente respuesta a ninguna de las preguntas que él, adonis alquilado en la azarosa vida nocturna de un grupo de solteras, plantea insistentemente.  Alarga la mano para tomar un poco de agua, pero lo único que encuentra sobre su mesilla de noche es el jarrón de flores de la salita, y huele a estanque empozado. “No irás a beberte eso, ¿no?”, todo él un símbolo de interrogante aderezado con asco. Se muerde el labio confundida, su cabeza un potaje sin hervir, incrustados en el cerebelo la ruptura con Gonzalo, la aguja de la soledad y el desorden de la incertidumbre. Sin querer encajar ninguna pieza, avanza a trompicones hacia el galán y arrebatándole con fuerza el paño de cocina le grita desquiciada: “y tú ¿quién coño eres?”

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