jueves, 28 de abril de 2016

¿Por qué leer?

Leer para dar color al cerebro hormigón 

Leer para compartir, opinar sobre tu versión de la historia, recomendar un libro a alguien, vivir diferentes aventuras a través de las mismas páginas.

Leer para tener una cabeza bien amueblada

Leer para oxigenar el cerebro y crear espacio mental 

Leer para tener, expresar, conocer otros puntos de vista, nuevas maneras de redescubrir la belleza del mundo.

Leer para enceder una luz de esperanza cuando los problemas amenazan con sumirnos en la oscuridad

Leer, en definitiva, porque te hace ser más feliz

lunes, 25 de abril de 2016

Semana tras el plenilunio

Corriente eléctrica restaurada y pilas recargadas gracias a un paseo por Santa Cruz de Tenerife el pasado sábado 23 de abril. Bajo el influjo de la luna llena, que daba nombre al evento (Plenilunio), y coincidiendo con la celebración del día internacional del libro, la capital de Tenerife ofertó un menú cultural a los isleños (pero no aislados) y a todos los visitantes extranjeros, cruceristas, guiris (y otros sinónimos) que tan en casa se sienten cuando andan por estas islas mías.  El recorrido lo empezamos a las catorce cero cero en el Parque García Sanabria a pistoletazo de fusil. En el césped de una de las plazoletas, un grupo de actores representaba el campamento de la gesta del 25 de julio en la que casi casi nos convertimos en ingleses allá por el 1797 .
A pocos pasos, un espectáculo de títeres hacía reír a los más pequeños, mientras las mamis recorrían el mercadillo de diseñadores y tiendas estilo retro-vintage que conformaban el "Good market": camisetas coloridas, bisutería rocambolesca y hasta magdalenas con inyección de chocolate. Acompañando el festín, un escenario con actuaciones musicales y tres "food-trucks" en los que lanzarte una cerveza fresquita por 1,50 euros o un plato de pollo satay por 4,50.
Los tres con una cola de media hora, así que optamos por almorzar en una terracita no tan "cool", pero más veloz de la zona del Pilar. Con el corazón contento, tras llenar la barriguita, nos personamos en el Palacio de carta. A las en punto, representaciones teatrales de veinte minutos de obras emblemáticas. Nosotros tuvimos la suerte de disfrutar, junto con una quincena de asistentes más, al extracto de "Don Juan Tenorio". La escena, situada en medio del patio principal del Palacio (hace poco restaurado) nos conmovió y, salimos "respirando amor" al más puro estilo romanticón de otra época. Cuando salíamos, repartían pases para las siguientes funciones: "La venganza de Don Mendo", "La casa de Bernarda Alba" o "El Perro del hortelano".
Además, nos cruzamos con una tropa de actores (de la misma compañía) que se echaban a la calle para realizar actuaciones ambulantes en la Alameda, el Bulevar o la Plaza de la Candelaria. Quien no vio teatro fue porque no quiso. ¿Y después? ¿han dicho taller de pluma en Almeyda? Allá que fuimos. A ratos, creímos que rescatábamos el espíritu explorador de los viajes rumbo calle La Marina, programa en mano. Intentamos el cortadito en el Equipo Para con su genial terraza insuflada al cielo con bocanadas de cultura, pero aún estaba cerrado, así que a paso lento hacia el Museo Militar. Nos reciben los tanques, el helicóptero y hasta un sidecar recordando los servicios de emergencia en los conflictos armados. Muchos soldados contando batallitas y niños probando fusiles, chalecos antibalas y cascos...escalofriante. Vuelta de reconocimiento y directos al taller de pluma. Antes de llegar, en medio del pasillo, varias máquinas de escribir antiguas invitan, con un cartel adjunto, a teclear un relato inspirado en esa jornada de plenilunio. No nos lo pensamos y disparamos las palabras desordenadas a un folio en blanco. El resultado empezaba con algo así como: "tamborileaba el corazón por un sendero plateado". Lo sé, la inspiración no acompañaba. Introducimos el relato en el buzón correspondiente y nos acercamos a una mesa cercana alrededor de la que varias familias escuchan a un señor explicando cómo se secaba la tinta en los documentos antiguos. Como ejemplo, redacta en pluma el alistamiento ficticio de uno de los niños presentes y luego recubre el texto con serrín. Estuvo curioso, pero esperábamos algo más, digamos, práctico (la pluma sólo la cogía él).
Retornamos al centro hacia la Plaza del Príncipe. Los tambores de la Batukada nos hacen acelerar el paso y mover el cuello acompasando el ritmo de forma involuntaria. Varias librerías han montado carpas y ofrecen descuentos. En la del "Libro en Blanco", autores noveles canarios como Inma Vinuesa o Yauci Fernández charlan sobre la aventura de escribir y firman sus novelas con ilusión y sonrisas. Ya tenemos sus libros en la biblioteca (hay que apostar por las nuevas voces), así que subimos calle Castillo hasta el Círculo de Bellas Artes. En el exterior, varios alumnos de la Escuela de Arte proponen fotografías con máscaras a los viandantes y, en el interior, se graba un programa de radio El Día sobre la figura de Cervantes. Nos sentamos a escuchar unos minutos para descansar los pies. Resulta que en Güimar hay un museo del Quijote. Todos los días se aprende algo. ¡Qué hambre! Cañita y arepa en las terrazas del Bulevar mientras escuchamos las versiones simpáticas de Fran Baraja y colofón final en el Sanabria, a partir de las 22h con los energéticos "Ni un pelo de tonto". Normal que sea martes y aún me dure la sonrisa. Eso es todo, amigos.
Sólo diré una última cosa: que se repita. 




