domingo, 4 de diciembre de 2016

buen vuelo

-          Abuela, ¿a dónde vas?
-           ¡Shhh! A dar la vuelta al mundo.

      Es lo primero que le dije a mi nieto de 6 años la noche en que me fui de casa porque no aguantaba más a mi marido. No sé por qué respondí así. Estaba en el pasillo a oscuras, empaquetada como para misa de domingo, los tacones en la mano izquierda y en la derecha la bota número 36 en la que tenía guardados 1000 euros a escondidas del caballero y, de pronto, de esa guisa, había surgido la figura minúscula de mi nieto Darío en el marco de la habitación, desgreñado y con el pijama revuelto, sacado de la película del Resplandor. Casi me infarto allí mismo.
   Que a dónde iba, me había dicho, absorto, con sus ojos enormes observándome como dos focos gigantes. “A dar la vuelta al mundo”, había dicho yo. Podría haber sido cualquier otra frase más cotidiana y cercana para él, del tipo “voy a tender” o “voy a tomarme las pastillas” o simplemente “voy al baño”, pero no, se ve que me invadió el complejo de Willy Fogg. Ahora, que han pasado los meses, supongo que el subconsciente quiso reunir algo de verdad y algo de fantasía en una frase que pudiera ser tirita para la herida que se crearía no a la mañana siguiente, sino dos o tres días más tarde, cuando la ausencia de la abuela fuera absolutamente anormal, incluso para un niño de 6 años, aparentemente al margen de todo.
    El caso es que, cuando me lancé al taxi en el clímax de mi personalidad atolondrada, la frase se transformó en revelación y supuso el primer impulso por el que se regirían mis decisiones venideras, que también, con el tiempo, acabaría aceptando, lejos de intuiciones, como la vasija que resulta después de años y años de una argamasa de sentimientos en cocción. La desembocadura de todos los dramas y alegrías previos. Imposible abrirse paso a contracorriente.
A las cuatro de la madrugada, estaba en el Aeropuerto de Tenerife Sur, dispuesta a protagonizar la teleserie del mediodía y subirme al primer vuelo que despegara. Con una leve amargura, tragué la aprensión que me atenazaba el cogote y me escabullí hacia el baño donde repartí entre el sostén, la faja y el bolsillo oculto de la chaqueta los 1000 euros que aún guardaba dentro de aquella bota talla 36, raquítica y añeja.
Luego, estuve sentada un par de horas acompañada de un café frío, regodeándome en el síndrome de la mirada perdida. No era remordimiento ni miedo lo que me retenía allí. Simplemente, la felicidad de poder detenerme sin dar explicaciones. Allí, no era más que una viajera cualquiera, desapercibida para el mundo. El traqueteo infatigable de mi vida parecía haber llegado al destino o, al menos, a una estación de descanso.
Fue la necesidad de huida la que me sacó de ese estado de hibernación matutina. Mi determinación por marcharme era tan fuerte que el miedo a que algún familiar se le ocurriera irme a buscar allí o tratara de convencerme en que abandonara mi propósito reactivó mis conexiones neuronales. Con paso seguro, acudí al mostrador de la compañía aérea y pronuncié deleitándome en cada sílaba: “un billete para Cuba, por favor”.
-          El próximo vuelo despega en dos horas – respondió la azafata con un dulce acento extranjero.
-          Ese mismo – añadí con un movimiento de barbilla que denotaba reafirmación- cueste lo que cueste – y mostré la tarjeta de crédito.
Total, ¿para qué lo quiero? Tanto ahorrar para llevármelo a la caja, pensé mientras se imprimía el comprobante en el datáfono. Acto seguido, el pánico me taladró las sienes con un razonamiento completamente distinto: años y años administrando los ahorros familiares para gastarlos por capricho hoy de un plumazo. Qué fastidio ser insegura, cuánto esfuerzo malgastado en ponerme trabas a mí misma. Bloqueé cualquier nuevo pensamiento y me dirigí al control previendo la duración del proceso: que sí, que me va a pitar el detector de metales, que llevo una prótesis de cadera y no sé cuántos tornillos en la boca. Que mi esqueleto va a competir con Frankestein cuando exhumen mis huesos. Hechas las explicaciones médicas y tras ser sobajeada por la policía de turno, me fui renqueando a la puerta de embarque. Localicé la cafetería más cercana y miré la hora. Las 9h de la mañana. Lo mismo da: una caña y un paquete de papas fritas. Y tan a gusto.
¿Qué dirán de mí? me cruzó la mente mientras bebía el primer sorbo de cerveza. ¿Qué dirán si me ven en el aeropuerto sola, bebiendo cerveza, vestida de punta en blanco y sin mi marido? Me reí repasando las posibilidades más certeras: ésta se ha echado un querido, se ha vuelto alcohólica, el pobre Rafaelito ya estiró la pata…y tantas otras tan rocambolescas como hirientes. En eso consiste la rumorología que nos impone tantos límites. El ideario de las cabezas de vecindario está alimentado por la apatía y la envidia. La infelicidad de las vidas humanas actúa como caldo para construir armas verbales arrojadizas que crean heridas irremediables entre las personas. Pero esta vez, lo tenía claro.  Ningún comentario ni posible comentario ni atisbo de comentario podría frenar mi necesidad de volar lejos, de despegar y despegarme de las habladurías y los convencionalismos.
En la cola de embarque, observando las familias y las parejas que viajaban conmigo, me sentí joven. Me habría gustado enviar un mensaje a mis hijos como solían hacer ellos cuando marchaban a estudiar fuera. Hacerlos partícipes de ese viaje. Contarles que el vuelo iba lleno, que avisaría al llegar, pedirles que se cuidaran los unos a los otros, pero tenía que esperar al día siguiente. Esta vez, debía pensar primero en mí misma. Sin embargo, fue mi marido quien ocupó mi sesera. Lo visualicé panza arriba sobre las sábanas de la cama, roncando ingenuo y despreocupado. Imaginé cómo se levantaría por la mañana, yendo a la cocina en busca de café, pronunciando mi nombre escaleras arriba, presintiendo que estaría en la azotea. Después, saldría igualmente a la huerta, daría su paseo de jubilado hasta el bar, compraría el pan y el periódico, supongo que me haría en el supermercado o en el ambulatorio, qué sé yo. Regresaría a casa sobre la una y quizá se extrañaría de que aún no hubiera llegado, refunfuñaría porque no vería ningún caldero al fuego y se sentaría en el sillón de la tele, tras desempapelar y engullir dos o tres caramelos de nata. A eso de las tres o cuatro, sería cuando descolgaría el teléfono. Dudé en decidir a quién de los chicos llamaría primero. Carlos estaba trabajando en Lanzarote desde inicios del verano en la recepción de un hotel, Yasmina terminando el turno de mañana en la clínica de higiene bucodental y Luisito haciendo las prácticas en el estudio de arquitectura. Claro que estos horarios él los desconocería. Pese a todo, estaba segura de que, fuera lo que fuera, llamaría a Yasmina, aunque poco hablara normalmente con ella, pero era la niña de la casa, por género tendría que saber dónde estaba su madre. Un vacío me oprimió el pecho al imaginar la sorpresa de ella, la preocupación enmarcando su rostro y la ignorancia absoluta, la imposibilidad de creerse que su madre, yo misma, estaba bien repantigada en el asiento 15 A del vuelo UX5483 Dirección La Habana. Mientras el azafato realizaba la coreografía de evacuación, por debilidad de madre, tecleé: “estoy bien. No se preocupen” y se lo envié a Yasmina. Porque yo los quería a todos igual, pero ella siempre sería mi niña y sólo su sensibilidad podría conseguir entenderme. 
-           ¿Por placer o por negocios? – escuché una voz a mi lado.
-         ¿Disculpa? – dije, tras comprobar que efectivamente la pregunta iba dirigida a mí y que la planteaba un joven de aproximadamente 30 y tantos años, ubicado en el asiento de al lado.
-      Que si viaja usted a Cuba por placer o por negocios – me dedicó una sonrisa deslumbrante que destacaba con su piel morena.
-           Por negocios, claro – tampoco sé por qué dije eso. Supongo que porque quería resguardarme en el refugio de la ficción. Ser alguien que no era. Evitar ser juzgada por un desconocido - ¿y usted? – añadí veloz, esquivando el protagonismo.
-           Pues yo ni por placer ni por negocios. Yo voy, digamos, por necesidad existencial. – se encogió de hombros y comenzó a doblar la tarjeta de embarque con nerviosismo- voy en busca de mi madre ¿sabe? – descansó en mis ojos su mirada, que adiviné ligeramente acuosa – de mi madre y de mí mismo. Al parecer, nací allí, lo descubrí hace poco. No sé ni siquiera si ella estará viva. Yo…no me acuerdo de ella. Era muy pequeño cuando mi padre me trajo a Canarias. Sin embargo, hay algo, una sensación de atracción, un imán que me reclama desde hace tiempo…no sé si me entiende.
       Claro que lo entendía. De hecho, cada palabra que había pronunciado había ido abriendo con lentitud y dolor una vieja cremallera bajo la que había encerrado un pasado indómito. Le tomé la mano con empatía y se la apreté fuerte, adoptando la figura de alguien externo que nos consolara a ambos.
-        En realidad, si le digo la verdad, mi viaje es también una búsqueda. En este momento de mi vida, el hartazgo, la monotonía – hice un pausa- la relación con mi marido…desde chica, he estado escuchando historias maravillosas sobre Cuba. Historias inconclusas sobre la juventud de mi abuela y la infancia de mi madre. Creo que entender esos orígenes me parece inspirador. Uno cambia tanto con lo que va ocurriendo. Conocer lo que ellas fueron quizás me ayude a recordar quién soy yo. Así que, bueno, viajo por negocios, sí, aunque un negocio particular, lucrativo, sí, pero para el alma. No sé si me he explicado bien.
-         Sí, sí. Vamos, que también viaja por necesidad existencial – concluyó él con un sonrisa – como todos.