miércoles, 21 de junio de 2017

Ojalá la playa estuviera vacía

Ojalá la playa estuviera vacía. Ojalá. Repitió con voz cansada, asintiendo con el mentón como las viejas que asumen resignadas su presente y predicen un futuro sombrío. Pero no era vieja. Era un joven lozana, dirían los libros anticuados de la estantería del recibidor en casa de su madre. Una vida por delante, rezaría el tópico. 
Sandra se fue a la playa con su bikini de rayas y se destetó nada más posar las plantas de sus pies en la arena ardiente. No había casi hueco entre tanta sombrilla y tanta mochila-nevera. Pero la visión estaba tan anclada desde hacía una semana...el festivo, a torrarme a la costa, en pelota picada. Arrugó la nariz al pensar en el adjetivo "picada". Se imaginó un testículo descuartizado como carne molida de mezcla vaca-cerdo, ideal para las albóndigas. Sacudió la cabeza para alejar la ridiculez de ese pensamiento y se estiró sobre la toalla, demasiado de moda y demasiado fina para aguantar la redondez de su cuerpo. 
Apoyada sobre los codos, en un esfuerzo sobrehumano de mantener el cuello erguido, pamela de coger papas, gafas a media nariz, observó de reojo el panorama. Parejitas, grupitos de mujeres, un bol de ensalada de pasta del vecino de al lado, también solo. Se lo comería, sin aliñar, tal cual, de un bocado. Al bol, claro. 
Una brisa corrió a introducirse, literalmente, por sus entrañas. Se removió libre, segura de su depilado, luchando constante contra la amargura de los complejos. Media vuelta y de espaldas, un ratito de lectura y, al pasar la página, el taladro de unos ojos sobre sus nalgas. La mueca de su jefe es irreversible justo cuando ella levanta su mirada del párrafo para rascarse con sutileza el huesito dulce y lo descubre, atónito e impertérrito, apenas dos toallas más allá, o sea, escasos centímetros de su persona. 
Ojalá la playa estuviera vacía. Ojalá. 

lunes, 5 de junio de 2017

Metamorfosis en el lago

Anoche soñé que estaba a orillas del lago.

Era el mismo lago de siempre, de un azul profundo y antiguo, rodeado por un bosque denso de árboles serenos.

Una lluvia fina caía con parsimonia sobre mi coronilla y bajo mis botas crujía el manto de hojarasca que tapizaba el sendero.


Había una belleza solitaria en el momento, íntima y perfecta. 

Una entrega sin preocupaciones.

Me recorría una necesidad urgente de seguir caminando.

Como si a cada paso estuviera más cerca de echar raíces en la espesura y de, yo misma, convertirme en árbol.