domingo, 24 de abril de 2016

El capítulo 1 de Blanca. Cualquier día es bueno para empezar otra vez

Blanca es una negra tizón. Una mujerona de melena rizada y bembas del color de una fresa remadura. Trabaja en la cafetería de la avenida, tostándose al ritmo del sol canario, tibio y constante. Parece mayor de lo que es, sobre todo cuando ríe y su dentadura fulge brillante invadiendo el espacio de los pómulos y arrugando su mirada ardiente. Por las noches, estudia oposiciones a la luz del flexo de plástico de su hijo más pequeño y en las esquinas de las páginas dibuja, cuando el cansancio amenaza con atraparla, playas africanas que supone haber visto en su infancia. 
Rodolfo, profesor circunstancial de física y química en el instituto de enfrente, la observa bajo sus gafas oscuras, parapetado tras un café humeante. Lleva desde principio de curso estudiándola, adivinando la verdad que se camufla tras sus curvas despampanantes. Varias veces, mientras recoge la mesa, la ha pillado doblando el cuello intentando leer el título de alguno de los libros que él suele llevar a su café de media mañana. Otras, ha advertido cómo ella asiente discreta cuando él se desahoga con algún compañero sobre la falta de motivación del alumnado y las incoherencias del sistema. 
Por eso, hoy, 23 de abril, junto a la cuenta, ha deslizado un poemario reeditado de Neruda que siempre habría querido regalar a una novia. En la servilleta semitransparente, ha escrito con letra de pizarra: "Estimada (tachón de arrepentimiento)". Y luego un escueto: "Feliz día del libro". Acto seguido, se ha levantado bajo el peso de una timidez inoportuna, escapando rumbo al trabajo. 
Tomás, el dueño, que ha controlado la escena desde la posición privilegiada de la barra, ha sepultado la magia del instante con voz socarrona:
- Blanca, aquello es para ti - dice, señalando el libro con un gesto indiferente de barbilla-.
Ella acude con rapidez a la mesa, ignorando las burlas de dos adolescentes fugados de clase a los que se les oye cuchichear: "¿En serio se llama Blanca, con lo negra que es?" y otras risas descontroladas, propias de almas aún verdes, sobreprotegidas, ignorantes del dolor propio y ajeno.
Blanca se coloca el delantal y con un gesto sereno, muy por encima de años de prejuicios añejos, avanza con una sonrisa hacia la mesa y, tras la taza ya vacía, recoge el libro, que oculta bajo la bandeja. El sol se refleja en su piel azabache, que se ha vuelto sonrosada de sorpresa y agradecimiento, que se ha conformado, haciendo alusión a su nombre, en página blanca, un capítulo uno para llenar con esperanza. 

jueves, 21 de abril de 2016

Poemario nocturno: noches de pluma llena

"ERa una amor exento de hipótesis
cargado de hipérboles
diseccionado en teoremas absurdos
cuyo resultado siempre era el mismo: TÚ"

Poemario nocturno: Reotinario

El monstruo custodia las llaves de la celda
Un llavero desproporcionado para cerraduras nimias
escondidas entre el follaje
invisibles entre las malas hierbas

viernes, 15 de abril de 2016

Plegaria del escritor

Quiero escribir
Quiero buscar tiempo para escribir
Quiero coser el horizonte a puntadas de pensamiento
Arrastrar con las pestañas el polvo del día a día
Lanzar otra mirada distinta
Velada por los sufrimientos y las alegrías que cicatrizan
En mi alma
Soñar las estrellas cercanas y
Nutrirme de su destello nostálgico que
Rememora mis fuerzas de antaño e
Ilumina mi porvenir más anhelado. 

