martes, 31 de marzo de 2015

Las aventuras hay que salir a buscarlas

En lugar de plantarse delante y esperar a que le abriera alguien, giró el pomo y entró él mismo
 

domingo, 1 de marzo de 2015

el amor pica


No me gusta hablar de amor. Me pone nervioso. Me entra la “ronchera”, comienzo a rascarme y ya no puedo parar. Justo como ahora. Esta picazón que me aguijonea el cuello y los brazos. Soy como esa camisa blanca proscrita que siempre se cuela entre mis jerséis coloreados: teñido  a tramos de un rosado color vino. Apuro la copa y me rasco la coronilla. Ella va a pensar que tengo caspa. Me muerdo el labio lamentándolo, pero vuelvo a rascarme, inevitable. Lleva una trenza. Le cuelga graciosa por encima del respaldo de la silla. Cuento hasta diez nudos. Diez escalones hasta rozar su cuello menudo. Ojalá fuera diminuto y pudiera trepar por ella, enredarme en el perfume de su pelo y recorrer con la lentitud de una hormiga su piel tibia, no a pasos, sino a besos. Está de espaldas, pero no he tardado en reconocerla. Ha sido el rabillo de mi ojo izquierdo. Siempre lo capta todo. Abrí el periódico y ahí estaba. No llegué a terminar de leer el primer titular.  Bastó escuchar su risa clara y perseguir el gesto danzarín de sus manos. Era ella. Y luego, estaba la trenza. Aquél péndulo hipnótico que contemplé infinitas veces desde el pupitre de atrás. Regresa de la tumba la voz pizpireta de Doña Eloísa en mi cabeza: “Pero Juanito, ¿otra vez confundiste los granos?”, sonrío al rememorar su retintín de profesora, “Vamos a ver si nos aclaramos de una vez, mi niño: el trigo es como esa trenza de Cande que miras tanto y el millo es el gofio que necesitas para cortejarla”. Con el recuerdo aún enhebrado en el alma, me acerco por fin para saludarla, pero ni el trigo ya ilumina tanto, ni el gofio fue nunca suficiente para conquistarla.