jueves, 21 de enero de 2016

Cocina, puzzles y desbloqueos del escritor

Siempre he pensado que un buen relato es un plato de los que están mejor al día siguiente. Hay que dejarlo reposar, darle tiempo a que los ingredientes se empapen y se mezclen, pierdan parte de su estado primitivo y se transformen con la magia de la literatura. Además, es preferible no tomarlo muy caliente, porque corres el riesgo de acabar requemado. Como la buena cocina, las historias se cuecen a fuego lento y se preparan con antelación. Puede que el escritor lo ignore, pero en su cabeza se gestan recetas y combinaciones creativas las veinticuatro horas del día. Es un trabajo impagable el del subconsciente, un perro fiel al que el autor lanza un simple hueso roído y que acaba trayendo un arsenal de historias. Es común que la idea se presente cruda para el creador y sea el paso de los días y pequeños minutos de reflexión esporádicos los que la hagan comestible.
Digamos que el ejercicio de creación literaria se asemeja al de construir un puzzle. Eso sí, sin poder mirar la portada que hay en la caja. Las piezas se desparraman, con suerte definidas, pero la imagen final es una conclusión, a menudo, que acercamos a intuir, pero normalmente desconocemos. Pedía Picasso aquél deseo certero de: "que la inspiración te pille trabajando". En literatura, tampoco hay otro camino posible. El puzzle se soluciona enfrentándose a la disposición ilógica de sus piezas, del mismo modo que la sensación de bloqueo desaparece al ponerse a probar llaves. Tener la sensación de que nos falta una pieza es un signo vital y, por tanto, un signo de buena literatura. Como con los puzzles, puedes elegir comenzar por las piezas del marco y luego ir profundizando. Cuando estés en ello, la maraña se irá desenredando sola.
Ahora bien, si aún las partes fáciles se te antojan complicadas, te propongo hoy echarle un vistazo a esta pequeña caja, ideada por el tinerfeño Ernesto Rodríguez Abad. Bajo el título de "Cuentos encajados", Rodríguez Abad nos ofrece un antídoto a los resoplidos y las páginas frustradas. El juego literario consta de dos sobres. En el primero, encontrarás imágenes variadas dispuestas en tarjetas: un teléfono, unos zapatos, un paraguas, etc. En el segundo, la alusión a una palabra con un significado preciso para ti: "la palabra más alegre", "la palabra más fea", etc. Los sentimientos evocados por la conjunción de estas dos tarjetas activará, en toda alma literaria, el dispositivo creativo, siendo incluso el resultado diferente en la misma persona según la fecha, el estado de ánimo y el impulso imaginativo. Una "llave" divertida para desbloquear la falta de recursos. 
Conclusión: deja de invocar a fuerzas divinas para causas imposibles y ponte a la caza de esa idea perdida. Hazle caso a tu madre: "El que busca, encuentra". Es tan fácil como en los puzzles: si te falta una pieza, puedes mandarla a pedir. Lo bueno es que quién te la envía eres tú mismo. ¡A escribir!


viernes, 8 de enero de 2016

Palmeras en la nieve: amor y sacrificio en un pasado reciente

La semana pasada, fui al cine y, por primera vez en mucho tiempo, las entradas estaban agotadas. Quería ver la adaptación cinematográfica de la novela "Palmeras en la nieve"(Ed. Planeta) de Luz Gabás, estrenada el 25 de diciembre. Una novela que, para mi sorpresa, me cautivó durante los 10 días que me llevó su lectura (731 páginas). El transcurso de dos historias paralelas: por un lado, la emigración de Quilian y Jacobo en 1953 a las plantaciones de cacao en Guinea Ecuatorial y, por otro, el viaje de su sobrina en 2003 hacia este mismo lugar dotan de dinamismo a la novela que, como todas las historias previas y las que están por llegar, versa sobre el amor en todas sus fases y vertientes. Gabás nos descubre los lazos que unieron a España con una Guinea ya olvidada en la que confluyeron sueños, etnias y prejuicios. Las diferencias culturales y la visión del español emigrante cobran interés por encima de la relación pasional de los protagonistas, pues nos hablan de un momento histórico del que conocemos muy poco, plagado de dificultades y malentendidos por culpa del conflicto de intereses políticos y económicos que bullía tanto en la metrópolis como en la colonia. El lector se sentirá atrapado o, por lo menos, intrigado por saber cómo los personajes han llegado a ese final. Este es el anzuelo de Gabás en las primeras páginas: mostrarnos una conclusión y luego llevarnos a un pasado que explique cómo, cuándo y, sobre todo, por qué las cosas terminaron por ser lo que fueron. De esta manera, es fácil identificarse con Clarence, la sobrina aventurera cuyas dudas y preguntas son similares a las que se cuestiona el lector, pero también con Quilian, al representar la inocencia del joven que sacrifica el hogar por un futuro mejor y acaba transformándose en adulto a base de esfuerzo y espíritu de superación. La distancia con la familia, el despertar de la sexualidad, los amores vedados y la obligación por cumplir con las expectativas de los que se quiere son realidades afrontadas por los personajes de las dos épocas y compartidas, seguramente, por los que leen. La ilógica confrontación entre negros y blancos, las jerarquías y la certeza de que todo secreto acaba saliendo a la luz completan los ingredientes de esta novela, fácil de leer y entretenida. A pesar de que, para mi gusto, sobran algunos de los idilios romanticones que ocupan la segunda mitad de la historia, es esta una novela que recomendaría: siembra la curiosidad por saber más acerca de Guinea, su independencia y su declive bajo la dictadura, y nos adentra en las historias retenidas en la memoria y las retinas de todos aquellos españoles que viajaron allí para cosechar dinero y futuro. Ahora bien, sobre la película, que logré ver en una sesión más tarde, sólo diré lo que, sin ir a verla, ya todos saben: el libro siempre es mejor.  

miércoles, 6 de enero de 2016

Ciudades inspiradoras: Roma

A pocos pasos de la Piazza de San Cosimato, en pleno corazón del barrio del Trastevere, se encuentra la pequeña escalinata de piedra que sube hasta San Pietro in Montorio. El pasaje parece poco transitado y está sucio, abarrotado de hojas secas, paquetes de cigarrillos y envoltorios de chocolatinas. No habría descubierto este lugar si Javier Reverte no me hubiera lanzado la propuesta a través de su libro viajero "Un otoño romano" (Ed. Plaza y Janés), un paseo por la ciudad eterna de 299 páginas que anticiparon mi partida por su dinamismo y por las habituales curiosidades personales, históricas y literarias con las que Reverte sella cada una de sus obras. De esta manera, tuve un viaje duplicado: el primero a bordo de la maquinaria imaginativa y de la mano de un interesante y picarón Don Reverte y el segundo, más vívido y palpable en lo que pretendía ser una escapada cultural y romántica, lejos del bullicio y los compromisos navideños. Un 2x1 gracias a los libros, ¡qué placer más infravalorado! El caso es que desde San Pietro in Montorio, uno comienza a embriagarse por la grandeza de Roma. La vista se expande saltarina sobre los tejados, las ruinas y los campanarios alegres de toda la ciudad. Aquí, el "explorador/escritor" podrá optar por continuar el ascenso hasta lo alto del Gianicolo donde se deleitará con la panorámica de la città, o bien bajar de nuevo al Trastevere por las escaleras del Vía Crucis que parten de esta misma iglesia cuyo convento, por cierto, fue reconstruido gracias a la contribución económica de los Reyes Católicos. Aquí, la vinculación con nuestro país está muy presente, ya que el edificio vecino alberga la Academia  de España. A veces, es inevitable comenzar con lo conocido cuando hace tiempo que no se viaja, ayuda a recolocarse y a sentirse seguro para tomar la iniciativa da solo. Si no te inspiran las alturas ni la vista de pájaro, lo mejor será ritornare a las callejuelas y al pintoresco pueblo romano, en esta época, abrigado en tonos oscurísimos, maquillado hasta decir basta (me refiero a ellas) y con un gelato gigantesco en la mano o en la boca a no importa qué hora del día. Cerca de la fontana di Trevi, podrás saborear uno muy recomendable por 3 euros con galleta artesanal y doble cucurucho, recomendación de sapori: nocciola. Luego, en la plaza, procura no tropezarte con las cadenas que cuelgan entre las pequeñas columnas en lo alto de la escalera. Habrá tanta gente que pasarán desapercibidas. Resumiendo: esquivas a las "ordas de turistas" que tanto me molestan a mí y al señor Reverte, al pakistaní de las rosas rojas, al hindú de la foto polaroid por 5 euros y te diriges hacia el lateral derecho, mientras contemplas de reojo el Neptuno de Bracci. La inspiración te estará esperando en un pequeño hueco escondido donde podrás sentarte y observar el perfil de una de las grandes atracciones de Roma. El agua corre sin tregua inundado con su murmullo el espacio por encima del centenar de personas allí concentradas y frente a ti, se suceden un sinfín de historias, deseos barruntados, parejas de todas las edades y grupos discordes que serán material instantáneo para tus relatos, si tú decides verlo. La inspiración en medio del tumulto será un aislante del mundo, una pequeña burbuja acristalada como el agua de las fuentes romanas. El revival es posible en la nocturnidad de Piazza Navona, en los laterales de Piazza del Popolo o en la fontana del Acqua Paula de camino al monumento a Garibaldi. Evita, eso sí, la barcaza de Piazza di Spagna, por ser demasiado epicentro turístico. Ahora bien, si eres de los míos, preferirás activar el modo "carretera y manta", hacer una ligera passeggiata a ritmo pausado por la ciudad, a contracorriente, y luego subir pedaleando en bicicleta a la domus aurea para echarle un vistazo a la belleza monstruosa del Coliseo. Unos segundos para coger resuello (Roma es una ciudad con más cuestas de las que te imaginas) y seguidamente pistoletazo de salida con el corazón desbocado y las pantorrillas a plena velocidad rumbo a la campiña extramura. Pasarás a la inversa por el arco a través del que tiempo atrás entrara nuestro paisano Carlos V a la ciudad y harás una pequeña parada reflexiva en la pequeña iglesia de "Quo Vadis?" que recuerda la aparición de Jesús a San Pedro cuando este escapaba de Nerón. Cuenta la leyenda que Pedro preguntó a Jesús, cuya apariencia era la de un anciano, "Quo Vadis? (¿a dónde vas?) y al escuchar la respuesta de este: "Voy a hacerme crucificar de nuevo", Pedro reconoció a su maestro y decidió regresar a Roma donde sería crucificado boca abajo, dicen, en la colina donde nos encontrábamos al principio de este texto: San Pietro in Montorio. Compromiso o masoquismo, fe o fanatismo, según la creencia del lector. Independientemente, la atmósfera de la ermita, acompañada por las peculiares fachadas aledañas y la cercanía de los árboles invita al recogimiento y uno se siente más sosegado y tranquilo. "Quo vadis?", te preguntarás. Pues, a vivir y a escribir sobre ello, responderá una vocecita en tu cabeza. Luego, continuarás pedaleando accanto alle Catacombe, porque la literatura tiene mucho de muerte: muerte de los prejuicios, muerte a los bloqueos emocionales y muerte como antítesis de la vida que cobran los personajes en toda novela o relato. Veinte minutos más de marcha con cierta elevación, dejando a un lado las ruinas de termas y mausoleos, otras catacumbas y por fin llegarás a la antigua Via Appia.
La antica calzada romana se mantiene intacta, enmarcada entre los árboles, la mayoría pinos y cipreses, que dejan entrever los últimos rayos de sol. Tiene la luz del Tramonto romano una magia inspiradora. Por eso, te sentarás sobre un tronco de árbol que te quintuplica la edad y lejos de dejarte apabullar por la losa del tiempo y la historia que encierra cada átomo de oxígeno allí presente, respirarás muy hondo, despertando esa parte dormida de todo ser humano que nos hace conmovernos ante lo que fuimos y ya nunca seremos. Posiblemente, suspirarás aliviado y sacarás la libreta, sonreirás al escribir las primeras líneas, recordando las palabras de aquél amigo de tu abuelo que, aún con la cabeza perdida, repetía incesante cuando eras un crío: "Viajar es el deporte de un buen contador de historias". Y tú y yo sabemos que, pese a todo, los viejos pocas veces se equivocan. Dixit.