lunes, 11 de abril de 2016

Está en los libros: LA AVENTURA DE LA ANCIANA CASCARRABIAS (1898)

" El día en que me vi con solo dos peniques en el bolsillo, decidí, como es lógico, dar la vuelta al mundo" 

GRANT ALLEN, La aventura de la anciana cascarrabias (1898) 

domingo, 10 de abril de 2016

Está en los libros: LA SEÑORA CRADDOCK (1902)

"El mar era un inmenso mar en el que se zambulló con audacia sin preocuparse de si iba a nadar o a hundirse" 

WILLIAM SOMERSET MAUGHAM

Instantáneas de personajes: El mea culpa de Juan

Nunca debí comprar aquella moto. Aquél viejo cacharro estruendoso con el que me paseé por toda Europa cuando aún no llegaba a los veinte. Y a mi lomo, fueron Rita y Esther y Carmen, la portuguesa. Y, más tarde, Elisa. La dulce y frágil de Elisa, que yo mismo hice quebrar con mis propias manos. Lo sé, he sido un cabrón, pero yo nunca quise esto. Fue culpa de la moto. Si no hubiera estado allí, acostada al lado de la furgoneta, Mauricio no la habría visto. No me habría propuesto arreglarla. No me habría visto obligado a convidarle con algo por su buen hacer y su maña. Jamás habría pisado aquellos azulejos grasientos, ni habría apoyado mi hombro en la barra gris, llena de restos de manises. Ni habría llevado a mis labios la primera gota del veneno que aquél día empezó a transformarme. Maldita moto. Me ha destrozado la vida. Pensarás que no es para tanto, pero te advierto que así empezamos todos. Nada tiene de malo echar unos vinos con los amigos después del trabajo. Viene bien relacionarse y hablar y reírnos con Paloma, la camarera, y escupirle al político de turno que nos amarga la tarde con su hipocresía y sus trampas. Pero aquello no era más que el hedor de lo que se avecinaba: apenas una cáscara de plátano sobre el asfalto, una lata de atún, unas servilletas manchadas, que se han caído de la bolsa de camino al contenedor, que al final ha resultado ser un estercolero de vómitos y mierda y de insultos canallas. Pero todo eso no era yo. Lo juro. Nunca quise que esto pasara, pero no era capaz de dejarlo. Verás, lo necesitaba para ir recto, aunque mis pies se tambalearan. Sin él, no fluían las palabras, no articulaba saludo a mis hijos, que nada más verme, se escapaban a sus habitaciones, seguramente asediados por las lágrimas. Sí, he sido un jodido cabrón. Y luego estaba Elisa, con su mirada marina de tranquilidad y calma, cada vez más sepultada por las arrugas de su frente, de tanto estar preocupada. Tanto que acabó marchándose, cuando ya sólo era piel y desgana. Entonces, se prolongó la ficción: una felicidad para la galería y un tormento en la cama. Creo que llené la adolescencia de mis hijos de desgracias. Así que me deshice de la moto. Un día, llegué y la molí a patadas. Yo mismo la arrastré hasta el desguace y allí mismo prometí que comenzaría una nueva etapa. No trabajé, ni respondí a las llamadas, ni me dejé seducir por las botellas de Rioja que sabía que Elisa guardaba en la cajonera del salón. Y cuando creí haber acabado con él, apareció el monstruo. Y la bestia era yo. No sabía dónde estaba, ni cómo me llamaba, ni qué pensaba. Me asfixiaba todo el rato y las palabras no pasaban de mi garganta. El día a día era una loma empinada, mientras la desintoxicación luchaba por escamar mis apegos. Por suerte, desde hace unos meses, me siento un poco mejor. Me han atado a la cama de este hospital incierto porque aún no logro vencer mis arrebatos, pero ya atisbo la llanura de la salida. La dependencia es tan oscura…un canto de sirena al que no logro bajarle el volumen. Esta misma tarde, no he sido capaz de reconocer a mis hijos, que inexplicablemente siguen acudiendo a verme. Jamás podré compensarles. Los he llamado “abuelos” sin darme cuenta, preso de un lapsus inoportuno. La mueca en sus rostros me hizo retornar a la realidad, pero ya no quise arreglarlo.  Me he impuesto a mí mismo este castigo, por no quererlos lo suficiente. Quizá, hasta por no quererme a mí mismo. Porque nunca fue culpa de la moto. Fue mi culpa, desde el principio. Fue mi culpa, siempre. 

miércoles, 6 de abril de 2016

Grandes frases de la literatura: JANE AUSTEN


"- ¿Y tú qué estás leyendo, señorita...?
  - Bah, ¡no es más que una novela!"   

La Abadía de Northanger (1818)