sábado, 13 de mayo de 2017

Una tarde en el bosque

Había decidido ir a pasar la tarde en el bosque. Esa era la suerte de vivir en la isla. Siempre pensó que la mezcla de paisajes en tan poco espacio era una fortuna, pero no había disfrutado de ello hasta ahora. 
El reclamo era tan fuerte que había días que sentía la necesidad de dar un volantazo y poner rumbo a la montaña. Esta mañana, por ejemplo, de camino al trabajo, había observado por el rabillo del ojo la bruma deslizándose densa por la cresta del valle. Le había costado mantenerse firme, las manos férreas sujetando la dirección de la máquina, entre los humos de la civilización. Sin embargo, esta tarde...
Esta tarde, el viento gritaba enloquecido entre las ramas más altas. Julián sentía cómo venía cabalgando desde la distancia, agitando las copas de los pinos. Un temblor fantasmagórico que le recorría el sentido. 
Inició la cuesta con energía, aunque no sacó las manos de los bolsillos. El rostro hacia el cielo, de vez en cuando, cerraba los ojos y respiraba fuerte, muy fuerte, hasta que le dolía el pecho. No cabía más oxígeno dentro de su caja torácica, pero necesitaba más. 
Pronto, el asfalto dio paso a una pista y la pista a un sendero más estrecho. Avanzó arrastrando las botas para hacer que se despegara el barro antiguo y siguió subiendo un poco más. Justo hasta donde no se escuchaban los motores, ni siquiera los perros del caserío. Se sentó en un saliente de roca y apoyó su espalda en un árbol cercano, como quien se acerca a un viejo amigo que no ve desde hace demasiado tiempo. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario